Número 27, enero 2004
INVESTIGACIÓN EN LA UNIÓN EUROPEA>> Editorial
 
  La Europa que queremos      
Jesús Rodríguez Pomeda
Subdirector de la Revista madri+d
jesus.pomeda@uam.es
 

Tras el referéndum sobre el Tratado por el que se establece una Constitución para Europa celebrado en España el día 20 de febrero, el proceso de transformación institucional de la Unión prosigue simultáneamente con el desarrollo cotidiano de sus políticas esenciales. Sin duda, la investigación, el desarrollo tecnológico y la innovación en todas sus facetas han representado históricamente una de las fuerzas principales del proceso de construcción europea. La propia Constitución para Europa reconoce esta relevancia, estableciendo una serie de disposiciones que, con seguridad, impulsarán la ampliación y profundización de la cooperación europea en estas materias.

La innovación y la investigación adquieren para la Unión (tras las cumbres de Lisboa y Barcelona) una dimensión estratégica desde la perspectiva del bienestar económico y social.

En pos de ese propósito avanza la aplicación de las políticas y procedimientos comunitarios vinculados con la ciencia y la tecnología. Tras destacar la importancia de las novedades institucionales que giran en torno a la Constitución para Europa, centramos nuestra atención aquí en los pasos inmediatos que la Unión se plantea en el terreno de la investigación.

Con esa finalidad vamos a comentar brevemente algunas de las características más llamativas de la actual Presidencia luxemburguesa (1 enero al 30 junio de 2005), así como una de las citas más destacadas de la agenda que se ha planteado, cual es el Consejo de Competitividad de los días 7 y 8 de marzo de 2005.

La Presidencia luxemburguesa considera que estamos en un buen momento (a mitad de camino) para evaluar y revitalizar los proyectos iniciados con los Consejos Europeos de Lisboa y Barcelona. El eje que ha de dar soporte a los nuevos impulsos no es otro que el Espacio Europeo de Investigación.

Dado que el mantenimiento de toda actividad nueva exige recursos financieros suficientes, la Presidencia se plantea una serie de iniciativas (en la línea del “Plan de Acción 3%”) para movilizar más recursos públicos y privados hacia la innovación y la investigación. En efecto, esta debilidad financiera (en términos relativos con respecto a otras naciones y regiones) de la que adolece nuestro sistema común de ciencia y tecnología es un problema sostenido que es preciso solventar adecuadamente.

En el Séptimo Programa Marco (cuyos trabajos preparatorios ya han sido lanzados por la presidencia actual) se reflejará el grado en el cual la Unión haya sido capaz de superar ese déficit crónico de la financiación en I+D.

Nanotecnología, Programa Europeo del Espacio, y movilidad de los recursos humanos vinculados con la investigación son tres de las preocupaciones fundamentales para este semestre. También está en la agenda el desarrollo de la posición europea respecto al Proyecto ITER.

Durante el Consejo de Competitividad se pondrán de relieve las claves para abordar estas prioridades políticas, así como una primera consideración de los efectos que sobre la economía europea están registrando los 17.500 millones de euros del Sexto Programa Marco.

También será un buen momento para comprobar el grado de avance en la estrategia de la Comisión (comenzada en noviembre de 1999, y adoptada por el Consejo de Helsinki el mes siguiente) para desarrollar el mercado interior con un horizonte fijado en el presente año 2005. Cuestiones tales como la mejora de la calidad de vida de los ciudadanos, el incremento de la eficiencia de los mercados de capitales y productos de la Unión, y –no menos importante- el impulso de las iniciativas emprendedoras en el continente.

La tercera gran cuestión que debatirá el Consejo de Competitividad será la política industrial, cuyos cuatro pilares son la promoción de las inversiones en intangibles, el desarrollo de la cooperación industrial, la organización de la libre competencia y la modernización de la política industrial

Como sucede prácticamente siempre que nos referimos a la Unión Europea, resulta extraordinariamente difícil disociar las facetas de una cuestión tan compleja como la innovación. La investigación, el mercado interior y la política industrial han de contribuir eficazmente al logro de los objetivos económicos y sociales esenciales de Europa. El éxito de dicha contribución se cifra en la construcción de un adecuado marco institucional y organizativo, en la dotación adecuada de recursos, y en una voluntad activa para cooperar entre un número creciente de socios en el contexto de un mundo turbulento. El sueño europeo depende de nuestra capacidad colectiva para trabajar unidos.