Número 33, diciembre 2005
INVESTIGACIÓN Y UNIVERSIDAD>> Reseñas bibliográficas
 
  La Ciencia y el Quijote      
Sánchez Ron, J. M. (Dir.) (2005)
Drakontos, Crítica, S. L. Barcelona.
 

En el año en que se cumple el cuarto centenario de la publicación de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Sánchez Ron ha reunido una serie de temas pero también autores[1], estudiosos sobresalientes en sus respectivas especialidades, para intentar relacionar la obra maestra e inmortal de Cervantes con la ciencia, la medicina y la técnica hispanas de los siglos XVI y XVII.

Vivió Cervantes en una época espléndida para la ciencia, precisamente, cuando afloró lo que se ha venido en denominar "Revolución Científica" durante la cual se establecieron las bases de la ciencia moderna. El manco de Lepanto nació en 1947. Cuatro años antes, en 1943, se habían publicado dos libros revolucionarios que, con el tiempo, se constituirían en referencia obligada de la literatura científica: De revolutionibus orbium coelestium, de Nicolás Copérnico, y De humant corporis fabrica, de Andreas Vesalio. De esta manera, no hay duda de que Cervantes pudo haber leído éstas y otras obras científicas y que el conocimiento adquirido figura en El Quijote.

Pues, como señala Sánchez Ron, sucede, además, que en esta época, la que corresponde al siglo XVI, no fue mala para la ciencia en España. Especialmente, mientras duró el reinado de Felipe II, la ciencia española disfrutó de una situación razonable, bastante acorde con la época; mucho mejor, desde luego, que en el siglo XVII. Bajo el mandato del Rey Prudente se creó, por ejemplo, la Academia de Matemáticas en Madrid, en la que la enseñanza de las matemáticas estaba orientada sobre todo a la formación de cosmógrafos e ingenieros civiles y militares al servicio del monarca.

Este libro intenta, por consiguiente, abordar cuestiones y responder a preguntas vinculadas a la ciencia, medicina y técnica que se conocían en aquella época en España o en el mundo.

Por ejemplo: ¿qué idea se tenía del mundo entonces? Una pregunta que sólo se puede contestar desde los saberes geográficos y cosmográficos.

¿Eran los molinos contra los que luchó el caballero de la triste figura, tomándolos como gigantes, una novedad o no en la España de entonces? ¿Cómo eran y en qué estado se encontraban los caminos por los que caballero, escudero y Rocinante transitaron? ¿Cuáles eran las condiciones meteorológicas que tuvieron que soportar, o, dicho con otras palabras, qué referencias meteorológicas y climatológicas aparecen en El Quijote? Más cuestiones: ¿Cómo se alimentaban los españoles en aquél tiempo, cuáles las ideas médicas sobre la alimentación, y en qué forma aparece ésta en la obra de Cervantes?

La botánica es otra de las materias que un buen caballero andante debía dominar; al fin y al cabo estaba habitualmente en contacto directo con la naturaleza, vagando por campos. Y, como en realidad, botánica y zoología caminan juntas, formando lo que se denomina historia natural, en El Quijote se trata de las grullas, hormigas, cigüeñas, perros, cuervos, murciélagos y hasta leones pero, también, de las plantas que existían en el mundo.

Desde esta perspectiva, no es en absoluto extraño que buena parte de las materias científicas abunden en El Quijote. Pero hay más, como caballero andante y guerrero, El Quijote sufría a menudo percances que le obligaban a efectuar diversos tipos de curas, actividad que Cervantes recoge en las páginas de su libro.

Siguiendo con las palabras de Sánchez Ron, Cervantes pone en boca de Don Quijote: "¿Estoy yo obligado a dicha, siendo como soy caballero, a conocer y distinguir los sones y saber cuáles son de batán o no?". No es imposible entender estas palabras como pertenecientes a la más negra tradición de la cultura española, en especial, de la cultura española de todos aquellos -hidalgos, nobles y aristócratas- que se podían permitir vivir de las rentas y que, en nombre de la cultura, la historia o la dignidad, pensaban que no era propio de su condición saber algo de la técnica o de la ciencia. Como darse cuenta de que los ruidos que escuchaba Don Quijote eran, sencillamente, los producidos por un mero batán.

Uno de los episodios más conocidos de la literatura universal es el narrado por Cervantes en el capítulo VIII de la primera parte de Don Quijote. Como es sabido, el ingenioso hidalgo junto con Sancho, descubren en una zona de La Mancha un conjunto de treinta o cuarenta molinos de viento que Don Quijote toma por gigantes y arremete contra ellos, a pesar de las advertencias del escudero. El resultado es que el caballero de la triste figura es volteado por las aspas de uno de los molinos, saliendo malparado. Se trata, sin duda, del conflicto más famoso causado por unos molinos y que ha sido mal interpretativo desde el punto de vista de la historia de la tecnología. En efecto, como explica Nicolás García Tapia, se admite, generalmente, que la causa de la confusión de Don Quijote consiste en que el molino de viento era algo nuevo y desconocido en la España de finales del siglo XVI retrasada tecnológicamente y en la que todavía se molía con rudimentarios molinos de animales o primitivos ingenios hidráulicos, desconociéndose, en la casi totalidad del territorio español, el moderno molino eólico ya introducido hacía tiempo en las avanzadas naciones europeas del norte. Semejante tópico sobre el retraso español todavía se mantiene, sin embargo, el famoso episodio demuestra lo contrario: que los molinos de viento eran algo usual y conocido desde hace mucho tiempo en la España de entonces.

No podemos más, que recomendar este libro sobre "Ciencia y El Quijote" dirigido por Sánchez Ron que nos abre nuevas y apasionantes perspectivas que nos animan a leer o a releer esta obra maestra de la literatura universal.

Patricio Morcillo

Notas :

[1] Antonio J. Durán Guardeño, Mariano Esteban Piñeiro, Pedro García Barreno, Nicolás García Tapia, María Luz López Terrada, Santos Madrazo, María Jesús Mancho Duque, Víctor Navarro Brotons, Javier Ordóñez, Fernando Pardos, Arturo Pérez-Reverte, José Luís Peset, Javier Puerto, Julio Sánchez Gómez y Francisco J. Tapiador.