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¿Qué pasa por mi cerebro cuando invierto y gano en Bolsa?

Imagine que le dan a escoger: ¿100 euros en la mano o 150 un año después? ¿Qué elige, el beneficio inmediato o una ganancia mayor?


FUENTE | Cinco Días
07/05/2008
 
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Se ha podido comprobar, gracias a máquinas tan sofisticadas como el PET y la resonancia magnética, que las personas que eligen los 100 euros activan las áreas cerebrales que contienen los sistemas dopaminérgicos, es decir, las zonas que codifican y elaboran las percepciones placenteras más inmediatas, como sucede con la comida, la bebida, el sexo e incluso las rebajas. En el segundo caso, por el contrario, se ponen en funcionamiento zonas relacionadas con la cognición y la planificación futura, regiones cerebrales que no están estrechamente relacionadas con la supervivencia del individuo.

Si usted pensó que las decisiones económicas que toma están modeladas por la razón, está muy equivocado. La emoción siempre va primero. La literatura científica está llena de experimentos que lo demuestran, como cuenta el médico Francisco Mora en uno de sus últimos ensayos, Neurocultura. A unos niños se les dio a elegir entre saborear inmediatamente un caramelo o esperar la llegada del profesor y zamparse dos. No hay dudas sobre la elección mayoritaria. Pero lo más interesante de esta investigación fue que cuando estos chavales se hicieron adultos se analizó su personalidad y se comprobó que aquellos que escogieron la recompensa instantánea eran más impulsivos y viscerales que aquellos otros que prefirieron esperar. Así, pues, parece que la biografía influye en la toma de decisiones económicas, pero ¿no interviene también la genética?

El papel de la corteza prefrontal en la asunción de riesgos es ilustrativo. Aquí residen todas esas cualidades que consideramos propiamente humanas. Las personas con lesiones en esta región suelen perder más dinero que los individuos sanos. Claro, que a veces, al no experimentar angustia o dolor, los beneficios son abundantes.

La gente, en general, prefiere pagar un precio más alto por acciones de una compañía local que invertir en una compañía extranjera, aunque ésta sea más barata. En el primer caso se trata de correr un riesgo, en el segundo, la incertidumbre a lo desconocido parece que campa sembrando el miedo. La mayoría se decanta por el riesgo, entre otras cosas, porque el cerebro activa una zona estrechamente relacionada con el valor de la recompensa que se espera recibir, cosa que no sucede cuando nos enfrentamos a una situación de incertidumbre. No sólo la ciencia económica se aprovecha de la neurología para ganar eficacia. Los expertos en recursos humanos hace ya tiempo que se zambulleron en ella para explicar el funcionamiento de las organizaciones empresariales y potenciar su rendimiento, como cuenta Sergio Cardona en su libro Neuromanagement. Hoy, en los centros de decisión de las multinacionales se habla de jefes tóxicos, circuitos límbicos y corteza prefrontal con la misma naturalidad con la que el Empire State habilita una nap lunge, una sala a la que los ejecutivos van a echar una cabezadita de 20 minutos después del almuerzo porque hay estudios que aseguran que su productividad crece un 34%. Son las cosas que tiene saber cómo funciona el cerebro.

De una década a esta parte, el cerebro se ha colado en nuestras vidas sin que apenas nos hayamos dado cuenta. Se ha adueñado de nuestras neurosis gracias a la atribulada impertinencia del doctor Gregory House, se ha apropiado de nuestros sentimientos y emociones con la inestimable ayuda del neurocientífico portugués Antonio Damasio y está cuestionando el origen último de nuestros juicios morales (¿existe el libre albedrío?) con ensayos como Natural Ethical Facts (2005), del norteamericano William Casebeer.

La filosofía, la sociología, el arte, la gastronomía e incluso la teología, se estudian hoy bajo el prisma de la neurociencia. Es el boom de la neurocultura, término acuñado por el doctor Francisco Mora, autor de El científico curioso. 'Son muchos los que vaticinan ya, a la luz de esta revolución científica, una modificación radical de nuestra visión de nosotros mismos y de nuestra sociedad', anuncia este catedrático de Fisiología Humana.

El debate está servido. En EE.UU. se han empezado a escuchar voces, ajenas a la psicología y la psiquiatría, defendiendo que los asesinatos cometidos por adolescentes, aún siendo brutales, no pueden ser juzgados como los de un adulto, porque sus cerebros no han alcanzado el nivel de desarrollo adecuado.

En el último capítulo de su libro En busca de Spinoza, Antonio Damasio rememora las primeras palabras de Hamlet para escenificar el abismo humano que se abre cuando se pone en duda la existencia de Dios. La teología no podía ser ajena a la moda neuro y hay quien defiende que el sentimiento religioso es simplemente una experiencia química, capaz de registrarse realizando una tomografía por emisión de positrones. 'Eso es simplificar muchos las cosas, nada nos dice el cerebro acerca de la existencia de Dios', afirma Hugo Liaño, jefe de Neurología del Hospital Puerta de Hierro y profesor de la Universidad Autónoma. Liaño, preocupado por la clonación intelectual del ciudadano y la manipulación a través de la red, ha sido precursor en España de los estudios sobre las diferencias cognitivas entre hombres y mujeres.

Autor:   Marta Matute



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