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Al jefe del Instituto Goddard de la NASA, que se dedica a estudiar el cambio climático a través de simulaciones por ordenador, hay quien le compara con Mafalda, con el enemigo del pueblo de Ibsen y hasta con Michael Moore. Pero a diferencia de todos ellos, Hansen tiene un pedigrí científico que no se lo salta un gitano. Doctorado y «masterizado» en Matemáticas, Física y Astronomía por universidades norteamericanas y japonesas, tiene las estanterías repletas de «oscars»: desde el Premio de la Academia Nacional (americana) de Ciencias de 1996 hasta el Common Wealth Award a la distinción científica creado por Ralph Hayes y dotado con 50.000 dólares (32.439 euros). En 2006 apareció en la lista de las cien personas más influyentes según la revista «Time».
EL TIEMPO APREMIA
Pues este personaje es el que se queja de padecer censura de sus jefes de la NASA, de la Casa Blanca y hasta de Al Gore, en cuyo documental «Una verdad incómoda» Hansen aparece, según él, con grabaciones espurias que distorsionan su mensaje. ¿Y qué mensaje es ese? ¿Por qué irrita por igual a los que maximizan el cambio climático y a los que lo minimizan? Pues porque él está en medio: Hansen empezó a sembrar la alarma antes que muchos, dijo antes que nadie que se acababa el tiempo -alrededor de los noventa-, y ahora que todo el mundo ya está sobre ascuas, ahora dice que ojo, que hay tiempo hasta 2016 y que no es calentamiento global todo lo que parece.
Da la impresión de que Hansen se parte de risa con los bandazos fundamentalistas en la materia: de fulminar la capa de ozono sin el menor remordimiento, a no atreverse a respirar porque gasta oxígeno. Igual que hay colesterol malo pero también colesterol bueno, hay un tiempo de contaminación lógica, de oxidación necesaria para mantener la vida en movimiento, advierte Hansen. Hay que aceptar que hay un margen natural inevitable de emisiones de dióxido de carbono. Por eso es tan importante contener las antinaturales y evitables, las que proceden de la actividad humana, sobre todo industrial.
Pero hay que hacerlo diciendo las cosas como son. A su juicio ya pasó el momento de pegar alaridos apocalípticos. «Esto era necesario cuando se clamaba en el desierto, cuando nadie estaba por la labor y había que dar aldabonazos en la conciencia de la opinión pública y de los gobiernos», afirma. Ahora cree que ha llegado la hora de hilar fino precisamente para que el peligro no pierda credibilidad, no pase de moda.
Ya se va explicando por qué Hansen choca con los paladines más simplistas del cambio climático. Pero eso no significa ni mucho menos que se eche en brazos del enemigo. La Casa Blanca de Bush estuvo interesada en él cuando Hansen abogaba por limpiar el hollín de la atmósfera para ganar tiempo antes de frenar las emisiones de CO2. Se llevaron un chasco cuando Hansen dijo que era votante de John Kerry y además acusó a los Estados Unidos de ser el primer responsable del calentamiento global, y quizás el último. Aunque es verdad que en estos momentos la India y China han empezado a contaminar tanto o más, él cree que el daño ya está hecho, que el drama es la contaminación ya acumulada a lo largo del tiempo. Y ahí Norteamérica se lleva la palma.
Autor: Anna Grau
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