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Jueces y científicos, tras la misma verdad

Un científico busca comprender la realidad con la intención de anticipar la incertidumbre. Un juez, también. La ciencia dispone de un acervo de leyes de la naturaleza aceptadas (en cada momento) como vigentes. La justicia también tiene el suyo. La ciencia ayuda a sobrevivir, la justicia a convivir. El científico usa un método para acercarse a la verdad. El juez, también.

FUENTE | El País Digital 10/12/2007
 
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El método científico respeta tres principios: el principio de objetividad (el observador elige la observación que menos afecta aquello que observa), el principio de inteligibilidad (la verdad vigente es la más comprensible entre todas las disponibles) y el principio dialéctico (la verdad vigente minimiza las contradicciones con la realidad). Ciencia es cualquier pedazo de conocimiento elaborado con estos tres principios.

La justicia no es muy diferente. Pero la ciencia no consigue aplicar su método al cien por cien durante todo el proceso de investigación. La justicia, tampoco. Y aquí aparece la primera diferencia. El científico se obliga, por oficio, a aplicar el método con la máxima fuerza posible en cada situación. En un proceso jurídico no ocurre lo mismo durante todas sus fases ni por parte de todos sus actores. Se puede admitir que lo hace el juez que dirige la instrucción y también el juez que dirige la vista. Incluso se puede admitir que, en principio, también lo hace el fiscal. Pero no se puede decir lo mismo del abogado defensor y del abogado acusador.

Ni uno ni otro se declaran contra la objetividad, la inteligibilidad y la dialéctica empírica, pero atención, la defensa defendiendo al defendido y la acusación acusando al acusado, tienen otra prioridad: el beneficio de su cliente. (El fiscal defiende la ley aunque, en la práctica, tienda a alinearse con la acusación particular).

Y esta tendencia, la de favorecer al cliente por delante de la verdad científica, no es algo que sencillamente se tolere. Forma parte del código deontológico del abogado. Así lo aceptamos y quizá no pueda ser de otra manera. No es una aberración faltar a la objetividad observando sólo aquello que favorece al cliente y ninguneando todo aquello que le perjudica. No es una aberración faltar a la inteligibilidad dando rodeos o trufando la esencia con matices. Y no es una aberración faltar a la dialéctica experimental acentuando unas contradicciones e ignorando otras.

Tampoco es una aberración contratar un detective para buscar sólo una clase de pruebas, las favorables, o convocar sólo a los intelectuales cuyas sinceras opiniones son justo las que convienen. Uno no deja de sufrir una ligera conmoción la primera vez que cae en la cuenta de que un abogado puede, por oficio de abogado, defender con igual profesionalidad y entusiasmo una causa como la contraria.

Gracias a la objetividad el conocimiento tiende a ser universal (no depende de quién lo elabora). Gracias a su inteligibilidad el conocimiento tiende a servir para anticipar la incertidumbre (cuando lo más cierto del mundo es que el mundo es incierto). Y gracias a la autoridad de la evidencia experimental, el conocimiento cambia, avanza, progresa. El defensor o acusador buscan la verdad que mejor defiende o acusa. El científico o el juez buscan la verdad más científica, la más objetiva, inteligible y dialéctica, la verdad más verdadera.

Apresurémonos a decir que ser científico no es una garantía de pureza objetiva, inteligible y dialéctica. El científico también puede pecar anteponiendo otros intereses, como su prestigio personal o su autoestima. A veces el científico se excede en su deseo de que la naturaleza encaje con su verdad y, con disimulo, le da una secreta ayudita. Hoy sabemos que Mendel, el padre de la genética, no pudo ver lo que dijo que vio. Sus resultados son mejores de lo que tocan estadísticamente. Fue más fe en la verdad que ánimo de engañar, pero mal hecho. Eddington estaba tan deseoso de confirmar la teoría general de la relatividad de Einstein en su célebre observación del eclipse de 1919 que lo consiguió, pero sabemos por sus cuadernos que unos datos le gustaron más que otros. Mal hecho también. En 2002 el físico Jan Hedrick Schön avergonzó a la comunidad científica inventándose los datos de más de 80 publicaciones en un solo año. Caso patológico. El pecado científico, sea éste venial o mortal, siempre acaba saliendo a la luz. El crimen perfecto es más difícil aún contra la verdad científica que contra la verdad jurídica.

En suma, el científico sabe muy bien cuándo peca porque sabe cuándo le falta al método científico. En cambio, defensores y acusadores no pecan cuando dan preferencia a sus clientes. La verdad jurídica descansa entonces en los jueces y en las leyes vigentes. Durante siglos, la verdad científica y la verdad jurídica han seguido caminos próximos pero disjuntos, por lo que no ha habido grandes colisiones. La órbita de un planeta o el metabolismo de una célula poco tenían que ver con un robo a mano armada o con la disputa de una herencia. Sin embargo, todo está cambiando en este siglo y los caminos de ambas clases de verdad dibujan una trama y una urdimbre de confusas bifurcaciones. Cada vez hay más objetos comunes al método científico y al método jurídico: materiales transgénicos, organismos clónicos, ciberespacio, energías alternativas, eutanasia, cambio climático... ¿He dicho cambio climático?

La comunidad científica está inquieta desde hace décadas por la cuestión. Sin embargo, hace sólo unos meses que los científicos han conseguido transmitir esta preocupación, masivamente, a los ciudadanos del mundo. Quizá sea la primera gran colisión entre el método científico y el método jurídico. Mientras centenares de los mejores especialistas hacen su diagnóstico de la salud del planeta con los principios del método científico, otras figuras acusadoras (o defensoras) anteponen otros intereses para desprestigiar (o sobrevalorar) a los científicos y para minimizar (o para exagerar) sus resultados.

Si hay que escoger, mejor alarmarse que no alarmarse. Es la diferencia entre un susto y una tragedia cósmica. El cambio climático aporta algunas novedades: es global (quizá sea la primera vez que todos los terrícolas tenemos un interés común), aún no existe el equivalente de un buen paquete de leyes para proteger la salud del planeta (universales para toda su superficie) y hay demasiados defensores y acusadores de toda índole para ninguna figura equivalente a la del juez o la del fiscal.

La ciencia, globalizada desde su nacimiento en el Renacimiento, da significados a conceptos (como método, crecimiento, progreso, competencia, colaboración, complejidad, irreversibilidad, incertidumbre o riesgo) que poco se parecen al de los conceptos homólogos fuera de ella. Una fabulosa diversidad cocida a fuego lento durante miles de millones de años (la inerte, la viva y la cultural) necesita ahora que la verdad científica y la verdad jurídica caminen de la mano. Es cuestión de empezar a entrenarse...

Autor:   Jorge Wagensberg (Director de la Nueva Área de la Ciencia de la Fundación La Caixa)



   Enlaces de interés
Weblog madri+d: A bordo del Otto Neurath (ciencia, filosofía y sociedad)
Weblog madri+d: Medio Ambiente y Ciencia
Weblog madri+d: Un Universo invisible bajo nuestros pies
Weblog madri+d: Energía y Sostenibilidad
Weblog madri+d: Conservación y Restauración de la Biodiversidad


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2 comentarios



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   Antonio Valle Tristan | 27/12/2007
 
Hay un error de fondo, pues si se trata de certificar a personas como que es un cientifico o un juez, entonces, desde ahi ya hay imperfecciones. Y si trata de instituciones y por su puesto actuada por personas, entonces ambas han cometido errores garrafales. Y si se trata de aspectos mas trascendentales, entonces: La ciencia es el saber acumulado, un sistema de conocimiento que ha permitido al ser humano avanzar en su camino largo e interminable de evolución, y en este espacio, los jueces son solo una entidad que ha maniatado, y casi destruido la esencia de la justicia, que no tiene nada que ver con el proposito de la justicia, como valor y principio universal. Por ejemplo, la historia es un mejor juez, y no necesita de jueces como tal para que la certifiquen como valedera. Los juces, por nobles que sean sus funciones, han generado una egemonía y han centralizado todo el poder de la justicia, creando una especie de altar por lo que brindar tributo.
En el futuro, no me cabe duda, que las estructuras de justicia seran radicalmente modificadas, ampliadas, extentidas a cada habitante del planeta mismo, pues al final, todos, somos juz y parte de la dinamica de la vida.
¿Y entonces, donde quedara el juez?
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   Alfonso J. Vázquez | 18/12/2007
 
No se si estoy de acuerdo con este planteamiento antagónico de la verdad científica frente ala verdad jurídica.
El abogado eefnsor y el abogado acusador no tienen que buscar la verdad jurídica.
Tampoco el juez ni el fiscal.
Unos y otros, cada uno desde su respectivo papel, lo que tienen que conseguir es demostrar, fuera de toda duda, que hay unos hechos que son delictivos, y que lños ha producido o no una determinada persona cumpliendo una serie de condiciones: conocimiento de su antijuridicidad, voluntariedad y/o dolo y/o falta del cuidado exigible, etc., que establece el Código que corresponda, civil, penal, mercantil, etc., etc.
También tienen la obligación de exigir que se respeten todas las garantías que se establecen en virtud del doble principio básico de los países democráticos y desarrollados:
'toda persona es inocente mientras no se demuestr lo contrario' y
'es mejor que un delincuente quede impune a que un culpable sea castigado'.
Este doble principio constituye una garantía que facilita la impunidad de muchos delincuentes profesionales, desde el corruptor de funcionarios del ayuntamiento, al especulador cazador de financiaciones, o al profesional que se mueve entre los vacíos legales.
La tarea del Parlamento es ir reduciendo esos vacíos promuglando las leyes a medidas que la gente asocial intenta aprovecharse del sistema de garantías que procura la conviencia; ir controlando las incertidumbres de los vacios legales mediante la jurisprudencia, pero todo ello siempre con el máximo respeto al respeto a las garantías que derivan de ambos principios.
Desgrciadamente muchas veces los políticos, con mala fe y argumentos arteros, contribuyen a producir confusión en los ciudadanos, en su ánimo de desacredtiar al gobierno, más que a la educación en el respeto a los derechos democráticos, que es lo exigible a un partido democrático, porque en política, como en cualquier otra actividad humana 'no vale todo'.
La sentencia declarando no culpable al acusado es distinta, y nadie debiera confundirla, con la declaración de inocencia.
Aquella impide demostrar, con todas las garantías, la culpabilidad del imputado.
Ésta, ¡sólo Dios lo sabe!, en tanto que sea omnisciente.
El abogado defensor no ignora los hechos que imputan a su cliente; destaca los defectos, incluso procesales, en el respeto a sus garantías o la incertidumbre de la prueba.
El abogado acusador tiene la tarea contraria, demostrar la suficiencia de los hechos probados para alegar la responsabilidad por el acto antijurídico tipificado en las leyes.
Y el juez, decidiendo cuando se da una situación u otra, concluye si, con pleno respeto a las garantías legales, se puede imputar con certeza la comisión de delito o falta o no.
Y por si se equivoca, todo ciudadano tiene derecho a un recurso ante otra instancia.
Que ello favorece más a los ricos que a los pobes es una petición d eprincipìo. En cualquier orden de la vida los ricos ewstán siempre en una situación más favorecida que los pobres; ésa es una de las ventajas que implica el ser rico: poder comprar una casa mejor, un coche mejor, contratar a un abogado mejor, a un médico mejor, a un arquitecto mejor.
Una sociedad democrática lo que debe garantizar es que cualquier ciudadano tiene la oportunidad de conseguir los mismo, pero sólo en una calidad suficientemente buena.
El cientifico, como el filósofo, busca una verdad definida como 'adecuatio intellectus et rei'.
El abogado busca la verdad definida como 'adecuatio factum et lex', que es otra cosa.
No hay, pues, antagonismo; se trata, simplemente, de dos aspectos distintos de la verdad: la de los hechos objetivos, y la de los hechos subjetivos más o menos objetivables
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