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Han sabido de la importancia del sobresaliente o la matrícula de honor en el expediente académico de la carrera, de la cuantía de las becas de investigación del ministerio, de la comunidad autónoma, de las fundaciones o de los proyectos, y han experimentado lo que es la búsqueda de un grupo investigador que te acoja, en la que no siempre se acierta. Se afanan en largas horas de laboratorio, trabajo de campo, estudios «in silicio» -que la computación se hace imprescindible para casi todos- la biblioteca, «on-line» o todavía en vetusta sala, se esfuerzan, en fin, por sentir la emoción de encontrar algo nuevo, como el agricultor siembran y esperan una cosecha que no siempre es abundante.
En la lucha por abrirse camino, van descubriendo la dictadura de los indicadores numéricos, sean los índices de impacto de las revistas en que publican o los baremos para acceder a nuevas becas, contratos, interinidades o plazas, a través de los concursos, y se preguntan por qué ha de ser tan dura la competencia. Para muchos, Cajal da nombre a un programa público de incorporación de investigadores jóvenes (algunos no tanto), que ya pasaron los tiempos en que sólo ser genial, como don Santiago Ramón, hacía posible ser investigador en España. Saben ya que la calidad del grupo en el que se integran será decisiva en su etapa formativa, quieren salir algún tiempo para aprender la última tecnología o trabajar al lado de algún investigador importante, cuyos «papers» se saben de memoria. Presencian el debate sobre la política científica, las propuestas para incrementar nuestro esfuerzo investigador, la necesidad de generar conocimiento y de transferirlo para bien de la calidad de vida y el desarrollo económico, la importancia de los emprendedores, y saben que su futuro de investigadores en España depende de todo esto. Plantean reivindicaciones ante las que unas veces obtienen respuestas realistas y otras cantos de sirena. No soy portavoz de reivindicación alguna, pero sí sé que de las oportunidades que tengan la nuevas generaciones de científicos depende una buena parte de nuestro futuro como país. Cuando ha estado en mi mano, he luchado porque éstas sean mayores y mejores, para quienes sean capaces de investigar. En esta colectividad están quienes han de hacer nuestra ciencia más importante, tal vez quienes alcancen los reconocimientos más altos que caben para el trabajo de un científico (¿por qué no algún premio nobel?). Cuando afrontamos unas elecciones con las cuentas saneadas, tras un período de significativo crecimiento económico y creación de empleo, tenemos que saber identificar, con inteligencia, acierto y eficacia, que es la hora de la ciencia y la tecnología como prioridad nacional.
Autor: César Nombela (Catedrático de la UCM)
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