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El país del talento desperdiciado

En España hay unos 20.000 investigadores en fase de formación de un total de 80.000. Son el primer escalón de la creación de conocimiento, la base de la economía del futuro, aunque ellos no tienen muy claro lo que les espera. Hasta hace poco, nadie tenía la obligación de considerarlos trabajadores, con todos los derechos y deberes que eso conlleva.


FUENTE | La Vanguardia Digital
06/02/2006
 
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Imagínense una liga de fútbol donde sólo juegan los mayores de 40 años, donde los Messi o se conforman con el banquillo o prueban suerte en una liga extranjera, donde los técnicos no tienen una estrategia definida. Por supuesto, nadie gana sueldos desorbitados. Ante este panorama, ¿quién desearía ser futbolista? Algo parecido ocurre con el sistema científico español, y aun así, cuenta con una cantera de investigadores preparados y apasionados por su trabajo.

Es el caso de Sonia Villapol, de 28 años, que realiza su doctorado en el Institut de Neurociència de la UAB. Su vocación es la biomedicina y a ella le dedica diez horas al día, incluso en fines de semana. Estudia cómo reducir las secuelas que causan los infartos cerebrales y por ello recibe una beca de mil euros al mes.

Como ella, en España hay unos 20.000 investigadores en fase de formación de un total de 80.000. Son el primer escalón de la creación de conocimiento, la base de la economía del futuro, aunque ellos no tienen muy claro lo que les espera. Hasta hace poco, nadie tenía la obligación de considerarlos trabajadores, con todos los derechos y deberes que eso conlleva. El nuevo Estatuto del Personal Investigador en Formación, aprobado el 27 de enero, resuelve algunas de sus reivindicaciones. Todos los doctorandos cotizarán a la Seguridad Social y a partir del tercer año de tesis deberán tener un contrato. Sin embargo, con esto sólo se soluciona una parte del problema. Lo que preocupa a los jóvenes científicos es qué pasará cuando finalicen su formación.

La incertidumbre es su principal campo de batalla. Las posibilidades de crear un grupo de investigación propio cuando se acaba el posdoctorado, en torno a los 33 años, son bastante bajas y muchos saltan de beca en beca o se mantienen con contratos en prácticas hasta entrados los 40. Pere Puigdomènech, director del laboratorio de genética molecular vegetal del CSIC-IRTA, cree que en España hay iniciativas interesantes, como la creación de nuevos centros de investigación y algunos programas de contratación de científicos, "pero falta una idea de conjunto, el sistema científico español es incoherente y descoordinado".

Ante la falta de garantías, una opción extendida es fichar por centros extranjeros. Los científicos coinciden en que es necesario trabajar en otros países para adquirir nuevos conocimientos, pero hay que fomentar el regreso de estas personas. "El Estado gasta mucho dinero en nuestra formación, pero luego otros aprovechan nuestra capacidad creadora", afirma Sonia Villapol.

España necesita incorporar 70.000 para el año 2010 si quiere cumplir con los objetivos de la Unión Europea, pero según Carlos Martínez Alonso, presidente del CSIC, "ni los tenemos ni los estamos formando". En su opinión, para conseguir esta meta haría falta reducir la inestabilidad laboral, aumentar los salarios y fichar a científicos extranjeros.

El programa Ramón y Cajal (RC), impulsado por el entonces Ministerio de Ciencia y Tecnología, se presentó como una iniciativa estrella para "recuperar cerebros" y facilitar la incorporación de investigadores al sistema científico español. Hasta ahora se han beneficiado de él más de 2.000 personas, pero la realidad ha resultado ser muy diferente de lo que se esperaba. La primera promoción de científicos RC acaba su contrato de cinco años en noviembre, pero muchos aún no saben qué pasará a partir de entonces. Carmen Miguel es una de ellas. Esta física de 37 años tiene a su cargo dos estudiantes de doctorado en la UB. "Al principio el programa RC me pareció muy bueno, pero no previeron el futuro y ahora que se acaba no nos dan una alternativa". Tanto Carmen Miguel como su marido, que también es investigador, han tenido ofertas de trabajo en Estados Unidos, pero las rechazaron pensando que su situación en España se solucionaría. "A veces te queda la duda de haber hecho lo correcto", explica, "aunque creo que se acabará resolviendo, de lo contrario, dejaría colgado todo en lo que he trabajado".

El biólogo evolutivo Salvador Carranza también se adhirió al programa RC para volver a España después de haber trabajado en el Museo de Historia Natural de Londres hasta el 2004, y aunque asegura que ha cumplido sus expectativas, reconoce que el futuro de muchos compañeros no está claro. La Generalitat se comprometió a garantizar la continuidad de los investigadores RC en Catalunya (un total de 490) a través de otros contratos o de la incorporación a las universidades, pero los científicos se quejan de que aún no han recibido ninguna noticia sobre este plan. Una de las posibilidades que ofrecen es el programa Icrea, que está destinado a fichar a científicos de elite mediante contratos indefinidos con evaluaciones periódicas de calidad.

Iniciativas como el programa Icrea parecen ser el modelo de carrera investigadora a la que se aspira. Un sistema más dinámico, con continuidad a largo plazo y coordinado. Pero todavía se trata de una excepción en la ciencia española. Como explica Carmen Miguel, "lo estándar aún es lento y doloroso", y los Messi de la ciencia han de esperar su oportunidad en el banquillo.

Autor:   Maite Gutiérrez



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