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La pregunta es si garantiza una mejora de las enseñanzas universitarias y, por tanto, de la formación de los egresados. Produce perplejidad el que algunas de las mejores universidades de Europa declaren que todo esto no va con ellas. En la recta final de la adaptación plena, me atrevo a señalar que hay tres criterios para juzgar la aplicación de este proceso.
Primero, si se pondrán nuevos recursos a contribución, para una enseñanza más personalizada. La respuesta de momento es que no. En ninguna fase se aseguraron esos nuevos recursos, pero mucho menos cuando la coyuntura de crisis nos aboca a afrontar recortes. La estadística de infraestructuras (bibliotecas, puestos de conexión a la red, salas de estudio y trabajo en grupo, etc.), del conjunto de la universidad española, dista de ser satisfactoria. Además, la distribución es muy heterogénea, la proliferación de universidades y centros ha dejado facultades con tres alumnos por curso, mientras que otras siguen masificadas.
Segundo, cabe preguntarse en qué medida se implantará ese nuevo aprendizaje, personalizado y basado en la adquisición de competencias. Hará falta superar deficiencias de la enseñanza media y que fomentar mucho más la cultura del esfuerzo. Pero Bolonia cuantifica en horas hasta el trabajo personal, algo que las diferencias individuales de motivación, capacidad y preparación impide encajar en unos patrones comunes. El peligro de igualación por abajo es evidente.
Finalmente, falta saber si, como he propugnado, seremos capaces de convertir Bolonia en la oportunidad para las reformas que necesitamos. Habremos de volver sobre ello, pero no basta con hablar de cambio de modelo productivo y economía sostenible, si no atendemos a la estrategia necesaria para ello.
Autor: César Nombela
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