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Innovación, ¿Factor de competitividad?

 

Francisco Larios Santos

 

Francisco Larios Santos pertenece a la Dirección General de Enseñanza Superior e Investigación Científica de la Secretaría de Estado del Ministerio de Educación y Cultura, Comisión Interministerial de Ciencia y Tecnología (CICYT). En este artículo, presenta las relaciones existentes entre competitividad e innovación tanto a nivel macro como microeconómico.

 

Introducción y aspectos generales

La innovación aumenta la competitividad, bien a través de los mercados o bien a través de la mayor productividad de los factores, lo cual provoca un aumento de la producción mejorando el saldo de la balanza comercial (Figura 1).

 

 Fuente: Dosi, Pavit y Soete, 1990.

 

La innovación es el elemento clave que explica la competitividad. Porter (1990) se muestra rotundo al afirmar que la competitividad de una nación depende de la capacidad de su industria para innovar y mejorar y que las empresas consiguen ventajas competitivas mediante la innovación. También es igualmente explícito Chesnais cuando manifiesta que la actividad innovadora constituye efectivamente, junto con el capital humano, uno de los principales factores que determinan las ventajas competitivas de las economías industriales avanzadas.

La innovación (de procesos, de productos y organizativa) es un factor importante de competitividad. La innovación de procesos aumenta la productividad de los factores de producción al aumentar ésta y/o disminuir los costes; permite la flexiblilidad de los precios y proporciona un aumento de la calidad y de la fiabilidad de los productos y la búsqueda de una mayor productividad llega a ser una actividad constante. Los cambios radicales de procesos transforman completamente los métodos de producción y, algunas veces, preparan el camino a nuevos productos. La innovación de productos (o servicios) favorece la diferenciación mediante productos competitivos y reduce la competencia por precios o costes. Mediante la innovación se puede conseguir más calidad y un rendimiento más alto, un mejor servicio, tiempos de respuesta más cortos, funcionalidades más adecuadas y mayor ergonomía, seguridad y fiabilidad. La innovación radical de productos abre nuevos mercados y los productos protegidos de forma adecuada y explotados rápidamente otorgan, durante un tiempo, una ventaja competitiva al innovador. La innovación organizativa y el aprovechamiento de los recursos humanos, junto con la capacidad de anticipar la demanda y las tendencias del mercado, son condiciones previas necesarias para asegurar el éxito de otros tipos de innovación.

Las empresas se ven forzadas a innovar lo más rápidamente posible ya que el ciclo de vida de los productos y de las tecnologías es cada día más corto y generaciones de tecnologías están reemplazando con éxito a otras anteriores a un ritmo vertiginoso. El entrar en el mercado e introducir nuevos productos han llegado a ser factores decisivos de competitividad y la difusión de nuevas técnicas, productos y servicios en el conjunto del tejido económico está permitiendo conseguir el máximo beneficio en términos de competitividad. [Libro Verde de la Unión Europea (20.12.95)].

 

Competitividad

 

El concepto de competitividad se formula con frecuencia en función del enfrentamiento de un país o bloque comercial con otro y la cuestión que anima el debate es el mayor o menor grado de competitividad de un país respecto a otro. Sin embargo, existe poca competitividad frontal entre los países y el hecho de que crezca la economía europea o aumente su prosperidad, por ejemplo, no implica que la de Estados Unidos no pueda aumentar también. El reto de la competitividad no es la lucha entre Japón, Estados Unidos y Europa, ni siquiera la lucha entre bloques comerciales. La economía global está tan entrelazada hoy día que tiene ya poco sentido hablar de una empresa americana, europea o japonesa [Por ejemplo, Dow Chemical obtiene más del 50% de sus ingresos fuera de Estados Unidos].

Aunque es evidente que ninguna economía, ya sea americana, europea o japonesa, es inmune a los convulsivos cambios provocados por la revolución tecnológica [Hammel y Prahalad, 1995], las cuestiones que subyacen son: ¿qué sentido tiene hablar de la competitividad de un país o de una nación?, ¿de la competitividad americana, europea o japonesa o de la de las empresas americanas, europeas o japonesas?, ¿no será que simplemente se debe considerar la competitividad de las empresas, independientemente de su origen o de la sede de la casa matriz?.

A nivel micro (empresa), la competitividad se entiende como la habilidad de una empresa para crecer en tamaño, cuota de mercado y rentabilidad. En la teoría económica tradicional, los costes de producción determinan la competitividad a nivel de compañía, pero estudios recientes señalan como elementos fundamentales de la competitividad otros factores que determinan la capacidad de una compañía para alcanzar y mantener una posición ventajosa frente a cambios tecnológicos, económicos y sociales. Entre éstos adquieren una especial relevancia las características de los recursos humanos (ej. habilidades y motivación), factores técnicos, como las capacidades de I+D y la habilidad para adaptar y usar tecnologías y factores de gestión y organizativos, tanto internos como de relación con agentes externos (clientes, proveedores, organismos privados y públicos de investigación, otras compañías, etc.). La rentabilidad y la supervivencia llegan a ser indicadores clave de competitividad.

A nivel macro (nacional), no existe un claro consenso acerca de la definición de competitividad y de la elección de los indicadores apropiados. Los indicadores más ampliamente utilizados estaban relacionados con las transacciones comerciales internacionales en las que los precios tenían una importancia capital. De una forma creciente se ha considerado que el balance comercial no es el único, ni siquiera el más importante, indicador de la competitividad nacional. De hecho, en 1985, la Comisión Presidencial de Estados Unidos sobre Competitividad Industrial (CIC) definió la competitividad de una nación como el "grado en el que ésta puede, en libres y justas condiciones de mercado, producir bienes y servicios que satisfacen a los mercados internacionales mientras, simultáneamente, mantienen y aumentan la renta real de sus ciudadanos".

La idea de que la riqueza económica de un país está, en su mayor parte, determinada por su éxito en los mercados internacionales es una hipótesis, no una verdad absoluta, y de una forma práctica y empírica esa hipótesis es rotundamente errónea. El mundo no es tan interdependiente como se piensa y, en cualquier caso, los países no compiten como corporaciones -el comercio internacional no es un juego de suma cero. La obsesión por la competitividad nacional es peligrosa y puede conducir a conflictos comerciales innecesarios [Krugman,1994].

La competitividad es un concepto dinámico y evolucionista. En EEUU, por ejemplo, se ha contemplado sucesivamente con relación al comercio y a la política comercial, con la política industrial y con la política tecnológica. El Institute for Management Development (IMD), de Lausanne, y el World Economic Forum elaboró un ranking de competitividad mundial en el que figuraban clasificados 22 países de la OECD de acuerdo a 378 indicadores diferentes agregados en cinco factores: internacionalización, ciencia y tecnología, gestión y dirección, infraestructura y recursos humanos, educación y habilidades, pero ante la arbitrariedad en la elección de los factores y el peso que se les debía asignar, el Foro Internacional modificó la definición de competitividad en 1996 considerándola como "la habilidad de un país para conseguir de forma sostenida altos índices de crecimiento en GDP per cápita (The Economist, Junio 1996)" y elaboró un nuevo índice que comprendía 155 indicadores incluyendo factores como la apertura de mercados, bajos impuestos, altos ahorros e inversión en capital humano. Hoy día, se interpreta la "competitividad" en términos de factores como crecimiento, productividad y rendimiento comercial, factores mundialmente aceptados como muy importantes para el desarrollo económico.

Existen cuatro atributos que, individualmente y como sistema, crean el contexto en el que las empresas de una nación nacen y compiten y determinan la capacidad de las empresas de una particular industria para competir con éxito: las condiciones de los factores, tales como la disponibilidad de mano de obra cualificada e infraestructura idónea, las condiciones de la demanda de los productos y servicios de la industria, las industrias relacionadas y de apoyo, incluyendo la presencia de proveedores competitivos, y la estrategia de la empresa, estructura y nivel de competencia.[Porter, 1990].

Últimamente, y aunque se ha puesto un énfasis creciente en la globalización de la competencia por la presencia de las corporaciones multinacionales y la internacionalización de sus centros de producción, se tiene más en cuenta la creciente inversión directa de empresas extranjeras que los crecientes vínculos comerciales entre países.

La competitividad de las empresas de un país no solamente refleja una gestión de éxito de emprendedores y directivos, sino que es consecuencia de las tendencias y políticas a medio y largo plazo, de la potencia y eficiencia de la estructura productiva de la economía nacional y de la infraestructura técnica. La posición actual es considerar un enfoque integral y sistémico que tiene en cuenta todas las interacciones entre los niveles "micro" y "macro".

 

Innovación

 

En cuanto al proceso de innovación, el pensamiento tradicional contempla exclusivamente la causalidad que va desde la ciencia a la tecnología, representándola mediante un modelo lineal que interpreta la innovación tecnológica como un proceso secuencial y ordenado que, a partir del conocimiento científico y tras diversas fases (investigación aplicada, invento, desarrollo, producción), comercializa un producto o proceso que puede ser económicamente rentable. La idea de linealidad del proceso innovador está igualmente implícita en la clasificación de la innovación que surge de las demandas del mercado como motor del cambio tecnológico (demand pull) o de los conocimientos científicos y tecnologías existentes (science push), ya que ambos implican la existencia de un proceso con un comienzo y un final. Este modelo considera fundamental la investigación científica y, por tanto, fuertemente dependiente de la investigación dirigida desde el Estado.

Sin embargo, el proceso de innovación tecnológica no se desarrolla de forma secuencial y ordenada desde el principio hasta el final. La esencia del proceso innovador es, por una parte, el solapamiento de las distintas actividades y, por otro, las frecuentes realimentaciones entre las diferentes etapas. El Modelo interactivo considera las relaciones e interacciones que existen entre todos los elementos y pone especial atención en el papel de la concepción industrial, en las conexiones entre las fases ligadas al mercado y ligadas al conocimiento y la tecnología y en las muchas interacciones entre la ciencia, la tecnología y las actividades de innovación tanto en la empresa como en otras organizaciones. Este modelo trata de resolver los problemas que presenta el modelo lineal, teniendo en cuenta para ello los aspectos acumulativos de la tecnología, las trayectorias tecnológicas y los rendimientos crecientes de la adopción de la innovación tecnológica y considerando claves del proceso la existencia de agentes comprometidos y de capital humano adecuado, el fomento de la interacción, la orientación de la I+D a objetivos económico sociales prioritarios y la difusión eficaz de conocimientos y tecnologías (Figuras 2 y 3).

Figura 2

 Fuente: Porter (1980)

 

La implicación más importante del Modelo interactivo es la necesidad de que exista sinergia dentro de la empresa (entre los diferentes elementos de su sistema de I+D y entre este sistema y el resto de sus sistemas de producción), entre la empresa y otras empresas y entre la empresa e instituciones públicas y privadas.

Figura 3

Fuente: Kline y Rosenber (1986)

 

Patrones tecnológicos

Existe una amplia bibliografía sobre el tema en la que, en general, se insiste de forma uniforme en la necesidad de diferenciar entre: a) información y conocimiento, teniendo en cuenta que la cuestión no es conseguir mucha información, sino procesar y convertir la información que llega de diversas fuentes en un conocimiento útil para el diseño, fabricación y venta de nuevos productos y servicios, [Freeman, 1991]; b) información codificada y no codificada, entendiendo por esta última la información que no está especificada y que está, generalmente, disponible y c) información tácita y explícita, entendiendo por la primera todos los conocimientos y experiencias individuales que están mal definidos, no-codificados y sin publicar, que incluso no se pueden expresar exactamente y con claridad y que difieren de persona a persona, pero que pueden, de alguna forma, estar compartidos por colaboradores y colegas que poseen una experiencia similar [G.Dosi, 1988].

Freeman señaló la naturaleza interactiva del sistema de I+D y las características intangibles y medibles, tanto de los inputs como de los outputs, y estudió el desarrollo de los indicadores informales a través de las estadísticas nacionales e internacionales más amplias y estandarizadas.

Las primeras estadísticas fiables y normalizadas fueron presentadas en el Manual de Frascati por la OECD en 1963 y, aunque en manuales posteriores se han tenido en consideración las fuentes estadísticas más importantes, solamente se han incorporado pequeñas mejoras en los estándares y en las técnicas de prospección. Como medida de la actividad de invención, en primer lugar, hay que considerar las patentes, que constituyen una fuente rica y bien documentada y, en segundo lugar, las publicaciones, citas de documentos científicos y otras medidas bibliométricas. Patel y Pavit (1995), hacen una revisión de ésos y otros indicadores de I+D señalando las limitaciones y deficiencias de cada uno y enfatizando la importancia de los sectores tecnológicos e industriales al determinar la idoneidad de cada indicador particular.

Los indicadores de la actividad innovadora no son recogidos de forma rutinaria por instituciones públicas y privadas y están sujetos a singulares problemas de definición y medida. Es obviamente absurdo, por ejemplo, considerar todas las innovaciones como igualmente importantes y, para evitarlo, han surgido diversos sistemas de clasificación y modelos de innovación. La técnica más apropiada debe ser determinada considerando en cada caso, e identificando de forma apropiada, los riesgos y limitaciones de cualquier clasificación particular y evitando la confusión entre medidas de innovación y de difusión [Freeman, 1982].

Estudios recientes sobre la medición y cuantificación de la actividad innovadora se basan en datos del Community Innovation Surveys (CIS) de la UE, iniciativa conjunta de la DGXIII y Eurostat, que fueron desarrollados entre 1991 y 1993 tomando como base un cuestionario común elaborado a partir de las directrices sugeridas en el Manual de Oslo de la OECD. No obstante, y aunque la base conceptual está bien desarrollada, la realización práctica adolece de una falta de armonización entre países, muestreos desiguales y diferencias en la calidad de los datos recogidos. Es cierto que tales dificultades son difíciles de evitar en un primer intento de realizar un sondeo internacional, pero la estandarización mejorará sin duda en las siguientes permitiendo que se realicen trabajos analíticos útiles sobre el tema de innovación/competitividad. [conclusiones de una evaluación del CIS realizada por el grupo danés IKE, 1996].

 

Innovación y competitividad. Conclusiones

 

Al estudiar las relaciones entre innovación y competitividad en la literatura de investigación sobre el tema, uno o más indicadores de competitividad se suelen enfrentar a un indicador de innovación buscando relaciones empíricas.

En los estudios realizados se incluyen análisis econométricos y estadísticos que investigan relaciones, por ejemplo, entre la inversión en I+D y el crecimiento de productividad o entre el número de patentes y el intercambio comercial internacional; modelos económicos o, más recientemente, modelos evolucionistas; estudios de casos a nivel micro o macro, incluyendo análisis mixtos enfocados a determinar las relaciones entre I+D, innovación y rendimiento económico e incluyendo también medidas del impacto a diferentes niveles (de compañía, sectorial, regional y nacional).

En general, los análisis econométricos sugieren de forma contundente que el cambio tecnológico es crítico para el crecimiento económico, mientras que los modelos neoclásicos y evolucionistas que consideran el comportamiento tecnológico como el motor del crecimiento económico muestran un razonable acuerdo con los datos empíricos y sugieren que la necesidad de innovar no es absolutamente necesaria para la supervivencia de una empresa individual, pero sí es una necesidad colectiva para un bienestar económico.

La profusión de estudios que se refieren a las relaciones entre innovación y competitividad, con referencia a países, regiones, industrias, empresas, tecnologías y organizaciones, es muy abundante y aunque no existe una única teoría que refleje claramente las relaciones entre innovación y competitividad, sí se clarifican los intrincados y complejos factores que afectan a la conducta innovadora y sus implicaciones en la competitividad de las empresas y de los sistemas económicos.

El modelo típico utilizado en el análisis econométrico relaciona la medida del resultado económico con factores de producción, tales como capital y trabajo, y factores adicionales, como el gasto en I+D. A nivel "macro", Solow relacionaba la producción nacional exclusivamente con los factores capital y trabajo, pero, al ser demostrado que el crecimiento de esos factores era insuficiente para explicar el crecimiento económico, se introdujo un "factor residual" que representaba el incremento en la productividad de los factores anteriores. Posteriormente, Griliches introdujo como variable la suma ponderada de los gastos de I+D, considerando como pesos los retrasos de los efectos de la inversión reciente en I+D y los retornos decrecientes de gastos e inversiones anteriores.

En otros trabajos donde se examinan las relaciones que existen entre cuotas de exportación y resultados de innovación, tanto a nivel de empresa como a nivel de industrias y de países [Calvert, 1996], las relaciones que existen entre los flujos comerciales y el número de patentes solicitadas en EE.UU. por otros países [Soete, 1981] y el efecto de la actividad de I+D y la actividad patentadora sobre la productividad [Fagerberg, 1987], se llega a la conclusión del importante papel de la innovación en el rendimiento de la actividad exportadora y de la correlación que existe entre la productividad y la actividad patentadora, más que entre productividad e I+D.

A nivel micro, los estudios han demostrado que los efectos de la innovación en la empresa acentúan la complejidad y naturaleza dinámica del proceso innovador dentro de las empresas e industrias [Dosi, 1988], pero no existe un mensaje general sobre las virtudes y ventajas de la innovación para las empresas, ya que la innovación y adopción de tecnología es parte de la estrategia particular de cada empresa y el éxito depende de las características de cada empresa, del momento en que se realiza y el entorno que le rodea. "La innovación es vital para el crecimiento y para el mantenimiento de la competitividad, pero no lo es tanto el qué, por qué, y cuándo debe hacerse para que sea éxito o fracaso" ya que la base de la posición competitiva de una empresa radica en sus peculiaridades y capacidades y la importancia del cambio tecnológico como ventaja competitiva depende de la capacidad para influir en los recursos, habilidades y conocimientos existentes [Clark, 1987].

Estudios adicionales sobre las relaciones que existen entre el esfuerzo innovador y el éxito del negocio muestran que las compañías líderes no son solamente mejores en cuanto a beneficios, tasa de retorno, facturación por empleado y capacidad para adoptar más rápidamente las nuevas tecnologías, sino que están más orientadas al mercado, dedican mayores esfuerzos al desarrollo de su capital humano, tienen mejores e importantes relaciones con sus clientes, una gestión más eficaz y altas competencias en marketing.

Otros estudios que examinan las relaciones que existen entre la empresa y organismos externos, en particular, con clientes, proveedores, universidades, organismos de investigación y consultoras, llegan a la conclusión de que las empresas que poseen fuertes vínculos con esas entidades externas tienen claramente mayor éxito y son más competitivas. [INNO, Alemania, 1997].

Con la excepción de los trabajos de Schumpeter, el pensamiento económico estructurado sobre el cambio tecnológico hasta la década de los 70 era de corte "neoclásico", con un ejemplo claro en los trabajos de Solow. El crecimiento de la producción nacional no podía explicarse exclusivamente por el crecimiento de los factores de producción y se interpretó considerando los efectos del cambio tecnológico sobre la mejora de la productividad, demostrándose así su importancia sobre el crecimiento económico. Los primeros modelos, entre los que se puede citar el de Nelson y Winter, inspiraron un número de modelos evolucionistas de segunda generación [Silverberg y Verspagen, 1996] que difieren principalmente en las tecnologías disponibles y en los métodos de búsqueda.

Una característica importante de la investigación actual es la tendencia creciente hacia un enfoque sistémico o integral que considera la complejidad del sistema de innovación, las fuertes interrelaciones entre sus componentes y las limitaciones que surgen al tratar de forma aislada cualquiera de sus partes, junto con la situación de turbulencia actualmente muy alta, con periodo de cambios tecnológicos radicales y poco uniformes y con una demanda volátil para una gama cambiante de productos.

La relación entre innovación y competitividad es más fácil de entender en unas condiciones relativamente estables de oferta y demanda y mucho más complicado en condiciones de turbulencias en las que existe una permanente necesidad de flexibilidad y ajustes en los procesos de producción con continuas reestructuraciones y reorganizaciones tecnológicas y organizativas.

 

Bibliografía

 

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Ciark, K. 'Investment in New Technology and Competitive Advantage', in: D. J.

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Fagerberg, J. 'A Technology Gap Approach to Why Growth Rates Differ', Research Policy, 16, 1987.

Freeman, C. "Networks of lnnovators: A Synthesis of Research Issues". Research Policy, 20,1991.

Freeman, C. "R & D Indicators: a Review". OECD, Science Policy Research Unit, 1982.

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Nelson R. & Winter, S. C.'In Search of Useful Theory of Innovation', Research Policy, 6, 1977.

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Silverberg, G. & Verspagen, B. 'Evolutionary Theorising on Economic Growth', en Innovation Systems and Competitiveness (Helsinki, 1996).

Teece, D. J. (Ed.) The Competitive Challenge: Strategies for Industrial Innovation and Renewal (Cambridge, MA, 1987).

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