![]() |
Número 43, julio-agosto 2007 NUEVAS HERRAMIENTAS DE DIRECCIÓN Y GESTIÓN EMPRESARIAL>> Con otro aire |
|
||||||||
|
|
![]() |
La Taurocoopetición [1]
Dícese de unas relaciones donde la solidaridad y la interdependencia se abrazan en beneficio de todos sus actores. |
||||||||||||
|
||||||||||||||
Lo que los economistas llaman de forma rimbombante la “coopetición”, aludiendo al hecho de que las empresas deben, primero, cooperar y, después, competir, simultáneamente, en un entorno innovador, es, en realidad, una quimera. Que compitan, es lo normal, lo natural, diría yo, pero que cooperen, ya es otra cosa y sólo se plantean esa eventualidad, cuando el beneficio esperado es superior al que se obtendrían por separado. Lo que quiero señalar, es que las empresas cooperan de manera forzada, cuando no hay más remedio, y si, en alguna ocasión, lo hacen por voluntad propia, convencidas de que esta es la mejor solución, no se entregan al cien por cien. Siempre se guardan un as en la manga, por si acaso. Para “coopetición”, lo que se dice “coopetición”, de la de verdad, es la que se produce, por sistema, en las corridas de toros, o sea la “taurocoopetición”. En efecto, la única “coopetición” que conozco y que funciona a las mil maravillas es esa, y que ya quisieran para ellas las empresas. Lo que en el mundo de los negocios se entiende como un método, un medio para conseguir más rápidamente y de manera menos costosa un objetivo puntual, y, después, si te he visto no me acuerdo, todos contra todos como en los viejos tiempos, en los toros, por el contrario, es una ideología, una filosofía que no admite discusión. Es como la vida misma. Aquí, el triunfo es cosa de todos. Sale el toro, y los peones lo recogen para fijarlo en los capotes, luego irrumpe el matador para realizar su faena de capote, tras él intervienen el varilarguero y los banderilleros, arropados, unos y otros, por los dos restantes matadores y algunos subalternos de las otras cuadrillas, y, cuando el toro ya está listo para el último tercio, ya le toca al diestro titular, en solitario pero con todos los coletudos atentos por si es necesario ayudar, rematar la faena. Este ejemplo de cooperación se complementa con el concepto de competición. Cooperación y competición son como dos caras de una misma moneda. El planteamiento refleja, como no podría ser de otra forma, que todos los diestros dan lo mejor de sí mismo en todas las facetas de la corrida con el fin de que los acontecimientos se desarrollen de la mejor manera posible; ahora por ti y después por mí. En las corridas de toros, nadie torea contra nadie. Todo aficionado quiere que su torero triunfe, ver reflejado en él los aspectos y las cualidades que más aprecia en la lidia pero eso no implica que los demás compañeros de la terna deban fracasar sino todo lo contrario. Lo que uno espera es ver lo mejor de cada coletudo pá compará y, luego, que todos salgan por la puerta grande. En cuanto a los toros, que den una o más vueltas al ruedo, e, inclusive, se indulten. De hecho, la competencia, tal y como se produce en el mundo de los negocios, no tiene mucho sentido en la fiesta de los toros porque cada torero es único en lo suyo, y el hecho de que un diestro triunfe debido a la excelencia con la que expresa determinadas habilidades no afecta a la carrera de otro matador que basa su toreo en otras destrezas. En consecuencia, el éxito no es cosa de uno, sino de todos. La “taurocoopetición” bien entendida abraza las relaciones de compañerismo a través de la solidaridad y de la interdependencia. La solidaridad se expresa, fundamentalmente, a través del compañerismo. Una muestra de la misma es lo que ocurrió aquella tarde en la que un torero, poco inspirado, fue incapaz de pasaportar a un toro que no se moría ni con maldiciones, y que, concluido el calvario, recibió, enseguida, el apoyo incondicional de sus compañeros que intentaban animarle con algunas frases de consuelo. En el mismo momento en que el diestro entró en el callejón con el ánimo por los suelos se le acercaron sus compañeros para decirle: -El toro era muy grande y muy basto. No había forma de verlo por ningún lao -le comentó uno. -Menudo esaborío -añadió otro. -Era una alimaña que sabía latín -señaló un tercero. -Tenía guasa -refrendó el mozo de espadas mientras le acercaba un vaso de agua. -Ninguno de nosotros hubiese podido con ese barrabás -remató uno de sus dos contrincantes. Fuera de sus casillas y ya harto de oír tantas excusas infundadas, el apoderado del torero, que hasta este momento había permanecido callado detrás del burladero, intervino poniendo cada cosa en su sitio: -¡Ni “tenía”, ni “era”! Hay que decir ¡“tiene” y “es”! porque el animal aún está vivito y coleando en los corrales. En cuanto a la interdependencia que prevalece en la “taurocoopetición”, esta se hace ostensible en todos los trances de la lidia. Pongamos por caso la función de los varilargueros. El objetivo de la suerte de varas, que constituye el primer tercio de la lidia, es medir la bravura, sin destrozarla, de los toros y atemperar su acometividad. Por consiguiente, según la ortodoxia y la destreza con las que se realice la faena a caballo, el resto de la lidia será más o menos lucida. Si el picador apunta trasero, el toro pierde bravura y su embestida se vuelve plúmbea y aborregada, pero, si por el contrario, el puyazo se coloca en el morillo, entonces el toro incrementa su viveza y la faena de muleta podrá ser honda e importante. Cada tercio de la lidia tiene una finalidad, y nadie puede hacer lo que le viene en gana. El toreo a caballo condiciona el desarrollo de los dos restantes tercios pero, también, los del castoreño necesitan la ayuda de los toreros de a pie para que la suerte de picar se realice limpiamente. Cada peón se colocará en “su sitio” para que esta prueba de bravura no se desvirtúe y se preparará con el capote en ristre para intervenir cuando el toro salga suelto del caballo. Como una cosa lleva a la otra, hablemos, ya que estamos, del peligro que corre el varilarguero. Peligro, por otro lado, que justifica el apoyo recibido por los demás subalternos que están ojo avizor mientras el picador realiza su faena. Y, para susto, el que pasó Fuentes, picador de grandes recursos, cuando resultó cogido por un imponente colorao, ojo de perdiz, la mismísima reencarnación del bisonte de Altamira. Arrancó de largo el burel y embistió al caballo arremetiendo como un poseído hasta que lo derribó sin contemplaciones. Fuentes, cayó de muy mala manera sobre la arena quedando conmocionado, y cuando quiso reaccionar, el manso se fue a por él levantándolo por los aires como a un pelele. Impresionado por el percance, Paco Gaztambide, que se encontraba en el tendido presenciando el festejo, no dudó un segundo en bajar y saltar al ruedo para interesarse por su buen amigo que yacía maltrecho y ensangrentado rodeado por los monosabios que pretendían llevárselo a la enfermería. Mientras Gaztambide palpaba el cuerpo de Fuentes, aquél le preguntó: -¿Dónde ha sido? Fuentes abrió los ojos como pudo, y al reconocer a su buen amigo, contestó con un débil hilo de voz: -Don Francisco… ¡en generá! Todos los hombres de luces que participan en una corrida obran en beneficio propio -encauzar la agresividad del toro para evitar que les coja- y en beneficio de los demás compañeros -ahormar a la res para que todos los tercios de la lidia se desarrollen de manera óptima-. Es evidente, que nada tienen que ver estos comportamientos con los que adoptan las empresas preocupadas, exclusivamente, por sus intereses. Y si, en una ocasión, todas salen ganando no es por la generosa actuación de las mismas sino porque el mercado tiene para dar y tomar. Imagínense ahora que, seducidas por las reglas de la “taurocoopetición”, las empresas se apuntasen a la misma. ¿Cuáles serían las consecuencias? ¿Cómo deberían enfocar el futuro?
Notas [1] Este texto está inspirado de la obra de próxima publicación "Innovando por naturales" (Morcillo, P.) |
||||||||||||||