Número 18, agosto - septiembre 2003
CONOCIMIENTO E INNOVACIÓN>> Con otro aire
 
  El Amnésico

DÍcese de la persona que padece amnesia, es decir de la persona que tiene pérdidas parciales o totales de memoria. En nuestro caso, nos referiremos, exclusivamente, a la clase de amnesia provocada por el alzheimer.

     
Patricio Morcillo
Catedrático de Organización de Empresas.
Universidad Autónoma de Madrid
morcillo@revistamadrimasd.org
 

El economista, como el más común de los mortales, no es inmune a las terribles afecciones que azotan el mundo y por eso mismo muchos de nosotros padecemos la enfermedad más devastadora de este principio de siglo: el alzheimer. Pero no se trata de un alzheimer cualquiera sino de una variedad contagiosa que no deja títere con cabeza, y nunca mejor dicho. Como sabíamos hasta la fecha, dicha enfermedad constituía una demencia senil que afectaba a los procesos cognitivos de las personas de edad avanzada. Es decir, que iba deteriorando las zonas del cerebro ya desgastadas por los años relacionadas con la memoria, las emociones y el comportamiento mientras quedaban inalteradas las encargadas de la visión y el tacto. Ahora, cuando la dolencia ataca a los economistas, ésta parece olvidarse de la edad y, como el que no quiere la cosa, empieza a alcanzar, indiscriminadamente, a jóvenes y mayores.

Con al alzheimer se van formando unas placas que secan zonas celulares y las mismas empiezan por bloquear las interconexiones cerebrales de tal manera que se interrumpe la comunicación y, de pronto, nuestra mente se nos queda en blanco no recordando lo que estamos haciendo en este preciso instante. O sea, que las mencionadas placas comienzan por atacar a los procesos actuales y dejan para más tarde todo lo que tiene almacenado el cerebro y que se refiere a acontecimientos pasados. Por eso, cuando hoy se pregunta a algunos de nosotros, minados por este trastorno, sobre los fundamentos del análisis estratégico, ni cortos ni perezosos empezamos por referirnos a los planteamientos de Maquiavelo, Clausewitz, Gengis Kan, Jenofonte o Sun Tzu, por citar algunos distinguidos estrategas en el arte de la guerra o en el de la política y cuyas tesis no nos han dejado indiferentes, olvidándonos, alegremente, de economistas clásicos como Chandler, Ansoff, Andrews, Drucker, Lawrence y Lorsh, entre otros, que son los que dieron sus cartas de nobleza a el análisis estratégico empresarial. Ignoramos a estos clásicos porque son demasiado contemporáneo, sin más, y no digamos nada en cuanto a nombrar cualificados porterianos o expertos que trabajan en líneas de investigación aún más recientes, ya ¡para qué decir! como si no existieran.

La prueba más fehaciente de que el cuadro clínico del economista amnésico no tiene parangón con cualquier otro conocido hasta la fecha viene corroborada por los contenidos teóricos de los planteamientos expuestos. Así, sin apartarnos del campo de la dirección de empresas y profundizando un poco más en torno a la estrategia, veamos como algunos de esos Amnésicos aprehenden el concepto de estrategia.

Para el primero de estos economistas, la estrategia es "la determinación de las metas y objetivos a largo plazo junto con la adopción de cursos de acción y la asignación de recursos para lograr dichas metas", otro la define como "un proceso activo de determinación y guía del curso de acción de la empresa hacia sus objetivos", un tercero dice que consiste en "la formulación de las metas y objetivos junto a los procedimientos elegidos para alcanzar dichas metas y los principales medios de asignación de recursos para adaptar la organización al entorno", el siguiente precisa que es la "fuerza mediadora organización-entorno, patrones consistentes en corrientes de decisiones para tratar con el entorno", un quinto la asocia a "un modelo o plan que integra las principales metas, políticas y cadenas de acciones de una organización dentro de una totalidad coherente" y, ya el último consultado, alude a "un plan de acción gerencial para lograr los objetivos de la organización".

Ya se sabe que el dominio de un constructo consiste en distinguir las dimensiones específicas de una representación original, pero en lo que concierne a la conceptualización de lo que debemos entender por "estrategia", y a la vista de lo escrito por estos maestros, a nadie se le escapa que:

  • Primero: Todas estas definiciones poseen un indiscutible aire de familia que pone de manifiesto la emergencia de un pensamiento único.
  • Segundo: Aunque no aparezca una diferencia semántica entre las ideas que acotan dicho concepto y eso revele la existencia de un aparente consenso, nadie conoce a nadie puesto que en ningún momento se citan fuentes originarias. Es más, nadie deja planear el mínimo atisbo de duda sobre la autoría de su definición.

De todas formas, que nadie se precipite e insinúe, antes de la cuenta, que los economistas somos muy proclives al plagio o, dicho de una manera más suave, a la "imitación creativa" pues no cabe esta sospecha, y ni siquiera vamos a sonrojarnos por una acusación inmerecida, cuando lo único que ocurre es que, frente a la demencia que intenta borrarnos los últimos resquicios de la memoria, aflora lo más preciado de todo ser humano: el sentido común. Esa cualidad es la que suscita la convergencia de ideas mostrada por todos estos expertos y la que, en definitiva, nos mantiene vivos y activos.

A algún lector le parecerá que estas evidencias sobre la clase de amnesia que padecemos son muy sugestivas pero no concluyente, así que intentaremos aportar una nueva prueba al respecto.

Otro de los síntomas inequívocos de que el alzheimer se está ensañando con nosotros es ese grado de dispersión todo acimut del que hacemos gala, sin ningún complejo, a la hora de adentrarnos en nuevas temáticas. Este comportamiento nos conduce a pronunciarnos acerca de todo lo que sale a colación como si estuviésemos impregnados de la ciencia infusa. Aparece un nuevo tema de interés que capta la atención de algún colectivo y zas, intervenimos para dar a conocer nuestra propia tesis sobre el asunto olvidándonos ipso facto de lo que estábamos trabajando hasta este momento. Así que cuando uno de nosotros aparezca metido en todos los fregados, que el lector no deduzca apresuradamente que está ante un erudito, un Sumo Pontífice donde los haya, sino ante un pobre enajenado que de forma inconsciente desviste a un Santo para vestir a otro.

Es como si todo lo nuevo nos sirviese de brújula para no perder contacto con la realidad y poder seguir en el calderero. Claro que aquí, una vez más, intervendrán las malas lenguas e imputarán nuestra versatilidad, no a limitaciones provocadas por fuerzas mayores de origen patológico, sino a nuestro afán insaciable de protagonismo. Pero ante tanta malevolencia injustificada, no nos queda más remedio que intentar salir de esta espiral que lleva nuestro espíritu del orden al desorden.

Pero desgraciadamente y de momento, sabemos que el alzheimer no tiene curación y que la única alternativa que nos queda es la de intentar pararle los pies frenando su rápido avance para evitar que llegue el fatídico día en que ya nadie recuerde nada poniendo patas arriba los límites del saber. Para lograr este objetivo, no tenemos otro camino que el que consiste en seguir ejercitando nuestra memoria no manteniéndonos callados aunque algunos irónicos que gozan de buena salud, parafraseando a un filósofo, afirmen que lo nuestro es decir que un cuadrúpedo es un animal con cuatro patas.

Otro gremio que no ha quedado a salvo de esta lacra es el de los coletudos. Para alzheimer, el que sufrió el maestro Cúchares. Iba perdiendo la noción del tiempo a medida que iba toreando hasta tal punto que no reacordaba por donde transcurría su faena y se olvidaba del número de pases que iba ligando. Este trastorno le impedía rematar su trasteo mientras el morlaco iba y venía desarrollando sentido a medida que se alargaba la faena.

Una tarde en la que se enfrentó a un Miura con aviesas intenciones, no dejó de pasar apuros y cuando intentaba, sin demasiado éxito, sacar al toro de las tablas en las que se había refugiado, un espectador le gritó desde el tendido:

    Zeñó Curro, qué tiempos aquellos!

Cúchares, molesto, levantó los ojos con curiosidad para identificar al protestón de turno, pero más preocupado por las arrancadas traicioneras del astado que por las impertinencias de un aficionado volvió a su tarea cuando, al rato, el mismo espectador le volvió a recriminar:

    Zenó Curro, qué tiempos aquellos!

Extrañado y ya desquiciado por la actitud reiterativa de este aficionado, Cúchares se encaró con él preguntándole:

    -¡Vamos hombre! ¿pero qué tiempos eran esos?

A lo que el aficionado le contestó:

    -¿Qué tiempos han de ser zeñó Curro? ¡Aquellos en que empezó osté a matar ese toro!