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Tecnología espacial de uso cotidiano

Aparatos desarrollados para la exploración del Cosmos han dado lugar a multitud de productos que nos hacen la vida más fácil, cómoda y segura.


FUENTE | ABC Periódico Electrónico
06/11/2013
 
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"Mejor invertir ese dinero en acabar con el hambre en el mundo". Esta frase es un lugar común entre quienes se oponen a destinar recursos a buscar vida en Marte, intentar detectar señales de radio de extraterrestres, mantener la Estación Espacial Internacional (ISS), construir telescopios orbitales o cualquier otra iniciativa relacionada con el espacio. A fin de cuentas, ¿qué se nos ha perdido ahí arriba cuando quedan tantas cosas por hacer aquí abajo? Si usted cree que poco, está confundido.

Puede estar leyendo estas líneas en un teléfono de última generación, una tableta, un ordenador portátil o uno de sobremesa. Da igual el cacharro que use. En 1949, ENIAC, la primera computadora digital, ocupaba 167 metros cuadrados: el Laboratorio de Investigación Balística del Ejército estadounidense la utilizaba para cálculos de artillería. Ahora, llevamos en el bolsillo un potente ordenador -eso es un teléfono inteligente- como si nada. La miniaturización es una de las señas de identidad del avance tecnológico y se aceleró con la exploración espacial. La razón es puramente económica.

16.000 EUROS EL KILO

Poner un kilo de lo que sea en órbita cuesta unos 16.200 euros, según cálculos de la NASA. Llevar un iPad Air -que cuesta entre 479 y 869 euros, y pesa 453 gramos- hasta la ISS sale por la friolera de 7.340 euros. Así que, desde el lanzamiento del Sputnik en 1957, uno de los objetivos prioritarios de las agencias espaciales y las compañías que contratan sus servicios ha sido reducir al mínimo posible el peso de los componentes de todo tipo de ingenios: hacer lo mismo o más con menos peso. Y los logros de esa jibarización tecnológica se han trasladado a nuestra vida diaria, en forma de ordenadores, auriculares, baterías, detectores de humos, corazones artificiales y una amplia variedad de dispositivos electrónicos.

Seguro que usted no asociaría algunos productos con la conquista del espacio, como es posible que haga con el Teflon, el Velcro y el Tang, el refresco soluble con sabor a frutas. Sin embargo, ni el Teflon, ni el Velcro, ni el Tang son hijos de la carrera espacial. El Teflon lo inventó la química Dupont en 1938; el Velcro, el ingeniero eléctrico suizo George de Mestral en 1948; y el Tang lo formuló el investigador William A. Mitchell para la General Foods Corporation en 1957 y llegó a los supermercados dos años después.

Si hace deporte, es muy probable que tenga unas zapatillas de colores llamativos que amortiguan los impactos contra el suelo, mantienen sus pies bien ventilados y hasta hacen que se canse menos. Están basadas en las botas que Neil Armstrong cuando el 21 de julio de 1969 pisó la Luna, de las que también se han beneficiado en su calzado los esquiadores. Como los alpinistas, que pasan menos frío en las alturas gracias al uso de tejidos creados para los astronautas. Los cascos de foam que absorben los golpes y usan los ciclistas y jugadores de fútbol americano, entre otros deportistas, también tienen su origen en los diseñados por la NASA para evitar que los astronautas sufran lesiones por la gran aceleración que tienen que soportar durante despegues y reentradas. Y las mejores gafas de sol con lentes que frenan la radiación ultravioleta y no se rayan son hijas de la experiencia adquirida en los visores de los cascos espaciales, y proporcionan una nitidez muy superior a las convencionales.

AGUA PURA

Quizá no haga deporte, pero seguro que usa el cuarto de baño y tiene en él un termómetro. ¿Se acuerda de los de mercurio? Ya no existen. Una directiva de la Unión Europea los prohibió en 2007 y en España no se venden desde abril de 2009. Ahora, la mejor alternativa es el termómetro de oído, que toma la temperatura en poco más de un segundo y sin las incomodidades, ni el peligro, del de mercurio. Su tecnología se basa en la desarrollada por la NASA para medir la temperatura de las estrellas gracias a su radiación infrarroja. El termómetro de oído, que llegó al mercado en 1991, mide la radiación infrarroja que nosotros, como todos los seres y cosas -incluidas las estrellas-, emitimos para ver si tenemos fiebre.

En las estaciones orbitales, el tratamiento del agua es vital para la supervivencia de sus ocupantes, así que se han tenido que crear sistemas muy efectivos. Ya en la Tierra, las aguas residuales de nuestros hogares acaban en depuradoras donde plantas acuáticas extraen de ellas las sustancias contaminantes, algo en lo que fue pionera la NASA. La calidad de esa agua depurada se controla en los centros de tratamiento con unos dispositivos que, originalmente, fueron diseñados para medir en tiempo real los niveles de nutrientes en las soluciones para cultivos hidropónicos en el espacio. Además, los sistemas de potabilización para garantizar que los astronautas dispongan en todo momento de agua sin gérmenes se basan en unos filtros de carbón activo que del espacio han llegado a las jarras purificadoras y dispositivos para grifos de uso doméstico.

Las balsas del proyecto Apollo, cuyas cápsulas caían en el Pacífico, han salvado la vida de más de 400 marinos, y el primer corazón artificial, diseñado a partir de las bombas de combustible del transbordador espacial para suplir provisionalmente al órgano dañado hasta el trasplante definitivo, a más de 450 enfermos desde los años 90. Desde un punto de vista estrictamente económico, la NASA calcula que Boeing, uno de sus socios, ha ahorrado en sus aviones de línea gracias al winglet, el extremo del ala doblado hacia arriba probado por la agencia espacial, más de 10.200 millones de litros de combustible o, lo que es lo mismo, 2.960 millones de euros.

AISLADOS

El último acontecimiento deportivo internacional llega a su televisión como si nada. Da igual dónde se celebre. Sin embargo, no siempre ha sido así. Hubo un tiempo en el que era imposible ver partidos de fútbol, conciertos o imágenes de un suceso en directo si tenía lugar un poco lejos. Eso cambió con los satélites artificiales, que orbitan nuestro planeta entre los 700 y los 30.000 kilómetros. Si esos ingenios desaparecieran de repente, no solo dejaríamos de disfrutar de mucha información y entretenimiento televisivo, sino que, además, la comunicación intercontinental se vería muy limitada, la predicción meteorológica sería casi una lotería, los sistemas de navegación dejarían de funcionar -incluido el GPS que usamos en el coche o cuando vamos al monte-, no habría ningún medio para observar cómo evolucionan fenómenos terrestres y marinos... ¿Se imagina un retroceso al mundo de 1960?

Hablando de deportes, si le gusta el automovilismo, sabe que los monos de los pilotos son ignífugos. No es algo que hayan desarrollado los departamentos de investigación de las grandes escuderías de la nada. Tienen su origen en las prendas resistentes al fuego diseñadas por la NASA para las misiones Apollo. Aguantan más de 1.300º C y garantizan que, en caso de accidente, el piloto cuente con unos segundos, preciosos para la vida, hasta que llegue el equipo de socorro. Hasta de las catástrofes espaciales nos beneficiamos en el día a día. Un científico de la NASA desarrolló, dentro de la investigación del accidente del transbordador Columbia -en el cual el 1 de febrero de 2003 murieron siete astronautas-, un programa informático para calcular las dimensiones de objetos a partir de fotografías que ya se emplea en la construcción y la investigación de accidentes de tráfico.

Cuando la NASA puso en marcha el proyecto Apollo, se enfrentó a un problema: los astronautas no podrían en la Luna enchufar en ningún lado el taladro con el que recoger muestras. Black & Decker había desarrollado en 1961 las primeras herramientas inalámbricas. Así que la agencia encargó a la compañía la fabricación de taladros que funcionaran con baterías, a temperaturas extremas y en gravedad cero. Ahora, taladros ligeros y potentes, derivados de aquéllos -y una gran variedad de herramientas similares-, están en muchas cajas de herramientas caseras. Por no hablar de las pequeñas aspiradoras portátiles para el coche.

EL DINERO SE MULTIPLICA

Hay unos 30.000 productos a la venta derivados de desarrollos originales o modificaciones de otros para la supervivencia del hombre en el entorno más hostil, el espacio. Son los frutos tangibles de una aventura que algunos consideran un capricho, pero que genera, además de conocimiento, riqueza: la NASA asegura que cada dólar invertido en el espacio genera siete en forma de aplicaciones. Y el coste de algunas misiones, de cuyos avances acabaremos beneficiándonos todos, tampoco es tanto.

La misión de Curiosity, el laboratorio móvil que explorará Marte durante casi dos años, ha costado 2.500 millones de dólares (1.854 millones de euros). ¿Mucho? Depende. El Real Madrid tiene un presupuesto para esta temporada de 515 millones y el FC Barcelona, de 509. El presupuesto anual de los dos clubes de fútbol más potentes de España es más de la mitad que el coste de una misión de dos años al planeta rojo.

Autor:   Luis Alfonso Gámez



   Enlaces de interés
 
IMDEA Software
Blog madri+d: Cuaderno de bitácora estelar


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2 comentarios



  2
   Atanasio Lleó Morilla | 06/11/2013
 
Hoy no hay ninguna duda de los beneficios que la investigación espacial (e incluso la investigación científica en general) ha producido --y sigue produciendo--  para la Humanidad en los más diversos campos. Si nos refiriéramos exclusivamente al ámbito económico, las cantidades invertidas se recuperan con un factor que, aunque no es fácil de calcular, desde luego resulta muy superior a la unidad. Y tengamos en cuenta el beneficio social que aportan los avances de la tecnología derivada de la investigación, muchos de ellos citados en el presente artículo. Parece que, objetivamente, no hay duda.  
                                           Atanasio Lleó
Profesor Emérito de la Universidad Politécnica de Madrid
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  1
   Oscar Rodríguez | 06/11/2013   Madrid, España
 
Creo que el primer 'gran' uso que se le dio al teflón fue como sellador en las tuberías que contenían hexafluoruro de uranio dentro del proyecto Manhattan. Quizás se ha usado mucho en la carrera espacial, pero el teflón es hijo de la bomba atómica, más que de la carrera espacial ('The making of the atomic bomb', Richard Rhodes).
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