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VEINTICINCO AÑOS DE RELACIONES UNIVERSIDAD-EMPRESA

Antonio Sáenz de Miera López

Director Gerente de la Fundación Universidad-Empresa

 

Se acaba de cumplir el vigésimo quinto aniversario del nacimiento de la Fundación Universidad-Empresa, institución de iniciativa privada al servicio del bien público. Creada por la Cámara de Comercio e Industria de Madrid en 1973 dentro de sus programas de responsabilidad social, su objetivo era estrechar, ampliar y solidificar las relaciones entre la universidad y la empresa, potenciar sus respectivos recursos para un mejor aprovechamiento de sus posibilidades de colaboración y contribuir así a la modernización del país y a la competitividad nacional que aseguraran una sostenida evolución económica y un consecuente calidad de vida de nuestra sociedad abierta, dinámica y democrática.

Pero lo que hoy parece una realidad inevitable, no lo era en 1973, año en el que la mayoría de los universitarios y los empresarios desconfiaban no ya de los resultados de la colaboración mutua, sino del simple hecho de la colaboración. Eran dos mundos tan heterogéneos que no parecía fácil su aproximación y menos su entendimiento. Los primeros momentos de la Fundación, que fatalmente coincidieron con las turbulencias políticas que agotaron la vida española en los primeros años de la década de los setenta y con la crisis económica internacional del petróleo de los mismos años, fueron difíciles. A las dificultades propias de toda institución que empieza a vivir, hubo que añadir una cierta hostilidad ambiental que rechazaba la propia existencia de un organismo que buscaba convertirse en un lugar de encuentro de dos instituciones básicas de nuestra sociedad con historias distintas, objetivos diferentes y metodologías dispares. Los primeros esfuerzos de la Fundación se dedicaron a cambiar las opiniones de los escépticos y a deshelar el clima de unas relaciones que fuera de España y, sobre todo, en Norteamérica no sólo eran cordiales, sino profundas y con un amplio historial de beneficios para ambas y para la sociedad en general.

Desde muy pronto se establecieron tres áreas de imprescindible colaboración entre la universidad y la empresa: la investigación científica y tecnológica, el empleo universitario y la formación permanente, cada una con sus características y sus exigencias. Hasta entonces habían existido ensayos de colaboración buenos e irrelevantes en el campo de la investigación. Ni siquiera en una opinión tan lúcida como la de Ortega y Gasset, expresada en la Misión de la universidad en los años 20, se echaba de menos este acercamiento. No existía una legislación no ya que favoreciese la utilización de la investigación universitaria para las necesidades de la empresa, sino ni siquiera su existencia. Al borde de la legalidad, la Fundación inició el camino de esta aproximación y los hechos le dieron la razón sobre los grandes beneficios que esta corporación acarreaba tanto a la universidad, que obtenía nuevos recursos económicos para el desarrollo de sus funciones propias entre las que se encontraba la investigación, como a la empresa, que podía contar con la enorme ayuda del potencial investigador universitario, con grandes medios humanos y materiales.

En los años 70, el problema del empleo, en general, y del universitario, en particular, no era tan dramáticamente evidente como ahora, pero parecía ineludible que la universidad de preocupara del empleo de los titulados que salían de sus aulas. El tiempo vino a poner más en evidencia este problema al que la Fundación atendió desde el principio con múltiples acciones encaminadas a clarificar el mercado lateral universitario y a promover iniciativas, como las prácticas en la empresas o los programas de educación cooperativa, para facilitar el acceso de los titulados a la empresa. La formación permanente era otra obligación de la universidad para mantener y actualizar los conocimientos académicos recibidos por los estudiantes y asegurar su mejor aprovechamiento en la vida profesional.

Junto al empleo, la preocupación más constante de la Fundación ha sido la de la investigación científica (I+D) por considerarla causa de las relaciones entre la universidad y la empresa y piedra angular de su buena marcha y por los beneficios inmediatos que produce como quedó patente en la primera reunión que, convocada por la incipiente entonces Fundación, tuvo lugar en la Facultad de Químicas de la Universidad Complutense. El gran tema de la relaciones universidad-empresa era la investigación y desde aquella reunión se puso en marcha el proyecto de establecer el modo en que la colaboración entre ambas instituciones para llevar a cabo contratos de investigación fuera un hecho. El primer seminario sobre investigación universidad-empresa tuvo lugar en 1975 y desde entonces se sucedieron las reuniones para estudiar el tema y se creó el Servicio de Información y Coordinación Universidad-Empresa, que más tarde sería sustituido por el SICUEMA, para atender la creciente demanda de las empresas en materia de investigación universitaria. Hasta la aprobación de la LRU (Ley de Reforma Universitaria), se firmaron a través de la Fundación 191 contratos y, a partir de entonces, debido a las facilidades que la nueva ley proporcionó en este campo, los contratos fueron aumentando de forma realmente espectacular quintuplicándose en el período 1983-1992. En 1983 se firmaron 224 contratos y en 1992 1.043. De 1989 a 1996 el ritmo era todavía mayor según datos de las memorias de actividades del Plan Nacional de I+D. De los 2.352 contratos de 1989 se pasó a los 12.000 en 1992 y 4.000 en 1993. Estas cifras sugieren la metáfora de una esclusa o un dique abierto que permite el desbordamiento de las aguas encadenadas. Hoy la práctica de los contratos entre universidad y empresa es ya normal y ha venido a demostrar la oportunidad y los beneficios de dicha colaboración como la Fundación propuso y se empeñó en convertir en realidad hace ya veinticinco años.

Las acciones de la Fundación han sido mucho más amplias y han abarcado otras muchas áreas de colaboración entre la universidad y la empresa en una constante revisión de sus proyectos según las exigencias de la sociedad. Por ejemplo, la incorporación de España a la Comunidad Europea tiene una inmediata e incluso anticipada reacción por parte de la Fundación. Esta permanente actualización de sus tareas inmediatas, sin olvidar sus propósitos fundacionales, la han mantenido viva y ha logrado llegar a sus veinticinco años con un pasado lleno de realizaciones y un bagaje de proyectos y experiencias que le permiten afrontar el futuro con una sólida esperanza de seguir ayudando, en la medida de sus posibilidades, al desarrollo de la sociedad española abriendo cauces de entendimiento y de colaboración entre la universidad y la empresa.

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