Número 30, julio 2005
FOMENTO DE LA INNOVACIÓN TECNOLÓGICA>> Editorial
 
  Un momento crucial para Europa      
Jesús Rodríguez Pomeda
Profesor Asociado de Organización de Empresas
Universidad Autónoma de Madrid
jesus.pomeda@uam.es
 
 

La dimensión europea es una de las que más destacan cuando se observa la innovación española y madrileña. No podríamos entender nuestro sistema de ciencia y tecnología sin valorar las redes de toda índole (personal, material, intelectual) que nos vinculan con los restantes países de la Unión.

Por tanto, es precisa una atención constante y rigurosa a los, a veces, tortuosos vaivenes de la política europea de ciencia e innovación.

En este sentido, nos encontramos en un momento que sólo cabe calificar de crucial. El campo de juego europeo se hace cada vez más complejo al reflejar interacciones de fuerzas que operan a distintos niveles. Al serio problema de desarrollo institucional que representa el rechazo por parte de Francia y de los Países Bajos de la Constitución para Europa se suman tanto las incertidumbres económicas que nos amenazan como las profundas y rápidas transformaciones sociales y culturales que estamos viviendo.
Esto es, sufrimos las consecuencias de la indefinición de la misión y la visión de una Unión Europea que ya cuenta con veinticinco socios en un marco socioeconómico turbulento. Por si esto fuera poco, recientemente los europeos hemos vuelto a padecer la brutalidad terrorista en la carne de los ciudadanos londinenses, lo que sin duda nos obliga a replantear muchas de las políticas actualmente en curso.

Como bien han señalado diversos comentaristas, se percibe la falta de un liderazgo comunitario que transmita con claridad el sentido que han de seguir los asuntos europeos.

Es posible que esta situación sea fruto de las tensiones aludidas (ampliación, incertidumbre económica, seguridad, valores culturales,...) y que vaya poco a poco decantándose a medida que éstas sean encauzadas. En lo que afecta más específicamente a la política comunitaria de ciencia e investigación, debemos seguir atentamente el devenir de la Estrategia de Lisboa, puesto que en ella se cifra buena parte del éxito de nuestro sistema de ciencia y tecnología.

En su reciente comunicación al Consejo Europeo de primavera, el presidente de la Comisión, Barroso, y su vicepresidente Verheugen, subrayan la necesidad de trabajar juntos en pro del crecimiento y del empleo, buscando un nuevo impulso a la Estrategia de Lisboa. Utilizando un tono que ellos mismos califican de "optimismo realista", van desgranando las propuestas que deberían reforzar el compromiso europeo orientado hacia la creación de la economía más dinámica del mundo basada en el conocimiento.

Obviamente, si miramos hacia atrás, los europeos tenemos motivos de satisfacción, que Barroso y Verheugen concretan en la consolidación de un modelo de participación social único en el mundo y que atesora una extraordinaria capacidad de renovación. Su propuesta consiste en hacer girar a la Unión en torno a tres ejes fundamentales:

  • Europa debe ser un lugar cada vez más atractivo para invertir y trabajar.
  • El conocimiento y la innovación son el auténtico motor del crecimiento europeo.
  • Todas las políticas han de servir al gran objetivo de la creación de más y mejores empleos por parte de nuestras empresas.

Todo ello sin demérito de los objetivos sociales y ambientales que caracterizan la voluntad de los europeos, para alcanzar un modelo verdaderamente integrado de desarrollo sostenible. Este modelo requiere una mayor concentración de esfuerzos (a todos los niveles, desde el europeo hasta el municipal), una mayor capacidad de promover los cambios (identificando a sus responsables y trasladando la cuestión al debate político nacional) y una simplificación de las directrices que han de conducirnos a los objetivos establecidos en Lisboa.

¿Cuáles serían, por tanto, los aspectos principales sobre los que hemos de redoblar nuestros esfuerzos?

Para la Comisión serían los siguientes.

La expansión del atractivo de Europa como un lugar para invertir y trabajar pasa por la extensión y profundización del mercado interno, la mejora de la regulación (europea y nacional), la garantía de unos mercados abiertos (dentro y fuera de Europa), y  por la mejora de las infraestructuras.

El segundo eje, que no es otro que la configuración del conocimiento y de la innovación como motores del crecimiento, requiere una mejora de la eficiencia de las inversiones en Investigación y Desarrollo, ampliar las facilidades para innovar, difundir más aún las tecnologías de la informática y de las comunicaciones, apoyar el uso sostenible de los recursos naturales, y reforzar la base industrial europea.

El tercero, la creación de más y mejores empleos, se centra en atraer a más personas al mundo laboral, en modernizar los sistemas de protección social, en incrementar la adaptabilidad de trabajadores y empresas (flexibilizando los mercados laborales), y, por último y no menos importante, invertir más en capital humano mediante una mejora en el sistema educativo.

Como casi siempre que se habla en términos tan generales, resulta difícil no estar de acuerdo con estos planteamientos. Parecen coherentes y oportunos en la situación actual de Europa. No obstante, será a la hora de su aplicación (por ejemplo, cuando se concreten en términos presupuestarios) cuando surgirán valoraciones divergentes. El enfrentamiento entre las visiones que defienden el gobierno británico, por un lado, y los gobiernos francés y alemán, por otro, no auguran consensos fáciles y consistentes. Una vez más, el continente afronta tiempos exigentes. Debemos confiar y trabajar para que también ahora Europa sepa resolver con acierto tan complicados dilemas.