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La cultura organizativa, ¿patrimonio exclusivo de la humanidad?
José Miguel RODRÍGUEZ ANTÓN
Profesor Titular de Organización de Empresas
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Uno de los temas más recurrentes a los que nos enfrentamos cuando tratamos de analizar la eficiencia de las organizaciones es la cultura. En múltiples ocasiones achacamos a la cultura organizativa el éxito o el fracaso de una actividad o de una organización determinada y, de forma un tanto pretenciosa, mantenemos que la cultura es un privilegio del ser humano, que las personas somos los únicos capaces de generar una cultura organizativa y que la cultura se desarrolla gracias a la inteligencia humana.
Sin embargo esta afirmación no ha sido refrendada por un experimento que, según cuentan las crónicas (a mí me fue transmitido por el profesor Borrajo y yo adapto libremente), se realizó con una docena de simios. El experimento fue el siguiente: se colocaron en una habitación cerrada doce monos a los que previamente se les había sometido a un considerable periodo de dieta. En la habitación, sin más característica apreciable que un techo bastante elevado, se introdujo una escalera en la que se había insertado un mecanismo por el que al pisar cualquiera de sus escalones accionaba un dispositivo situado en el techo, a forma de ducha, conectado con un depósito de agua hirviendo.
Pues bien, el experimento en sí, comenzó colgando del techo un suculento plátano. En cuanto esto ocurrió, uno de los primates, quizás el líder, quizás el más listo, quizás el más rápido o quizás el que casualmente estaba más próximo a la escalera, al ver el plátano intentó alcanzarlo subiéndose a la escalera pero, para su desgracia, se encontró con la desagradable sorpresa de que una lluvia de agua hirviendo les cayó a todos ellos dejándoles bastante maltrechos.... y sin el plátano.
El siguiente paso del experimento consistió en desconectar el mecanismo que unía la escalera con el dispositivo tipo ducha situado en el techo, por lo que desapareció el peligro de una nueva lluvia hirviente, aunque los monos, claro está, no lo sabían. Una vez desconectado el mecanismo, se sustituyó uno de los monos abrasados por otro en perfectas condiciones, pero igualmente hambriento, y se les volvió a ofrecer otro plátano que, en cuanto asomó por el techo provocó un estímulo inmediato, en este mono, al que respondió intentando subirse a la escalera, pero fue blocado, casi instantáneamente, por un congénere e inmediatamente masacrado por el resto ante el recuerdo palpable de su piel, aún chamuscada.
Tras la frustrada intentona, se volvió a sustituir un simio de los “quemados” por otro nuevo con el mismo apetito y se volvió a colgar un suculento plátano. Con más rapidez, si cabe, el nuevo mono se lanzó hacia la escalera pero otra vez fue interceptado y masacrado por sus compañeros y se pudo constatar que el mono que más fuerte y con más rabia le pegó fue el que se acababa de incorporar en el paso anterior quien, casualmente, era el único que no sabía porqué le pegaba.
Al repetir el experimento, hasta sustituir todos los monos originales por otros nuevos, los comportamientos se sucedieron sin cambio alguno: los monos sin quemaduras eran los que castigaban con mayor dureza a sus congéneres, y si hubiésemos sido capaces de comunicarnos con ellos y les hubiésemos preguntado porqué castigaban a los monos que intentaban alcanzar el plátano, nos hubiesen contestado con un lenguaje primitivo y sin remordimiento alguno –¡No lo sabemos, pero teníamos que pegarles! -.
Este proceso, aleccionador de cómo se puede crear y transmitir una cultura organizativa, es empleado, demasiado frecuentemente, en el ámbito humano y no podemos ampararnos en la inexistencia de un rico lenguaje. La culpa es nuestra. La falta de comunicación existente entre las personas que participan en una organización es el origen de este problema. La cultura de trabajar, casi siempre de forma improductiva, hasta últimas horas de la tarde, la cultura del servilismo, la cultura de no compartir la información, la cultura del sí a cualquier solicitud del superior jerárquico, etc., no son más que algunos ejemplos de una incorrecta gestación de unos valores compartidos y profundamente insertados en algunas organizaciones, cuyo origen puede ser tan desconocido para estas personas como en el experimento lo era para los nuevos monos que se estaban incorporando a la misma.
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Achacamos a la cultura organizativa el éxito o el fracaso de una actividad o de una organización determinada y, de forma un tanto pretenciosa, mantenemos que la cultura es un privilegio del ser humano, que las personas somos los únicos capaces de generar una cultura organizativa y que la cultura se desarrolla gracias a la inteligencia humana.
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