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Número 23, mayo-junio 2004 GESTIÓN DE LA INNOVACIÓN Y DE LA TECNOLOGÍA>> Con otro aire |
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L´enfant terrible
Dicese de todo aquél individuo que no conoce reglas y adopta patrones de comportamiento que no se ajustan al orden establecido, a lo socialmente correcto. |
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“La matière va de l´ordre au désordre; “Ni me quito yo ni me quita
el toro.
Éste tiene que ir por donde yo lo mando” Juan Belmonte Aquí donde le veis, el enfant terrible da la espalda a todo lo que tiene vitola de convencional, tradicional, norma, regla o principio. Según como se mire y, sobre todo, quién lo mire, será tildado de anarquista por parte de los que tienen espíritu guerrero o de niñato caprichoso que va a su libre albedrío poniéndose el mundo por montera por parte de los que tienen una visión muy sectaria de la sociedad. En realidad, el enfant terrible es un rebelde con causa que intentará poner patas arriba todos aquellos usos y costumbres que vienen encarnando el “viejo” sentido común. Si nadie consigue meterle en vereda, el enfant terrible termina por romper el status quo y se hace dueño y señor de la situación. Lo habrán dejado por imposible aunque eso suponga el fin de una época para esos que se rindieron ante sus constantes y persuasivas acometidas. En efecto, no nos equivoquemos, el enfant terrible
sabe, desde el primer momento, lo que quiere y se emplea a fondo para
hacer triunfar sus ideas. Resiste, pelea y, al final, gana. Su triunfo
no es inmediato y le cuesta imponer sus ideas porque son de armas tomar
y suponen un retorno a cero para todos aquellos que vivían bajo
el antiguo régimen. Cuando el enfant terrible cumpla su sueño y consiga, por fin, crear el estado de opinión, su nivel de protagonismo tenderá a disiparse y se iniciará, entonces, el reposo del guerrero. Mientras se aparte de la primera fila aprovechará su tiempo haciendo suya la “Regla de los 10 años”. Según esta regla, las personas tardamos 10 años en reamueblar nuestra cabeza y fruto de este periodo de reflexión aflorarán nuevas ideas con cierto grado de pertinencia. Cabría afirmar que para ser imaginativo es imprescindible que a uno le guste lo que hace, y si sumamos a este interés y gusto por lo que se hace, la experiencia adquirida, es muy probable que la creatividad emerja con toda su fuerza y esplendor. Durante este paréntesis el enfant terrible habrá hecho borrón y cuenta nueva y es previsible que le surjan nuevas inquietudes pero nada ni nadie puede asegurar de antemano que volverá a acertar. Lo único que habrá hecho es crear todas las condiciones que favorezcan el fomento de la creatividad, luego la suerte y el contexto serán los que diriman. Pero hablando de reglas, para regla, regla, la “Regla de Tres” que inventó e impuso Juan Belmonte, enfant terrible por excelencia en el planeta de la tauromaquia. Belmonte llegó a la fiesta para decir: “Se torea así” y los más escépticos y cerrados le contestaron “Asín no se pué toreá” porque no daban crédito a lo que veían sus ojos. El crítico Don Modesto viéndole torear por primera vez en la vieja plaza de toros de Madrid le calificó de “fenómeno” y afirmó: “Toreando de capa no se puede uno acordar de nadie porque torea como nadie”. El mismísimo Guerrita no salía de su asombro después de haber asistido a esas cinco verónicas que Belmonte había dado sin enmendarse sobre el albero de la Real Maestranza de Sevilla y declaró: “El que lo quiera vé... ¡que aligere!”. Pues pensaba que tenía los días contados. El hecho, es que el Pasmo de Triana -así es como apodaban a Belmonte por haber nacido en el popular barrio de Triana-, revolucionó el arte de Cúchares aplicando su “Regla de Tres” cuyos fundamentos se basaban en Parar, Mandar y Templar las aviesas embestidas que tenían los cornúpetas de entonces cuando pisaban el ruedo. Belmonte marcó un antes y un después en el toreo. Con él y Joselito nació la “Edad de Oro” del toreo contemporáneo. Inventó el temple y creó escuela enseñando lo que era eso de parar, mandar y templar. Su trilogía paradigmática se convirtió en dogma. En torno al trianero siempre se reunieron los “progres” de entonces y, un día, su buen amigo y vecino, Valle-Inclán, en señal de admiración, le dijo: “Es usted divino, Juan; sólo le falta morir en la plaza”. A lo que Belmonte contestó: -Se hará lo que se pueda, Don Ramón. El caso, es que se retiró y no pudo comprobar la veracidad de la “Regla de los 10 años” porque un domingo, al levantarse de la siesta, se pegó un tiro y emprendió un camino sin retorno. Tenía setenta años. Como escribe Javier Villán: “Hay toreros que saben lo que hacen y otros que hacen lo que saben”. Los primeros son los que adivinan, nada más verlo salir de los toriles, las posibilidades que ofrece un toro y Belmonte era uno de esos toreros. Un día, un aficionado que había ido a verle torear, se quedo insatisfecho por la brevedad de su faena y, ni corto ni perezoso, se fue a ver al maestro a la salida de la plaza y le comento: -Juan, has estado muy bien pero te ha faltado pegarle al toro un par de tandas de muletazos por la izquierda. A lo que el Pasmo de Triana, que sabía lo que hacía, le contestó: -Pues el que quiera más que vuelva mañana que toreo otra vez.
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