Número 35, marzo- abril 2006
NANOCIENCIA Y NANOTECNOLOGÍA II>> Con otro aire
 
  El Pequeño Sapiens

Es aquél homínido que, haciendo uso de su capacidad de adaptación, desplazó al neandertal de su espacio geográfico y terminó siendo amo y señor del planeta tierra.

     
Patricio Morcillo Ortega
Catedrático de Organización de Empresas
Universidad Autónoma de Madrid
patricio.morcillo@uam.es
 
"Se puede perdonar el ser derrotado,pero nunca el ser sorprendido".
Federico I El Grande de Prusia

 

 

El neandertal era un fortachón con una morfología maciza, su cuerpo robusto encerraba una masa muscular fuera de lo común y unos huesos muy duros. Era una fuerza de la naturaleza. Plenamente aclimatado al frío, se pavoneaba como Perico por su casa a través de la gélida Europa y Asia occidental. Gozaba, por otra parte, de una cavidad craneal que daba cobijo a un cerebro de 15 a 20 por ciento más voluminoso que el del Homo sapiens lo cual, si la inteligencia fuese proporcional al tamaño del cerebro, nos haría deducir que para listo, él, y que la descendencia estaba asegurada. Pero, desgraciadamente, eso de que el tamaño del cerebro determina el grado de inteligencia del homínido ha quedado definitivamente descartado por los antropólogos. Buen ejemplo de ello es la existencia del Hombre de Flores, y, por citar otro ejemplo más reciente, el caso de Anatole France, Premio Nobel de Literatura, que tenía un cerebro cuya dimensión era sólo de dos tercios del normal situándolo en la media cerebral del Homo erectus de hace unos 200.000 años.

No obstante, tamaño del cerebro al margen, ha quedado probado a través de todas las muestras de pinturas rupestres y de la fabricación de útiles líticos que el neandertal era inteligente pero desapareció, sin más, hace 30.000 años, por razones aún hoy desconocidas. Se lo trago la tierra o, más bien, lo aniquilaron unos intrusos de culo de mal asiento algo enratonaos que provenían de África y llegaron a Europa pisando fuerte trayendo con ellos utensilios auriñaciense, el arte y nuevas ideas: eran los Homos sapiens.

Ese trágico final de los neandertales sigue siendo un enigma. Los antropólogos no consiguen ponerse de acuerdo sobre este misterio. Unos defienden la tesis según la cual fueron las hordas de Homos sapiens, competidores intolerantes, los que acabaron con ellos no dejando títere con cabeza tras un periodo de lucha encarnizada que duró 1.200 años y siendo, por consiguiente, según esta primera versión, la violencia el motor de la evolución humana. Otros expertos, por el contrario, piensan que fue la cultura y los recursos técnicos elaborados, fieles reflejo de su potencial creativo e innovador, que utilizaban los que provocaron la extinción del neandertal. Se halla bastante extendida la idea de que el Homo sapiens aventajaba al neandertal en habilidad mental, en concreto en una propiedad genuinamente humana como es el pensamiento simbólico, lenguaje incluido. Por último, otros investigadores abogan por la falta de adaptación del neandertal a los cambios climáticos que se produjeron en aquellos tiempos y por no haber sabido crear un tejido social tan sólido como el que atesoraban los Homos sapiens.

Los partidarios de esta tercera tesis, descartan que el Homo sapiens, aún siendo de baja estatura, fuese un matón que cometió un genocidio, como cuentan algunos, y asumen, más bien, que, emigrando del cálido continente africano no tuvo más remedio que suscitar su ingenio para poder sobrevivir. Con estas actitudes, fluyeron las ideas y desarrolló toda clase de herramientas que le permitieron cazar y protegerse ante los elementos. Sus experiencias agudizaron su capacidad de adaptación y cuando apareció la glaciación que asoló a Europa, estaba preparado para afrontar este nuevo obstáculo. Al neandertal, por el contrario, la glaciación le pilló de sorpresa, aunque tuviese condiciones innatas para soportar el frío. Durante generaciones se dedicó a gandulear, haciendo el indio cuando le venía en ganas, y cuando quiso despertar de su letargo fue demasiado tarde para reaccionar como lo exigían las circunstancias. El caso es que se lo llevaron por delante los acontecimientos como si de un pelele se tratase.

No cabe duda de que existe un cierto paralelismo entre este proceso de extinción y el trágico final de la rana comodona. En efecto, si introducimos una rana en agua hirviendo ésta salta inmediatamente para evitar quemarse pero si, por el contrario, sumergimos la rana en agua fría que calentamos poco a poco, el anfibio cae en un estado de placidez y se abrasa sin parpadear. Algo así le tuvo que pasar al Homo neandertalensis. Se acomodó tanto al medio que cuando este cambio no supo ni pudo reaccionar.

Moraleja: Quien no aprende y no se adapta, no existe. Con el Pequeño Sapiens empezó nuestro viaje evolutivo.

La evolución es como ir subido en una bicicleta, si dejas de pedalear te caes, al no ser que seas un malabarista.

Parece que la teoría de la evolución y de la selección natural corrobora que las especies más menudas sobreviven más fácilmente que las grandes a los cambios. Por tanto, eso de que el pez grande se come al pequeño es pura literatura que solo encuentra tibios seguidores entre los que creen que siempre prevalece la ley del más fuerte.

En los toros, como en la vida, cada torero hace lo que puede de acuerdo con sus facultades. Así, algunos coletudos no tuvieron más remedio que bregar con sus propias limitaciones físicas intentando superarse a si mismo. Eso es lo que le ocurrió a Minuto, que, a pesar de ser de baja estatura, tenía un gran corazón que le permitió triunfar en muchas plazas.

En una corrida de la feria de Sevilla le correspondió al susodicho Minuto un toro muy grande de Anastasio Martín. Cuando salió aquella mole con unos pitones que no cabían por la puerta de toriles, un espectador sentado en el tendido de sol le gritó al matador:

    -¡Minuto, ese toro es muy grande para ti!

A lo que contestó el diestro:

    -¡A ver si se cree que me lo voy a echar a cuestas!