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El mundo del conocimiento no se detiene; la conquista de nuevos territorios desde la investigación científico-técnica, así como el empleo de mejores procedimientos para la educación y la formación determina una competencia permanente. No debe haber espacio en la universidad para las actitudes complacientes con una actividad rutinaria, carente de ambiciones. Todo ello es aplicable tanto para quienes generan los bienes primarios del mundo académico (la docencia e investigación), como para quienes han de estar al servicio de esa tarea: gestores y administradores.
La inquietud por esa superación, que exige avanzar en la actividad académica, se manifiesta en iniciativas que se prodigan en muchos lugares. La palabra excelencia suele ser clave en muchos de los programas, como el que, con tanta lentitud como escasez de medios, se está poniendo en marcha desde Educación. Formulado hace bastante más de un año, desde el Ministerio de Ciencia e Innovación, el programa «campus de excelencia internacional», supone una fracción muy pequeña de los recursos puestos a contribución por otros países, como Francia o Alemania. En cualquier caso, bienvenido sea, si estimula la inquietud por el avance que debe primar en la universidad, alejada de esos puestos de liderazgo cuyo logro se proclama como justificación del programa. Sigue faltando una reforma de la organización universitaria, para potenciar la calidad y el esfuerzo, al margen del intervencionismo de los grupos de intereses, que tanto condiciona el gobierno de la universidad, la aplicación de los recursos y la selección del profesorado. El logro de la excelencia supone dar cuenta del empleo de todos los recursos para ese propósito.
Autor: César Nombela
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