| Por: |
Jesús Rodríguez Pomeda
jesús.pomeda@uam.es
Profesor de Organización de Empresas. Universidad Autónoma de Madrid
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El presente número de madri+d
está dedicado a explorar algunos de los
principales aspectos de los incentivos a la innovación. Desde una perspectiva
aplicada, pretendemos ofrecer al lector una serie de ideas y planteamientos que
contribuyan a enriquecer un debate permanente cuando se habla de I+D e
innovación.
En efecto, son bien conocidos los desarrollos teóricos que
han abordado esta cuestión. La economía del cambio tecnológico (bien desde el
enfoque neoclásico, bien desde el alternativo basado en planteamientos
evolutivos) ha observado y estudiado las causas y efectos de los incentivos y
ayudas públicas a la innovación.
Los datos reales observables de partida son claros: en los
países desarrollados, el Estado fomenta la investigación, el desarrollo y la
innovación mediante un sistema más o menos articulado de medidas diversas. En
muchos casos, el Estado comparte el riesgo que acarrea la función de I+D
empresarial asumiendo una participación directa en la financiación de la
misma.
Las justificaciones tradicionalmente aducidas pasan por el
reconocimiento de externalidades y fallos del mercado que aparecen
cuando en torno a la innovación se combinan el esfuerzo privado y el bienestar
público.
Es decir, la intervención pública se considera aceptable si
sirve para corregir un funcionamiento ineficiente del mercado. Tal
funcionamiento hace que no se dediquen –por parte de la iniciativa privada-
los recursos que serían deseables desde un punto de vista social.
Dos son las causas principales de este comportamiento
empresarial con respecto a las inversiones en innovación:
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Todo proyecto
innovador implica una cierta incertidumbre sobre su éxito. La empresa, por
tanto, debe asumir el correspondiente riesgo. Este riesgo está condicionado
por múltiples factores que escapan al control de la empresa (desarrollo de
tecnologías de "propósito general" o de tecnologías alternativas
a la propia, cambios regulatorios, modificaciones de la coyuntura económica,
etc.), y el Estado puede (al menos en parte) suavizar la influencia de algunos
de estos factores exógenos. No obstante, como se indica en la más reciente
literatura, las empresas pueden acotar la incertidumbre desarrollando una
serie de rutinas en su función de innovación. Es decir, al crear
departamentos específicos, contratar personal especializado y dedicar
recursos financieros y físicos al empeño innovador, están incrementando la
probabilidad de obtener algunos resultados exitosos a intervalos regulares.
Por tanto, el desarrollo de la función de innovación en paralelo a las
restantes funciones empresariales (e interactuando con ellas) facilita un
flujo continuo de resultados comercializables.
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La apropiabilidad de
los resultados del esfuerzo innovador es imperfecta para la empresa, dado que
otros agentes económicos (entre ellos, sus propios competidores) pueden
aprovechar (total o parcialmente) los nuevos desarrollos alcanzados tras
asumir elevados riesgos y costes. Este motivo –ampliamente considerado desde
tiempo atrás por los principales teóricos del cambio tecnológico- también
debe ser matizado al considerar la conducta de algunas grandes corporaciones.
En efecto, determinadas empresas son conscientes de que, si nadie traslada sus
conocimientos al mercado, llegará un momento en el cual dichos conocimientos
queden obsoletos. Dichas empresas comercializan voluntariamente los saberes
que han adquirido tras un importante esfuerzo innovador cuando se conjugan
adecuadamente dos tipos de incentivos. En primer lugar, cuando el valor actual
de los ingresos que van a obtener vendiendo (incluso a sus competidores)
licencias para utilizar su conocimiento supera al de la corriente de ingresos
que obtendrían explotándolo por sí mismas (teniendo en cuenta las
dificultades prácticas para proteger con eficacia sus desarrollos). En
segundo lugar, cuando los hipotéticos compradores están dispuestos a pagar
una prima por acceder en mejores condiciones (de rapidez y de precisión en la
transferencia) a la nueva tecnología, en lugar de buscar caminos alternativos
más o menos tortuosos.
Es evidente que toda esta discusión afecta de manera
relevante, sin duda, a la competitividad nacional y al bienestar social.
Esperamos haber efectuado con este número de madri+d
una contribución (siquiera modesta) a
dicho debate con la intención de progresar en nuestros niveles de
competitividad y bienestar.
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