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Número 24, julio 2004 CIENCIA, TECNOLOGÍA E INNOVACIÓN Y LOS PAÍSES MENOS DESARROLLADOS>> Con otro aire |
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El Homo Ludens
Dícese del hombre que juega. Aquí sólo nos interesaremos por el individuo que tiene el vicio de jugar y que tiene especial habilidad y destreza en el juego. |
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Para nuestro Homo Ludens, la vida no es una tóm, tóm, tómbola en el sentido de que no tira porque le toca esperando que aparezca la Diosa Fortuna y le eche un capote. Tira, juega y gana. Y gana, no por suerte ni por arte de magia, sino porque utiliza cartas marcadas. Es un adicto al juego que no contempla otra alternativa que no sea la de ganar y para él el fin justifica los medios. Algunos dirán que así, cualquiera, ya que no juega limpio y no les faltarán razones. Sin embargo, para otros que se sienten atraídos por esa imagen triunfante que proyecta el Homo Ludens, afirmarán que es un estratega que se enfrenta a los adversarios con cabeza y valentía. Antes de iniciar una partida sigue su guión sin apartarse un ápice del mismo: reconoce el terreno, estudia a su o sus oponentes, define su plan y, sin más dilación, pasa al ataque yendo a por todas convencido de que lo está haciendo bien. No se despista en ningún momento y ante cualquier imprevisto reacciona con esa maña propia del estratega. A decir verdad, los que le califican de estratega hablan con cierta propiedad y no se alejan mucho del juicio de valor expresado por los primeros puesto que la palabra “estratega” procede de “estratagema” y según el Diccionario de la Real Academia Española este último término en su primera acepción significa “Ardid de guerra; engaño hecho con astucia y destreza” y, en su segunda acepción, traduce “Astucia, fingimiento y engaño artificioso”. Por consiguiente, estaríamos en presencia de un individuo que ante el objetivo de ganar no recula ante cualquier iniciativa aunque esto le suponga echar mano de algunas prácticas poco ortodoxas. Los juegos, al igual que el uso de herramientas, el desarrollo del aprendizaje, la capacidad del lenguaje y el empleo de símbolos, acercan y alejan, a la vez, los seres vivos. Por un lado, los jugadores forman un club y todos ellos, en mayor o menor medida, adoptan unos patrones de comportamiento comunes que refuerzan sus sentimientos de pertenencia al grupo social pero, por otro lado, esa aparente “entente cordial” desaparece en un plis plas cuando afloran los conflictos de interés y cada cual recurre a su arte del birlibirloque. La pasión por el juego puede provenir de familia o ser producto de la influencia que ejerce sobre nuestras conductas la sociedad lúdica pues ¿cómo no afirmar que el juego se ha convertido en una actividad social esencial cuando constatamos que las naciones occidentales dedican al juego el doble de lo que dedican a la investigación científica y tecnológica? Las propias empresas, ante su afán de acumular riqueza, han convertido la compra en una actividad lúdica hasta tal punto que los clientes disfrutan de lo lindo cuando salen de compra. Hablando de juegos, es evidente que unos se prestan más que otros a manipulaciones. Existen juegos para todos los gustos: unos que ejercitan las facultades intelectuales de las personas para solucionar problemas; otros que se basan en las condiciones físicas de los participantes (pruebas deportivas); los que se fundamentan en manifestaciones mágicas para vencer la lógica aparente de los fenómenos y los que dependen del azar y cuyos resultados son función del factor suerte. También están los juegos reglados en los que los propios partícipes, a título personal, fijan las reglas y los juegos ordenados que son juegos sociales en los que son los grupos los que establecen las reglas, unas reglas culturales más complejas, casi rituales. En esta última clase de juego se intenta eliminar el azar y se proporciona una información casi perfecta que favorece la confrontación en toda su dimensión pero siempre dentro de un marco delimitado por el mencionado juego. Igualmente, echando mano de otros criterios de clasificación, cabría distinguir entre los juegos individualistas y programables, que obedecen a una visión muy calculadora y los juegos de inspiración, colectivos e imprevisibles, que responden a planteamientos espontáneos, intuitivos y abiertos y donde el azar desempeña un papel fundamental. Los juegos de estrategia son, sin duda alguna, los que más interés despiertan en el Homo Ludens. Entre estos juegos, el ajedrez es el más limpio. El jugador se enfrenta a un número incalculable, cuasi infinito, de estrategias posibles durante la partida y se ve sometido a las imprevisibles respuestas del adversario. Cuando se inicia la partida hay dieciocho posibilidades de movimiento a las cuales responden otras dieciocho alternativas y en la segunda jugada ya estamos hablando de trescientas veinticuatro opciones. De cualquier forma, en caso de que el Homo Ludens se apunte a este juego intentará impresionar a su contrincante y si se ve perdido siempre intentará ofrecer tablas para salvar los muebles. El cuerpo a cuerpo que se da en el ajedrez como en cualquier otro juego que se disputa entre dos individuos o dos equipos implica que también las aficiones se dividan naturalmente en dos bandos. Ese “vis a vis” facilita mucho el debate hasta tal punto que, en la Tauromaquia, por citar un ejemplo, siempre se mantuvieron duelos entre famosas parejas de matadores como las formadas por Pedro Romero y “Costillares”, “El Chiclanero” y Curro Cúchares, “El Tato” y “El Gordito”, “Lagartijo” y “Frascuelo”, “Machaquito” y “Bombita”, “Belmonte” y “Joselito”. Sin embargo, en el caso de “Guerrita”, ahí no hubo pareja que valiese, el maestro era punto y aparte. Marcó un hito y estuvo solo en la cumbre. Con el afán de buscarle un rival se le enfrentó al “Espartero” pero este último no pudo aguantar la comparación. “Guerrita” era mucho “Guerrita” y su único rival era el toro. Dicen que un día, le presentaron a un novillero que venía apretando muy fuerte e iba a estrenarse en el coso de los califas. “El Guerra” prometió al novel que iría a verle torear. Contento, pero no menos preocupado por la responsabilidad que le venía encima al tener que torear ante el maestro cordobés, el novillero, quizás por curarse en salud, le contestó: “¡A ver si tengo suerte y me sale un toro! “Guerrita” no pudo contener su ira y le replicó: “¡Te van a salir dos y no te voy a ver ya!”. Así se las gastaba “El Guerra” que tenía un personal concepto del toreo. Para él, no había lugar para todo aquello que daba la espalda a la inteligencia, al dominio y al poder que debía poner de manifiesto el diestro ante la cara del toro. Todos los astados tienen su lidia y el mero hecho de pensar en si va a salir un toro bueno o no por los toriles ya descalifica al coletudo de turno que demuestra así sus limitaciones. Dicho esto, y de forma intrínseca, se puede afirmar que ni la Economía ni la Tauromaquia son juegos. Uno juega al fútbol, al ajedrez, al tenis, a las cartas, al monopoly, al billar, a los dados, etc... pero no se juega a la Economía ni a los Toros. Sin embargo, en una, como en otra materia, se alude al juego. El mismo “Pepe-Hillo” en su “Tauromaquia o Arte de torear” decía que lidiar era el acto de jugar con los toros en las plazas y muchos son los coletudos que haciendo alusión al comportamiento del toro que les ha tocado se refieren al juego del cornúpeta. Mientras tanto, en Economía usamos la palabra juego cuando utilizamos los simuladores de empresa o cuando nos referimos a la Teoría de Juegos y se aplican los planteamientos de Von Neumann y Morgenstern. Volviendo al Homo Ludens que hemos descrito, lo importante para los que reúnen todas las papeletas de cara a caer entre sus garras es que éstos consigan desenmascararlo en cuanto antes para evitar lo peor. A este respecto, no creemos que su identificación sea una tarea muy complicada porque la modestia no es su fuerte y le gusta demasiado exhibir sus trofeos y airear sus éxitos a los cuatro vientos. Ahora, aunque algún Homo Ludens tenga siete vidas, lo más frecuente es que muera muy pronto de éxito o termine por quedarse sólo sin nadie con quién jugar porque lo huirán como a la peste. Cuando esto suceda, le ocurrirá lo que les pasó a muchos toreros que, un día, llegaron a tocar al cielo y se codearon con la gloria pero que, al final, acabaron toreando por los pueblos y pasando la gorra.
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