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Pero, como dicen los escépticos, el alud de promesas nos ha dejado un premio Nobel que reconoce los avances de las memorias nano y el nombre del popular reproductor mp3 de una famosa firma de ordenadores. En realidad, sostiene la fracción disidente, esta es la distancia que hay entre el mundo nano dibujado por sus defensores y lo que aparece como frutos visibles de una revolución pendiente.
Sin embargo, como dice el propio Graham-Rowe, estamos ante una tecnología evolucionaria, no revolucionaria. Y posiblemente esto explique la lentitud con que progresa esta disciplina científica y las dificultades que encuentra para inundarnos con maravillosas y sorprendentes máquinas y productos invisibles al ojo humano. Por mi parte, pillado en medio de esta pinza (la misma que nos oprime en tantos otros campos del quehacer humano), cada vez que salta la discusión sobre lo nano, yo recomiendo la lectura de la inquietante novela de Neil Stephenson "La Era del Diamante: Manual Ilustrado para Señoritas", donde los nanobots se erigen en protagonistas de la vida urbana, de los sistemas de vigilancia, del estado de la salud humana, del castigo a los delincuentes o los meramente sospechosos, en definitiva son el cincel transparente e inevitable del paisaje humano.
¿Vamos para allá? Todavía no tenemos respuestas claras al respecto. Si miramos a nuestra experiencia de los últimos 40 años, si en algo hemos demostrado de sobra nuestra pericia e inteligencia es en conseguir que la tecnología evolucionara precisamente en las direcciones más inesperadas o no queridas. Y lo ha hecho de manera consistente y tenaz, sin dejarse aprisionar por conceptos o visiones que trazaban con meridiana claridad las líneas de lo que todavía no había sucedido.
Hoy día, los recubrimientos de superficies, las cremas y los cosméticos ya viven enganchados a la nanotecnología. Lo mismo que esas memorias que permiten comprimir miles de canciones en una pastilla no mayor que la yema de un dedo. La energía está emergiendo como uno de los campos donde la nanotecnología puede conseguir su carta de ciudadanía. Por esta vía está recuperando crédito la superconductividad, que tanto prometió también en su momento, al desplegar su potencial en la escala nano para la conservación y la transmisión de electricidad en entornos que se vuelven mucho más seguros que los que hemos conocido hasta ahora.
Si algo se sabe a ciencia cierta de la nanotecnología es que ningún campo del conocimiento le es ajeno. Pareciera que sintetiza uno de esos momentos de "gran unificación", de Arcadia soñada u perseguida por generaciones de científicos y tecnólogos: la encrucijada donde la ciencia y la ingeniería tienen forzosamente que trabajar codo a codo. Bueno, codo a codo, lo que se dice codo a codo, no. Manipular átomos y moléculas supone funcionar en la escala entre 0.1 y 100 nanómetros. Un nanómetro es a un centímetro lo que un zapato es a la anchura del Océano Atlántico. En esas dimensiones, donde los codos estorban, se están fabricando engranajes, máquinas, dispositivos móviles, motores, máquinas, aviones, misiles...
En ese mundo diminuto suceden cosas que no hemos visto jamás en el nuestro. Los materiales tienen comportamientos anómalos si los juzgamos desde el prisma de lo que nosotros conocemos, tocamos y transformamos. La plata aguanta bien los reactivos en la joyería, pero a la escala nano ha demostrado que tiene propiedades antibacterianas que no se sospechaban. Otros materiales adquieren una flexibilidad, dureza o elasticidad que no tienen en nuestro mundo.
Y por si alguien tuviera todavía dudas, ahí está el juego de lo nano con la salud: balas mágicas que actúan sólo donde el organismo requiere reparación, sustancias que se adhieren a las células descontroladas para devolverlas al redil o liquidarlas, cañones que disparan salvas salvadoras o mortales, galaxias de moléculas que actúan cada una por su cuenta hasta que se agrupan para generar materiales capaces de reconstruirse como artefactos operativos en los lugares más recónditos y diminutos del planeta.
La nanotecnología es una fuerza civil y militar en todos los sentidos. Surgen nuevas posibilidades tanto para lo mejor como para lo peor. Controlar máquinas que nadie ve constituye un arma de evidente poder, tanto disuasorio como de consecuencias reales. Y controlarlas bien, en el sentido de que se sepa siempre dónde están y qué están haciendo, lo que se supone que deben hacer, también. En los últimos cinco años han ido apareciendo voces que alertan sobre los riesgos para la salud y el medio ambiente de las nanopartículas. Al mismo tiempo, se han confeccionado informes por prestigiosos centros de investigación UE consideran que no hay riesgos asociados a las nanotecnologías, aunque siempre han pulsado la tecla precautoria.
En realidad, en estos momentos nos encontramos como con Internet en 1970: nadie era capaz de imaginar cuál iba a ser su territorio de conquista y qué consecuencias iba a tener a medida que los ordenadores conectados en red se multiplicaran y coparan prácticamente todo el mundo. Los defensores de la nanotecnología sostienen que nos encontramos exactamente en un momento parecido: tanto en la ignorancia, como en las posibilidades de obtener un beneficio inimaginable. En este dilema se columpia un mundo que no vemos pero del que ya hablamos como si lo tuviéramos en la palma de la mano, a la vista. Posiblemente faltan otros 20 años para confirmar las promesas de la nanotecnología. Pero el tiempo para definir el marco de su evolución es sin duda mucho menor. Y la única manera que tenemos de hacerlo es mediante un debate público amplio y transparente que nos permita contribuir a tomar decisiones que tomen en cuenta riesgos reales y potenciales. A fin de cuentas, la nanotecnología no es un visitante ocasional. Ha venido para quedarse, como Internet.
Autor: Luis Ángel Fernández Hermana
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