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Número 20, diciembre 2003 - enero 2004 ESTRATEGIAS, CONOCIMIENTOS E INNOVACIÓN II>> Con otro aire |
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El Ilusionista
Dicese de un artista que produce efectos ilusorios mediante juegos de mano, artificios, trucos, etc. El ilusionista engaña, sus logros son irreales, ficticios y no tienen valor o efecto alguno. Es pura magia. |
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Al empezar a trabajar en este nuevo retrato me asaltó la duda en cuanto a la elección del personaje objeto de análisis o, mejor dicho, en cuanto a cómo bautizarlo. Mis ideas andaban muy desperdigadas y lo único que tenía claro era que deseaba colocar en su sitio a los que, ni cortos ni perezosos, pretenden engañarnos con sus seudoinnovaciones a base de ejercicios de prestidigitación. Al final, llegué a la conclusión de que el Ilusionista era nuestro hombre porque su perfil reunía una sarta de triquiñuelas muy suculentas que no podían dejarnos indiferentes y merecían ser puestas a descubierto levantando las cartas boca arriba. ¡Pero cuidado! Despejemos, desde el principio, la más mínima confusión respecto a la figura del Ilusionista. De Innovador, nada de nada, ni siquiera de Innovador creativo, por muy extravagante que este último sea en sus logros. Fruto de la creatividad, creatividad de la buena, son, por ejemplo, innovaciones como la aparición de la maquina de vapor y su posterior aplicación a sectores como el textil, la fundición, la producción de cerveza, la fabricación de porcelana, la construcción naval y, por supuesto, el ferrocarril que sustituyó la tracción animal por locomotoras de vapor. Más modestas, pero no menos exitosas, fueron estas otras muestras de creatividad que dieron nacimiento a nuevos productos como el Post-it, el cierre universal Velcro, el Tipp-Ex, el papel de aluminio para la conservación de alimentos, las puertas detectoras de metal, las tiritas, etc... porque no olvidemos que la pertinencia de las innovaciones se mide en función del grado de satisfacción de los clientes y no por el nivel de complejidad asociado a las mismas. Es decir, que la mejor innovación no es la más sofisticada sino la que mejor se vende. Y cuanto más original sea, y mejor se proteja, más difícil será que la imiten los demás competidores. Al margen de estas iniciativas innovadoras surgidas de espíritus inquietos e ingeniosos que respondieron con acierto a demandas patentes o latentes de la sociedad, nos chocamos con otras prácticas mucho menos pertinentes desempeñadas por unos Ilusionistas que flirtean permanentemente con el engaño, lo irreal, lo efímero y lo ficticio. En todo momento, tienen la chistera preparada y, cuando menos te lo esperas, te la lían en un plis plas dejándote boquiabierto y estupefacto con unos efectos especiales que te entran por los ojos. A pesar de todo, digamos, a favor del Ilusionista, que, en regla general no es un energúmeno que actúe de mala fe frente a los demás pues es más bien un engañabobos que cae simpático porque no se lo toma en serio y tiene perfectamente delimitado su terreno. Las actividades que desempeña se enmarcan dentro de lo lúdico entreteniendo y deslumbrando en un alarde de imaginación a unos individuos ávidos de fantasía. El, y los que le siguen, son conscientes de que todo lo que hace es puro teatro y de que se trata de una ficción, de un espejismo, sin más. Saben que, al final, todo lo que acomete se quedará en aguas de borrajas. Pero al margen de este lado amable, la cara más oscura del Ilusionista aparece cuando éste se olvida de su condición de prestidigitador y en un ataque de egocentrismo pretende tomarnos el pelo haciéndose pasar por un ingenioso capaz de rescatar ideas que se quedaron en el tintero para darles identidad y consistencia. Sin embargo, a la hora de la verdad, averiguas que sus aportaciones no incorporan el más mínimo soplo de aire fresco ya que intenta, descaradamente, disfrazar esas antiguas ideas para vendérnoslas como si fuesen de su propia cosecha. Lo suyo, es un plagio en toda la regla, "du déjà vu", dirán los snob afrancesados. Ni siquiera se puede hablar de lavado de cara ya que todo se reduce a la propuesta de una jerga que seduce a ignorantes deseosos de abrirse paso entre su mundillo demostrando que están a la última. Hace muy poco, nos tropezamos con uno de esos Ilusionistas -nos callaremos su nombre y apellido por discreción- que nos vino con eso de las "tecnologías disruptivas". ¡Qué ganas, dirán algunos, de ponerle un nombre tan feo a las cosas!. Según este economista, las tecnologías disruptivas son tecnologías cuya eficacia inicial, medida en términos de rendimiento y nivel de funcionalidad, es inferior a la de las tecnologías vigentes en el mercado pero que debido a su rápido desarrollo están en condición de superar muy pronto las tecnologías ya existentes originando así un desplazamiento de la demanda hacia aquellas. De esta forma, las tecnologías disruptivas serían las que engendran innovaciones de tipo radical. En una primera aproximación al susodicho concepto, sentí una sensación de desencanto muy grande porque no conseguía entender como los clásicos expertos en gestión de la innovación, en los que tenía una fe ciega, no habían caído en tan brillante idea. Pues es muy duro comprobar, a estas alturas, con el camino andado, que tus padres espirituales no han dado la talla. No obstante, ya en una segunda lectura mucho más detenida, me di cuenta que eso de las tecnologías disruptivas no aguantaba la prueba del algodón y que tras la jerga elegida se escudaban planteamientos muy simples y conocidos. En efecto, de siempre se ha sabido que el lanzamiento de nuevos productos basados en tecnologías complejas tenían una entrada muy lenta y complicada en el mercado porque los clientes tardan en familiarizarse con unos bienes sofisticados que, por una parte, reclaman la adopción de nuevos conocimientos y, por otra, ofrecen un nivel de eficacia que, de primeras, no colma totalmente sus necesidades ¿o es que el transistor, los PC´s, los magnetoscopios, los lectores de CD, internet, etc... alcanzaron sus mayores ventas nada más introducirse en el mercado? Recordemos que el transistor tardó veinticinco años en imponerse, que el televisor en color esperó quince años para llegar a madurez y que la adopción del DVD por el gran público se demoró cinco años. Pues a pesar de que la rotación de los ciclos de vida de los productos se va acelerando a medida que pasa el tiempo, las fases de introducción de los bienes y servicios siguen siendo relativamente largas con respecto a la vida global de los mismos. Lo triste, en todo esto, es que, a veces, destacados eruditos se dejan seducir por la verborrea de estos Ilusionistas aunque nos quede el consuelo de que al final el factor tiempo aniquila esa euforia incontrolada y hace que caiga por su propio peso la cortina de humo levantada por el Ilusionista. Buen ejemplo de ello, es el caso de Antonio Fuentes, torero popularísimo por su buena compostura y natural elegancia. Antonio Fuentes se inició en el toreo, como banderillero en las cuadrillas de Francisco Arjona Reyes "Currito" y de José Sánchez del Campo "Cara-Ancha" y recibió la alternativa, en el ruedo de la Villa y Corte, de manos de Fernando Gómez "El Gallo". Fuentes no se mostraba muy certero al practicar la suerte suprema aunque su empaque y su valentía encubrían aquella deficiencia. Tal era su poder de seducción que consiguió conquistar las simpatías de buena parte de la afición que tras fallecer "El Espartero" se quedó sin referencias y al mismísimo maestro cordobés. Cuando el "Guerra" se encontraba en pleno apogeo le preguntaron quien le podría suceder en la cima del toreo y el califa cordobés contestó soltando una de sus famosas frases sentenciadoras: "Después de mi naidie, y después de naidie er Fuentes". Lo tenía muy claro, tan claro, que se equivocó. No advirtió la proyección de los jóvenes "Bombita" y "Machaquito" que serían los precursores de la edad de oro del toreo con Joselito y Belmonte. Con el tiempo, la buena estrella de Antonio Fuentes se fue apagando y la afición dejó de aplaudirle como si fuera el mejor. Su nombre perdió el buen crédito que había adquirido y se empezó a recriminar sus marcados defectos puestos, además, en evidencia por las excelentes maneras de Bombita y Machaquito que le ganaban la partida siempre que compartían cartel. La carrera de Antonio Fuentes terminó como el rosario de la aurora. Pero la equivocación de "El Guerra" fue más allá, puesto que llegó a profetizar que "Bombita" jamás sería buen torero. Se basaba en que un torero que para pedir los trastos de matar decía: "Dáme la espada", no podía ser nada en este mundo. Según él, había que decir: "Dáme la spá". |
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