Pinturas de la reproducción de la Cueva de Altamira. / Graeme Churchard (FLICKR)

Pinturas de la reproducción de la Cueva de Altamira. / Graeme Churchard (FLICKR)


El cavernícola que encendió la chispa del cine en las cuevas de Altamira

Al percatarse de que el dibujo no se movía, el primitivo artista debió dibujar dos pares de patas extra en el jabalí "como actitudes sucesivas de las extremidades del animal en movimiento".

Aunque parezca imposible, antes que Truffaut y Godard, que Capra y John Ford, o Hitchcock y Scorsese, el cine ya existía. No lo hacía como lo conocemos hoy en día, pero en la época supuso un invento innovador. Según la teoría, los hermanos Lumiére fueron los grandes impulsores del séptimo arte, siendo los primeros en proyectar imágenes en movimiento al mostrar a un grupo de obreros saliendo de una fábrica de Lyon en 1895. 46 segundos que iniciaron la odisea del cine. Fueron tan pioneros que ni siquiera dudaron en dirigir a sus figurantes, exigiéndoles incluso que no mirasen hacia la cámara. Pero fue su tren avanzando a toda velocidad hacia la cámara el que conmovió al público que estaba presente.

La primera película, sin embargo, no llegaría hasta un año después, cuando el ilusionista Georges Méliès, famoso por su Viaje a la luna, descubrió que no era necesario reproducir una imagen real, sino que la realidad podía ser falseada gracias a la tecnología.

"El cine es el mito de la reproducción gráfica del movimiento". Así de categórico se muestra Román Gubern, que se remonta muchos años atrás de la primera incursión de los Lumiére con un proyector para sugerir, en su libro "La historia del cine" (1969), que en realidad el origen del cine se gestó en las cuevas de Altamira.

La inquietud por capturar una imagen cotidiana motivó a un hombre primitivo para reproducir lo que tantas veces había contemplado mientras cazaba. Su tosco garabato constituye, según el historiador de medios de comunicación de masas, la primera prueba gráfica de la necesidad de un ser humano por captar el movimiento.

El jabalí polícromo de ocho patas que aparece "en el techo de la Capilla Sixtina del arte cuaternario" de las cuevas de Altamira no es una monstruosa ocurrencia del artista cavernícola, sino su intento por dotar de vida una imagen, su inquietud por reproducir la realidad. A juzgar por la pericia del trazo del dibujo, no sería la primera vez que lo intentaba.

ANTECEDENTES DE LOS DIBUJOS ANIMADOS

"En esta captación de la imagen de animales, cristalizada en las paredes de la cueva, debió encontrar nuestro remoto antepasado una imperfección: la realidad que le rodeaba no era estática, sino que se movía, cambiaba", sostiene Gubern. Por eso habría fijado el primitivo artista dos pares de patas extra en el jabalí, "como actitudes sucesivas de las extremidades del animal en movimiento. No es el cine, pero es pintura con vocación cinematográfica, que trata de asir el movimiento, antecedente notable de los dibujos animados".

Al cavernícola se le presentó la exigencia de "apresar, en términos gráficos, el dinamismo de los seres y las cosas que se movían en su derredor o bullían en su interior". Algo que se agudizaría a lo largo de la historia del arte.

También coqueteó con la idea de reproducir el movimiento a través de un dibujo el faraón Ramsés. Plasmó en el exterior de un templo las imágenes sucesivas de una figura en movimiento con la intención de que, al verlo, pareciese una persona a galope cobrando vida.

Y hasta nuestros días. La contribución de cada uno de ellos constituye una fase sin la que el cine no existiría, al igual que las patas del jabalí que ese hombre primitivo dibujó en las cuevas de Altamira, que sembraron la chispa de esa odisea que sería captar y reproducir lo que el ojo humano observa.

Y esa "inspiración milenaria del hombre, que guió la mano del artista de Altamira, no podía convertirse en realidad completa hasta que su caudal de conocimientos científicos fuese tal que permitiera dar el salto que media entre el mito y el invento, y este salto se produjo, en sucesivas etapas a lo largo de fructíferas convulsiones y del gigantesco progreso técnico y científico del siglo XIX", aclara el escritor en "La historia del cine".

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