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Número 42, mayo-junio 2007 LA UNIVERSIDAD DEL FUTURO II>> Con otro aire |
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Aprendiz de Estratega 2ª lección: Hablemos del reto estratégico Dícese de aquél que es capaz de ver a través de un proyecto por él concebido algo que, de momento, es invisible |
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Como todo buen estratega sabe, el reto estratégico de una empresa viene consignado en la misión, y antes de definir la misma aquél debe tomar en consideración una serie de características, variables y factores muy precisos que entrarán en juego. Elementos, todos ellos, que, por otra parte, son comunes y se repiten de manera sistémica en todos los ámbitos. Es decir, que son de obligado análisis para todas las organizaciones, personas, asociaciones, equipos, etc… enfrentados a la necesidad de reflexionar en torno a un proceso estratégico. A título de recordatorio, la siguiente tabla relaciona los mencionados elementos con distintos ámbitos en los que la estrategia está al orden del día.
Centrándonos en la misión, ésta traduce lo que es y quiere ser una empresa en función de los recursos y capacidades que controla. Podría entenderse que la misión corresponde a la “razón de ser”. Una razón lo suficientemente importante para que los clientes queden satisfechos con la oferta propuesta por la empresa. Cuanto mayor sea el nivel de adaptación, mayores serán las expectativas de desarrollo y rentabilidad para la empresa. No obstante, toda misión deriva de un pensamiento o propósito estratégico previo definido por quién o quienes dirigen la empresa. Estamos hablando de la visión. A través de la visión, los dirigentes se esfuerzan por ver, a través de lo que se hace, por qué se hace y adónde se quiere llegar. No se trata de determinar con exactitud el proyecto a desarrollar en un futuro sino de percibir con claridad el camino a seguir para que todos los miembros de la organización se comprometan con ese proyecto. Sin embargo, por sencillo que parezca, a la hora de querer delimitar con precisión los conceptos de visión y misión nos enfrentamos a una nueva jungla conceptual, y para muestra un botón. Sólo con consultar a algunos clásicos, tenemos, en la tabla que sigue, unas cuantas definiciones.
Ante tantas propuestas, nos asalta la duda y no sabemos, por muchas vueltas que le demos, cual elegir. Ese mismo titubeo le invadió a “Lagartijo” el día en que Antonio Fernández Grilo, el gran poeta cordobés, le leyó unos versos que había escrito en su honor. Conocida era la labia de este autor cuya obra “Al mar” fue premiada sin que nunca hubiese visto el mar, pero, el caso, es que al leer su composición al torero, este último se quedó asombrado por la riqueza del vocabulario empleado. Tenía conciencia de que era una elegía a sus cualidades toreras aunque tenía dificultad en captar la sutileza que desgranaba el poema. Al observar que el diestro se había quedado como turbado, Antonio Fernández Grilo le preguntó: -¿Qué le ha parecido mi composición literaria, Rafael? Y el torero contestó: -¡Pues verá usted, señor Grilo, yo creo que argo hay de eso! Perplejidad al margen, también debemos tener mucho cuidado con los sentidos figurados de las palabras. Pongamos por caso el tema de la visión. No conviene confundir las acepciones anteriores que, al fin y al cabo, apuntan en una misma dirección, con esa otra acepción que se refiere al objeto de la vista producto de la fantasía o imaginación que no tiene realidad pero que, sin embargo, se toma como verdadera. En cierta ocasión, Rafael “El Gallo” toreaba una de Miuras en la Real Maestranza de Sevilla y se presagiaba un triunfo a lo grande porque el maestro acababa de realizar una faena llena de enjundia y maestría. Había puesto la plaza a revienta calderas cuando al cuadrar al toro para la suerte suprema tiró el estoque al albero y salió corriendo hacia el callejón. Angustiado, refugiado detrás del burladero, no había forma de convencerle para que saliese de nuevo al ruedo y terminase su faena como Dios manda. Salió de la plaza, como otras tantas veces escoltado por la benemérita que le resguardaba de las almohadillas que volaban por los aires. Nadie se explicaba aquél desaguisado. Pasados unos días, un buen amigo de Rafael reveló el secreto. Contó que el mismo le preguntó: -Pero Rafael ¿Por qué hiciste aquello? -Porque al tirarme a mata me fijé en los ojos del toro y eran los de Pastora Imperio. Para la pequeña historia, aclaremos que, al poco tiempo, Rafael se casó con la reina del cuplé flamenco. Se conoce que, ya por aquella época, la imagen de la vedette le nublaba la vista, le encogía el corazón y le perseguía ahí por donde iba. Las malas lenguas comentaron, en su día, que el matrimonio sólo duró un día. El mismo torero asentaba diciendo que duró lo que un suspiro, ¿sería que el sueño hecho realidad ya no colmaba sus aspiraciones?
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