Número 28, marzo 2005
CONOCIMIENTO Y CREATIVIDAD>> Con otro aire
 
  El Cocinica

Dícese de aquél cata caldos que se entremete en asuntos que, a veces, no le incumben y que, en ciertas ocasiones, pretende manipular a propios y extraños en su beneficio propio.

     
Patricio Morcillo Ortega
Catedrático de Organización de Empresas
Universidad Autónoma de Madrid
patricio.morcillo@uam.es
 
"Sabemos lo que somos,
pero ignoramos lo que podríamos ser".
William Shakespeare

 

 

El Cocinica siempre está en medio, como los jueves, pero a veces no basta con eso, cuando consigue detectar un tema que tiene posibilidades para su beneficio personal abre hueco y mete la cabeza con tal de enterarse de lo que va y, si se tercia, pretende llevar la voz cantante para mari mangonear a los demás. Nada le asusta, nada le cohíbe y olismea (o "golismea" como dicen en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme) todo lo que quiere dando rienda suelta a sus impulsos aunque eso suponga traspasar la línea roja. No se corta ni un pelo y si algún contestatario molesto de tanta intromisión desea pararle los pies puede que llegue demasiado tarde y salga escaldado en su intentona porque el Cocinica se moverá a sus anchas ostentando una influencia abusiva en el manejo de las cosas. A mandar se ha dicho.

Pero al margen de este afán de control que aflora, por suerte, en contadas ocasiones, lo que nos llama poderosamente la atención del Cocinica es su faceta de cata caldos. Lo prueba todo, lo toca todo, hace y deshace a su antojo pero no hay forma de que termine, lo que se dice, un plato en condiciones. En su vertiente intelectual, el Cocinica es el que se cree "obligado" a intervenir en todos los debates para dar su propia versión de los temas.

¿Quién ha dicho que los Cocinicas se encontraban en fase de extinción? A la vista está. Cada vez son más los conceptos que admiten extensas relaciones de definiciones que constituyen, aunque vengan a decir lo mismo, una muestra fehaciente no de la expresión y dinamismo creativos de los Cocinicas sino del número de individuos que realizan sus respectivas propuestas teóricas.

Bien mirado, no conviene generalizar demasiado a la hora de referirnos a la figura del Cocinica porque nuestra experiencia nos dice que hay Cocinicas para todos los gustos y de todos los colores. Conocemos los Cocinicas Básicos que actúan con propiedad y con plena naturaleza, sin premeditación, y sólo les mueve el afán de aprender y de enseñar. Están los Cocinicas Trepadores convencidos de que el estar metido en todos los fregaos les da acceso a unas oportunidades que explotarán mejor que nadie y que les permitirá poseer patente de corso. También identificamos a los Cocinicas Crónico-Dependientes que son aquellos que pasan por una mala racha y se lanzan a la desesperada pidiendo "con un poquito de por favor" que alguien se acuerde de ellos y les haga partícipes de sus inquietudes. No son agresivos, ni siquiera tienen grandes ambiciones, lo único que esperan es no caer en el olvido y por instinto de supervivencia se agarran a un clavo encendido. Por si fuera poco, en los últimos tiempos se están abriendo paso con mucha fuerza los Cocinicas Saltarines que saltan con una envidiable alegría de una disciplina a otra como de oca a oca pretendiendo encontrar aquella conexión perfecta entre conocimientos manejados en distintos ambientes. Son cazadores natos que recurren a planteamientos multidisciplinarios para salir a la busca y captura de nuevas ideas que desemboquen en enfoques innovadores capaces de provocar la curiosidad de la comunidad intelectual.

Muy parecidos a los Cocinicas Saltarines, los Cocinicas Nadadores son individuos omnipresentes que bucean en mares de ideas pretendiendo pescar en aguas revueltas. Aquí no se trata de inspirarse y de integrar conocimientos procedentes de distintas áreas sino de plagiar hasta ponerse las botas y de anticiparse a los demás a la hora de difundir esos logros ajenos. Éstos Cocinicas son, quizás, los más despreciables porque no aportan nada, viven a costa de los demás y usurpan méritos de otros. Por último, destacamos la figura del Cocinica Mediático que sólo quiere dejarse ver con el propósito de mostrar por activa y pasiva que se encuentra al día. Es un ser mundano y algo excéntrico que mantiene su cartel a base de apariciones testimoniales en todos los saraos.

En cualquier caso, y al margen de sus diferencias, la gran crítica que se les puede hacer a los Cocinicas es que son unas moscas cojoneras. Son unos listos que, por estar metidos en todos los "amenes", creen que saben más que los demás y que están en condición de dictar cátedra a todos los pobrecillos que tratamos con ellos. Acerca de esta injustificada y superficial erudición recuerdo la siguiente anécdota:

"Lagartijo", primer califa cordobés y de proverbial soberbia, presumía de ser un maestro en toda la regla aunque, en muchas ocasiones, no había quién le entendiese.

Una vez, recomendó a un aspirante a torero para que actuase en la antigua plaza de Madrid. No pudo hacer nada el novel ante su primer novillo, dadas las pésimas condiciones que acusó el astado. El verdadero calvario vino cuando llegó la suerte suprema. No había forma humana de cuadrar al animal para estoquearlo. De tanto correr detrás del novillo, caían las gotas de sudor por el rostro del coletudo que miraba, de vez en cuando a "Lagartijo", su protector, que ocupaba una barrera para que le hiciera alguna recomendación. El maestro no dejaba de gritarle:

    -¡Pero hombre, ancogete! ¡Ancogete, hombre!

No comprendía el joven diestro la extraña recomendación del maestro. Pasado el amargo trance y tras los tres preceptivos avisos, el bicho volvió a los corrales vivito y coleando. Ya en la fonda donde se hospedaba el aprendiz torero, Rafael fue a visitarle y, de nuevo, le reprendió:

    -¿Pero por qué no hiciste lo que yo te decía? Si te hubieras ancogido no te hubieran encerrado el toro.

El maletilla, cariacontecido, respondió:

    -¡Pero si estaba hecho una pasa de tanto encogerme!

Y Rafael, con aire de suficiencia, apostilló:

    -Mira, lo primero en esta vida es saber hablá, hasta pa´ ser torero. Te decía que te ancogieses ¡Vamos, que te hicieras el cojo y te fueras pa´ la enfermería porque aquél marrajo no lo matabas tú en la vida.