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Cara a Cara

 

La cultura de la innovación como reto

 

Jesús Banegas Núñez

Presidente de ANIEL

 

 

Para Jesús Banegas Núñez la cultura de innovación no depende solamente de las capacidades y habilidades que posee un individuo, sino de las condiciones ambientales y estructurales existentes en su entorno. La innovación constituye un factor de desarrollo fundamental y de ella depende, en gran parte, el futuro de nuestra sociedad.

 

Joe Mokyr, en su extraordinario y quizás poco divulgado libro La palanca de la riqueza, sostiene la fundada tesis de que la creatividad tecnológica determina históricamente el progreso económico.

Ante la pregunta de por qué el crecimiento económico schumpeteriano -"la creación destructiva"- se da en unas sociedades y en otras no, el autor, después de distinguir entre invención (que depende de factores que determinan la conducta individual) e innovación (que exige la interacción con otros individuos), establece tres condiciones para que una sociedad sea tecnológicamente creativa.

Una cultura innovadora requiere la interactivación del innovador con un entorno humano formado por competidores, clientes, proveedores, administraciones públicas, vecinos y quizás incluso -ironiza Mokyr- el sacerdote.

En primer lugar, es básico contar con un conjunto de innovadores ingeniosos y con recursos que estén dispuestos y sean capaces de enfrentarse a la realidad previa para mejorarla.

En segundo lugar, las instituciones económicas y sociales tienen que estimular a los innovadores mediante una adecuada estructura de incentivos.

Por último, la innovación requiere diversidad y tolerancia para vencer las fuerzas que protegen el status quo. Al respecto sostiene Mokyr que las fuerzas que se oponen al progreso tecnológico han sido superiores a las que favorecen los cambios, hasta el punto de que la historia de los avances tecnológicos es más una historia de las excepciones que de la normalidad.

Otro brillante y singular estudioso del fenómeno de la creatividad, Mihaly Csikszentmihaly, otorga gran importancia al medio ambiente o cultura innovadora, tomando como ejemplo la Italia renacentista. Para este autor, la creatividad no puede separarse de su reconocimiento social. La desgraciada frase española "que inventen ellos" no puede ser más antagónica de la aceptación social del progreso.

Estudiando las circunstancias sociales que determinaron el Renacimiento, Csikszentmihaly, establece las bases de la expansión de la creatividad. Según el autor, el fenómeno creativo requiere tres condiciones para su desarrollo: en primera instancia, las condiciones innatas del ser humano para la innovación; en segundo lugar, el conocimiento técnico del medio; y en último, pero no menos importante, la receptividad de la sociedad hacia lo nuevo.

El ser humano, a diferencia de los chimpancés, con quienes compartimos un 98% de genes, ironiza Csikszentmihaly, es esencialmente creativo.

La actitud creativa debe estar revestida de un rasgo de carácter: la vehemencia y el coraje de seguir adelante. Raro es el proceso creativo que no encuentra obstáculos de todo tipo en su camino. Desde los institucionales, que tan bien reflejara T. Khun en su libro La estructura de las revoluciones científicas, hasta los económicos (no siempre se encuentran los medios necesarios), los competitivos y los intrínsecos al problemático nacimiento de toda nueva "criatura" que tarda en conformarse y no suele responder desde el principio a las expectativas creadas. Se podría decir que la creatividad requiere una actitud teleológica junto con una cierta práctica de la virtud de la fe que se realimentan positivamente por el éxito.

La escuela, la universidad y el trabajo dotan al hombre de conocimientos que, además de permitirle el dominio de campos específicos del saber, le sitúan potencialmente al borde de la creación.

Las anteriores condiciones son típicas de cualquier país desarrollado y sin embargo, hay notables diferencias entre ellos en cuanto a resultados innovadores. La razón esencial de la diferencia tiene que ver, por tanto, con el carácter cultural e institucional, con sus raíces históricas, que no son fáciles de cambiar en poco tiempo.

España, tanto desde un punto de vista histórico, con algunas excepciones insuficientemente valoradas, como desde una visión actual, que cabría asociar al índice de esfuerzo nacional en innovación comparado con el PIB, no ha sido ni es un país innovador. Pero nuestro país no debe amilanarse ni resignarse por ello. Otros países más adelantados en esta materia han tenido, y seguramente tienen, casos negros en su historia. Marconi tuvo que emigrar desde Italia a la Inglaterra victoriana para llevar adelante su programa innovador -la invención y comercialización de la radio- y A.G. Bell -inventor del teléfono- tuvo que marcharse con su familia a Canadá para desplegar toda la inventiva que le negaba su país de origen, Inglaterra.

Jared Diamond, en un reciente e interesante libro, Armas, gérmenes y acero, en el que reflexiona sobre las causas del progreso de la humanidad entre las que, a su juicio, prevalece el medio ambiente, sostiene que el desarrollo y la recepción de la innovación varía enormemente entre sociedades de un mismo continente y cambia además con el tiempo dentro de una misma sociedad. Este supuesto histórico tiene un profundo significado: el destino de un país no está escrito, lo construyen día a día sus habitantes.

Hoy, por fortuna, la economía global que vivimos, merced al extraordinario progreso del transporte y las telecomunicaciones, hace fluir por las redes, con Internet a la cabeza, toda suerte de novedades que permeabilizan la sociedad y permiten al innovador conectar bidireccionalmente con un mundo sin fronteras lleno de posibilidades.

En esta nueva era, y cuando, por fin, todas las instituciones políticas, económicas y sociales españolas aceptan progresivamente la innovación como un signo de nuestro tiempo, es cuestión de encontrar vías que den cauce al potencial innovador de que disponemos -que seguramente no será inferior al de otros países- para dar un salto adelante en la dirección del progreso tecnológico, económico y social.

A principios de la década de los ochenta, después de salir de la transición política que normalizó nuestro país, los primeros gobiernos socialistas, con un extraordinario agitador a la cabeza, Manuel Castells, hoy convertido en Berkely, en el primer tratadista mundial de la sociedad red, comenzaron a preocuparse seria y responsablemente por la innovación en España. Fruto de esta preocupación fueron diversas instituciones que cumplieron un papel apalancador de la innovación en nuestro país y que empujaron hacia arriba, como no había sucedido hasta entonces, el esfuerzo nacional en I+D, como ponen de manifiesto los estudios al respecto. En la década de los noventa se abandonó sin explicación el voluntarismo político de los años anteriores, decayendo el esfuerzo innovador -que estaba en vías de acercamiento europeo- hasta los preocupantes niveles presentes.

El gobierno actual, ante el triste estado de la innovación en España, parece que ha hecho suyo el reto de recuperar y volver a impulsar la innovación en España. Además de las iniciativas directamente impulsadas por la Presidencia del Gobierno y positivamente replicadas por el Ministerio de Industria, como la próxima Ley de Fomento de la Innovación Industrial que merece todo reconocimiento, es preciso hacer más, y en muchos y variados frentes, para avanzar realmente en el camino emprendido.

La cultura innovadora no son meras instituciones legales ni económicas. Tiene un profundo trasfondo social que es preciso remover e impulsar y que requiere continuidad y vehemencia. Quizás la nota más significativa para que el impulso innovador de nuestra sociedad llegue más lejos y nos aproxime de verdad a los países de referencia sea la coherencia.

En la medida en que la sociedad española se ha integrado en el mundo global que habitamos, el hecho innovador es cada vez más positivamente asumido, de manera que quizás no haga falta hacer nada para que nuestra mentalidad colectiva -antaño tradicional y conservadora- se sitúe al nivel de la de otras sociedades.

Es necesario sin embargo, además de contar con una sociedad cada vez más abierta al cambio, seguir esforzándonos en la educación y la formación profesional continua, dotarnos de instituciones económicas favorables a la innovación -tratamiento fiscal, capital riesgo, registro de patentes- y, sobre todo, articular un sistema coherente de medios y objetivos para que todo quehacer innovador encuentre por doquier facilidades, no sólo económicas sino también políticas y sociales.

Al respecto, se sigue echando en falta en nuestro país respeto y reconocimiento social a los innovadores, políticas industriales que, además de fomentar la innovación, protejan a las instituciones innovadoras de diluciones sin sentido, atención singular al pequeño innovador, apoyo exterior a las novedades, facilidades administrativas y laborales para las empresas innovadoras y apoyo a la creación de valor añadido nacional competitivo.

Algunos ejemplos pueden servir para ilustrar las insuficiencias e incoherencias del sistema innovador español.

Es excepcional que los foros que tratan de impulsar el fenómeno innovador cuenten entre sus miembros -ni siquiera se trata de que sean, como debieran ser, los más importantes- a los verdaderos creadores. Las superestructuras económicas y políticas los dominan sin que las tecnoestructuras responsables de los genuinos hechos innovadores aparezcan por ningún sitio.

Los responsables de la política industrial que fomentan institucionalmente la innovación son los mismos que luego permanecen pasivos ante la venta de activos innovadores o la injustificada desatención de las propias administraciones públicas a la innovación y el valor añadido nacional competitivo. Son muchos los ejemplos de empresas que alcanzan fuera de nuestro país éxitos tecnológicos que en España no son posibles por razones ajenas a su probada competitividad internacional. En una economía abierta y globalizada, los pequeños innovadores suelen encontrar más problemas a su establecimiento y a su acción exterior que sus competidores.

La innovación, como bien sostenía recientemente la revista The economist, se ha convertido en la religión industrial de las postrimerías del siglo XX. Las nuevas ideas viajan por el ciberespacio con la tácita vocación de cuestionar las anteriores, recreando con carácter universal el ya citado y clásico concepto schumpeteriano de la creación destructiva sin que las fronteras de la tradición innovadora ni la dimensión económica puedan cercenarlas.

Vivimos un nuevo tiempo en el que, rememorando a Schumacher, "lo pequeño es bello", y que el pasado ya no es condición necesaria de futuro. En estas nuevas coordenadas, la sociedad red -que tan magistralmente ha descrito Manuel Castells-, nuevo paradigma de empresa virtual, está siendo la forma dominante de la economía global en la que España se está incorporando sin complejos y con éxito -creciente participación en el mercado mundial de productos y servicios electrónicos-.

Es hora, puesto que las circunstancias de los nuevos tiempos nos son propicias, de creer en nosotros mismos y caminar todos juntos con esfuerzo, confianza, coherencia y vehemencia hacia un nuevo siglo lleno de desafíos y oportunidades para una España mejor.

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