Número 23, mayo-junio 2004
GESTIÓN DE LA INNOVACIÓN Y DE LA TECNOLOGÍA>> Aula abierta
 
  El fenómeno tecnológico y su estudio en el pensamiento estratégico

El objetivo de este trabajo es analizar el tratamiento que ha recibido el fenómeno tecnológico en las principales aproximaciones que han venido conformando, a lo largo de las últimas décadas, el pensamiento estratégico. Relacionando los distintos enfoques estratégicos con los planteamientos económicos que subyacen en ellos, se desarrolla un recorrido desde los trabajos seminales en el campo de la estrategia, la Economía Industrial, la Economía de las Organizaciones, la Perspectiva Evolucionista hasta los enfoques integradores de recursos, capacidades y conocimiento. En cada teoría se han analizado tanto sus principales aportaciones al estudio de la tecnología como los interrogantes abiertos. De su revisión se puede concluir que cada una aporta elementos complementarios para el estudio de la dirección de la tecnología en la empresa, no pudiéndose confirmar la superioridad absoluta de unos enfoques sobre otros.

     
Fernando E. García Muiña
muina@fcjs.urjc.es
Universidad Rey Juan Carlos
José Emilio Navas López
jenavas@ccee.ucm.es
Universidad Complutense de Madrid
   
 

1. Introducción.

Uno de los principales problemas que ha abordado la Dirección Estratégica de la empresa ha sido el análisis de los factores determinantes de la creación de la ventaja competitiva y, en consecuencia, de la obtención de resultados empresariales superiores. A lo largo de su desarrollo, el estudio del fenómeno estratégico se ha nutrido de distintas perspectivas teóricas y del empleo de diversas metodologías que han ido conformando un cuerpo teórico y empírico muy amplio relativo a las variables explicativas de los resultados empresariales (Hoskisson et al., 1999).

Los trabajos de Chandler (1962) y Learned et al., (1965) se enfrentan al concepto de estrategia empresarial y la definen de forma general como el proceso mediante el que se determinan los objetivos a largo plazo de la empresa en un contexto determinado, se adoptan los cursos de acción más apropiados y se asignan los recursos necesarios para su satisfactoria consecución.

De una forma más específica, en el nivel estratégico competitivo, la estrategia empresarial queda definida como la “continua búsqueda de rentas” en un entorno industrial concreto (Bowman, 1974: 47). Por su parte, la renta empresarial se entiende como aquel exceso de ingresos que obtiene el agente que controla y explota los recursos sobre su coste de oportunidad o sobre el coste del capital invertido (Hawawini, Subramanian y Verdin, 2003). Desde los trabajos seminales de Ansoff (1965) o Learned et al. (1965), la fuente de las rentas se ha situado en la generación de ventajas competitivas. En este marco, la ventaja competitiva queda definida como el positivo resultado de las decisiones empresariales que permite que las organizaciones se enfrenten en mejores condiciones que la competencia a las amenazas y oportunidades que impone la industria y obtengan, de este modo, beneficios extraordinarios en los sectores en los que actúan. Desde este punto de vista, las ventajas competitivas se convierten en el fenómeno explicativo de la creación de valor y en uno de los principales objetos de atención de la Dirección Estratégica de la empresa (Schendel, 1994). En cualquier caso, la propia evolución de la disciplina estratégica ha ido planteando diferentes fuentes o factores determinantes de la consecución de ventajas competitivas, a partir de la proximidad de las escuelas estratégicas hacia enfoques organizativos o empresariales.
Además de que algunas perspectivas desde las que se ha abordado el análisis de las fuentes de las ventajas competitivas han desafiado a su propia definición, el simple estudio de la obtención de ventajas competitivas tiene notables limitaciones tanto desde el punto de vista académico como desde la perspectiva de las implicaciones directivas. En este sentido, a partir de diversas aportaciones teóricas anteriores, (p. ej. Teece, 1986; Barney, 1991; Grant, 1991; Conner, 1991; Amit y Schoemaker, 1993; Peteraf, 1993; Collis y Montgomery, 1995) diversos trabajos empíricos recientes han puesto de manifiesto que la mayor preocupación de la dirección se debe concentrar en la identificación de los factores determinantes tanto del sostenimiento de posiciones competitivas favorables en distintos entornos (p.ej. McGahan, 1999; Ruefli y Wiggins, 2000, 2003; Wiggins y Ruefli, 2002) como de la apropiación de las rentas obtenidas (p.ej. Lippman y Rumelt, 2003). Solo tras el cumplimiento de estas condiciones, la buena salud de la empresa quedará asegurada a lo largo del tiempo.

La evolución que ha vivido la disciplina estratégica justifica el carácter ecléctico de los factores identificados como determinantes de la creación de valor empresarial. En la figura 1 se recoge de forma esquemática una muestra representativa de las diferentes perspectivas que han abordado el estudio de las rentas y que han servido de referencia a los diversos planteamientos propuestos desde la Dirección Estratégica de la empresa. Los distintos tipos de rentas identificadas serán utilizados con posterioridad a partir del papel de la tecnología en la creación de riqueza.

Figura 1.- Una visión comparada de las fuentes de rentas extraordinarias

AUTORES FUENTE DE RENTAS ENFOQUE ENTORNO TIPO DE RENTAS
Ricardo (1817) - Derechos de propiedad de recursos escasos
Interno
Estable
Ricardianas
Schumpeter (1934); Rumelt (1987); Cooper y Brentani (1991) - Capacidad para gestionar el riesgo
Integrador
Dinámico
Schumpeterianas
Bain (1968) - Protección gubernamental
- Acuerdos de colusión
Externo
Estable
Monopólicas
Klein, Crawford y Alchian (1978); Williamson (1979); Teece (1986) - Especificidad de recursos
Interno
Estable
Cuasirentas
Fuente: Elaboración propia

2. La tecnología y la evolución del pensamiento estratégico

En este trabajo prestamos atención a la evolución que ha sufrido el tratamiento de la tecnología desde los principales enfoques estratégicos, particularmente en cuanto a su relación con la generación de rentas empresariales. De cada enfoque, se analizan sus aportaciones y el modo en que se van superando las principales limitaciones identificadas en cada uno de ellos, de forma que se justifica la evolución experimentada en este campo de investigación.

    2.1. La tecnología en los orígenes del pensamiento estratégico

Los trabajos pioneros que estudian la estrategia empresarial (p. ej. Barnard, 1938; Simon, 1947; Selznick, 1957; Penrose, 1959; Chandler, 1962; Cyert y March, 1963; Ansoff, 1965; Andrews, 1971) situaron las fuentes de la ventaja competitiva en ciertos aspectos internos de las organizaciones, tales como las funciones o capacidades directivas, las competencias distintivas, las capacidades de procesamiento de información, el diseño de la estructura de la organización o los procesos de toma de decisiones. En estos trabajos se aprecia el destacado papel de la dirección en el desempeño de sus competencias distintivas (Selznick, 1957) y la relevancia que juega el entorno en el que las empresas desarrollan sus actividades (Learned et al., 1965). Uno de los aspectos más relevantes de estos estudios es que son congruentes con la definición previamente referida de ventaja competitiva. En este sentido, los trabajos apoyan implícitamente el potencial de la dirección y gestión de la tecnología en el éxito empresarial.

Sin embargo, el propio objeto de análisis propiciaba el carácter inductivo y normativo de estas investigaciones y la mayor propensión hacia el desarrollo de estudios de casos en profundidad. Lo idiosincrásico de las variables explicativas de los resultados empresariales, incluida la tecnología, limitaba la obtención de conclusiones generalizables, lo cual generó un cierto rechazo a sus planteamientos (Hoskisson et al., 1999). Este hecho redujo temporalmente su atractivo frente a otros modelos estratégicos deductivos, positivos y cuantitativos más próximos a los planteamientos económicos.

    2.2. La Teoría Económica y el enfoque estratégico clásico de la Organización Industrial

A partir de la teoría de los precios, los economistas neoclásicos emplean el análisis del equilibrio en los mercados con objeto de planificar las decisiones óptimas de oferta y demanda desarrolladas por la empresa, considerada ésta como una simple función de producción o "caja negra". Desde un punto de vista macroeconómico, la Teoría Económica plantea el carácter exógeno del fenómeno tecnológico (Solow, 1957) y realiza una aproximación estática al proceso de innovación tecnológica, todo lo cual conduce a la consideración de la tecnología como mera información para la que existen mercados perfectos de negociación (Nieto, 2003) y, por tanto, sin capacidad para crear valor.

En el contexto en el que la Teoría Económica es un punto básico de referencia a nivel agregado, la aproximación al campo estratégico se plantea desde la Teoría o Economía de la Organización Industrial (Cohen, 1995)[1]. El enfoque estratégico más clásico lo constituye el paradigma Estructura-Conducta-Resultados, nacido de los estudios de la Escuela de Harvard a partir de los modelos de Mason (1939) y Bain (1956, 1968), aunque sus raíces más profundas deban situarse en los trabajos de Chamberlin (1933).

La estructura del sector constituye el contexto en el que las empresas compiten y es el principal factor determinante de sus comportamientos, los cuales, a su vez, explican los resultados obtenidos (Porter, 1980; Schmalensee, 1985). Aunque Porter (1980) y Schmalensee (1985) sugieren que las organizaciones juegan un papel activo en la búsqueda de aquel posicionamiento que permite a la empresa neutralizar las amenazas y explotar las oportunidades del entorno –concepto conocido como tradición directiva en terminología de Schmalensee (1985: 342-343)–, en esta literatura existe muy poca evidencia que recoja convenientemente dicho argumento de forma que su soporte empírico sea posible; incluso, en muchos casos se reconoce implícitamente un papel pasivo por parte de las empresas a lo largo del proceso de adaptación a las condiciones impuestas por la industria y sin la capacidad suficiente para modificarlas unilateralmente (Jacquemin, 1987).

En este sentido, se considera que la conducta o estrategia tecnológica de las empresas es un mero reflejo de la estructura del sector y, por lo tanto, puede ser obviado su efecto moderador en la relación "Estructura-Conducta-Resultados". Desde este punto de vista, no deberían existir diferencias significativas en las estrategias tecnológicas desarrolladas por empresas de una misma industria ni, por tanto, en sus resultados. Esta situación limita claramente la discrecionalidad directiva en el proceso de creación de ventajas competitivas en base tecnológica y aleja a este paradigma de la realidad empresarial (Douma y Schreuder, 1992). De hecho, incluso el nivel de análisis de los modelos desafía el propio fenómeno de la ventaja frente a sus competidores, tal y como hemos comentado con anterioridad.

El problema estratégico queda definido por variables que se comportan de un modo relativamente estable tales como: las barreras entrada y salida en los mercados, la intensidad de la competencia (Schmalensee, 1985: 342; Rumelt, 1991: 167) así como la cuota de mercado dentro de la industria (Ravenscraft, 1983; Schamalensee, 1985). Las conclusiones de estos trabajos indican que si un sector es atractivo, entonces, todas las empresas que consigan entrar y competir en él tendrán mejores resultados que las de otras industrias y que las empresas disfrutan de un éxito sostenido solo cuando la industria es atractiva. Ésta pudiera ser la justificación que explicaría que dichas propuestas hayan sido calificadas de tautológicas (Black y Boal, 1994).

Aplicando los argumentos anteriores al fenómeno tecnológico, las diferencias en los resultados vendrían explicadas no tanto por las ventajas de las empresas líderes tecnológicas frente a la competencia cuanto por las ventajas comparativas derivadas de la idiosincrasia tecnológica de la estructura industrial. Luego, el factor que determina en mayor proporción los resultados empresariales obtenidos es la pertenencia a una u otra industria y no el comportamiento tecnológico de las organizaciones.

De este modo, la Organización Industrial tan solo presenta una visión de lo que podría considerarse una "empresa con una tecnología modelo" en un contexto competitivo exógenamente determinado y estable. No en vano, los supuestos de partida que plantea la Organización Industrial clásica son (Porter 1981)[2] : 1) la homogeneidad empresarial a nivel industrial en términos de los recursos y capacidades tecnológicos que controlan, 2) la perfección de los mercados de tecnologías, 3) la estabilidad del entorno y 4) la casi total independencia de los resultados presentes y futuros de la empresa respecto de su evolución histórica previa, es decir, de cualquier iniciativa o decisión tomada por sus responsables anteriormente[3] . En este contexto, las empresas: a) solo reaccionan ante determinados estímulos tecnológicos externos, b) lo hacen del mismo modo y simultáneamente y c) no pueden influir en la estructura de la industria (Mason, 1939; Bain, 1956; Hirshleifer, 1980; Scherer, 1980; Porter, 1981). Por tanto, la consecución de beneficios extraordinarios frente a otras empresas de la misma industria solo puede deberse a factores externos que regulen artificialmente la obtención de rentas monopólicas.

Además de las limitaciones impuestas por los supuestos recién referidos, la metodología empleada en múltiples trabajos empíricos –análisis de la composición de la varianza (p. ej. Schmalensee, 1985; Rumelt, 1991; McGahan y Porter, 1997, McGahan, 1999)– resulta poco apropiada en el campo de la estrategia empresarial en el que las condiciones ceteris paribus no pueden ser admitidas. Por otra parte, la incorrecta interpretación de los resultados obtenidos (Brush y Bromiley, 1997) explicaría el soporte empírico que avala la predominancia que ha disfrutado este enfoque teórico durante años; especialmente, cuando la variable dependiente de los trabajos alude a la persistencia de los beneficios y no solamente a la consecución de ventajas temporales (McGahan, 1999; Ruefli y Wiggins, 2003).

En definitiva, estos estudios resultan interesantes para analizar la estructura de la industria, es decir, las características esenciales del sector en el que las empresas van a desarrollar sus actividades y el grado de atractivo que aquéllas le confieren; sin embargo, se muestran claramente insuficientes tanto para analizar el proceso de evolución de la estructura competitiva como para explicar las diferencias observadas en las estrategias tecnológicas y en los resultados de empresas que pertenecen a una misma industria, pero cuya existencia está, no obstante, contrastada empíricamente (p. ej. Vasconcellos y Hambrik, 1989; Rumelt, 1991; Roquebert, Phillips y Westfall, 1996; Chang y Singh, 1997; Brush, Bromiley y Hendrickx, 1999; Ruefli y Wiggins, 2000; Bowman y Helfat, 2001; McGahan y Porter, 2002; Douglas y Ryman, 2003; Hawawini, Subramanian y Verdin, 2003).

Por ello, a pesar de la relevancia que adquiere el estudio del entorno en el proceso de evaluación estratégica de los recursos y capacidades tecnológicos, la exclusiva atención a la Economía Industrial no permite abordar con éxito el papel de los conocimientos tecnológicos en el proceso de creación de valor; la concepción que presentan de la tecnología como una variable estática y exógena no permite analizar los idiosincrásicos procesos de constante adaptación a partir de la gestión de aquellos conocimientos que resultan estratégicos para enfrentarse a las oportunidades y amenazas de un contexto competitivo en permanente evolución. Según la Economía Industrial, la gestión de los intangibles tecnológicos no es una variable explicativa de la creación de valor, ya que se trata de una función empresarial homogéneamente difundida a lo largo de la industria.

El alejamiento de la industria como nivel de análisis hacia unos más próximos a la empresa ha sido el origen de otros planteamientos derivados de la Economía Industrial clásica; tal es el caso de los "grupos estratégicos" que paulatinamente reconocen las limitaciones de los supuestos de partida de la Economía Industrial. Manteniendo una visión estática de la competencia, se plantean variables, entre las cuales figura tecnología, como factores determinantes de los resultados empresariales de las compañías que forman parte de un grupo concreto dentro de la industria (p. ej. Hunt, 1972; Newman, 1973; Hatten y Schendel, 1977; Cool y Schendel, 1987, 1988). Por tanto, aquellas empresas que comparten ciertos atributos tecnológicos –implícitamente se alude a sus recursos– pueden gozar de ventajas competitivas como consecuencia de las "barreras a la movilidad intergrupo" que dotan de exclusividad a las empresas capaces de superarlas (Caves y Porter, 1977). En este caso, se plantea la homogeneidad tecnológica pero no a nivel industria sino de grupo y se reconoce una cierta capacidad de actuación por parte de algunas organizaciones para situarse en uno u otro grupo estratégico. La imposibilidad para superar las barreras de movilidad basadas en la dotación de tecnologías determinará el sostenimiento de los resultados extraordinarios obtenidos por el pequeño grupo de privilegiados.

En suma, la Organización Industrial acaparó la mayor atención durante buena parte de la década de los años ochenta del pasado siglo y cuenta con un elevado número de trabajos teóricos y empíricos que tratan de explicar las diferencias en los resultados empresariales a partir de las características de la industria y de la posición de la empresa en ella o en alguno de sus "grupos estratégicos" (Caves y Porter, 1977; Porter, 1980, 1981; Lamb 1984; Schmalensee, 1985; Buzzell y Gale, 1987); por tanto, durante esta etapa no se analizan los procesos de dirección y gestión de la tecnología ni se les reconocen efecto alguno sobre la creación de valor. No obstante, años después se sigue considerando su positiva influencia no tanto como enfoque excluyente cuanto como parte integrante de otros planteamientos de análisis estratégico de la tecnología más amplios e integradores (Rumelt, Schendel y Teece, 1994; Chen, 1996; Hoskisson et al., 1999; McGahan, 1999; Ruefli y Wiggins, 2003).

    2.3. La Economía de las Organizaciones y la nueva Organización Industrial: hacia un marco integrador en el proceso de Dirección Estratégica

En la línea argumental propuesta por la literatura especializada en los grupos estratégicos, algunos enfoques destacan la necesidad de descender en el nivel de análisis a la hora de tratar los factores determinantes de la consecución de ventajas competitivas. De esta forma, se juzga la conveniencia de integrar variables internas y externas en los modelos estratégicos.

Enfrentándose a los planteamientos propuestos desde la Escuela de Harvard, surge la Escuela de Chicago a partir de la obra de Stigler (1968). Según este enfoque, la competencia perfecta es la manera natural de organizarse hacia la que tienden las industrias, ya que cualquier poder de monopolio será siempre temporal mientras ninguna regulación pública lo apoye. Sin embargo, también se reconoce que durante un cierto intervalo de tiempo las empresas pueden competir en mercados no perfectos y que, por tanto, existen posibilidades de obtener beneficios extraordinarios. Como se puede apreciar, desde esta perspectiva comienza a vislumbrarse la necesidad de incorporar la dimensión temporal del fenómeno innovador y el papel activo de los directivos en los procesos de desarrollo tecnológico y de fijación de la posición competitiva (Meyer, 1991; March y Sutton, 1997). Bien es cierto que, transcurrido un cierto tiempo, las condiciones competitivas se asimilarán con las identificadas en el seno del paradigma "Estructura-Conducta-Resultados" clásico.

La principal aportación de esta nueva perspectiva frente a la anterior es que las rentas superiores no sólo se deben a factores exógenos, sino que pueden tener su origen en el control o posesión temporal de recursos únicos difícilmente imitables más valiosos que los de la competencia (fuente de rentas ricardianas). En relación con la tecnología, precisamente, este argumento es el que algunos autores emplean para justificar que el infinito sostenimiento de ventajas competitivas en base tecnológica es un fenómeno casi inexistente, en coherencia con los resultados obtenidos en los trabajos empíricos que miden el éxito mediante la persistencia de los resultados extraordinarios y que otorgan una mayor importancia a los factores industriales frente a los tecnológicos (p. ej. McGahan, 1999; Ruefli y Wiggins, 2003); todo lo cual se apoya también desde los enfoques evolucionistas de la Escuela Austríaca (p. ej. Schumpeter, 1934; Jacobson, 1992) y los modelos de hipercompetencia (D’Aveni, 1994) en los que se defiende la necesidad de innovar constantemente para obtener rentas o beneficios extraordinarios.

Por tanto, en cierta medida se reconoce que: a) las rentas extraordinarias parcialmente sostenidas pueden ser reflejo de una mayor eficiencia en la asignación de los recursos tecnológicos por parte de algunas organizaciones, b) los mercados tecnológicos distan de ser perfectos, al menos durante cierto tiempo y c) las empresas gestionan los conocimientos tecnológicos de forma activa. Así, se reconoce la existencia de relaciones en sentido contrario a las establecidas en el paradigma clásico "Estructura-Conducta-Resultados". La estrategia tecnológica desarrollada por la empresa puede afectar a la estructura de la industria y, del mismo modo, los resultados obtenidos en el pasado pueden influir en el proceso de Dirección Estratégica (Tirole, 1988). De todo lo anterior se deduce que múltiples expresiones de la tecnología son auténtico conocimiento de difícil transferencia cuya acumulación responde al desarrollo temporal de procesos idiosincrásicos, específicos y complejos (Nieto, 2003).

En este nuevo contexto, se reabren las puertas de enfoques estratégicos desarrollados décadas atrás en los que la fuente de los resultados extraordinarios se situaba en el interior de las organizaciones, aunque en esta ocasión desde una perspectiva más próxima a los planteamientos económicos. Este fenómeno es reflejo del proceso de convergencia experimentado entre la Teoría Neoclásica y las Escuelas situadas en la Teoría de la Organización que ha dado como origen a la Economía de las Organizaciones (Barney y Ouchi, 1986) entre las que consideramos, de especial interés para el estudio de la tecnología, la Teoría de los Costes de Transacción (Coase, 1937; Williamson, 1975, 1985; Ouchi, 1980) y la Teoría de la Agencia (Jensen y Meckling, 1976; Fama, 1980; Eisenhardt, 1989).

Este proceso de convergencia ha permitido el simultáneo análisis no sólo de los factores determinantes de la existencia de las organizaciones como mecanismos eficientes de asignación de recursos tecnológicos alternativo al mercado, sino además el estudio de las estructuras y los procesos organizativos más adecuados en cada caso para su correcta gestión (Barney y Ouchi, 1986; Hernangómez y De la Fuente, 1991). De este modo, la comunidad científica vuelve a otorgar a la administración de los recursos tecnológicos la posibilidad de crear valor temporalmente a partir de su capacidad para generar auténticas ventajas competitivas.

    a) La Teoría de los Costes de Transacción

El principal antecedente de la Teoría de los Costes de Transacción es el trabajo de Coase (1937), en el que se propone un enfoque alternativo a la Economía Industrial clásica (Salas, 1987). A partir de ese estudio seminal, otros autores como Simon (1947), Arrow (1969) y especialmente Williamson (1975, 1979, 1985) han continuado sus pasos. La Teoría de los Costes de Transacción estudia los factores determinantes de la elección de uno u otro método alternativo de asignación de recursos, teniendo en cuenta no tanto sus costes de producción cuanto los de transacción. La transacción es, pues, la unidad objeto de análisis de estos trabajos (Commons, 1934).

Existen dos opciones extremas para asignar los recursos entre las cuales se definen otras fórmulas híbridas con sus respectivos mecanismos de coordinación (Williamson, 1991): a) la jerarquía, que utiliza como método de coordinación la autoridad, y b) el mercado, coordinado mediante el sistema de los precios –esta última supone la asunción de las condiciones planteadas por los neoclásicos–. Por tanto, suponiendo unos costes de producción constantes, la Teoría de los Costes de Transacción analiza las causas que originan los costes derivados de cada uno de los mecanismos de asignación de recursos.

Desde un punto vista estratégico, la Teoría de los Costes de Transacción es un marco de análisis muy enriquecedor para la dirección y gestión de los intangibles tecnológicos. En este sentido, sus aportaciones resultan muy interesantes puesto que, a través del mecanismo de asignación de los activos tecnológicos que minimiza los costes de transacción, pueden deducirse los aspectos básicos que caracterizan la naturaleza de la tecnología incorporada.

La tecnología que posee y/o controla una empresa se sitúa entre su base de intangibles, ya que se fundamenta en información y conocimiento. No obstante, son muy diversas las expresiones en las que se puede manifestar el conocimiento tecnológico, no sólo en términos de su intensidad sino también en términos de su nivel de especificidad y carácter tácito; aspectos directamente vinculados con las prácticas de gestión de las capacidades o competencias empresariales (Chakravarthy, Mueller-Stewens, Lorange y Lechner, 2003). A medida que el conocimiento tecnológico es más específico y tácito, los costes de transacción vía mercado experimentan un notable crecimiento. Las fuentes del carácter tácito del conocimiento tecnológico hemos de buscarlas tanto en sus procesos de acumulación y desarrollo (p. ej. Miller y Shamsie, 1996; DeCarolis y Deeds, 1999; Thomke y Kuemmerle, 2002; Zahra y Nielsen, 2002; Nicholls-Nixon y Woo, 2003; Zott, 2003) como en la propensión de la organización hacia su codificación (p. ej. Zack, 1999; Balconi, 2002; Figueiredo, 2002; Miller, Eisenstat y Foote, 2002; Soo et al., 2002). A medida que su desarrollo dependa de la experiencia acumulada en el ejercicio de las tareas a lo largo de dilatados periodos de tiempo, el conocimiento aprendido se caracterizará por ser eminentemente tácito; todo ello, a expensas de los esfuerzos de la organización orientados a su codificación. Por otra parte, el conocimiento tecnológico así desarrollado es específico de la organización que lo crea y, por tanto, su separación del contexto organizativo original puede suponer una alteración notable de su valor (Hennart, 1988; Tripsas, Schrader y Sobrero, 1995). Sin embargo, el concepto de especificidad es multidimensional ya que también puede referirse al uso específico que, en virtud de su exclusiva base de intangibles, hace una determinada empresa de ciertas tecnologías para las que, como consecuencia de su menor complejidad, existen mercados de negociación con un nivel de perfección aparentemente suficiente (Wilcox-King y Zeithaml, 2001).

Tal y como reconociera Teece (1998), la transferencia de conocimientos tecnológicos así caracterizados a través de los mercados está sujeta a elevados costes de transacción como consecuencia de sus imperfecciones. Luego, salvo casos particulares, se dan las condiciones que aumentan los costes de aquellas transacciones sobre activos tecnológicos a través de los mercados, tanto mayores según aumente su carácter tácito y el uso específico que puedan desarrollar las empresas.

Las fuentes de los costes de transacción se pueden agrupar en torno a dos fenómenos que, pese a estar claramente diferenciados, muestran estrechas relaciones entre sí: a) el comportamiento humano y b) el entorno en el que se produce la transacción. A partir del análisis de las relaciones entre las fuentes de los costes de transacción y la naturaleza del conocimiento, pueden deducirse implicaciones muy relevantes para la dirección y gestión de la tecnología.

En cuanto al comportamiento del ser humano, la naturaleza intangible de los activos tecnológicos desafía la racionalidad limitada de los individuos (Simon, 1947) y aumenta las probabilidades de que se comporten de un modo oportunista (Williamson, 1975, 1979). La racionalidad limitada surge ante la dificultad para la obtención y procesamiento de la información relevante de las tecnologías objeto de transacción por parte de los decisores. La racionalidad limitada supone que los individuos no pueden conocer todas las alternativas para la resolución de los problemas tecnológicos, evaluar sus consecuencias, ni elegir, por tanto, la tecnología más adecuada ni los procesos de dirección y gestión más eficaces a ella vinculados. El hecho de trabajar sólo con una parte de la información determina la imposibilidad de redactar contratos completos que anticipen todas las contingencias posibles relacionadas con la tecnología o que una vez sucedida la contingencia pueda ser verificada y evaluada objetivamente.

El carácter tácito y específico del conocimiento tecnológico se relaciona positivamente con el nivel de racionalidad limitada que presentan los agentes en el momento de la transacción.

Por su parte, los comportamientos oportunistas de los agentes se definen como las acciones tomadas por una de las partes en la transacción para explotar una ventaja. Estos comportamientos provocan la necesidad de tomar precauciones en las transacciones. El origen de los comportamientos oportunistas debe buscarse en la asimetrías de información (Akerlof, 1970), producidas cuando cualquiera de las partes en una transacción posee alguna información relevante de la que las otras partes no disponen, que puede aprovechar en su propio beneficio. El desarrollo de la actividad tecnológica implica la aparición de asimetrías de información, cuyo grado se vincula nuevamente con la naturaleza de los conocimientos tecnológicos subyacentes en la transacción.

Los intangibles tecnológicos son activos que presentan un amplio margen de discrecionalidad sobre las decisiones legítimas entre las que el agente puede elegir (Alchian y Woodward, 1988). En la transacción tecnológica, la parte más informada puede tener incentivos para aprovechar la asimetría en su propio interés, lo que hace que el comprador no se fíe del valor real de la tecnología y que el vendedor deba al menos revelar una parte de la información relevante, en cuyo caso el comprador la obtiene y no necesitará su adquisición (Holmström y Roberts, 1998). Estas circunstancias se agudizan según aumente el carácter tácito y específico del conocimiento tecnológico ya que la evaluación objetiva de su utilidad real será tanto más ardua, sobre todo si no se plasma en un producto o proceso concreto (Robertson y Gatignon, 1998); incluso, el valor auténtico de la tecnología para otro usuario diferente de su creador puede ser distinto debido a su carácter idiosincrásico (Klein, Crawford y Alchian, 1978; Caves, 1984), lo que puede dar lugar a la aparición de cuasirentas.

Junto a los costes de transacción derivados del comportamiento de los agentes, otras fuentes de coste hay que buscarlas en el entorno en el que tiene lugar el intercambio: 1) el nivel de incertidumbre tecnológica, que origina dificultades para la identificación de las posibles contingencias y el valor real de las tecnologías en el futuro y, por tanto, para la redacción de contratos completos, 2) la frecuencia de la transacción tecnológica, determinante de la posibilidad de amortizar más fácilmente los costes fijos derivados del establecimiento de una estructura interna para administrar la transacción y 3) el número de contratantes, que sirve como puente de enlace entre los costes derivados del entorno de la transacción y del comportamiento de los agentes. En este sentido, la presencia de grupos reducidos de contratantes influye de forma determinante en la probabilidad de que los agentes manifiesten un mayor comportamiento oportunista, ante la dificultad para encontrar otros alternativos con los que negociar (Williamson, 1975). De forma indirecta, el conocimiento tecnológico específico aumenta la probabilidad de despertar comportamientos oportunistas puesto que la dependencia bilateral que se genera entre los agentes en su desarrollo suele desembocar en un menor número de agentes con los que contratar (Pisano, 1990; Ulset, 1996; Mang, 1998).

Del análisis abordado hasta el momento se desprende que la Teoría de los Costes de Transacción integra factores internos (p. ej. naturaleza de los conocimientos tecnológicos) y externos (p. ej. tamaño grupo de contratantes) en el análisis. Sin embargo, desde un punto de vista externo se muestra especialmente sensible al grado de incertidumbre que rodea al fenómeno tecnológico en las organizaciones, vinculado estrechamente con la evolución del entorno competitivo (Walker y Weber, 1984). Junto a la naturaleza compleja de la tecnología, el dinamismo del entorno rodea el fenómeno tecnológico de incertidumbre. Ambos factores dificultan la identificación de (Tripsas, Schrader y Sobrero, 1995): 1) el nivel de retornos generados, 2) el tiempo en el que se van a producir dichos retornos y 3) su área específica de aplicación.

De todo ello se desprende que la jerarquía o algunas fórmulas híbridas sean, al menos aparentemente, mecanismos de coordinación de las actividades tecnológicas superiores al mercado, sobre todo si se trata de una tecnología relevante para la empresa, no estandarizada, tácita y específica (Siddharthan, 1992).

No obstante todo lo anterior, en los últimos años se ha asistido a un incremento en la existencia de mercados de intercambio para ciertos conocimientos tecnológicos (Dengan, 1998; Hall y Ham, 1999; Kortum y Lerner, 1999; Arora, Fosfuri y Gambardella, 2001). En esta misma línea y de forma contraria a como él mismo hiciera años atrás, Teece y sus colegas reconocen que, en determinadas circunstancias y para el cumplimiento de ciertos objetivos, la negociación de algunas tecnologías en los mercados es posible e, incluso, recomendable (Grindley y Teece, 1997; Teece, 1998). El tratamiento conjunto de estos planteamientos nos lleva a reconocer que tanto las fuentes internas como externas de conocimiento tecnológico ocupan un papel esencial en el valor estratégico de las capacidades tecnológicas que lo explotan a partir de la propia caracterización del conocimiento acumulado a través de cada una de las modalidades.

La Teoría de los Costes de Transacción otorga, pues, el soporte necesario para la toma de decisiones estratégicas relativas a los mecanismos para acumular y movilizar las capacidades tecnológicas relevantes, de tal forma que se alcancen niveles de creación de valor satisfactorios a partir de la consecución y sostenimiento de ventajas competitivas y de la apropiación de los beneficios extraordinarios.

    b) La Teoría de la Agencia

En el seno de la Economía de las Organizaciones, la Teoría de la Agencia (Jensen y Mecking, 1976; Fama y Jensen, 1983) plantea la existencia de la empresa como una ficción legal o nexo de contratos entre agentes cuyo fin es la consecución de objetivos que de forma autónoma no podrían alcanzar. Para ello, se diseña una serie de acuerdos contractuales que soportan las relaciones entre los distintos agentes, conocidas como relaciones de agencia. Las relaciones de agencia se pueden definir como un "contrato por el que una parte (el principal) encarga a otra (el agente) la realización en su nombre de una tarea, lo que supone la cesión de capacidad para tomar decisiones" (Jensen y Meckling, 1976: 308).

Comparte con la Teoría de los Costes de Transacción los supuestos básicos de racionalidad limitada y comportamiento oportunista de los individuos (Eisenhardt, 1989). Así, se adentra en el interior de las organizaciones, concentrando sus esfuerzos principalmente en el análisis de la problemática surgida a partir de la separación entre la propiedad (agente accionistas) y el control (agente directivos).

El enfoque positivo de la agencia (Jensen y Meckling, 1976, Eisenhardt, 1989) trata analizar el modo en el que los contratos firmados entre los agentes influyen en el comportamiento de las partes y porqué se dan ciertas formas organizativas en la realidad y cómo evolucionan al objeto de reducir los conflictos de agencia. Su principal interés son las fuentes de costes de agencia o de conflicto entre agentes y el diseño de mecanismos para minimizarlos (Hoskisson et al., 1999). Son precisamente los supuestos vinculados con el comportamiento humano de racionalidad limitada y comportamiento oportunista relativos a las actividades tecnológicas los que explican la posible disparidad de intereses y la consiguiente aparición de costes de agencia.

Han sido diversos los problemas relacionados con el fenómeno tecnológico abordados desde la Teoría de la Agencia: la actitud de la dirección frente a la innovación (Hoskisson, Hitt y Hill, 1993), la relación entre la diversificación y el esfuerzo tecnológico (Baysinger y Hoskisson, 1989) o el efecto de la estructura de propiedad sobre el esfuerzo tecnológico (Kochhar y David, 1996), entre otros.

El análisis del fenómeno objeto de estudio en sectores intensivos en tecnología perfila de forma considerable los aspectos cuyo tratamiento resulta relevante desde la Teoría de la Agencia. Con carácter general, el riesgo que acompaña a las actividades de I+D y el largo período de recuperación de las inversiones resiente los resultados en el corto plazo y la remuneración de los directivos vinculada con ellos (Galbraith y Merrill, 1991). Por tanto, la dirección muestra habitualmente una cierta aversión al desarrollo de actividades tecnológicas. Sin embargo, los accionistas, con una mayor capacidad para diversificar su riesgo con otras inversiones alternativas (Baysinger, Kosnik y Turk, 1991), apuestan por su ejecución debido a la evidencia empírica encontrada relativa al sentido positivo de la relación entre las inversiones en I+D y la competitividad sostenida (Hoskisson, Hitt y Hill, 1993).

Pero, cuando el sector se caracteriza por su alta intensidad tecnológica se ha observado una mayor sensibilización de la dirección frente al fenómeno tecnológico y un mayor interés por el diseño de mecanismos de control de los accionistas frente a la dirección como, por ejemplo, los sistemas de retribución vinculados con la consecución de objetivos estratégicos a largo plazo (Johnson y Revsine, 1988; Galbraith y Merrill, 1991). La naturaleza de la competencia en este tipo de industrias reduce la aversión al riesgo asumido con el desarrollo de proyectos innovadores y se convierte en una necesidad para poder mantenerse en la industria aceptada por todos. Por tanto, no se plantea la clásica problemática en la relación entre los directivos y los accionistas a la que hacíamos mención y, por ello, en estas condiciones puede no considerarse fuente de divergencia en el éxito empresarial.

Aun cuando los mercados financieros especializados en inversiones de alto riesgo (p. ej. capital-riesgo) se encuentren poco desarrollados, los criterios de evaluación de las inversiones realizadas por dichos inversores expertos en sectores intensivos en tecnología se aproximan en mayor medida a los de los accionistas que en la mayoría de sectores (Mangematin et al., 2003). Por tanto, en este caso también son de esperar unos menores costes de agencia y un menor efecto de los mecanismos de control en el éxito empresarial.

Desde la perspectiva de los trabajadores, la Teoría de la Agencia tradicionalmente plantea la problemática relativa a la conservación de sus puestos de trabajo. El enfoque clásico considera que el trabajador es, por naturaleza, averso al desarrollo de proyectos de innovación tecnológica ya que supone que puede repercutir negativamente en su puesto de trabajo si finalmente no tienen éxito. Sin embargo, cuando se analizan los sectores tecnológico-intensivos, los trabajadores se caracterizan por un perfil marcadamente investigador, por lo que son conscientes de que la falta de esfuerzos tecnológicos desemboca irremediablemente en el abandono de la industria. Por ello, tampoco son de esperar elevados costes de agencia en esta relación entre los accionistas y los trabajadores que repercutan negativamente en el éxito.

El mayor problema pudiera presentarse a la hora de negociar su retribución a partir del análisis de su aportación al éxito tecnológico y a la eficacia empresarial. En este sentido, la naturaleza colectiva, compleja y específica del conocimiento tecnológico limita la capacidad de los trabajadores para negociar su retribución, permitiendo a la empresa apropiarse de los beneficios extraordinarios (Lippman y Rumelt, 2003). Por ello, en las condiciones apuntadas será éste el principal objeto de atención en el análisis de la tecnología en sectores intensivos en este factor, ya que los elevados costes derivados de una mala gestión de la citada relación de agencia pueden erosionar los resultados de este tipo de empresas. De forma análoga, los proveedores de ciertos conocimientos tecnológicos externos a la empresa contarán con un menor poder de negociación a medida que dichas tecnologías se complementen con otros conocimientos exclusivos de la empresa usuaria que permitan mejorar su explotación frente a la utilidad comúnmente reconocida en la industria (Lippman y Rumelt, 2003), lo que puede dar lugar nuevamente a la aparición de cuasirentas.

Los planteamientos de la Teoría de los Costes de Transacción y de la Teoría de la Agencia permiten irse aproximando a la empresa como agente económico pero, además, sus aportaciones resultan complementarias. Para la Teoría de los Costes de Transacción, el análisis se concentra en los procesos de acumulación o desarrollo de conocimiento tecnológico alternativos y en su influencia sobre su naturaleza, mientras que la Teoría de la Agencia en el caso que nos ocupa queda planteada para abordar la problemática surgida una vez que el conocimiento tecnológico ha sido explotado y ha contribuido a la generación de innovaciones. De ahí que su tratamiento conjunto resulte de inestimable utilidad para el diseño de cualquier modelo completo que verse sobre la dirección y gestión de la tecnología.

Si bien la Teoría de los Costes de Transacción reconoce el carácter evolutivo de los procesos de acumulación de los conocimientos tecnológicos y la necesidad de integrar factores internos y externos en el análisis estratégico y la Teoría de la Agencia analiza la evolución de los mecanismos de control, la dimensión dinámica de las organizaciones y los procesos de desarrollo tecnológico debe ser tratada con mayor detenimiento y desde una perspectiva natural que incorpore el análisis de los procesos de adaptación de la empresa a la evolución del entorno. Por ello, a continuación se plantean diversas Escuelas Evolucionistas que permiten profundizar en estas cuestiones.

    2.4. Las Escuelas Evolucionistas y los enfoques estratégicos integradores y dinámicos de recursos y conocimiento

Desde la Economía de las Organizaciones se plantea un descenso en el nivel de análisis a la hora de explicar los resultados empresariales. Si bien la Teoría de los Costes de Transacción y la Teoría de la Agencia comienzan a desarrollar el estudio de los procesos de acumulación de conocimientos tecnológicos y la evolución de las estructuras contractuales más adecuadas, respectivamente, no se detienen en la medida suficiente en la evolución del entorno tecnológico y en los procesos seguidos por las organizaciones para adaptarse a él. Por tanto, el estudio completo de la riqueza empresarial en base tecnológica debe incluir una perspectiva dinámica que ponga el mayor énfasis posible en los procesos de desarrollo de nuevos conocimientos tecnológicos que permitan enfrentarse a los sucesivos cambios impuestos por el contexto competitivo. Todo ello resulta de especial relevancia en aquellas industrias caracterizadas por su elevada intensidad tecnológica y altas tasas incertidumbre y dinamismo competitivo (p. ej. Bettis y Hitt, 1995; Baum y Wally, 2003).

Por tanto, el estudio de la creación de valor exige la evaluación de la eficacia y agilidad de los procesos de adaptación histórico-dependientes de las organizaciones al contexto y abandonar la rápida y homogénea adaptación al entorno propuesta en los enfoques neoclásicos así como la estabilidad de las condiciones competitivas argumentadas en la Economía Industrial. El soporte teórico a estas cuestiones lo encontramos en diversas Escuelas procedentes de la Teoría de la Organización orientadas hacia el estudio de la evolución y de los procesos de cambio tecnológico en las organizaciones.

Desde esta perspectiva, la Ecología de las Poblaciones (Hawley, 1950; Hannan y Freeman, 1977, 1984) quizá sea la escuela que presente más limitaciones en el tratamiento de la gestión de la tecnología al plantear que las empresas subsisten a los cambios acaecidos en el entorno en virtud de un proceso pasivo de selección natural en el que ciertos factores internos a la organización explican su supervivencia (p. ej. tamaño, edad). Desde esta escuela se ha tratado de identificar y analizar los factores internos que dificultan la adaptación de la empresa ante los cambios del entorno a través del fenómeno conocido como inercia organizativa (Hannan y Freeman, 1984; Tushman y Romanelli, 1985; Tushman y Anderson, 1986; Haveman, 1992).

El interés de estos trabajos para la dirección y gestión de la tecnología radica en sus aportaciones relativas a las causas que aumentan la rigidez de los procesos de acumulación, difusión y explotación de conocimiento así como al análisis de distintos parámetros organizativos, tales como la edad, el tamaño, la escasa diferenciación de los productos ofertados respecto de la competencia o las condiciones iniciales en las que se crea y desarrolla la empresa (Hannan y Freeman, 1984; Miller y Chen, 1994; Ruef, 1997; Cockburn, Henderson y Stern, 2000) que, según la evidencia teórica y empírica encontrada, influyen en la eficacia de las actividades tecnológicas de las organizaciones y en sus resultados.

Sin embargo, nuestra concepción acerca de la evolución medioambiental y organizativa se aproxima más a los planteamientos de la Teoría de la Dependencia de Recursos (Aldrich y Pfeffer, 1976; Pfeffer y Salancik, 1978), el Modelo de Hipercompetencia (D’Aveni, 1994; Brown y Eisenhardt, 1995) y la Escuela Austriaca (Schumpeter, 1934, 1942; Jacobson, 1992) que proponen un comportamiento activo del equipo directivo de las organizaciones en relación con la adaptación de la empresa a la evolución del entorno tecnológico que, de forma natural, tiende a hacer desaparecer cualquier fuente de ventaja competitiva (Teece, Pisano y Shuen, 1997; Foster y Kaplan, 2001).

Las aportaciones de la Teoría de la Dependencia de Recursos otorgan un soporte valioso a la definición de modelos que tratan la dirección y gestión del conocimiento tecnológico, especialmente aspectos relacionados con las fuentes de conocimiento y las prácticas de gestión encaminadas a alterar la naturaleza del conocimiento tecnológico desarrollado. En cuanto a la acumulación de conocimiento, pone de manifiesto la dificultad de las organizaciones para crear autónomamente todos los recursos tecnológicos necesarios y la conveniencia de complementar los conocimientos internos con otros desarrollados por terceros agentes para adaptarse a los cambios acaecidos en el entorno; en lo relativo a las prácticas de gestión del conocimiento, esta teoría reconoce los posibles efectos positivos de la codificación del conocimiento al facilitar la identificación y retención de los procesos tecnológicos eficaces y su difusión, bien hacia otras partes de la organización en las que se explota y que pudieran contribuir a su mejora, bien hacia la sociedad en general.

La Escuela Austriaca plantea el estudio de las empresas a partir del análisis de las implicaciones del cambio tecnológico en su comportamiento y en el nivel de éxito alcanzado, estableciendo un paralelismo entre los procesos de evolución biológica y económica. De forma contraria a los neoclásicos y a la Organización Industrial, considera que la economía progresa a través de un proceso de "destrucción creativa" en el que el aprendizaje continuo y la selección de los agentes ocupan un papel muy relevante y en donde no hay cabida ni para la perfección de los mercados ni para la estabilidad. En este sentido, se argumenta que el éxito competitivo exige la evolución continua de la empresa para adaptarse al entorno y se reconoce que la dependencia histórica juega un papel determinante en el éxito de las actividades (Pavitt, 1987; Dosi, 1988). Todo ello no es sino reflejo de la ausencia de mercados tecnológicos perfectos que elimina cualquier posibilidad de adaptación homogénea e inmediata por parte de las empresas a los cambios del entorno. Estos planteamientos son el origen de las rentas schumpeterianas.

Nelson y Winter (1982) retoman estas aportaciones varias décadas después, consiguiendo una gran aceptación y difusión de sus propuestas entre la comunidad académica. En el estudio de las organizaciones logran combinar con éxito los principios sociológicos de racionalidad limitada y de satisfacción (Simon, 1947) con los planteamientos evolucionistas. Además, el trabajo de Nelson y Winter (1982) se plantea desde una óptica más estratégica que ha servido como soporte básico para el desarrollo de los enfoques estratégicos posteriores de recursos, capacidades y conocimiento.

La empresa se concibe como un ser vivo en constante evolución fruto del aprendizaje colectivo (Leonard-Barton, 1991, 1992; Fransman, 1994) en la que dos aspectos resultan esenciales (Nelson y Winter, 1982): 1) las rutinas organizativas y 2) los procesos de búsqueda, selección y retención de nuevas fuentes de riqueza empresarial; esto es, los procesos de desarrollo de nuevas rutinas capaces de crear valor en nuevas condiciones competitivas.

Las rutinas organizativas adquieren la consideración de genes de la empresa, determinan lo que la empresa es y lo que puede llegar a ser, teniendo en cuenta las condiciones en las que desarrollan sus actividades (March, 1991). Las rutinas organizativas son, pues, resultado de la historia pasada, por lo que su reproducción en otros contextos es complicada; de esta forma, se explica su carácter específico y lo idiosincrásico de sus procesos de creación.

El planteamiento evolucionista se pone de manifiesto al señalar que con el propio desarrollo de las actividades tecnológicas, las rutinas sufren un proceso de constante evaluación y selección en función del éxito que otorgan a las empresas que las han visto nacer. Una vez que la empresa ha identificado cuáles son sus mejores rutinas para enfrentarse a unas condiciones concretas y alcanzar los objetivos planificados, la organización debe fomentar su transferencia a lo largo de la estructura (Knudsen, 1995) –retención en terminología de Milgrom y Roberts (1985)– hasta que dejen de ser interesantes. Sin embargo, su identificación como fuentes del éxito por parte de la competencia las convierte en un punto de referencia básico para unos competidores que tendrán una elevada propensión a su imitación.

Desde estos enfoques evolucionistas se explicita la necesidad de incorporar una doble perspectiva –funcional y dinámica– en el estudio de los activos tecnológicos así como la relevancia que otorga el contexto competitivo a la hora de evaluar la aportación de las rutinas tecnológicas a la creación de valor; en este sentido, el mercado se convierte en un juez natural que mide constantemente el éxito o fracaso de las empresas y de sus conocimientos (Nieto, 2001). Se reconoce, por tanto, que resulta tan importante identificar las funciones que desempeñan las capacidades tecnológicas como los procesos en virtud de los que se desarrollan o renuevan y los factores de contexto en los que actúan. Además, ha de tenerse en cuenta que la funcionalidad de las capacidades depende directamente de los procesos seguidos en su acumulación y movilización y, por tanto, su estudio no debe plantearse como dos cuestiones independientes (Eisenhardt y Martin, 2000; Zott, 2003).

De todas estas observaciones, se desprende que la evolución que experimentan las empresas no es la simple respuesta a una serie de variaciones exógenas, sino que el cambio ocurre en y desde el interior de la empresa (Metcalfe, 1998). Por tanto, la innovación tecnológica se configura como un proceso endógeno a la empresa al que se le atribuyen propiedades dinámicas (Dosi, 1991).

De esta forma, se amplía la tradicional aproximación funcional a las capacidades tecnológicas y se reconoce la relevancia del estudio de sus procesos de construcción y renovación como consecuencia de sus efectos directos sobre su potencial estratégico y sobre la creación de valor. Este enfoque permite abordar con éxito el análisis de las implicaciones de los distintos procesos comprometidos en la construcción de las capacidades tecnológicas en su potencial estratégico y, por tanto, la mayor o menor idoneidad de su uso para la consecución de los objetivos planificados. Es, por tanto, un marco teórico muy enriquecedor para el análisis de la dirección y gestión de la tecnología.

Este enfoque apoya la naturaleza acumulativa e incremental de la innovación tecnológica (Malerba et al., 1999), de manera que se va formando la base de conocimientos como un conjunto de inputs informativos, conocimientos y habilidades que los empleados utilizan cuando buscan soluciones innovadoras a los problemas. Esta base común, que la empresa conoce y domina, es la que le permite alcanzar mejores resultados (Helfat, 1994), cubrir los costes iniciales de aprendizaje tecnológico a través de la continua mejora de los productos y la mayor aplicación a los mercados (Rosenberg, 1976). Además, este conjunto estructurado de conocimientos tecnológicos específicos desarrollados en el seno de las organizaciones resulta determinante de la capacidad de absorción de la empresa (Cohen y Levinthal, 1990), responsable de mayores niveles de agilidad y eficacia en los procesos de innovación tecnológica.

Todo ello es representativo de la importancia que toma el fenómeno de la dependencia histórica en los procesos de innovación (Pavitt, 1987; Dosi, 1991) que, en cambio, puede limitar la capacidad de respuesta ágil y eficaz de la empresa ante ciertas convulsiones tecnológicas. De esta forma, se han ido desarrollando paulatinamente otros enfoques preocupados por los efectos negativos que en su caso pudiera tener una herencia genética empresarial poco flexible, fuente de rutinas rígidas e insensibles a los cambios. Por tanto, un cuidadoso análisis de los enfoques evolucionistas debiera conducirnos a mejorar nuestra comprensión acerca de cuáles son los procesos evolutivos más interesantes para renovar la base de conocimientos tecnológicos y enfrentarse en buenas condiciones a las amenazas y oportunidades que proceden de un entorno que se comporta de una forma cíclica y en el que no siempre los cambios tecnológicos son de la misma naturaleza (Abernathy y Utterback, 1978).

A partir del tratamiento integrado de las perspectivas presentadas hasta el momento, se plantea el desarrollo de los enfoques estratégicos de recursos y conocimiento, que actualmente son la referencia fundamental del proceso de Dirección Estratégica de la empresa y que en sus desarrollos más vanguardistas tratan de integrar las dimensiones relevantes de los enfoques anteriores.

    a) El enfoque estratégico de Recursos y Capacidades

Los trabajos seminales en el campo de la estrategia apuntados anteriormente y el desarrollo de Nelson y Winter (1982) son la referencia básica a partir de la que se desarrolla el enfoque estratégico de recursos y capacidades que plantea, desde mediados de los años ochenta, el análisis de los resultados de las organizaciones a partir del control o posesión y explotación de ciertos recursos empresariales (p. ej. Rumelt, 1984, 1987; Wernerfelt, 1984, 1989; Barney, 1986a, 1986b, 1988, 1991; Itami y Roehl, 1987; Winter, 1987; Hayes, Wheelwright y Clark, 1988; Jacobson, 1988; Dierickx y Cool, 1989; Hansen y Wernerfelt, 1989; Chandler, 1990; Lazonick, 1990; Conner, 1991; Ghemawat, 1991; Grant, 1991; Lado, Boyd y Wright, 1992; Mahoney y Pandian, 1992; Amit y Schoemaker, 1993; Peteraf, 1993; Collis y Montgomery, 1995).

Este enfoque enlaza, pues, con las primeras contribuciones al estudio de la estrategia empresarial en las que se reconocía la gran relevancia de los factores internos en la obtención de rentas superiores a través de los conceptos de competencia distintiva o heterogeneidad empresarial (Selznick, 1957; Penrose, 1959; Chandler, 1962; Ansoff, 1965; Learned et al., 1965; Andrews, 1971). Por tanto, las características de la industria dejan de jugar un papel exclusivo en los modelos explicativos de los resultados empresariales.

De forma análoga a los trabajos clásicos y a los situados dentro de la Teoría Evolucionista a nivel general, el enfoque de recursos y capacidades define la empresa como un agente de aprendizaje responsable de la acumulación y explotación de un conjunto de recursos específicos interrelacionados a partir de los que se desarrollan sus actividades productivas y los procesos de crecimiento que explican los resultados obtenidos por las organizaciones (Penrose, 1959; Rumelt, 1984).

La dotación heterogénea de ciertos recursos y capacidades que cumplen una serie de requisitos (p. ej. Cool y Schendel, 1988; Barney, 1991; Grant, 1991; Amit y Schoemaker, 1993; Peteraf, 1993; Collis y Montgomery, 1995; Helfat, 1997; Miller, Eisenstat y Foote, 2002) es la que explica la consecución y sostenimiento de ventajas competitivas y la apropiación de las rentas superiores frente a otras empresas de la industria, cuyo origen se sitúa, por tanto, ‘aguas arriba’ de los mercados de productos. La identificación de estos requisitos estratégicos centró la principal preocupación de los primeros trabajos de recursos y capacidades.

El paulatino desarrollo del enfoque ha reorientado el objeto de atención de las investigaciones hacia los procesos de acumulación y gestión de los recursos y capacidades tecnológicos a partir de su consideración como los factores determinantes de sus atributos y, por tanto, de su valor estratégico. Esta aproximación queda avalada por el creciente número de modelos empíricos desarrollados en los últimos años en este campo (p. ej. Tripsas, 1997; DeCarolis y Deeds, 1999; Yeoh y Roth, 1999; Yli-Renko, Autio y Sapienza, 2001; Afuah, 2002; Figueiredo, 2002; Matusik, 2002; Schroeder, Bates y Junttila, 2002; Soo et al., 2002; Thomke y Kuemmerle, 2002; Zahra y Nielsen, 2002; Douglas y Ryman, 2003; Nicholls-Nixon y Woo, 2003). Además, el énfasis en estos procesos se complementa con la consideración de que el entorno se comporta de un modo dinámico y, de este modo, que la eficacia de los procesos de desarrollo de los recursos y capacidades debe medirse en función del grado de adaptación a las distintas condiciones competitivas que consigue la empresa (Teece, Pisano y Shuen, 1997).

Algunos trabajos pioneros (p. ej. Barney, 1991) –quizá para alejarse en mayor medida de la Organización Industrial a la que trataban de superar– se caracterizaron por minimizar la influencia del entorno. Sin embargo, tomando como principal referencia los planteamientos evolucionistas, desde mediados de la década de los noventa (p. ej. Amit y Schoemaker, 1993; Collis, 1994; Teece y Pisano, 1994; Teece, Pisano y Shuen, 1997) se comienza a reconocer no solo su influencia sino también el comportamiento dinámico del entorno y la relevancia de las decisiones sobre los recursos y capacidades en el desarrollo de los procesos empresariales de adaptación rápida y eficaz a las nuevas condiciones competitivas. Se define un nuevo tipo de capacidad –conocido como capacidad dinámica (Teece y Pisano, 1994; Teece, Pisano y Shuen, 1997) o meta-competencia (Collis, 1994)– que alude a los procesos de acumulación del resto de activos empresariales.

Esta concepción dinámica del enfoque de recursos y capacidades –Teoría o Enfoque de las Capacidades Dinámicas (p. ej. Teece, Pisano y Shuen, 1997) se enfrenta a algunos de los interrogantes puestos de manifiesto en el trabajo de Nelson y Winter (1982) en el que se desarrolló el concepto de rutina organizativa. En este sentido, se admite la consideración de que ciertos recursos y capacidades son fuente de desventajas competitivas al reducir en determinadas situaciones la capacidad de adaptación de la empresa a los cambios del entorno a causa de la rigidez que aportan al proceso de innovación (p. ej. Leonard-Barton, 1992; Szulanski, 1996). Todo ello redunda en la consideración de que la gestión de los factores intrínsecos de las empresas son las variables que mejor explican el nivel de resultados obtenidos.

El fenómeno tecnológico en la empresa ha sido una de las aplicaciones más habituales del Enfoque de Recursos y Capacidades, tal y como se aprecia en el tratamiento empírico que han recibido tanto los recursos y capacidades tecnológicos como los procesos de innovación y aprendizaje tecnológico (McGrath, MacMillan y Venkatamaran, 1995; Tripsas, 1997; Fernández y Suárez, 1996; DeCarolis y Deeds, 1999; Yeoh y Roth, 1999; Wilcox-King y Zeithaml, 2001; Yli-Renko, Autio y Sapienza, 2001; Afuah, 2002; Balconi, 2002; Figueiredo, 2002; Matusik, 2002; Thomke y Kuemmerle, 2002; Zahra y Nielsen, 2002; DeCarolis, 2003; Douglas y Ryman, 2003; Nicholls-Nixon y Woo, 2003; Spencer, 2003).

El enfoque de recursos otorga una gran relevancia estratégica a los intangibles debido a sus atributos (Hall, 1992; Cuervo, 1993), de ahí que el estudio de los activos tecnológicos –basados en información y conocimiento– resulte de especial interés. En línea con los argumentos clásicos de la Teoría de los Costes de Transacción, la concepción más tradicional relativa a la construcción de las capacidades tecnológicas propuesta desde el enfoque de recursos apuntaba que éstas se vinculaban directamente con las actividades de I+D interna puesto que son fuente de conocimientos tecnológicos heterogéneos y específicos a la empresa que permiten desarrollar nuevos productos y seguir avanzando a lo largo del proceso de innovación tecnológica en mejores condiciones que la competencia –a la que le resulta difícil imitar y sustituir los intangibles tecnológicos valiosos–.

En cambio, se considera que la capacidad de innovación tecnológica no viene determinada por la habilidad de la empresa para explotar tecnologías externas a la entidad, ya que son fácilmente accesibles a los competidores y no son fuente de ventajas competitivas sostenibles. Detrás de estos argumentos, que no compartimos en el presente trabajo, se encuentra una visión excesivamente orientada hacia el interior de las organizaciones ya que se obvia la habilidad de la empresa para explotar más eficientemente ciertas expresiones de conocimiento tecnológico desarrolladas más allá de sus límites (Cohen y Levinthal, 1990; Dyer y Singh, 1998; DeCarolis y Deeds, 1999; Yli-Renko, Autio y Sapienza, 2001; Schroeder, Bates y Junttila, 2002; Thomke y Kuemmerle, 2002; Zahra y Nielsen, 2002; Douglas y Ryman, 2003; Lippman y Rumelt, 2003).

En definitiva, los recursos y, especialmente, las capacidades tecnológicas son los elementos con los que cuenta la empresa para neutralizar las amenazas y explotar las oportunidades que ofrece el entorno en mejores condiciones que la competencia (Conner, 1991). De una forma novedosa, Douglas y Ryman (2003) demuestran empíricamente la mayor habilidad de la empresa para enfrentarse al poder negociador de los clientes y a la intensidad competitiva a partir de su mejor dotación de capacidades tecnológicas, todo lo cual justifica su mejor posicionamiento en la industria y la obtención de mejores resultados.

    b) La Teoría de la Empresa Basada en el Conocimiento

La relevancia estratégica otorgada a los intangibles tecnológicos, ha derivado en el desarrollo de una corriente de pensamiento estratégico cuya separación de la Teoría de Recursos y Capacidades o del planteamiento de las Capacidades Dinámicas no está suficientemente clara: la Teoría de la Empresa Basada en el Conocimiento (p. ej. Nonaka, 1994; Nonaka y Takeuchi, 1995; Bierly y Chakrabarti, 1996; Grant, 1996; Porter Liebeskind, 1996; Spender, 1996; Spender y Grant, 1996). De forma análoga al enfoque dinámico de las capacidades, se preocupa no sólo de las características de los intangibles tecnológicos estratégicos, sino también por los procesos de creación, transmisión y explotación de conocimiento en la empresa y su vinculación con la creación de valor. Por ello, realmente se puede considerar como una corriente estratégica que, a partir de los principios de la Economía de las Organizaciones y la Teoría Evolucionista se integra con los planteamientos del Enfoque Basado en los Recursos.

La Teoría de la Empresa basada en el Conocimiento puede considerarse una extensión del Enfoque basado en los Recursos (Hoskisson et al., 1999). Esta perspectiva de conocimiento no hace sino profundizar en aquellos activos que el enfoque de recursos tradicional identifica como más relevantes: los intangibles; es decir, los recursos intangibles y las capacidades empresariales –intangibles por naturaleza– (Winter, 1987; Brown y Duguid, 1991; Kogut y Zander, 1992; Nonaka, 1994; Nonaka y Takeuchi, 1995; Zander y Kogut, 1995; Davenport, Jarvenpaa y Beers, 1996; Grant, 1996; Hill y Deeds, 1996; Quinn, Anderson y Finkelstein, 1996; Spender, 1996). Los modelos propuestos desde la Teoría de la Empresa basada en el Conocimiento, tratan de ofrecer una panorámica amplia de aquellos atributos del conocimiento que justificarían su carácter estratégico –p. ej. especificidad, complejidad, carácter tácito–, a partir de su comportamiento en los criterios de evaluación propuestos desde el Enfoque basado en los Recursos –p. ej. imitabilidad, sustituibilidad, apropiabilidad, transferibilidad–.

La heterogeneidad terminológica de los atributos que ha de cumplir el conocimiento para ser considerado estratégico es nuevamente una constante en la literatura. En algunos casos se distingue fundamentalmente entre el carácter tácito y explícito del conocimiento tecnológico (p. ej. Polanyi, 1966; Nonaka y Takeuchi, 1995); en otras ocasiones se introducen diversas dimensiones complementarias como (Zander y Kogut, 1995): a) el grado en que puede ser enseñado, b) la complejidad, c) la dependencia de un sistema y d) el grado en que puede ser observado el conocimiento incorporado en un producto.

Muy próximos a los planteamientos evolucionistas, desde la Teoría Basada en el Conocimiento, la empresa se define como una entidad de aprendizaje, almacenamiento y transmisión de conocimientos tácitos y específicos acumulados en virtud de procesos históricos (Foss, 1994, 1996) en los que la sabiduría individual y social se encarga de transformar dichos conocimientos en productos con valor económico (Demsetz, 1991; Kogut y Zander, 1992; Hall, 1993; Nonaka, 1994; Nonaka y Takeuchi, 1995; Morcillo, 1997; Grant, 1996, 2003; Spender, 1996).

En esta misma línea, Drucker (1993) defiende que el conocimiento es el único activo que permite a las empresas competir en buenas condiciones, ya que la consecución de ventajas competitivas sostenibles solo será posible cuando se disponga de los conocimientos suficientes para identificar y afrontar con éxito los nuevos problemas –más o menos alejados de los actuales– a los que constantemente se han de enfrentar.

En este punto, la Teoría de la Empresa basada en el Conocimiento enlaza con el Enfoque de Recursos a través del desarrollo del Enfoque de las Capacidades Dinámicas, en la que, tal y como se ha presentado, el tratamiento de los procesos adquiere la mayor importancia y en la que el carácter estratégico de las capacidades tecnológicas se vincula directamente con la habilidad que otorgan a las empresas para desarrollar nuevos conocimientos continua y eficazmente responsables de la adaptación de la empresa a la evolución de la estructura competitiva (Lei, Hitt y Bettis, 1996).

En coherencia con la perspectiva clásica de recursos, la dificultad para transferir e imitar los conocimientos tecnológicos tácitos y específicos justifica que los primeros trabajos identificaran exclusivamente este tipo de conocimiento como estratégico (Lippman y Rumelt, 1982; Winter, 1987; Reed y DeFillipi, 1990). Sin embargo, retomando nuevamente las consideraciones de Cohen y Levinthal (1990), la disciplina ha ido adquiriendo un carácter contingente con el que se reconoce que, para competir con éxito de forma sostenida, la empresa ha de renovar con agilidad y eficacia la base de tecnologías y que, en ciertas ocasiones, dichos procesos evolutivos requieren la dotación complementaria de conocimientos externos explícitos o la codificación de aquellos desarrollados internamente. Así pues, según estos argumentos, no existiría una fórmula óptima de aprendizaje tecnológico sino una más adecuada a la consecución de ciertos objetivos planificados en un contexto determinado (Pisano, 1994; Teng y Cummings, 2002). En esta línea, Nonaka (1994) y Nonaka y Takeuchi (1995) apuntan la importancia de las interacciones de expresiones de conocimiento tácito y explícito en los procesos de creación de conocimiento tecnológico entre los distintos niveles ontológicos (individuo, grupo, organización e interorganización) así como la no sustituibilidad entre ambas dimensiones.

Por otra parte, el desarrollo teórico fundamentado en el conocimiento complementa el Enfoque basado en los Recursos tradicional tanto desde una perspectiva teórica como práctica. Desde un punto de vista directivo, la Teoría de la Empresa basada en el Conocimiento enriquece las aportaciones que hace el Enfoque de Recursos para la toma de decisiones. En este sentido, no sólo se preocupa del análisis de las características del conocimiento tecnológico estratégico sino, además, de los procesos encaminados a su desarrollo y explotación eficaz (Tripsas, 1997; DeCarolis y Deeds, 1999; Yeoh y Roth, 1999; Yli-renko, Autio y Sapienza, 2001; Matusik, 2002; Thomke y Kuemmerle, 2002; Zahra y Nielen, 2002; Douglas y Ryman, 2003).

Este argumento refuerza la relevancia de las implicaciones científicas de esta teoría. A diferencia del enfoque de recursos tradicional, siguiendo muy de cerca la Teoría de los Costes de Transacción, la Teoría del Conocimiento permite afrontar con éxito la justificación de la existencia de la empresa como un mecanismo de asignación eficiente de los intangibles tecnológicos, puesto que el mecanismo de los precios se revela insuficiente para negociar con múltiples tecnologías que son auténticas expresiones de conocimiento complejo (Machlup, 1967; Kogut y Zander, 1992, 1996; Nonaka, 1994). Kogut y Zander (1992: 384) consideran que "las empresas existen porque proporcionan un contexto social estructurado mediante una serie de principios organizativos que no pueden reducirse al nivel individual y que resulta adecuado a la consecución de unos objetivos determinados". Por todo ello, resulta un marco teórico valioso para el estudio de los procesos de toma de decisiones vinculados con la dirección y gestión de la tecnología.

3. Conclusiones

En el presente trabajo se ha llevado a cabo un análisis del tratamiento que recibe la tecnología en las diferentes corrientes teóricas que han venido conformando en pensamiento estratégico en Dirección de Empresas en las últimas décadas. En la figura 2 se refleja el estudio comparado de las distintas aportaciones y utilidades que cada enfoque ha realizado sobre la tecnología, principalmente respecto a su papel como generador de rentas empresariales.

Aunque los enfoques mas vanguardistas parecen tener una mayor solidez en la explicación de la variable tecnológica como indicador del éxito de la empresa, las aportaciones de las restantes teorías no son en absoluto desdeñables. Cada enfoque se orienta hacia el análisis de distintas variables y parten de supuestos de distinta naturaleza, por lo que resulta imprescindible acudir de forma complementaria a las distintas perspectivas para comprender de la forma más completa posible el papel de la tecnología en el proceso de Dirección Estratégica de la empresa. Las debilidades de los enfoques anteriores a la aparición de cada nueva aproximación teórica marcan la evolución experimentada por la literatura en este campo.

A pesar de los argumentos presentados, la superioridad de unos enfoques frente a otros en el tratamiento del fenómeno tecnológico dista de estar clara. La literatura todavía adolece de la suficiente evidencia empírica como para poder encontrar una respuesta única y sólida acerca de la importancia relativa que tiene la tecnología en los resultados obtenidos, máxime cuando diversos trabajos ponen de manifiesto ciertas controversias y reconocen diversos problemas en la interpretación de los resultados obtenidos como consecuencia de las metodologías y técnicas estadísticas empleadas. Esta controversia pone de manifiesto la necesidad de continuar avanzando en el estudio de los procesos tecnológicos como factor explicativo del éxito empresarial.

Figura 2.- La evolución del pensamiento estratégico y el estudio de la tecnología

  Origen del pensamiento estratégico Economía Industrial Economía de las Organizaciones Perspectiva Evolucionista
Teoría de los Costes de Transacción Teoría de la Agencia
Enfoque de análisis Interno Externo
Estático
Integrador Integrador Integrador
Dinámico
Carácter Normativo/
Inductivo
Positivo/
Deductivo
Mixto Mixto Mixto
Metodología Cualitativa Cuantitativa Mixta Mixta Mixta
Unidad de análisis Empresa Industria Transacción Relación de agencia Empresa
Concepción de la tecnología Conocimiento Información Conocimiento Conocimiento Conocimiento
Utilidad para la dirección y gestión de la tecnología La dirección y gestión de la tecnología como factor determinante del éxito empresarial Relevancia de las variables del entorno en la evaluación de la tecnología Análisis de las fuentes de acumulación de la tecnología y los costes de asignación asociados
Análisis de la relación entre las fuentes de acumulación, la naturaleza de la tecnología
Análisis de la relación entre la naturaleza de la tecnología y la distribución de las rentas generadas expost Análisis de la relación entre las fuentes de acumulación, las prácticas de gestión de la tecnología y la agilidad y eficacia del proceso de innovación tecnológica
Relevancia de la estructura de la industria en la evaluación de la tecnología

  Planteamientos estratégicos vanguardistas
Enfoque basado en los Recursos Enfoque de las Capacidades Dinámicas Teoría de la Empresa basada en el Conocimiento
Enfoque de análisis Interno
Estable
Integrador
Dinámico
Carácter Mixto Mixto
Metodología Mixta Mixta
Unidad de análisis Empresa Empresa
Concepción de la tecnología Conocimiento Conocimiento
Utilidad para la dirección y gestión de la tecnología >Análisis del valor estratégico de la tecnología según su naturaleza Análisis de los procesos de acumulación, difusión, protección y explotación del conocimiento tecnológico
Relevancia de las variables del entorno y su evolución en la evaluación de la tecnología
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Kogut y Zander, 1992; Nonaka, 1994; Nonaka y Takeuchi, 1995; Zander y Kogut, 1995; Grant, 1996; Spender, 1996; Spender y Grant, 1996

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Notas :

[1]  Sin embargo, frente a los economistas neoclásicos que consideran los beneficios extraordinarios como una aberración que desaparece de forma inmediata toda vez que se alcanza el equilibrio (Debreu, 1959; Arrow y Hahn, 1971), los enfoques estratégicos reconocen la posibilidad de obtener rentas o beneficios extraordinarios a partir de una u otra fuente.

[2]  Por ello, la capacidad del enfoque para explicar el éxito es tanto menor a medida que los resultados de una empresa cualquiera X se alejan de la media de la industria (Hawawini, Subramanian y Verdin, 2003).

[3]  De las reflexiones de estos trabajos, se puede deducir que en este extremo quedarían, al menos teóricamente, excluidas algunas acciones orientadas a crear barreras de entrada o de movilidad (Porter, 1980; Schmalensee, 1985) derivadas de la introducción –abandono– de ciertas tecnologías más –menos– productivas en el momento propicio y su efecto en los precios de equilibrio.