Número 17, junio - julio 2003
VIGILANCIA TECNOLÓGICA>> Con otro aire
 
  El Oportunista

DÍcese del que prescinde de los principios y que toma en cuenta las circunstancias de tiempo y lugar para actuar.

     
Patricio Morcillo
Catedrático de Organización de Empresas.
Universidad Autónoma de Madrid
morcillo@revistamadrimasd.org
 

El Oportunista es, quizás, el que hoy en día reúne a la mayor cantidad de partidarios. Su tan cacareada visión estratégica y su capacidad de anticipación le confieren un protagonismo que le convierte en un individuo muy influyente. El Oportunista es un pionero avezado entendiendo por pionero no el hombre de la o ideas que desembocan en el concepto sino el que tiene la facultad de saber bucear entre los ríos de información que corren por los centros de investigación y logra atisbar, el primero, donde se encuentra lo realmente novedoso para extraerlo y difundirlo ipso facto como si fuese obra suya. Ahí está la virtud y ahí está la trampa. Nada importante se le escapa porque tiene esa rara habilidad de no dejarse sorprender y amedrentar por lo nuevo. Se atreve con todo y a pesar de tener aún las ideas muy vagas cuando se acerca a un concepto que le coge de nuevas no duda en impartir con aire de suficiencia sus lecciones magistrales y en hacer alarde de su sabiduría ante su apática y cándida audiencia que marcha a la zaga.

Está en permanente busca de prestigio porque necesita encontrarse siempre en primera línea y la intuición que acompaña esa capacidad de anticipación que le da tan buen resultado le ayuda a encaramarse a los primeros puestos del escalafón. Siempre se adelanta a los incautos compañeros que no tienen, al menos de inmediato, otra opción que la de estar atentos a sus tesis porque para ellos las ideas del jefe constituyen divinos destellos que se transformarán en unos obligados puntos de referencia.

A veces, su osadía alcanza cuotas insospechadas y con tal de impresionar a propios y a extraños adereza, sin complejos, las aportaciones originales del precursor u hombre de la idea con ingredientes de su cosecha y eso, en la mayoría de los casos y ante una audiencia poco docta, se lo puede permitir porque la brillante manera que tiene de expresar lo poco que sabe con relación a estos nuevos conceptos hace verosímil todo lo que dice. Sin embargo, sus contribuciones pueden llegar a desvirtuar los conceptos iniciales que caen entre sus manos con el consiguiente peligro que eso tiene al pretender sentar cátedra en todos los casos. Una prepotencia de este calibre es pan para hoy y hambre para mañana porque tarde o temprano se descubrirá el montaje y la caída será estrepitosa. En este sentido, la credibilidad del Oportunista tenderá a ser efímera aunque siempre habrá excepciones dependiendo del poder acumulado por aquél a través de su capacidad de decisión.

Así, para quienes quieran identificar al Oportunista en un santiamén, les podemos dar una pista que no suele fallar. Cuando observen que al pie de una figura o esquema la fuente recoge, junto al apellido del autor, una coletilla que dice "y elaboración propia" eso es un signo inequívoco de que el Oportunista ha pasado a la acción y ha incorporado alguna que otra flechita o, todo lo más, un nuevo término en la figura, de acuerdo a la realidad que analiza. El Oportunista actúa sin miedo y con esa aportación que él, sin duda, considera fundamental se cree con la suficiente autoridad científica y moral para asociar su nombre al del creador.

Es obvio que la principal virtud del Oportunista no es la coherencia ya que va a saltos de mata tras las ideas o temas de mayor interés independientemente de la relación científica que exista entre los mismos. Se podrá tachar al Oportunista de superficial, pedante y voluble al constatar que está siempre en vilo, cambiando sus marcas y líneas de investigación pero, al fin y al cabo, es un astuto que pisa fuerte un terreno meramente especulativo y que consigue, con su aprendido ejercicio de anticipación, vivir a costa de los que le escuchan.

Don Luis Mazzantini, como le llamaban los aficionados de la época por ser una persona ilustrada y por su refinamiento, era un hombre polifacético y ambicioso. Llegó a los toros más por la necesidad de buscar un camino de fortuna que por vocación. Tenía a su cargo hermanos y mujer y optó por abandonar su empleo en los ferrocarriles para adquirir un decoroso bienestar que le procuraron los éxitos alcanzados en los toros. Un día, cuando aún andaba detrás de su oportunidad, sentenció que "Para ganar dinero y alcanzar la fama en este país de los prosaicos garbanzos no se puede ser más que dos cosas: tenor del Real o matador de toros, y yo no he sabido dar el do de pecho ". La prudencia le hizo debutar como cantante de opera pero fue tal el fracaso que muy pronto cambio el parqué de los escenarios por el albero de las plazas.

Una vez retirado de los toros, se aventuró a entrar en la política. Tomó contacto con el partido conservador por amistad con Eduardo Dato y formó parte de la candidatura a la alcaldía, siendo elegido por el distrito de Chamberí. Ocupó el cargo de concejal del Ayuntamiento de Madrid. Años más tarde, fue nombrado Gobernador Civil de Guadalajara y Ávila y abandonó esta ciudad para trasladarse, primero, a Valencia y, después, a Barcelona donde ejerció de Comisario General de Vigilancia.

Lo intento todo para intentar ser alguien en los toros. Ni siquiera se detuvo a la hora de plantar batalla a "Guerrita". Mazzantini se enfrentó al Sumo Pontífice para implantar el sorteo de los toros. Por entonces, era costumbre que el orden en que iban a ser lidiados los astados fuera competencia exclusiva del ganadero y se decía que al mandar en la fiesta, "Guerrita" era el que exigía que se reservará siempre el de mejor nota para ser lidiado por él en quinto lugar. De ahí nació la máxima que dice que "No hay quinto malo".

Una tarde en la que compartía cartel con "El Guerra", Mazzantini, en un intentó de acercamiento, se dirigió al maestro cordobés con estas palabras:

  • ¿Me deja usted su maravillosa muleta, a ver si logro ejecutar una de sus admirables faenas?

Asintió "El Guerra" y le ordenó al mozo de estoques que entregase a Mazzantini su muleta. Cuando éste se la devolvió creyendo haber estado a la altura de las circunstancias, "Guerrita" lo miró con arrogancia y le contestó:

  • Ni aunque vista usté el vestío de "Lagartijo".