Número 33, diciembre 2005
INVESTIGACIÓN Y UNIVERSIDAD>> Con otro aire
 
  El Bendito

Dícese de aquel que acumula conocimientos y los pone al servicio de la sociedad sin ninguna clase de reserva. Esta actitud lógica plantea, sin embargo, algún que otro problema porque no son pocos los que intentan anticiparse y hacerse con el control de las ideas del Bendito para luego difundirlas como si fuesen propias y así recibir los correspondientes halagos.

     
Patricio Morcillo Ortega
Catedrático de Organización de Empresas
Universidad Autónoma de Madrid
patricio.morcillo@uam.es
 
"Los sabios emiten ideas nuevas, los bobos las difunden."
H. Heine

 

 

A primera vista, el Bendito podría ser, para un snob redicho, un "homme a tout faire" mientras que para el común de los mortales, más allá de un simple currito, todo terreno, que vale para un roto y un descosido, sería un iluminado que posee la ciencia infusa pero, a decir verdad, nuestro Bendito es un investigador nato que debe su apodo a las buenas acciones que parte y reparte sin tiento no esperando nada a cambio. Pero, a veces, dadas sus amplias competencias, algún avispado se cuela por medio y, tras embaucarle, consigue monopolizarle asociándose con él ¡no sin mi socio!

Esta clase de alter ego suele ser uno de esos "socios capitalistas" que no aportan nada pero que recogen que da gusto, capitalizando con mano experta todo lo que ha producido el Bendito como si fuese cosecha suya. Para algo son socios dirán algunos, es pura fusión.

El Bendito tiene un grave problema y es que se cree todo lo que le dicen, incluso cuando le hablan de fusión. Pero, como todo buen economista sabe, la fusión no existe, es un invento para tranquilizar a los accionistas que piensan que con esa nueva estrategia su empresa irá viento en popa. Pues pregunten a los antiguos accionistas del Hispano Americano y después a los del Central si el proceso de concentración con el Banco de Santander fue una fusión o una absorción. Fue un "echate pa´ llá" en toda la regla, un desembarco y una toma de posesión como Dios pintó a perico. Sólo con pasar por delante de la puerta de una sucursal bancaria, se adivina quien manda en esta bendita casa.

¡Ya no saben que inventar!, pero volviendo a nuestro Bendito, éste no tiene la sensación de ser explotado y se siente cómodo pegadito a ese socio porque, queramos o no verlo, el ser humano siente una necesidad vital de pertenecer a algo, de adoptar unos valores que le sirvan de guía y que den sentido a su vida laboral, a su deseo de comunicarse con otras personas y de compartir con ellas unas mismas creencias y aspiraciones.

Socio, aparte, todo el que se acerca al Bendito y observa el pampaneo piensa que hace el primo y que no se entera de la misa la mitad. Aparentemente, vive muy a gustito en su mundo mientras otros, por ahí fuera, con licencia o sin ella, hacen un uso abusivo de sus ideas. No obstante, a veces, las apariencias engañan y despistan al más espabilado. El Bendito, por extraño que parezca, de tonto no tiene ni un pelo y discierne a las mil maravillas el panorama. Para él, las personas no son lo que saben sino lo que son capaces de aprender y, si algo le sobra al Bendito, son, justamente, las ganas de aprender. No va a perder un sólo minuto en reivindicar la autoría de sus ideas, ni siquiera intentará quitarles la máscara a los impostores, porque es consciente de que las ideas, una vez puestas en la calle, pito pito gorgorito, pasan, lógicamente, a dominio público. Lo único que sucede, es que se reparten las tareas, unos se encargan de hacer aflorar las ideas y otros las difunden, y, en cuanto al Bendito, conforme con su papel, pertenece al primer grupo.

Para algunos, pensar hace daño, hasta les da unas jaquecas que se tienen que echar a dormir, pero para él es un antídoto contra el aburrimiento y vive con permanentes deseos de aprender. Eso mismo parecía que le ocurría a "El Gallo" cuando un día le preguntó a José María de Cossío:

    - ¿A ti te importaría venir conmigo al museo del Prado?

    - Naturalmente que no, pero ¿Se puede saber cuándo se ha despertado en ti ese interés por la pintura?

    - No, no es exactamente eso, verás: un amigo me ha ofresío un cuadro que dise que é de un tal Murillo y que lo venden mu barato. Ya lo ha visto er Mojino que é mu entendío. Después de mirarlo mucho, se mojó un deo con la lengua, lo restregó en una esquina del cuadro y me dijo: "Puedes comprarlo con toa confiansa; é Murillo él". Pero para estar más tranquilo, quiero ir ar museo pá compará.

Fueron al museo y pudieron hacer las oportunas averiguaciones. Con el fin de aprovechar la visita, José María de Cossío enseñó a "El Gallo" otras salas. Al llegar frente al "Retrato de un Cardenal desconocido", "El Gallo" exclamó:

    - ¡A ese señó lo conozco yo!

    - Pués, no sabes la alegría que se van a llevar los expertos e investigadores cuando se lo digas porque no tienen ni idea de quién puede tratarse.

    - Pues así de pronto, no caigo, pero no te preocupes, que ya me acordaré. Oye, ¡Quién lo ha pintao?

    - Rafael -replicó José María de Cossío.

"El Gallo" se quedo perplejo. Tuvo que pensar que en la pintura, como en los toros, los Rafaeles abundaban y preguntó tan seguro de sí mismo:

    - ¿Qué Rafaé?