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ESPAÑA NECESITA PROVOCAR UNA “EXPLOSIÓN”
DE SU SISTEMA DE INNOVACIÓN SI QUIERE MANTENER LA COMPETITIVIDAD
El sistema español de innovación tiene hoy una dimensión
demasiado pequeña para asumir el papel que en toda economía
desarrollada le corresponde, como pieza clave de su competitividad. Sin
embargo, el sistema funciona con razonable eficiencia porque sus resultados,
si se miden por unidad de recursos aplicados, son comparables con los
de nuestro entorno.
España cuenta con las habilidades necesarias para llegar a tener
un sistema de innovación que aporte la tecnología y la capacidad
de aprovecharla, para asegurar una competitividad más acorde con
el valor de sus indicadores económicos y que haga posible mantener
e incrementar el significativo nivel de bienestar social que ha alcanzado.
Pero sólo se logrará este objetivo si se produce una verdadera
“explosión” del sistema español de innovación
porque, aunque en estos últimos años ha crecido en cantidad
y calidad en proporciones que por sí mismas son más que
aceptables, la distancia que nos separa de nuestros socios europeos y,
más aún, de los Estados Unidos, sigue siendo tan grande
que, si no se produce esa “explosión” del sistema,
se necesitarían décadas para alcanzarlos.
España todavía esta a tiempo de apostar de forma decidida
por ese crecimiento, explosivo y selectivo, de nuestro sistema de innovación,
como ya lo hicieron recientemente otros países como Finlandia,
Irlanda o Japón. En todos ellos se ha producido una aceptación
del reto por parte de todos los agentes del sistema, pero muy especialmente
por parte de sus gobiernos.
Estas son algunas de las principales conclusiones del “Libro Blanco
sobre el Sistema Español de Innovación. Situación
en 2004” elaborado por Cotec y que, aplicando el modelo de análisis
que utilizó en su primer Libro Blanco de 1998, analiza la situación
actual de nuestro sistema de innovación y su evolución en
los últimos seis años.
El Libro Blanco de Cotec publicado en 1998, supuso el primer análisis
profundo y completo que se realizaba en España para examinar la
situación comparada del país en materia de innovación,
una cuestión que ya entonces Cotec identificaba como el factor
más importante para garantizar el crecimiento económico
y el desarrollo social, en un momento en el que la competitividad no podía
basarse ya en costes bajos sino en prestaciones y calidad por la vía
de la innovación.
Ahora, seis años después, Cotec publica el “Libro
Blanco sobre el Sistema Español de Innovación. Situación
en 2004” en el que han participado, tanto en la fase previa con
aportaciones individuales como en los debates posteriores, más
de un centenar de expertos del ámbito empresarial, académico,
científico y de las administraciones públicas que conocen
bien, desde sus diferentes campos de actuación, los procesos de
innovación que hoy tienen lugar en España.
La baja capacidad tecnológica de las empresas
es la principal debilidad del sistema
Según el nuevo Libro Blanco de Cotec, la principal debilidad del
sistema español de innovación es la baja capacidad tecnológica
de sus empresas. Son pocas las empresas innovadoras en España,
y todavía menos las que cuentan con actividades habituales de I+D.
El reducido número de investigadores empresariales hace imposible
que las empresas aprovechen la potencial capacidad del sistema público
de I+D.
La última encuesta del INE que cubre el periodo 2000-2002 refleja
que un 20,6% del total de empresas de los sectores contemplados eran innovadoras.
Esto supone una ligera subida del porcentaje total de empresas innovadoras
con respecto a la encuesta anterior que cubría el periodo 1998-2000,
en la que era del 19,8%. Esta subida se debe a la mayor actividad innovadora
de las ramas de servicios, en la que declararon realizar actividades innovadoras
un 4% más de empresas que en el período anterior y la de
construcción cuyo número de empresas innovadoras aumentó
un 130%, mientras que en la rama industrial el porcentaje de empresas
innovadoras ha caído en 7,5 puntos.
El esfuerzo en innovación empresarial ha crecido en los últimos
años tanto en los sectores manufactureros como, y de forma especial,
en servicios, pero el número de empresas que recurren a esta mecanismo
para la mejora de su competitividad está todavía alejado
del índice medio europeo, aproximadamente el doble que el español.
La referencia internacional más próxima en el tiempo es
la encuesta europea de innovación (Eurostat, 1999) que cubre el
periodo 1994-1996, según la cual el porcentaje de empresas europeas
innovadoras en dicho periodo fue el 51% de las industriales y el 40% de
las de servicios. El porcentaje correspondiente de empresas industriales
españolas, las únicas encuestadas en esa ocasión,
fue el 29%, sólo superior al de Portugal.
En lo referente a ayudas públicas a las empresas en España
son, en media, la mitad de lo que es normal en los países de su
entorno, y además, su aplicación ha seguido pautas no habituales.
Se basan fundamentalmente en créditos, y las subvenciones directas
tienen importes unitarios tan bajos que son comparables al coste anual
de contratación de un titulado. No ha existido una verdadera política
de fomento de la innovación, y se continúa con políticas
que fueron adecuadas en la época de la reconversión industrial
pero que no resultan eficaces ante la situación actual. Hoy puede
afirmarse que el dinero público no ha apalancado el gasto privado
en I+D sino que más bien lo ha sustituido.
En opinión de los expertos consultados por Cotec, gran parte de
nuestro tejido productivo se dedica a tareas de niveles tecnológicos
medios o bajos o a la utilización de tecnología incorporada
en bienes de equipo y en productos semielaborados, lo cual conduce a mejoras
competitivas de corta duración y poco diferenciadoras en un mercado
global. Esto explicaría que la productividad media española
haya crecido en la segunda mitad de la pasada década con tasas
inferiores a un tercio de la media europea.
Por otra parte, la aparición de nuevas empresas de base tecnológica
es todavía poco frecuente con lo que el valor añadido, el
empleo y las ventas en estos sectores, cruciales para el crecimiento económico,
no han aumentado al ritmo habitual en Europa y están muy lejos
del de los Estados Unidos. Una estructura productiva como la española
demanda pocos servicios tecnológicos y, en consecuencia, escasea
su oferta, por lo que las empresas de pequeño tamaño no
encuentran ayudas para la incorporación de tecnología. También
es escaso el número de grandes empresas en sectores intensivos
en tecnología, que actúen como tractoras de sus suministradores
y clientes.
El sistema público de I+D es capaz de
crear conocimiento pero no de transferirlo
En lo referente a la I+D pública, el documento señala que
es preciso reconocer el éxito de la Ley de la Ciencia de 1986.
Hoy el sistema público de I+D es capaz de producir conocimiento
científico, pero todavía no se ha alcanzado la misma eficacia
en la creación de conocimiento tecnológico, y aún
menos en su transferencia a nuestro tejido productivo.
El sistema público de I+D ha mantenido un crecimiento constante
durante los seis últimos años tanto en tamaño, al
haber aumentado el número de investigadores en un 50% como en calidad,
pues el porcentaje respecto al total mundial de artículos publicados
por españoles se ha incrementado en un 20% en el mismo período,
al igual que la frecuencia de sus citas en otras publicaciones. Se trata
de un sistema de investigación no homogéneo, como lo pone
de manifiesto que, por ejemplo, sólo diez universidades y el CSIC
son responsables del 65% de las publicaciones de calidad o que sólo
tres universidades hayan conseguido el 35% de los retornos académicos
españoles del V Programa Marco de la Unión Europea.
El número de investigadores del sistema público español
en relación a la población activa, está dentro de
lo que es habitual en otros países europeos, de forma que la cifra
de 3,5 investigadores españoles por cada 1000 empleados es comparable
a los 3,6 de Francia y superior a los 2,7 de Alemania. Sin embargo, los
recursos de que dispone en promedio cada investigador público español,
unos 63.000 euros anuales, es bastante inferior a los más de 150.000
€ de un investigador alemán o los 74.000 € de uno francés.
Una directa consecuencia de esto es la menor disponibilidad de apoyo material
y humano en el sistema español, dificultad que se une a una menor
consideración social y a la rigidez característica de los
ordenamientos laborales, basados en criterios funcionariales.
Tampoco cuentan con incentivos para colaborar entre sí, con lo
que los grupos de investigación son de dimensiones tan reducidas,
que difícilmente pueden crear tecnología nueva para las
empresas, y menos transferirla. Los OPI necesitan un urgente replanteamiento
para ser capaces de realizar estas funciones. Como ocurrió en otros
países, son necesarias importantes reformas legislativas para que
el sistema público de I+D contribuya a la modernización
del tejido productivo.
Unidad de gestión de las políticas
científicas, tecnológicas y de innovación
El Libro Blanco también incide en la necesaria unidad de gestión
de las políticas científicas, tecnológicas y de innovación,
para que el delicado proceso de conversión de conocimiento en riqueza
sea eficaz. La I+D pública debe estar cerca de la investigación
empresarial, el eslabón más débil de la cadena, para
proporcionarle orientación, personal y medios y servicios tecnológicos.
Pasadas experiencias de diseños ministeriales han demostrado que
la separación de competencias ha sido causa del olvido de esta
necesidad y origen de disfunciones que no han podido ser solucionadas.
No se pueden hoy separar las políticas científicas de las
de innovación.
No existe una estrategia nacional para la tecnología y la innovación.
La vigente Ley de la Ciencia no la consideró, y las políticas
de innovación en temas relevantes para el futuro, como la formación
de investigadores, las infraestructuras científicas y tecnológicas
e, incluso, las nuevas líneas de investigación, se dejan
a la planificación cuatrienal a través de los Planes Nacionales
de I+D.
Los fondos para actividades de ciencia, tecnología e innovación,
que se presupuestan en la Función 54 de los Presupuestos Generales
del Estado, han crecido significativamente, superando los 4.000 millones
de euros para 2004. Ese crecimiento se ha producido fundamentalmente en
los créditos que ascienden a 2.000 millones €. Del resto 600
millones € corresponde a gastos corrientes del sistema público
de I+D, 400 millones € a inversión, y 1.000 millones €
a transferencias. Con estas transferencias se financian las participaciones
en programas internacionales (CERN, ESA,…), las fundaciones y sociedades
estatales, quedando sólo unos 500 millones € para los Programas
Nacionales de I+D, por los que compiten, en programas específicos,
los centros públicos de investigación y las empresas.
Una idea de la cifra captada por las empresas en forma de subvenciones
se puede obtener de la Memoria de Actividades de I+D+I de 2002 de la Comisión
Interministerial de Ciencia y Tecnología, según la cual
ese año las empresas recibieron en forma de subvenciones unos 40
millones €, en importes unitarios medios del orden de los 60 mil
€.
En España existe un serio problema de gestión de los fondos
destinados a fomentar la ciencia, la tecnología y la innovación.
La burocracia y el control a priori no son compatibles con la agilidad
que precisa la innovación. Además, las empresas encuentran
el obstáculo añadido de las cargas administrativas y financieras,
difícilmente justificables, que se les imponen, como auditorías
y obtención de avales bancarios. El nuevo instrumento de la fiscalidad
de la innovación está también sucumbiendo a los obstáculos
burocráticos.
Coordinación entre las políticas
europeas, nacionales y regionales
En cuanto a los programas de fomento de la innovación, el documento
indica que deben tener muy presentes las necesidades y limitaciones de
las PYME, que presentan características muy diferentes, según
realicen su actividad en sectores tradicionales o en tecnologías
avanzadas. Necesitan programas específicos, coordinados con los
que ofrecen las Comunidades Autónomas, cuya mayor proximidad permite
un acceso y una capilaridad difícil de conseguir desde la Administración
Central. Además, la política científica y tecnológica
debe incluir grandes proyectos de investigación, de iniciativa
empresarial, que movilicen los recursos públicos y privados. Estos
grandes proyectos deberán aprovechar el Programa Marco de la Unión
Europea y, sobre todo, ayudar a que España influya y sea usuaria
cualificada de la política europea de I+D.
En general, la madurez del sistema exige otras formas de gestión.
Quizá ha llegado la hora de emprender modificaciones legislativas
que permitan recurrir a la figura de una Agencia, en línea con
lo que, en muchos otros países, ha sugerido la National Science
Foundation (NSF) norteamericana. Estos motivos justifican una nueva redacción
de la Ley de la Ciencia, que ahora debería ser de la Ciencia, la
Tecnología y la Innovación, para asegurar la existencia
de una estrategia nacional. La nueva Ley debería además
abrir el camino a instrumentos de política de innovación
que se han demostrado eficaces en otros países como, por ejemplo,
el fomento real a la transferencia de tecnología, la movilidad
de investigadores, la creación de spin-off o las compras públicas
de tecnología.
En definitiva concluye el Libro Blanco, España se enfrenta a un
verdadero reto nacional que implica acometer unas directrices estratégicas
de política científica y tecnológica que sean desarrolladas
por un impulso decidido y sostenido de la Administración Pública,
y contar con una clase empresarial que asuma la innovación tecnológica
como el principal factor de ventaja competitiva y con una comunidad científica
y tecnológica capaz de compatibilizar la búsqueda de la
excelencia científica con una mayor implicación en el mundo
de la empresa que le permita buscar soluciones a las necesidades del tejido
productivo.
Rubén Lafuente
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