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AD-36, el virus contagioso que explica por qué estamos gordos

Cada vez tenemos menos certezas en lo referente a nuestra salud, pero hay dos aspectos relacionados con la misma de los que raramente dudamos. Por una parte, que cada vez estamos más obesos, una consecuencia clara de nuestros hábitos de vida, trabajo y alimentación, algo que se deja notar especialmente en países como Estados Unidos.


FUENTE | El Confidencial
09/06/2014
 
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Por otra parte, que este problema de salud es consecuencia de nuestro comportamiento y, como mucho, del ambiente en que nos hemos criado o de la constitución con la que hemos nacido. Sin embargo, cada vez más investigaciones ponen en tela de juicio dicha concepción y no son pocos los que muestras las evidencias que señalan quela obesidad puede ser contagiosa. La última vez, por parte de un grupo de investigadores checos en el Congreso de Obesidad Europeo, celebrado en Sofía (Bulgaria). Pero se trata de una tesis que lleva siendo defendida desde los años noventa por el doctor Richard Atkinson, director del Centro de Investigación para la Obesidad Obetech y profesor de la Universidad de Virginia, que señala a un virus como el principal culpable de esta epidemia de obesidad.

ADENOVIRUS 36, EL PRINCIPAL ENEMIGO

Existe un amplio consenso sobre que el adenovirus 36 causa infecciones respiratorias y oculares en los contagiados, y cada vez más investigaciones sugieren que puede estar detrás del engordamiento de la población. Como señalaban los estudiosos checos, nuestros hábitos alimenticios y personales no han cambiado tanto como para explicar el crecimiento exponencial en las tasas de obesidad. Es entonces donde entra en escena el adenovirus 36, que fue descubierto en el año 1978 en las heces de una niña enferma de diabetes y que, inyectado a los animales, provocaba que estos ganasen peso incluso en caso de que siguiesen comiendo lo mismo.

El ad-36 penetra en las células adiposas, lo que hace que estas acumulen más grasa de lo que deberían. Al mismo tiempo, provoca que algunas células madre se conviertan en células adiposas, lo que dispara los niveles de grasa en el organismo. En el congreso, los investigadores señalaron que los adolescentes obesos que habían estudiado tenían dos veces y media más posibilidades de haber sido infectados con dicho virus que sus contemporáneos más delgados. Estos descubrimientos se encuentran en la misma línea que las tesis de Richard Atkinson, que explicaba a The Washington Post que el adenovirus 36 "no es la causa de todos los casos de obesidad, pero influye en tu peso". El problema es que los efectos del virus se dejan notar a tan largo plazo que es muy difícil identificarlo y actuar en consecuencia, no digamos ya evitar su contagio.

"Es un proceso lento que trabaja cambiando tu tasa metabólica", explicaba Atkinson. "Hace falta que pase un año o dos para ser realmente obeso después de ser infectado". Como explicábamos, el virus provoca no sólo que las células grasas aumenten de tamaño, sino también que se reproduzcan. Además, sugería el doctor, es un proceso irreversible, la causa de que las tasas de obesidad se hayan multiplicado en apenas dos décadas. Según una investigación publicada en el año 2007 por Atkins y su grupo de investigación, el AD-36 se encuentra en el 30% de los humanos obesos y en el 11% de los humanos no obesos. Además, diferentes estudios han mostrado que causa efectos muy semejantes en animales como los pollos, los ratones, las ratas y los monos. Por otra parte, el adenovirus 36 provoca otros cambios en principio positivos en el organismo, como el descenso del colesterol y los triglicéridos.

INFECTADO HOY, OBESO MAÑANA

Pero Atkins no ha sido el único en investigar los efectos del adenovirus 36 sobre el peso. Según un estudio publicado en la revista Pediatrics, y realizado por el profesor de pediatría de la Universidad de California en San Diego Jeffrey Schwimmer, los niños obesos infectados por el virus pesaban de media 35 libras (15 kilogramos) que aquellos niños obesos no infectados. Además, los niños infectados pesaban de media 52 libras (23 kilos) más que aquellos no infectados.

Por su parte, el profesor Nikhil Durahndar, del Centro de Investigación Biomédica Pennington de la Universidad del Estado de Luisiana llevó a cabo su propio experimento con 1.400 personas, y llegó a la conclusión de que aquellos que presentaban anticuerpos del virus en su organismo (es decir, que habían sido contagiados en algún momento) presentaban mayores niveles de grasa incluso 10 años después de las pruebas. Esa es otra de las dificultades asociadas al adenovirus 36: no sólo es difícilmente reversible, sino que sus efectos se dejan notar en el muy largo plazo, a pesar de que desaparece del cuerpo en tan sólo un mes.

Otras investigaciones semejantes, como la realizada por Magdalena Pasarica del Hospital de Florida, ha puesto bajo sospecha otros virus como el adenovirus 37 y el adenovirus 38, como descubrió tras consultar las muestras de tejido adiposo procedente de una amplia muestra de pacientes sometidos a liposucción.

¿TAN CONTAGIOSO COMO UN RESFRIADO COMÚN?

La consecuencia de que la obesidad se deba, aun en parte, a un virus, es que puede ser fácilmente transmisible, ha señalado en sus investigaciones Atkins, que ha intentado sin resultados conseguir financiación para su vacuna contra el virus. "Hemos hecho pruebas con animales para demostrar que la vacuna produce una respuesta inmunitaria", señalaba. Hasta entonces, la única solución posible es la prevención, muy similar a la del resfriado común. Es decir, evitar hurgarse la nariz y frotarse los ojos; lavarse las manos con cierta frecuencia y, especialmente, evitar a la gente delgada que está constipada. Esto se debe a que, como hemos explicado, el virus es eliminado en menos de un mes, por lo que los obesos no lo conservan en su organismo. Por el contrario, "esa gente delgada constipada" es la que tiene más probabilidades de contagiarnos. Además, una buena alimentación, bajos niveles de estrés y un sueño reparador, claves para sortear los resfriados, son indispensables para escapar de cualquier virus. Por lo que pueda pasar.

Autor:   Héctor G. Barnés



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