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Gestión del conocimiento y capital intelectual
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Tras analizar en el número anterior de Madri+d el concepto de “Nueva Economía”, dedicamos ahora nuestra atención a una de las ideas más directamente relacionadas con aquella: el capital intelectual y la gestión del conocimiento en la sociedad contemporánea.
En las últimas décadas del pasado siglo comenzó a hablarse de sociedad de la información, debido principalmente a la difusión generalizada de los microprocesadores a una amplísima gama de facetas de la actividad humana. El origen de tan profundo cambio cultural está en el desarrollo del transistor, logro científico-tecnológico del cual hemos celebrado no hace mucho el cincuenta aniversario. Es este un buen ejemplo de la aceleración que el ritmo de progreso innovador registra en nuestros días, así como de su potencial transformador.
De la sociedad de la información hemos pasado a la sociedad del aprendizaje: aquella en la cual las instituciones modifican de manera incesante su capital intelectual mediante el readiestramiento, la normalización, la codificación y el almacenamiento de competencias. Aunque el concepto de capital intelectual es amplio y no está exento de debate (como puede comprobarse en este número de Madri+d), podemos aproximarnos a él refiriéndonos al conjunto de conocimientos y habilidades atesoradas por las personas (capital humano) más las competencias necesarias para hacerle operativo en una organización.
En suma, y como ha escrito Manuel Castells, nos encaminamos hacia una sociedad en la cual la fuente esencial de productividad reside en la tecnología para procesar información, generar conocimiento, y facilitar la comunicación.
La amplia difusión que en los años más recientes han tenido las
tecnologías de tratamiento de la información han dado lugar a una
amplia gama de transformaciones. Atendiendo a la última perspectiva
de la OCDE al respecto (Science, Technology and Industry Outlook
2000), la creación, difusión y utilización del conocimiento
están cobrando una importancia creciente en las naciones asociadas
a dicha organización. Si analizamos los recursos destinados a la
I+D (fuente principal del conocimiento aplicado a la producción),
nos daremos cuenta de los diferentes niveles de esfuerzo según países
y áreas: desde Suecia, con cerca del 4% de su PIB dedicado a I+D,
y más de 8 investigadores por cada mil trabajadores, hasta México,
con menos del 1% y 1, respectivamente.
Entre los rasgos más relevantes que presenta el volumen de recursos financieros dedicados a la I+D, debe destacarse que está creciendo la financiación privada con respecto a la pública, lo que pudiera indicar una más rápida aplicación de los nuevos conocimientos desarrollados. Además, el desarrollo del capital riesgo (muy apreciable en países como los EE.UU.) indica una tendencia hacia una mejor interacción entre los orígenes y los resultados del proceso innovador.
De otro lado, también se observa cómo el papel cada vez más relevante del conocimiento impulsa el crecimiento de redes de cooperación entre agentes públicos y privados, dentro y fuera de las fronteras nacionales. Los gobiernos del área OCDE están concentrando su impulso financiero sobre el conocimiento científico general, la reforma de la universidad y el establecimiento de centros de excelencia investigadora. Por campos del conocimiento, la biotecnología está llamada a ocupar un lugar señero en cuanto a los resultados tangibles del esfuerzo investigador.
Por último, dos son los ejes sobre los cuales se articulará en los
próximos años la creación de conocimiento a través de la I+D: una
rigurosa evaluación del proceso innovador, valorando adecuadamente
los retornos sociales que el sistema de ciencia y tecnología genera,
y una mayor intensidad de los vínculos entre dicho sistema y el
aparato productivo, que produce beneficios mutuos.
Desde estas páginas deseamos ofrecer ideas concretas para impulsar el desarrollo de ambos factores.
Jesús Rodríguez Pomeda
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De la sociedad de la información hemos pasado a la sociedad
del aprendizaje: aquella en la cual las instituciones modifican
de manera incesante su capital intelectual mediante el readiestramiento,
la normalización, la codificación y el almacenamiento de competencias.
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se observa cómo el papel cada vez más relevante del conocimiento impulsa el crecimiento de redes de cooperación entre agentes públicos y privados, dentro y fuera de las fronteras nacionales.
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