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Fuga de cerebros de ida y vuelta

Estados Unidos ya no es la Meca de la ciencia para los investigadores que emigraron en busca de mejores condiciones. La «materia gris» se plantea volver a casa.


FUENTE | ABC Periódico Electrónico
12/11/2007
 
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Salvador Macip se doctoró en Medicina por la Universidad de Barcelona e investiga sobre la inhibición de proteínas que frenan la proliferación molecular del cáncer. Lleva nueve años en la Escuela de Medicina del Mount Sinai de Nueva York, en el equipo de Stuart Aaronson, que en su día fue mentor de Mariano Barbacid o Eugenio Santos. Salvador sabe que su jefe es carne de Nobel y describe como «un sueño» trabajar con él. Pero a principios de año, él, su esposa Yolanda y su hijo, Pol, liarán el petate hacia Leicester, en el Reino Unido.

Yolanda dejará un puesto muy interesante en las Naciones Unidas y toda la familia tendrá que acostumbrarse a pasar del sublime frenesí neoyorquino a la flema de las «provincias» inglesas. Pero no hay otra. Y no hay otra porque las oportunidades científicas en Estados Unidos se están estrechando hasta un punto que ya recuerda, dice, a la ley del embudo: de todos los investigadores jóvenes, sólo una cantidad ínfima logrará despegar de sus mentores y establecer proyectos independientes. Hay vacas sagradas que mantienen su estatus a duras penas.

LA GUERRA ANTES QUE EL CÁNCER

Salvador ve en esto un daño colateral de la guerra de Irak. El esfuerzo bélico de la Administración Bush ha reducido los fondos para la investigación a mínimos históricos. Además han variado las exigencias. «Se ha invertido mucho en bioterrorismo y patógenos emergentes y la investigación oncológica está arrinconada», denuncia Salvador. La guerra es antes que el cáncer.

Bill Clinton duplicó el presupuesto de los National Institutes of Health (el equivalente americano del Ministerio de Sanidad) y, con ese impulso, muchos investigadores pudieron acceder a financiación pública y establecerse por su cuenta. Los drásticos recortes de Bush han dejado al sistema pendiente de un hilo o de la iniciativa privada, que favorece a los científicos de más renombre. Instituciones de prestigio han empezado a expulsar a investigadores que llevaban diez años en un proyecto, pero no han sido capaces de renovar sus fondos. Y no olvidemos que, cuando las vacas gordas enflaquecen de repente, no es lo mismo ser de Washington que de Ceuta.

¿Volverían las cosas a una razonable normalidad si un -o una- demócrata gana las próximas elecciones americanas? Esa es la esperanza de muchos, pero no de todos. «Para que el cambio de política se note en los laboratorios, harán falta cuatro o cinco años más. Eso es demasiado tiempo», concluye Salvador, ominoso.

Eso mismo pensó Rafael Cuesta, que estudió en Salamanca, hizo su primer posdoctorado en Nueva York, y, cuando ya llevaba cinco años y medio allí y empezaba a plantearse con angustia su futuro, en España salió el programa de becas Ramón y Cajal. Se acogió a él y volvió en 2002. Fue a dar al Centro de Regulación Genómica de Barcelona. Echa de menos la adrenalina científica americana, pero dice que ya estaba harto de inseguridad. Es el suplicio de Tántalo.

Josep Pareja también cruzará el charco en sentido inverso dentro de un mes. Él dio el salto a los Estados Unidos en el 2004 con una beca Fullbright. La solicitó porque quería investigar con células madre y eso estaba por aquel entonces incluso legalmente restringido en España. «Por lo menos en Estados Unidos las restricciones sólo eran económicas», pensó Josep. Aunque alega razones personales y de pareja para regresar a Barcelona, sus palabras traslucen una sutil decepción. Está claro que, sin renegar de lo hecho ni mucho menos de lo aprendido, esperaba más. Y que en estas condiciones, pues se vuelve.

INSTALADOS EN EL PESIMISMO

Otros no han tomado por ahora esa decisión pero están instalados en un fuerte pesimismo. Es el caso de César Muñoz Fontela, oncólogo y virólogo, también en el Mount Sinai. César tiene 32 años. Leyó en la Universidad Complutense su tesis sobre el virus del Sarcoma de Kaposi y está en Nueva York desde mayo del 2006. Su tarea es buscar respuestas inmunes a virus emergentes.

Para César es importante que la dejadez de la Administración Bush haya coincidido en el tiempo con el espabilar de la ciencia en Europa. Aunque Estados Unidos sigue a la vanguardia, César cree que las distancias se reducen rápidamente con países como el Reino Unido, Alemania, Holanda y Suecia. Otros citarán Francia y Suiza como plazas fuertes para que un científico decepcionado de América se lo piense.

Luis Martínez-Sobrido es gallego, es virólogo, lleva casi ocho años en el Mount Sinai y es de los pocos que puede presumir de haber logrado financiación para un proyecto propio, aunque aún no ha conseguido independizarse. Él en principio descarta volver porque su novia es americana y no habla una palabra de español. Pero entiende muy bien a los que hacen la maleta. Dice que él desde Nueva York colabora con grupos del Reino Unido, Francia y Alemania y que está asombrado de su creciente nivel. No está seguro de si, de doctorarse ahora, elegiría Estados Unidos como primera opción.

MENOS CÓMODOS

Teresa Villanueva, andaluza y oncóloga, decidió pedir una beca para ir al Mount Sinai por la sencilla razón de que sus directores de tesina y de tesis habían ido. Le resultó fácil y hasta «cómodo», dice. Pero cada vez está menos cómoda. Ella no tiene tan claro que la vanguardia científica se esté desplazando de América a Europa: cree que puede llegar a ser así, pero no a corto plazo. De todos modos, no descarta volver en el momento en el que las cosas se pongan demasiado cuesta arriba. «En la vida hay más cosas que la ciencia», sugiere.

Autor:   Anna Grau



   Enlaces de interés
 
Weblog madri+d: Política Científica
Weblog madri+d: Asociación para el Avance de la Ciencia y la Tecnología en España


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1 comentario



  1
   Alfonso J. Vázquez | 13/11/2007
 
Sería bueno que ante esta realidad, que parece favorable para España, escarmentáramos en cabeza ajena y analizáramos las verdaderas causas de lo que ocurre:
1.- No es que aquí las condiciones sean mejores y por ello vuelva la gente
2.- Es que allí las condiciones han empeorado y por eso la gente se va.
Por tanto, si no queremos que el viaje vuelva a emprenderse en el sentido contrario dentro de unos pocos años cuando aquello cambie, señores políticos, aprovechen esta gozosa coyuntura y hagan que las condiciones aquí sean tan buenas que aunque mejoren allí la gente no se vuelva a marchar.
Si no, como siempre, será otra oportunidad perdida.
Que es lo que, pese a mi optimismo visceral, me temo que ocurrirá.

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