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Los doctores deberían ser directivos, no técnicos

Hay que reconcebir la educación doctoral.


FUENTE | University World News
07/11/2012
 
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Durante el último año algunas de las revistas internacionales más importantes han publicado artículos muy críticos acerca del futuro del doctorado. El mensaje principal nos comunica que existe una sobreproducción de doctores y que la actividad científica está en decadencia.

El concepto humboldtiano de educación doctoral como formación investigadora supervisada tiene ya más de doscientos años. Hoy en día, el doctorado es quizás el título académico con mayor reconocimiento internacional y los doctores son considerados investigadores formados.

Hasta hace relativamente poco tiempo, la formación doctoral era el camino que llevaba a una plaza como investigador en la academia. En ocasiones algunos catedráticos acogían a estudiantes de doctorado para que trabajaran con ellos y era muy probable que los mejores estudiantes consiguieran permanecer en el mundo universitario. Teniendo en cuenta que las universidades se encontraban en una etapa de expansión, este modelo de iniciación profesional era equilibrado.

Sin embargo, durante las últimas décadas la situación ha cambiado. En la actualidad los catedráticos tienen (es más, se espera que tengan) varios doctorandos. Además, el crecimiento de la universidad es modesto, cuando no negativo. La consecuencia necesaria es que la mayoría de los doctores se verán obligados a emplear su talento fuera de la academia.

El modelo es claramente insostenible.

DOS ENFOQUES

Distinguimos en un principio dos enfoques para resolver el problema.

Primero, podría reducirse drásticamente el número de estudiantes de doctorado. Sin embargo, se ignoran las repercusiones últimas sobre la producción científica, ya que una gran parte de la investigación universitaria la llevan a cabo, precisamente, los estudiantes de doctorado.

La alternativa es asegurarse de que los doctores que no terminen en la academia estén bien cualificados para el mercado laboral no académico.

Los doctores se encuentran entre nuestros ciudadanos más brillantes. Sus Programas de Doctorado deberían ser una oportunidad para desarrollar su capacidad de resolver problemas. Esa experiencia debería proporcionarles el bagaje para hacer aportaciones significativas a la sociedad y a las economías competitivas del futuro.

Sin embargo, las críticas más recientes señalan que no es esto lo que ocurre. ¿Qué está pasando? Desde nuestro punto de vista, algunas instituciones y algunos países no han llegado todavía a la conclusión de que la propia formación doctoral tiene que cambiar para acomodarse a la nueva realidad.

Cuando la formación doctoral no era otra cosa que una preparación para la investigación académica, el enfoque tradicional consistente en la realización de experimentos en laboratorio durante unos cuantos años y su relación detallada en un artículo monográfico proporcionaba una buena base para una carrera investigadora en el mundo académico.

Pero ese ya no es el caso. Si los doctores quien ser atractivos para el mercado de trabajo no académico, deben poseer lo que se ha convenido en llamar competencias transferibles: cómo hacer presentaciones orales o por escrito ante públicos nacionales e internacionales, científicos o legos, cómo enseñar, networking, redacción de solicitudes de becas, patentes y gestión de proyectos.

Todos estos aspectos son importantes para docentes e investigadores, pero también son valiosos en otros lugares. En efecto, ser capaz de poner en marcha un proyecto de tres años, ejecutarlo y presentarlo es, en sí misma, una competencia transferible. Las competencias que aprenden los doctorandos son valiosas en cualquier trabajo que requiera síntesis creativa, iniciativa e ingenio.

Por eso, la educación doctoral debería considerarse como una contribución valiosa a las sociedades del conocimiento que conformarán las economías competitivas del futuro.

RECONCIBAMOS LA EDUCACIÓN DOCTORAL

Si queremos que la calidad de la investigación se mantenga, el aumento de la exigencia hacia el estudiante de doctorado no puede hallar respuesta en el modelo de aprendizaje tradicional.

La excelencia investigadora es el sine qua non de un programa de doctorado, pero hay que desarrollar una actitud nueva que sustituya la vieja idea, según la cual el doctorado solo consiste en aprender el método científico y las técnicas experimentales, por la responsabilidad sobre un proyecto.

En el futuro el estudiante no tendrá por qué desarrollar todo el trabajo por sí mismo (idea que hasta el momento era un tabú), sino que tendrá que aprender a dirigir el trabajo.

Este es el enfoque que favorece Europa y que recomiendan la Comisión Europea y el Consejo de Investigación Doctoral de la Asociación de Universidades Europeas (EUA-CDE). La calidad está asegurada por la inclusión de los Programas de Doctorado como organizaciones estructuradas e incluidas en la administración de las instituciones que otorgan el título de doctor.

Este enfoque permite que los estudiantes completen los trabajos conducentes a la presentación de la tesis doctoral en tres o cuatro años con una producción científica significativa y que desarrollen las competencias transferibles que el doctor necesitará para poder competir en el mercado laboral.

Durante los últimos siete años el enfoque recomendado por la Comisión Europea y por la EUA-CDE ha encontrado su expansión en el ámbito de la medicina y la biomedicina de la mano de la organización ORPHEUS (Organización para la Educación en Biomedicina y Ciencias de la Salud en el Sistema Europeo), que representa a más de 100 instituciones y cuadros docentes europeos.

ORPHEUS ha propuesto un conjunto de estándares que combinan el carácter específico con la flexibilidad necesaria para amoldarse a los programas doctorales de calidad en distintos países. Los puntos fundamentales pueden resumirse en los 'siete pilares' que siguen:

  • Los Programas de Doctorado necesitan un fuerte entorno investigador.

  • El requisito para la admisión a un Programa de Doctorado debe ser la posesión del título correspondiente a un grado más un máster de dos años. Además, la admisión debe fundamentarse en el potencial investigador, no tanto en la experiencia.

  • Los Programas de Doctorado están estructurados en torno a un proyecto de investigación original de tres a cuatro años.

  • Los Programas de Doctorado deberían incluir cursos relacionados con el proyecto de una duración máxima de seis meses, incluyendo cursos de ética y competencias transferibles.

  • Los estudiantes de doctorado deben estar bajo supervisión cualificada y regular.

  • Una Tesis Doctoral debe demostrar la habilidad intelectual correspondientes a tres o cuatro años de proyectos de investigación de nivel internacional (equivalentes, por ejemplo, a tres papers).

  • Las Tesis Doctorales deben ser evaluadas por tribunales compuestos por científicos en activo (preferentemente internacionales) que no formen parte de ambiente del estudiante.
Estos estándares no deben entenderse como una camisa de fuerza, sino como la manera de asegurar el valor del doctorado para la institución, en términos de producción científica, y de cara al refuerzo de las oportunidades profesionales para los doctores, dentro y fuera de la academia.

Los doctores deberían ser directivos, no técnicos.


Michael J. Mulnavy es catedrático del Departamento de Biomedicina en la Universidad de Aarhus, Dinamarca, y vicepresidente de ORPHEUS. Zdravko Lackovic es catedrático en el Departamento de Farmacología de la Escuela de Medicina de la Universidad de Zagreb (Croacia) y presidente de ORPHEUS. Roland Jonsson es catedrático y Director Adjunto del Instituto Gade de la Universidad de Bergen, Noruega, y miembro del Comité de Dirección de ORPHEUS.

Autor:   Michael J. Mulvany, Zdravko Lackovic y Roland Jonsson. Traducción de Jaime Capitel (Artículo publicado originalmente en University World News)



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