Número 16, abril - mayo 2003
LA INVESTIGACIÓN EN GESTIÓN DE LA INNOVACIÓN>> Con otro aire.
 
  El Sumo Pontífice

DÍcese de un erudito cuya sabiduría y marcado carácter talentuoso le permiten fijar las bases en un área de conocimiento y abrir nuevas líneas de investigación que enriquecen y revitalizan permanentemente el pensamiento. Es el referente obligado para todo estudioso y se sitúa por encima del bien y del mal, mientras nadie cuestione sus ideas.

     
Patricio Morcillo
Catedrático de Organización de Empresas.
Universidad Autónoma de Madrid
morcillo@revistamadrimasd.org
 

El Sumo Pontífice es un innovador dotado de una sabiduría fuera de lo común. Sus facultades intelectuales le convierten en un maestro, espejo para todos los que se afanan en trabajar dentro de su campo de actividad. Con una cabeza privilegiada, perfectamente amueblada, va dictando cátedra allí por donde pasa y pone orden en las ideas que circulan sin rumbo como a la desesperada hasta conceptuar todo lo que tiene visos de ser importante para su disciplina. Sus adeptos poseen una fe ciega en sus teorías, enfoques, planteamientos y legitiman todo lo que dice divulgándolo a través de los diferentes medios de comunicación disponibles.

Al margen de sus indiscutibles dotes, el mayor reto que tiene ante sí este sujeto concierne la incalculable duración de su pontificado. Si consigue permanecer en la cresta de la ola durante un largo periodo se convertirá en un Clásico para el resto de los tiempos con todo lo que ello implica en término de reconocimiento social pero si fracasa en su empresa entonces se verá relegado al ostracismo y al olvido. De todas formas, pretender mantenerse en primera línea está al alcance de muy pocos porque el camino a recorrer está plagado de trabas difíciles de superar. A cada paso que uno da, se enfrenta a unos detractores envidiosos y necios que acometen un despiadado acoso y derribo para acabar con una etapa poco estimulante para ellos. Pero por mucho que se empeñen, si el Sumo Pontífice no atraviesa una crisis de identidad seria, este hará una constante demostración de su sabiduría sacando a colación reflexiones inteligentes que marcarán las pautas. Ante las malévolas críticas de unos ignorantes sin escrúpulos que vienen con la escoba de barrer, el Sumo Pontífice airea su ciencia infusa y pone a cada cual en su sitio haciéndose dueño y señor de la situación.

Sin embargo, nadie, por muy sabio que sea y por muy sólido que sea su bagaje intelectual, puede pretender que sus ideas perduren eternamente porque eso sería condenar al conjunto de la sociedad a la parálisis paradigmática y al empobrecimiento intelectual. No se trata de retirar el crédito al Sumo Pontífice ni de que este caiga en desgracia a las primeras de cambio sino de asumir que lo que uno ha aportado se enriquece y amplía con las contribuciones de otros de tal forma que el sistema de valores y conocimientos se vaya adaptando a los nuevos tiempos. Esta situación no cuestiona, ni mucho menos, la comentada longevidad del pontificado dado que el maestro continuará siendo el máximo exponente de una escuela, de una línea de pensamiento, que conservarán todo su interés y vigencia, siempre y cuando queden enmarcadas en un determinado contexto.

En cuanto al poder que ejerce el Sumo Pontífice, este no esta vinculado a ninguna posición de fuerza ostentada de forma abusiva sino que emana de la notoriedad intelectual del líder, unánimemente aclamada por todos los estudiosos. Aquí no se estila la mano dura y nadie baila al son del orden y mando. El poder de las ideas triunfa en toda su dimensión. El Sumo Pontífice ocupa el trono por méritos propios y su hegemonía viene precedida por la influencia que irradian sus planteamientos.

Pero no nos engañemos, en esto también hay clases ya que el Sumo Pontífice puede ser de primera, de segunda o de tercera. El de primera, rebosa talento en estado puro y por los cuatro costados mientras que los de segunda y de tercera son simples imitadores que actúan a pequeña escala. De todas formas, unos y otros tienen su público y todos, ante el acecho de la soberbia, pueden morir, igualmente, de éxito. Tanto es así, que por muy de primera que sea el Sumo Pontífice y por muy controlada que tenga a su audiencia, si tiene dificultad en asimilar la fama y se duerme en los laureles viéndolas venir, puede entrar en una hibernación que le supondrá el principio del fin.

Cuando aflore la vanidad del Sumo Pontífice estará en peligro su producción intelectual hasta tal punto que habrá empezado su declive científico. A partir de este momento, tenderá a utilizar con mucha profusión la goma de borrar para desautorizar todo aquel que se atreva a tomar la palabra. Se negará a pasar el relevo y cuanto más recurra al desprestigio gratuito más se irán debilitando sus dotes de persuasión. Pues ese ego que le conduce a rechazar todo planteamiento que tiene atisbo de novedoso será inversamente proporcional a la calidad de sus últimas propuestas intelectuales.

Rafael Guerra Bejarano, alias "Guerrita", dio la medida como Sumo Pontífice ya que marcó una época del toreo. Su primacía fue indiscutible, Ocupó durante muchos años el trono y mandó como nadie jamás lo había hecho en la fiesta de los toros. El propio "Guerra", nunca dudo acerca de su preeminencia y cuando un día le preguntaron quién era el mejor torero de su tiempo, contestó: "Yo". Sorprendidos por su respuesta tan rotunda, los periodistas añadieron, "¿Y después de usted?": "Después de mi naide, y después de nadie er Fuentes". O sea que "El Guerra" sólo consideraba la rivalidad de Antonio Fuentes aunque dejando a los "naides" por medio.

En otra ocasión, se dirigió al joven Luis Miguel Dominguín, que apuntaba muy buenas maneras, con estas palabras:

  • Sabes coger la muleta... tienes buena mano izquierda... pues sé torero... pide a Dios sé lo que yo he sío, que más no se pué sé.

Era tal la soberbia de "Guerrita", que ésta no le dejó apreciar la imparable ascensión de un torero revolucionario como Belmonte. Le contaban al "Guerra" que en la Real Maestranza de Sevilla, Belmonte había ligado cinco verónicas sin enmendarse, "sin enmendarse Rafaé de mi arma, sin enmendarse"; y "El Guerra", incrédulo, repetía una y otra vez: "no pué sé, no pué sé". Belmonte volvió a dar el mismo recital en presencia de Rafaé pero "El Guerra" era mucho "Guerra" y no daba su brazo a torcer tan fácilmente.

  • pué sé, pero no pué sé... Porque lo que no pué sé, además e imposible.

"Guerrita" fundó su propio club en la calle Gondomar de Córdoba para fomentar la conversación y el coloquio pero, en presencia del maestro cordobés, los contertulios enmudecían. Según Fernando Claramunt los socios del club le llamaban "El Amo" y nadie se atrevía a llevarle la contraria. Si al entrar en el club "El Guerra" manifestaba: "Hoy se nota la caló", el local se convertía en una caja de resonancia y los aficionados empezaban a recalcar esa sensación de calor: "Maestro, hoy se nota la caló", decía uno, mientras que otro apostillaba "E verdá jase caló" y otro más exclamaba "¡Vaya caló jase hoy!".

No obstante, no se fue de los toros, lo echaron porque el público no soportaba verle solo en la cima sin ningún rival que le inquietara. Se le trató sin compasión en el ruedo y eso precipitó su retirada. Una tarde, los aficionados de la Villa y Corte le recibieron con especial dureza y ante tal conducta decidió no volver a pisar el albero:

  • ¡En Madrid, que atoree San Isidro!

Una vez transcurridos los años, hoy nadie se atrevería a cuestionar la figura de "Guerrita" que ya forma parte del golgota del toreo.