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Entre los bosques de jabalíes de Brandenburgo y en una zona de humedales y acuíferos, en Ketzin, expertos del Instituto Nacional de Geotécnica (GFZ) en Potsdam llevan a cabo este primer experimento europeo, seguido del ya iniciado en Australia y en Canadá, así como el que ha emprendido Noruega en aguas del Mar del Norte -bajo los fondos marinos- y de un intento similar en Argelia. Pero éste puesto en marcha por Alemania ha sido concebido, además, como un auténtico laboratorio de observación de la evolución del dióxido de carbono una vez enterrado. Como explica un portavoz del GFZ, el depósito de Ketzin forma parte del proyecto europeo CO2SINK, con un coste de 20 millones de euros que se reparten entre 18 países.
Estas instalaciones y sus laboratorios anexos estudiarán si la captura de gases y su almacenamiento en el subsuelo pueden ser viables. Atrapar, retirar y almacenar dióxido de carbono antes de que se difunda por la atmósfera podría ser una de las armas futuras para paliar la degeneración del clima -su calentamiento excesivo-. Aunque esta técnica es experimental, no es por el momento económicamente viable ni lo será antes de 2020. Además, tiene críticos y presenta riesgos añadidos.
A 700 metros de profundidad y en un estrato de arenisca porosa, empapada de agua salada, se encuentra el depósito horadado por los ingenieros alemanes, en el que hasta 2010 se bombearán 60.000 toneladas de este gas carbónico, uno de los agentes causantes del efecto invernadero. Hace una semana, el director del proyecto, Frank Schilling, procedía a la primera inyección de gases hacia el interior.
ANÁLISIS, EN DOS AÑOS
Los planes son que el CO2 permanezca recluido en este medio subterráneo y, de hoy en dos años, los técnicos realizarán toda una batería de pruebas para evaluar este experimento dirigido por el GFZ. Hüttl manifestó que el depósito de Ketzin se convertirá en «un laboratorio mundial único» para estudiar el comportamiento del principal gas responsable del cambio climático.
Este sarcófago para el almacenamiento de carbono se ha construido a partir de tres perforaciones paralelas, concluidas en septiembre de 2007, que comunican el exterior con el depósito bajo tierra: una para inyectar el gas, y las otras dos para realizar observaciones de modo tridimensional sobre el desarrollo del experimento en este medio poroso. Durante un año, desde el fin de las perforaciones, han sido probadas y vueltas a probar las propiedades de almacenamiento y el funcionamiento de los sensores.
«Este innovador proyecto será seguido con ansiedad en todo el Planeta», dijo el presidente regional Matthias Platzeck en la inauguración, subrayando el compromiso de su Estado federado y las investigaciones que se llevan a cabo en Cottbus sobre aislamiento de CO2, según la tecnología conocida como CCS (Carbon Capture and Storage).
Al sur de la instalación de Ketzin, y como primera prueba piloto, la compañía energética sueca Vattenfall pondrá en marcha en septiembre próximo, en Spremberg, su primera central (30 megavatios) con tecnología CCS de captura y almacenamiento. De tener éxito, en 2020 podría entrar en funcionamiento una planta mayor y comercialmente viable.
TECNOLOGÍA CCS
Los ecologistas y los expertos en cambio climático ven con escepticismo las técnicas de CCS. Hüttl, que es presidente y director científico del GFZ, declaró a los medios que la técnica desarrollada en Ketzin podría servir para reducir el calentamiento global, pero no es una alternativa sino un «medio de lograr ganar tiempo» para el desarrollo de fuentes energéticas sostenibles y en lo posible limpias.
Las observaciones del proyecto CO2SINK en Ketzin «deben permitir investigar detalladamente el almacenamiento en el subsuelo y los efectos cambiantes con la geosfera y la biosfera», dice Hüttl, argumentando que «junto a la reducción de emisiones a la atmósfera por la captura y almacenamiento, es necesario desarrollar fuentes de energía renovables y sostenibles, así como las consiguientes estrategias de adaptación».
La experta en asuntos climáticos de Greenpeace Gabriela von Goerne habló en cambio de esperanzas falsas y poco realistas en torno al CCS, y agregó que nadie puede pretender que grandes cantidades de CO2 puedan ser mantenidas, en seguridad y a largo plazo, bajo la corteza terrestre. En tanto, Von Goerne acusó a la industria energética de justificar con dichas esperanzas la masiva extensión de licencias para nuevas centrales térmicas.
«ES UNA TECNOLOGÍA PUENTE»
El dióxido de carbono almacenado en Ketzin tendrá una calidad similar al hallado en alimentos y bebidas carbonadas, como los refrescos. Pero también el jefe del proyecto Schilling rebatió el método como panacea: «El almacenamiento no es una solución del problema global del clima... es una tecnología puente»; y recordó que hasta 2030 hay planeada ya la construcción de 3.000 nuevas centrales de carbón, muchas en China, y argumentó que «ahí es donde este método podría paliar las consecuencias negativas para el clima».
El GFZ admite que el sistema de captura y almacenamiento de carbono CCS es simple, pero todavía está por demostrar que sea eficiente, seguro y económico. La comprobación correrá a cargo de la planta de Ketzin.
Autor: Ramiro Villapadierna
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