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Alternativas a la globalización

El catedrático Carlos Rodríguez Braun, de la Universidad Complutense de Madrid, reflexiona a cerca de la globalización como etapa histórica y como alternativa económica. También se detiene en el nuevo concepto de «gobernar la globalización» ante la dificultad de concebir un escenario liberal: todo debe ser controlado.

FUENTE | ABC Periódico Electrónico S.A. 13/09/05
 
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Para no establecer una definición demasiado prolija de la globalización, que nos impediría avanzar, formularé un par de enunciaciones amplias, con las que podamos estar de acuerdo personas de ideología dispar. Una definición económica sería: se llama globalización a un entorno de mayor libertad de movimientos de personas, mercancías y capitales. Una definición política sería: se llama globalización al mundo después de 1989.

Empezaré por esta última, porque es la más sencilla a la hora de ponderar las alternativas. En efecto, las voces contra la globalización arreciaron tras la caída del Muro de Berlín, es decir, tras la crisis de un régimen criminal. En las calles aparecieron manifestantes indignados ante un escenario más libre y democrático. Nos urgieron, en la expresión más difusa de sus alternativas, a considerar que «otro mundo es posible».

Esta consigna es tontamente irrefutable, pero también interesante y reveladora. Es interesante porque congrega el pensamiento único antiliberal y su tradicional odio al capitalismo, al mercado, al comercio, a las empresas y a la propiedad privada, es decir, a instituciones que hacen a una sociedad libre y próspera y, por eso, son objeto del ataque de los antiglobalizadores. La consigna es reveladora porque no estipula la alternativa: no dice claramente «el socialismo es posible»; tras millones de trabajadores asesinados, tras la pobreza y la desigualdad, tras la devastación ecológica, tras la violencia y la tiranía que lo caracterizaron, la apuesta abierta por el socialismo «real» habría quedado expuesta a críticas obvias. Entonces, se recurre a una vieja estratagema: la utopía (obsérvese que la propensión utópica, al revés de lo que se cree, es característica del antiliberalismo). Se subrayan los problemas existentes, se endilgan al capitalismo, y se proclama vagamente que otro mundo es posible. Pero ¿qué mundo, cuáles serían sus rasgos? Esto no queda especificado, pero las banderas comunistas, los rostros del Ché Guevara, y el discurso antiliberal sugieren que las alternativas no son vaporosas sino que apuntan a rescatar las patrañas izquierdistas que esclavizaron a un tercio de la humanidad.

Pasemos a la globalización económica. Cabe ante todo matizarla. La prédica contra el apogeo del liberalismo carece de fundamento. No sólo existen trabas a la movilidad de personas y mercancías, sino que la intervención política en la economía parece estabilizarse en un nivel elevado. Mientras los antiglobalizadores deploran «el desmantelamiento del Estado», las Administraciones Públicas controlan directamente un 40 por ciento del PIB, e indirectamente, merced a su poder regulador, condicionan un porcentaje sustancial de la economía. Llamar a eso «globalización liberal» es tener una idea como mínimo curiosa de lo que es el liberalismo, aunque sirve para iluminar las alternativas antiglobalizadoras: pasan siempre por más impuestos. Lo veremos nuevamente esta semana en el sarao de una ONU más proclive a tópicos y jeremiadas que a administrar con honradez sus recursos.

La única excepción destacada estriba en algunas alternativas económicas a la globalización que ponen énfasis en el libre comercio, aunque sólo para los países ricos. Bastantes de los ejemplos más conocidos de la antiglobalización, empero, aspiran a cerrar más las fronteras, amparados en toda suerte de falacias e hipocresías.

Los economistas críticos de la globalización más solventes, como es el caso del premio Nobel Joseph E. Stiglitz, suelen ser también adversarios del proteccionismo (aunque no propician el libre cambio no negociado multilateralmente), y se hacen fuertes en dos aspectos: cambiar el gobierno de la globalización y trasladar a los países pobres el intervencionismo de los ricos.

La idea de «gobernar la globalización» está muy generalizada entre los económicamente correctos, y muestra la dificultad de concebir un escenario liberal: todo debe ser controlado, vivimos dominados por las empresas multinacionales, con lo cual es imprescindible un gobierno mundial, una nueva y más poderosa ONU, el diálogo o la alianza de civilizaciones, etc. Este argumento es endeble, puesto que no es lo mismo la economía que la política: el Estado es coactivo y el mercado no (salvo cuando éste cuenta, precisamente, con el aval de las autoridades). Ahora bien, en un punto sí es correcto el énfasis crítico: las finanzas. No se trata de la llamada «tasa» Tobin, que es en realidad un impuesto que sus partidarios esgrimen por razones puramente recaudatorias y redistributivas, y por eso fueron censurados por el propio James Tobin. Se trata del fracaso del FMI y el BM, que Stiglitz ha denunciado con insistencia. Está claro que la «arquitectura financiera internacional» tiene un nombre pomposo pero ningún plano. Lo que no está claro es que se trate de instituciones «liberales». La solución de Stiglitz y otros es continuar con su intervencionismo, pero corregirlo.

Una alternativa mejor sería reducir su intervencionismo, que en el caso del FMI acarrea un problema de «riesgo moral», y en el del BM también de ineficacia, despilfarro y corrupción. A la hora de postular la limitación de los movimientos de capitales hay que tener en cuenta que éstos no resultan desestabilizadores por culpa del liberalismo sino por las contradicciones derivadas del intervencionismo: un ejemplo son las políticas de tipo de cambio fijo incompatibles con otras políticas, como las fiscales, comerciales o laborales.

En el caso del comercio internacional, y aunque los antiglobalizadores más sensatos, como he dicho, rechazan el proteccionismo, suelen ser partidarios del comercio en bloques y con reciprocidad, tal como ha sido la norma antes del GATT y ahora de la OMC. Aquí se plantean problemas de «desviación del comercio», que podrían resolverse en un contexto que propugnara más los desarmes de múltiples barreras que los bloques del estilo de la UE, el Mercosur o alguna extravagancia populista bolivariana aún más hostil a la libertad.

La última alternativa que deseo presentar se refiere al mensaje intervencionista mediante el cual los críticos más razonables de la globalización (es decir, los que no la utilizan simplemente como ardid para regresar al totalitarismo) recomiendan extender los criterios convencionales de política económica de los países desarrollados a los subdesarrollados. Estos criterios parten de la teoría antiliberal general de que los mercados no funcionan, y por tanto sus fallos deben ser reparados por los políticos, y de una constatación empírica: los Estados en los países ricos son más grandes que en los países pobres. ¿Qué mejor prueba de que el liberalismo conspira contra la riqueza, y que la globalización debe venir marcada por un intervencionismo mayor?

Sobre los fallos del mercado no cabe olvidar que su innegable existencia no autoriza a concluir que el recorte de las libertades es incuestionable, y esto porque, por un lado, puede haber soluciones de mercado para algunos fallos del mercado, y por otro lado, la teoría y la evidencia empírica prueban que los fallos del Estado son una realidad.

Finalmente, la coincidencia de una riqueza mayor con un Estado mayor puede llevar a equívocos: tenemos al Estado, pero eso no significa que lo necesitemos. Más interesante es pensar en qué medida la política puede frenar o fomentar el crecimiento. Así, la intervención política en los países ricos es onerosa, desincentivadora e ineficaz, pero también aporta un ingrediente indispensable para la prosperidad: la seguridad física y jurídica. Los Estados en los países ricos arrebatan a sus súbditos un porcentaje muy alto del fruto de su trabajo, pero los protegen en el uso y disfrute del porcentaje que les dejan. En los países pobres suele ocurrir lo contrario: la presión fiscal es relativamente menor, pero la inseguridad física y jurídica es sustancialmente mayor. Por eso, en esencia, son pobres.

Una alternativa a la actual globalización mal llamada «liberal» sería reforzar sus escuetas bases liberales, y debilitar su excesivo intervencionismo. Alternativa difícil, sí. Imposible, no. Quizá.

Autor:   Carlos Rodríguez Braun (Catedrático de la Universidad Complutense de Madrid)



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2 comentarios



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   Luis Daniel | 12/12/2007
 
Pero bueno Gabriel, ¿sinceramente cree que el profesor Braun no conoce todo éso que Ud. le recomienda? él ya 'viene de vuelta'... como quien dice...

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   Gabriel Rodríguez | 28/10/2005
 
El autor presenta de forma clara su postura intelectual, pero da pocos argumentos serios y de rigor que lo sustenten. En ocasiones cae en la misma sátira carente de valor para desacreditar a la posición intelectual contraria. Para ser un docente de tan prestigiosa universidad deja mucho que desear su rigor argumentativo a la hora de hacer una demostración de una postura intelectual en un tema tan delicado. Incluso, se nota su poco conocimiento del fenómeno de la pobreza que concluye en su escrito que la pobreza se debe a la poca presión fiscal del estado y a la mayor inseguridad física y jurídica de las personas. Desconociendo de plano los factores de desigualdad e inequidad social, factores estructurales que se han generado y enquistado en muchos estados latinoamericanos, y que tienen su origen en la aplicación del modelo neoliberal que privilegia el mercado por encima de las personas y las reales necesidades de las sociedades. Le invito para que visite página serias como la CEPAL o la CLACSO y se entere un poco de otras perspectivas del problema y se enriquezca su visión del mismo.
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