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Altamira: En busca de un nuevo yacimiento

Desde que en 1879 Marcelio Saez de Sautuola descubriera las pinturas de Altamira, ha habido un sinfín de investigaciones arqueológicas en el interior de esta cueva.


FUENTE | Público
21/04/2008
 
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Pero, ¿qué queda en el exterior? O mejor dicho, ¿qué queda sepultado bajo las piedras que fuera casi sellaron la amplia entrada a este lugar en el Paleolítico? Por primera vez, especialistas del Museo de Altamira piensan excavar en esa zona en busca de un nuevo yacimiento. Es el principal proyecto que arrancará este año.

Hace 13.000 años, en fechas de carbono 14, la gran entrada a la cueva [cuya dimensión puede apreciarse hoy en la Neocueva, una reconstrucción del espacio cavernario original] quedó prácticamente sellada al derrumbarse el techo, con forma de visera, en los primeros metros de la cavidad. Y lo que era un amplio acceso por donde entraba la luz natural quedó prácticamente cerrado. "La hipótesis que estamos manejando es que en esos metros iniciales de lo que en el Paleolítico era cavidad, y ahora es exterior, se puedan conservar restos del hábitat de estas gentes. El proyecto es comprobar si existen y si es así, investigarlos", cuenta Pedro Rasines, arqueólogo del Departamento de Investigación del Museo de Altamira.

Este trabajo se enmarca en el proyecto de investigación que desarrolla el centro desde el año 2003, Los Tiempos de Altamira, cuyo objetivo es documentar las formas de vida de los habitantes de estas cuevas y definir el clima, el tipo de vegetación y la fauna del momento. Para ello, los especialistas han realizado desde entonces tres intervenciones en cuevas cercanas -Cualventi, El Linar y Las Aguas- para estudiar distintos aspectos sin interferir directamente en la conservación de Altamira, cerrada al público desde hace seis años. En el interior de ésta, sólo se ha llevado a cabo una pequeña intervención, consistente en una limpieza de la estratigrafía y una toma de muestras.

El Museo está preparando una memoria científica para publicar, "más pronto que tarde", todos los resultados de estas investigaciones, pero uno de los más interesantes se ha obtenido precisamente en este último trabajo en el interior de Altamira. Según revela Pedro Rasines, "ahora sabemos que la cueva estuvo habitada durante más tiempo y en periodos más antiguos".

La consideración clásica tradicional de Altamira es que había dos grandes niveles de ocupación, en los periodos Solutrense y Magdaleniense, básicamente Magdaleniense inferior. Valorando los resultados de los últimos análisis de la estratigrafía, Rasines sostiene ahora que en realidad no hay simplemente dos niveles, sino que éstos son susceptibles de subdividirse hasta llegar a ocho. "Hemos podido afinar y una de las cosas más interesantes es que en la base de la estratigrafía hemos encontrado un nivel más antiguo que el Solutrense, un nivel de la época anterior, un Gravetiense final, con una cronología de carbono 14 de alrededor de 22.000 años. Esto es un logro importante", arguye.

El proyecto Los Tiempos de Altamira también está permitiendo definir cómo era la vida de sus habitantes en aquella época, en la última gran glaciación. El frío condicionaba la fauna y la vegetación. Los árboles no eran especialmente abundantes y prosperaban los que soportaban las condiciones más duras, como el pino, el abedul y el avellano.

BISONTES Y CIERVOS

La fauna también era diferente. "Había bisontes, tan magistralmente recogidos en la cueva de Altamira, y caballos y ciervos, que era la especie más cazada, seguida de la cabra. Había también animales carnívoros que no formaban parte de su dieta, como los leones o el oso de las cavernas", cuenta Pedro Rasines.

Para tratar de reconstruir cómo era la vida en este paraje de Cantabria en el Paleolítico Superior, el Museo de Altamira también se ha volcado en la rama de la arqueología conocida como arqueología experimental, que consiste básicamente en crear los instrumentos y las herramientas de épocas antiguas con las mismas materias y los mismos métodos para ponerlos en uso e, incluso, probar su eficacia.

Una de las armas más llamativas que se ha reconstruido es el propulsor, que significó una revolución en las técnicas de caza en el Paleolítico, ya que en la práctica suponía la prolongación artificial del brazo para lanzar las jabalinas con más fuerza.

El encargado de su reconstrucción y de enseñar cómo se usaba, en los talleres abiertos al público en Altamira, es José Aurelio García Munúa. "Se trata de una especie de bastón con un ganchito en uno de sus extremos. Ahí apoyaban una jabalina para lanzarla contra la presa", cuenta.

También ha logrado clonar el método para hacer con sílex herramientas con la técnica conocida como levallois, cuyo uso fue relativamente frecuente durante el Paleolítico Medio. "En los yacimientos se suelen encontrar las lascas y luego los núcleos, por lo que se puede ver cómo era el proceso de fabricación. Solían ser herramientas multiusos", explica García Munúa.

La arqueología experimental ha permitido determinar también cómo los pobladores de Altamira fabricaban con huesos y asta, sobre todo de ciervo, arpones para la pesca, adornos, finísimas agujas, puntas...

Munúa muestra también cómo los pobladores del Paleolítico se las ingeniaban para hacer un hilo, tan fino como resistente, con los tendones de ciervos y caballos, así como pegamento a base de mezclar resina con cenizas o arcillas. "Hay un resto más reciente en el que aparece la resina mezclada con cera de abeja. Se pega y queda como una piedra", asegura, antes de hacer otra demostración para crear fuego a la antigua usanza golpeando una piedra de sílex contra otra de pirita. La chispa prende en el combustible (paja y un hongo del tronco de los árboles). "Ellos sabían, sabían bien lo que hacían", concluye.

Autor:   Guillermo Malaina



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