Número 29, mayo 2005
CIENCIA, TECNOLOGÍA Y UNIVERSIDAD>> Con otro aire
 
  El Vigilante de la Playa

Dícese de aquél que marca las pautas y vela por la conducta de las personas que se encuentran en su coto privado.

     
Patricio Morcillo Ortega
Catedrático de Organización de Empresas
Universidad Autónoma de Madrid
patricio.morcillo@uam.es
 
"Vois sur ton chemin,
gamins oubliés, égarrés,
donnes leur la main
pour les mener vers d´autres lendemains."
Los Chicos del coro
Bruno Coulais

 

 

 

 

La base del éxito del Vigilante de la Playa es el encontrarse siempre al pié del cañón velando por el respeto del orden establecido y marcando de cerca a todo aquél que se encuentra dentro de su área de influencia para que no se descarríe y funcione a su libre albedrío. Pero, a juzgar por las apariencias, parece que las cosas ya no son las que eran y que algo está cambiando. Hoy, los Vigilantes de la Playa parecen tener otro fuste, otro porte y adoptan unos estilos de dirección que nada tienen que ver con los de antes.

¡Aquí no había quien viviese!, comentan los viejos del lugar, al recordar aquellos tiempos. Hurgan en su memoria y emerge, entonces, la imagen del sempiterno Vigilante de la Playa puesto en jarras, malvado y experto en tejemanejes que les hacía la vida imposible. Nada más recordarlo, les entra la titiritera y se les pone una cara de susto que no pueden con ella.

Sin que nadie pudiese llamarse a engaño, el que se movía no salía en la foto. Tanta represión terminó por alimentar el odio y ayudó a sacar lo peor que uno tiene dentro. Se fue creando un caldo de cultivo ideal para que los más echados pa´lante preparasen su venganza y de acuerdo con la ley del talión organizasen una rebelión de aúpa que pusiera todo patas para arriba.

Los nuevos Vigilantes de la Playa, los de hoy en día, que no son otros que los que un buen día dijeron hasta aquí hemos llegado, quizás sean, a primera vista, más ñoños y pánfilos que sus predecesores pero sólo es un espejismo porque ellos también han sabido crear su reino de taifas. La cabra siempre tira al monte. En realidad, tienen dos dedos de frente y son bastante más espabilados que los antiguos. Los de hoy saben latín; no necesitan desmelenarse ni recriminar permanentemente, que si patatín, que si patatán, a sus subalternos para que actúen como es debido. No se alborotan, y sin despeinarse, con sólo una mirada, mandan sus recaditos y, los demás, los captan al vuelo y empiezan a correr como unos descosidos.

Bien mirado, más que las formas y el estilo, es el método empleado por los Vigilantes de la Playa para hacerse con la colaboración incondicional de sus subordinados lo que ha cambiado. Entre las mejores prácticas utilizadas, la técnica del troquelado[1] está pegando fuerte, como si fuese la nueva panacea universal. Consiste, ni más ni menos, en ejercer su autoridad sobre unos individuos recién salidos del cascarón que muestran una bobalicona aceptación pasiva ante las sugerencias que llegan por esos canales cualificados que representan los Vigilantes de la Playa.

Claro, algunos dirán que así cualquiera, pero que nadie se equivoque no todo son ventajas. Es evidente que dirigir a gente joven y poco experimentada resulta muy cómodo porque atesora una docilidad que no tiene límites pero donde se ponga la notoriedad intelectual de personas curtidas en mil batallas, que se quite la divina juventud. Es otra historia.

Lo miremos por donde lo miremos, tanto ayer como hoy, troquelado o no troquelado, los que se encuentran bajo el bastón de mando del Vigilante de la Playa siempre terminan siendo dirigidos, retenidos o encelados por guiños, ofensas o amenazas. Pero al margen de todo esto, es el miedo a los "de arriba" el que aflora y atenaza a los subalternos. Ese miedo que nos quita hasta el hipo y nos postra en la inanición y la inacción. Vivir con miedo es vivir en la esclavitud pero, sin llevar las cosas tan a la tremenda, sí que el miedo nos tira la autoestima por los suelos y a ver quien la recoge una vez que haya sido pisoteada sin ninguna clase de precaución.

Son muchos los toreros noveles que iniciaron su andadura en los ruedos bajo los buenos auspicios de algunos maestros de rompe y rasga. Sin ir más lejos, cuentan que Luís Miguel Dominguín toreó, una tarde, una becerra en la plaza de Córdoba con sólo diez años de edad. Entre el público se encontraba "El Guerra", primer califa cordobés por aclamación popular, que, impresionado por la actuación del chaval le invitó a su casa para charlar un rato con él.

Al llegar Luís Miguel Dominguín a la casa del maestro éste le preguntó:

    -¿Qué quieres tomar muchacho?

    -Una gaseosa -le contesto Luís Miguel.

    -Coño, tómate mejor un chato de vino. tú sabes con las chiribitas que jase esto por fuera lo que no hará por dentro.

A renglón seguido, "El Guerra" empezó a hablar de la prestación del muchacho y le fue comentando:

-Sabes coger la muleta, tienes buena maña a la hora de lidiar al toro, la zurda te funciona.. Puedes ser torero.. Pide a Dios sé lo que yo he sío, que más no se pué sé.

No cabe duda que con estos elogios "El Guerra" quería darle ánimos al joven. Reconocía que poseía cualidades innatas para ser torero de los grandes pero no convenía pasarse más de la cuenta y apuntar demasiado alto que ahí estaba el maestro para marcar los límites de lo humanamente posible.


Notas :

[1] El fenómeno del troquelado se refiere a la tendencia manifiesta en determinadas especies animales a ligarse conductualmente a un estímulo al cual han estado expuestas en una etapa muy temprana de su vida. Es un fenómeno a medio camino entre el instinto y el aprendizaje. Para no multiplicar los instintos, el animal joven queda troquelado por la conducta de los que se encuentran a su lado nada más abrir los ojos.