De la universidad puede decirse cualquier cosa menos que está quieta. En pocas décadas ha experimentado un cambio trascendental que la sitúa ahora en condiciones de afrontar el nuevo salto cualitativo que requiere esta sociedad del conocimiento.
En transformación estamos siempre y vivimos ahora un tiempo acelerado de reformas, en las que las más aparentes (aunque no las principales) han sido las legales, como la modificación de la LOU o el diseño del Espacio Europeo de Educación Superior, en las que llevamos enfrascados ya varios años
Aunque no puede esperarse que las leyes lo resuelvan todo, me parece que esas reformas legales han sido positivas en la medida en que han permitido eliminar disfunciones y crear marcos más flexibles y de mayor autonomía para las universidades. Pero, con todo, creo que hemos invertido mucho más tiempo y esfuerzo del necesario en unas reformas que se han quedado cortas para las exigencias de unos tiempos en los que quizá puede decirse que las universidades han ido por delante de las leyes.
Tras casi una década de dedicación a los cambios normativos, tengo ahora la sensación de fin de un ciclo y de inicio de otro en que resultará imprescindible pensar la universidad del futuro, acometer nuevas metas y afrontar nuevos cambios, incluso en los lenguajes de estos pasados años, porque repetimos lo que ya sabemos y hay que empezar a decir aquello de lo que no hablamos.
Tenemos que cambiar porque nuestra esencia es justamente la del cambio y de la innovación. Tenemos que hacerlo porque hay nuevas funciones (como la de transferencia de conocimiento), nuevos modos de cumplir tradicionales funciones (renovación docente) y funciones que recuperar para hacer de la universidad un espacio crítico, innovador y creativo en el que no sólo seamos capaces de buscar respuestas sino de hacer preguntas y estemos tan preocupados por explicar el mundo como por mejorarlo.
Tenemos que cambiar porque hay nuevos soportes, procesos, estructuras y modos de organización y de relación a los que tendremos que adaptarnos; porque hay un nuevo marco global en el que hemos de saber desenvolvernos; porque ya no tenemos mercados reservados y corremos el riesgo de perder no solo el monopolio sino la hegemonía en el conocimiento. Tenemos que cambiar porque hay una nueva sociedad y unas nuevas demandas sociales; porque trabajamos con unos jóvenes a los que conocemos poco, a los que tenemos que adaptarnos más y que comprender mejor.
¿Qué es lo que tenemos que cambiar las universidades?. Sin duda, son muchos los ámbitos que requieren un nuevo impulso a las transformaciones con que ya se encuentran comprometidas las universidades y me atrevería a agruparlos en una especie de decálogo para el cambio universitario.
1º.-“Producimos mejor que vendemos” y, por eso, hemos de empezar por difundir mucho mejor nuestros servicios y actividades, al tiempo que hemos de tratar de restaurar unas imágenes universitarias que se han desgastado en algunas batallas y por consolidar la confianza social en una universidad que no pierde importancia porque se reduzca el número de alumnos sino que la gana como agente central y estratégico en esta sociedad del conocimiento.
2º.-“De la homogeneidad a la “unidiversidad”, se marca el trecho que ha de recorrer con prontitud un sistema universitario que ha de avanzar en la diferenciación y, a la vez, en la coordinación de lo diverso; que ha de ser capaz, al mismo tiempo, de prestar servicios múltiples y variados y de hacer posible que cada cual encuentre sus espacios de ventaja competitiva.
3º.-“Competitivos y, ante todo, competentes”, ha de ser otro de los principales objetivos que han de perseguir los cambios universitarios. Competitivos para desarrollar una competencia interna creciente entre las propias universidades y para afrontar una competencia externa frente a la que ya no hay mercados reservados y en la que han surgido nuevos agentes que ponen en cuestión el monopolio, e incluso la hegemonía, de la universidad en la educación superior. Y competentes, para reforzar los objetivos de calidad y de excelencia y los instrumentos de evaluación, acreditación y medición de los resultados.
4º.-“Globales y locales, es decir “glocales”, es como hemos de sentirnos para afrontar nuevos modos de relación y asentarse sólidamente en unos nuevos escenarios que combinan la atención simultánea a lo global y a lo local, que universalizan los servicios universitarios y, al mismo tiempo, los hacen entroncarse más directamente con su entorno y que brindan importantes oportunidades para la movilidad y el desarrollo de programas conjuntos.
5º.-“Innovadores en los conceptos y en los soportes” para ir por delante y no por detrás de la sociedad, para aprovechar las múltiples oportunidades que las nuevas tecnologías ofrecen en los ámbitos de la docencia y de la investigación, para ser creativos en la configuración de redes y el establecimiento de nuevos vínculos y modos de relación entre comunidades académicas y para saber hacerlo procurando una adecuación y un equilibrio imprescindibles entre los instrumentos y los objetivos de la actividad universitaria.
6º.-“Buenos en todo y excelentes en algo”, para garantizar simultáneamente la calidad en todas nuestras actividades y la especialización en algunas de ellas; para procurar que destaquen algunas de nuestras universidades pero que no se quede atrás el conjunto del sistema. En particular, habrá que seguir centrando esfuerzos en el impulso de la actividad investigadora;mejorando en la productividad científica y en la transferencia del conocimiento, a través de nuevos procesos, incentivos y estructuras; pugnado por situar a las universidades en el centro de la cadena de valor del conocimiento y otorgándoles la voz y la participación que les corresponde en la definición de las políticas institucionales de investigación y el lugar de privilegio que se merecen en el conjunto del sistema científico de nuestro país.
7º.-“Eficientes y equitativos” en la prestación de nuestros servicios, comenzando por rediseñar unos sistemas de financiación que, en su estructura actual, serán difíciles de mantener en el futuro; que han de constituir un instrumento fundamental de incentivo a los cambios; y que requieren un indudable aumento de recursos, tanto públicos como privados, y abrir una seria reflexión sobre las tasas, las becas y los préstamos, al tiempo que una revisión del actual esquema de unos incentivos que resultan ineficientes cuando no se encuentran invertidos respecto a la función que debieran cumplir.
8º.-“Más autónomos y eficaces” para afrontar indispensables cambios en la organización, la gestión y el gobierno de las universidades; para modernizar procesos y procedimientos e incorporar elementos de la gestión de las organizaciones y de la gestión estratégica; para delimitar mejor funciones, responsabilidades, instrumentos y capacidades; y para disponer de modelos de gobierno que no tienen porqué ser únicos sino adaptados a las específicas circunstancias de cada institución.
9º.-Tenemos que seguir cambiando y mejorando en el “cómo” de nuestras enseñanzas, incorporando nuevos métodos, situando a los estudiantes como verdaderos sujetos del proceso de enseñanza-aprendizaje, aceptando que “enseñar es saber hacer aprender”, elevando los rendimientos y reduciendo el fracaso y los retardos, procurando un mayor enlace con los niveles anteriores de la enseñanza e incorporando elementos rigurosos de valoración de la actividad docente del profesorado y devolviéndole su prestigio a esta función.
10º.-Y hemos de cambiar en la concepción del “qué” de nuestras enseñanzas, para adaptar los conocimientos a las exigencias del presente y para incorporar junto a los conocimientos la formación en capacidades y habilidades; para fomentar la inserción laboral de los titulados y ganar en flexibilidad, adaptabilidad y transferibilidad de los planes de estudios; para no hacer “todos de todo” y corregir ese insostenible desequilibrio entre demanda y oferta de enseñanzas que lleva a contar simultáneamente con plazas sin cubrir y demandas sin atender. Algo a lo que debe contribuir decisivamente esa compleja y trascendental reforma que supone la implantación del Espacio Europeo de Educación Superior, que constituye uno de los desafíos más fundamentales de la universidad española en los próximos años.
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