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Lo racional y lo razonable

Hace pocos meses, el premio Nobel James Watson causó justificado escándalo y repudio al dudar de la utilidad de la ayuda económica al desarrollo africano, dada la inferioridad intelectual de los negros cuya evidencia basaba en pruebas tan fehacientes como ésta: "Todo el que ha tenido un criado negro se da cuenta de que son intelectualmente inferiores". Omitía mencionar el aspecto más interesante del asunto, la opinión moral sobre los blancos que podría generalizar el criado en cuestión después de conocer al amo Watson.

FUENTE | El País Digital 07/02/2008
 
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La mayoría de quienes han criticado a Watson (quien por cierto ya en su viejo libro La doble hélice había demostrado suficientemente que se puede ser notable en ciencia experimental y a la vez un arribista y un bribón sin escrúpulos) le reprochan lo vago de la noción de "inteligencia" que maneja y la inexactitud de sus datos sobre la capacidad mental de los africanos, ignorando hábitos culturales y antropológicos, etcétera. Pero queda flotando en el éter de los sobrentendidos la posibilidad a contrario de que, si la inteligencia fuese mensurable con rigor y si se demostrase que los negros son estadísticamente menos capaces de ella que otras etnias, estaría justificado no derrochar nuestra solidaridad en ayuda de su imposible desarrollo. Sostener lo contrario, al parecer, sería alinearse con posiciones religiosas y prejuicios espiritualistas indignos de nuestra época ilustrada. Por el contrario, opino que el caso Watson es una buena muestra de la incapacidad del conocimiento científico para sustentar suficientemente ni mucho menos sustituir al razonamiento moral. A mi juicio, Watson no peca de mal corazón sino de racionalidad insuficiente. Al fin y al cabo, se puede ser imbécil en muchos terrenos distintos y quien lo es en moral no merece menos el calificativo que quien lo es en física o matemáticas.

Cierta tendencia cientifista -que no científica- contemporánea aspira a relativizar todas aquellas apreciaciones éticas que no pueden ser sustantivadas en fundamentos biológicos o neurológicos de nuestra especie. Incluso en ciertos casos, algunos epígonos poco perspicaces de la psicología evolutiva tratan de convencernos de lo inútil que es la indignación moral (o incluso, lo que es peor, la educación) frente a prácticas seculares como la violación o la agresividad contra el extraño, puesto que fueron estrategias útiles a la especie adquiridas definitivamente en los difíciles y largos eones de la Edad de Piedra. Según bastantes de ellos, sólo los curas y los predicadores de toda laya se empeñan en agitar el espantajo de los prejuicios éticos frente al arrollador avance de la tecnociencia, cuyos logros por lo visto no pueden someterse sino al enérgico baremo olímpico de "siempre más alto, siempre más rápido, siempre más fuerte". Incluso un observador tan agudo como Arcadi Espada despacha a Michael Sandel -empeñado en un uso público de la filosofía para debatir cuestiones morales contemporáneas y del que acaba de traducirse Contra la perfección (ed. Mar bot), sobre la ingeniería genética- con el mote derogatorio de "cura párroco".

Aquí como en otras ocasiones, vuelve a comprobarse que el mayor peligro de las vanguardias es adelantarse tanto a su propio bando que acaban pasándose al enemigo. Porque nada contribuye tanto a reforzar la creciente marea oscurantista de quienes sostienen que sin religión no puede haber moral como descalificar cualquier reflexión ética por suponerla un subproducto inconfeso de la mentalidad religiosa. Precisamente lo que ofrecen los líderes religiosos de todas las confesiones dogmáticas (secundados por políticos como Clinton, Bush o Sarkozy, con su apología de la "trascendencia" e incluso en cierto modo pensadores laicos como el último Habermas) es la exclusividad moral del fundamento sagrado, un suplemento de conciencia inencontrable ya en cualquier otro espacio ideológico de nuestro mundo descorazonado. Se da una coincidencia alarmante entre quienes propugnan una "ley natural" de origen divino y quienes nos conminan a resignarnos a una "ley natural" evolutiva, hoy interpretada y prolongada por el despliegue científico. Por lo visto las diversas "civilizaciones" representadas por creyentes en algún Absoluto sobrehumano van finalmente a aliarse, sí, pero contra nosotros, los incrédulos humanistas...

Desde luego, sería injusto culpar sin más a la ciencia de esta deriva. Lo explicó muy bien hace más de setenta años Bertrand Russell, poco sospechoso de clericalismo: "Los expertos prácticos que emplean la técnica científica, y todavía más los Gobiernos y grandes firmas que emplean a los expertos prácticos, adquieren un espíritu muy diferente al del hombre de ciencia: un espíritu lleno del sentido de un poder ilimitado, de certeza arrogante y del placer de la manipulación hasta del material humano. Este es el reverso del espíritu científico, pero no puede negarse que la ciencia ha ayudado a desarrollarlo" (en Religión y ciencia). Los descubrimientos científicos de la psicología evolutiva, la neurología o la antropología nos ayudan sin lugar a dudas a mejorar nuestra comprensión de la conducta humana y su motivación, pero no pueden monopolizar ni mucho menos sustituir la reflexión propiamente ética sobre valores e ideales. Lo que cuenta hoy para nosotros al intentar responder a la pregunta "¿cómo vivir?" no es rememorar con fatalismo las estrategias evolutivas que nos ayudaron a sobrevivir en la Edad de Piedra sino precisar y potenciar aquellas otras que nos permitieron salir de ella.

En dos palabras: es preciso no confundir lo racional con lo razonable. Lo racional busca conocer las cosas para saber como podemos arreglárnoslas mejor con ellas, mientras que lo razonable intenta comunicarse con los sujetos para arbitrar junto con ellos el mejor modo de convivir humanamente. Todo lo racional es científico, pero la mayor parte de lo razonable ni es ni puede serlo: no es lo mismo tratar con aquello que sólo tiene propiedades que con quienes tienen proyectos e intenciones. El discurso reflexivo de lo razonable se basa en lo estricta y científicamente racional, pero también en lo que aportan de razonable las tradiciones religiosas, poéticas, filosóficas, jurídicas, políticas, estéticas, etcétera. Sólo los bárbaros, es decir los profetas integristas, pretenden darlas por nulas y no avenidas en nombre de alguna verdad incontrovertible y aplastante, revelada por Dios o por la ciencia. Y ese discurso razonable, por el que abogaron John Rawls y el mejor Habermas entre tantos otros, sigue siendo hoy en la era posmoderna más imprescindible que nunca para valorar las nuevas realidades de la genética, de la tecnología, de la sociedad de la hiperinformación, así como las más recientes demandas sociales y los derechos individuales hasta ahora inéditos. Una lengua razonable colectivamente necesaria para apreciar, comprender y sobre todo para orientar la actitud institucional ante esos sugestivos desconciertos.

Todo menos dejarnos ofuscar por el despistado James Watson y sus semejantes, porque ya nos previene Ramón Eder de que "hay científicos tan distraídos que no recuerdan ni dónde han dejado la ética" (Ironías).

Autor:   Fernando Savater



   Enlaces de interés
Weblog madri+d: Biología y pensamiento
Weblog madri+d: Biología y Sociedad
Weblog madri+d: BioTechnÉtica
Weblog madri+d: A bordo del Otto Neurath (ciencia, filosofía y sociedad)


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7 comentarios



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   una | 20/04/2011   madrid, españa
 
interesante descripcion de la tendencia actual en muchos corros cientifico
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   Roberto | 21/10/2010
 
La afirmación de Watson, como se presenta aquí, parece bastante absurda. Digo, su evidencia parece más bien un chiste. No obstante, hay algo que siempre me ha preocupado sobre cómo se toman afirmaciones como esa, y es que aunque hubiera de hecho evidencia suficiente para sustentarla, de todas formas la gente la negaría. La dictadura de lo 'políticamente correcto' ejercería su control mental, impidiendo ver la realidad.
En cuanto a la observación sobre la inutilidad de la ayuda económica, no veo cómo se relaciona con el tema de si las apreciaciones éticas pueden o no explicarse en forma materialista o por un substrato 'espiritual'. La cuestión de la ayuda económica pasa o por compasión, o por considerar que cualquier progreso no será muy sustentable en el tiempo si se logra a espaldas del menos dotado o menos afortunado. Cualquiera de los dos motivos son indiferentes a cómo se explican y justifican las apreciaciones éticas, y además son indiferentes a la afirmación de Watson de que los negros son inferiores y no la aprovechan lo suficiente.
La distinción entre racionalidad y razonabilidad, como la he visto, me ha parecido siempre artificiosa, pura retórica. Creo que la definición de la racionalidad -incluyendo la dada aquí- es lo suficientemente amplia para incluir la de lo razonable. Es decir, 'saber arreglárnosla mejor con las cosas' implica necesariamente considerar al de al lado.
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   marta | 25/04/2009
 
comparto con Watson, las ayudas económicas de los Estados muchas veces es como tirar margarita a los chanchos,  razonable que se cuide el dinero público. Marta
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   Luis | 11/02/2008
 
Querido Maestro; no. Sin esperanza de que leas lo que te cuento. No. El artículo es efectista y suena pegadizo. Pero no. Siguiendote a tí y a tus maestros el problema no separar razonabilidad y razocinio. Esto suena a tomista enrrollado. Separar es falsear, mucho o poco. En tu caso nunca mentir. Lo que necesita nuestro mundo es unir lo razonable y lo racional. Me da verguenza recordarselo a quien me lo enseñó. Perdón y gracias
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   Roberto Colom | 08/02/2008
 
Francamente: no sé cuál es la relación entre el discurso de Fernando Savater y lo que presuntamente le espetó James Watson a una periodista en la habitación de su Hotel londinense.
Si Savater quiere decir que él --y los suyos-- pueden opinar libremente, pero que los científicos NO pueden hacerlo porque solo ellos NO viven en una sociedad en la que se permite la libertad de expresión y la discusión abierta de ideas, entonces, como ciudadano y científico, me siento contrariado.
Concuerdo con Savater en que nadie debería monopolizar la reflexión ética sobre valores e ideales. Ni siquiera los expertos en ética.
Quizá convenga recordar que (a) lo que nos ayudó a salir de la Edad de Piedra fue nuestra inteligencia, (b) la noción de inteligencia no es vaga y (c) la inteligencia es mensurable con rigor.
Discrepo de su declaración de que la mayor parte de lo razonable ni es ni puede ser científico. ¿Por qué no?
Y ¿por qué el Premio Nobel James Watson es un “bribón sin escrúpulos”? ¿Necesita el experto en ética recurrir a este tipo de calificativos?
Si los niños africanos presentan, en promedio, un bajo rendimiento en pruebas de aprovechamiento escolar como el PISA, ignorar el hecho empírico no contribuirá a mejorar el “capital humano” del continente.
Si Watson sostuviese que ese menor rendimiento debe llevar a los países económicamente poderosos a dejar de invertir en África, ya que su escaso capital humano dilapidará la ayuda, entonces esa será, ni más ni menos, su opinión.
La mía, y la de la mayor parte de los científicos de mi campo disciplinar, sería, en cambio, que, precisamente por ese menor nivel de aprovechamiento escolar, los países poderosos deberían volcarse en ayudar a la mejora económica, social y humana de los ciudadanos del continente africano.
Por consiguiente, el mismo dato empírico ni apoya ni rechaza una determinada intervención política. No es necesario negar el dato empírico para rechazar una particular política. Ni inventarse el dato para apoyar una política alternativa.
Nuestros valores morales no tienen por qué verse influidos por las evidencias científicas. Estas nos hablan de “lo que es”, no de “lo que debería ser”. Y, a mi modo de ver, sobre esto último los científicos deberían poder expresarse con la misma libertad –ni mayor, ni menor—que cualquier otro ciudadano.
Roberto Colom

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   Juan Bautista | 07/02/2008
 

'Racionalidad insuficiente....' Amigo Fernando, si te tomas la molestia de leer a Darwin (no sobre Darwin) comprenderás de dónde le viene a Watson.
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   Miguel Quemada | 07/02/2008
 
Interesante descripcion de la tendencia actual en muchos corros cientificos
Ines
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