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PARA SER INNOVADOR

HAY QUE SER DISCIPLINADO

 

Juan Carlos CUBEIRO

Director Europeo Gestión por Competencias

de Hay Group

 

Hace trece años, Peter Drucker, el padre del pensamiento gerencial, publicó un artículo en la Harvard Bussines Review (reeditado estos días) que servía de base para su libro Innovación y emprendizaje. El título de este artículo era La disciplina de la innovación y su tesis principal la expresaba Drucker de esta manera: "De todos lo emprendedores con éxito que he conocido, lo que tienen en común no es un determinado tipo de personalidad sino un compromiso con una práctica sistemática de innovación".

 

Drucker se ha ganado la vida retando nuestras premisas empresariales básicas. De hecho, lo sigue haciendo y mucho me temo que así será hasta que nos deje. Esta "disciplina de la innovación" no es algo a lo que estemos acostumbrados. Pero, ¿cómo es esto?. ¿La innovación no es cosa de genios, vestidos a lo Óscar Wilde que, entre frase inconexa y discurso divergente, dan rienda suelta a su imaginación y generan de la nada algo antes no creado?. ¿No es la innovación algo mágico, inexplicable, fascinante por imprevisto?. Desde la antigua Grecia, son las musas las que caprichosamente otorgan su gracia a los espíritus burlones, iconoclastas, irreverentes y belicosos. O, al menos, eso hemos querido creer durante los últimos 2.000 años en nuestra civilización.

 

Asociamos el hecho de innovar a la bombilla que se enciende, al milagro que se produce, a la situación inesperada. Sin embargo, las investigaciones demuestran que los equipos que lanzan nuevos productos y servicios, que las empresas más innovadoras se embarcan en una búsqueda sistemática de oportunidades. El innovador no es un genio distraído al que se le cae la manzana sobre la cabeza, muy al contrario, es quien se pone el mono de trabajo e intenta, mediante prueba y error, crear algo nuevo que antes no había sido imaginado. La innovación es inspiración (el "factor eureka") en un pequeño porcentaje y transpiración (sangre, sudor y lágrimas) en uno mucho mayor. Thomas Alba Edison, padre creador de lo que hoy es General Electric, una de las empresas más valiosas y la más admirada del mundo, lo intentó una y otra vez hasta que consiguió la susodicha bombilla que ejemplificaba la innovación. Iniciativa, sí, era una competencia destacada en el gran Edison; necesaria, pero no suficiente. Esta iniciativa debió estar acompañada por grandes dosis de perseverancia, de autoconfianza, de rigor y de autocontrol. Es el conjunto de estas cualidades las que hicieron posible la innovación. Como dice un amigo mío, "la clave está en ser un Mozart con la capacidad de trabajo de un Salieri": la genialidad del joven compositor de Salzburgo junto al tesón y la laboriosidad de su envidioso rival.

 

El innovador bebe en las fuentes de la innovación (las ocurrencias inesperadas, la incongruencias, las necesidades, los cambios en el mercado, las variaciones en la percepción, en la demografía o en el conocimiento), indaga hasta qué punto las oportunidades pueden convertirse en realidades. Es cuestión de enfoque, de simplicidad, de visión y pensamiento conceptual. Poco hay de magia. Para innovar, hay que practicar, entrenarse y probar. De la cantidad surge la calidad.

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