Número 44, septiembre-octubre 2007
EL FONDO Y LA FORMA DE LA INNOVACIÓN>> Editorial
 
  Regiones y universidades      
Jesús Rodríguez Pomeda
Universidad Autónoma de Madrid
jesus.pomeda@uam.es
 

Resulta patente para cualquier observador atento de la educación superior en los años más recientes la tendencia hacia un mayor compromiso de la institución universitaria con su entorno. En tal marco destaca poderosamente la vinculación entre la universidad y la región como palanca de riqueza (cultural y económica) en la sociedad del conocimiento.

Este nuevo planteamiento -que confluye con la intensa demanda social de una más extensa y clara rendición de cuentas respecto a las actividades universitarias- provoca necesariamente un conjunto de cambios en los hábitosy tareas de las instituciones de educación superior.

Tal y como la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) ha puesto de relieve con la publicación de su interesantísimo estudio titulado Higher Education and Regions. Globally Competitive, Locally Engaged, diferentes y heterogéneas iniciativas se han sucedido en los últimos años para movilizar a la universidad en pro de un mayor desarrollo regional. La mera idea de ese compromiso representa un cambio de actitud para muchas instituciones de educación superior que debe llevarles a replantear su misión y el sentido de su servicio a la sociedad. Aquí emerge con fuerza la idea de la tercera misión de la universidad como complemento necesario a las finalidades tradicionales de la educación y la investigación. Al socaire de esa nueva misión, las universidades se embarcan en esfuerzos de formación permanente (fomentando la formación de las personas a lo largo de toda su vida), en la transferencia de conocimiento a los distintos sectores productivos, o en la integración social y económica de grupos desfavorecidos.

¿Esa deseable transformación deja incólumes las estructuras y perspectivas clásicas de las universidades? Obviamente no, y entre las tareas a acometer están la equilibrada y eficiente relación entre educación, investigación y transferencia de conocimiento (incentivos, recompensas, sinergias, objetivos, indicadores, …), la adaptación de los sistemas de gobierno y de gestión universitaria, los recursos que la universidad precisa para ejecutar dignamente esa nueva visión, y las modificaciones culturales que deben impulsarse en esta nueva etapa.

La racionalización que suele ofrecerse es nítida: la competitividad (e incluso la misma supervivencia) en la economía globalizada del conocimiento exige redoblar esfuerzos inversores en los sistemas nacionales y regionales de innovación. Servicios y productos intensivos en conocimiento pasan a ser el pivote de una economía que busca afanosamente el incremento del valor añadido en la producción. Por tanto, los sistemas educativos e institucionales han de converger hacia la preparación adecuada de las personas siempre considerando las peculiaridades que se observan en cada caso concreto.

Si bien pueden rastrearse efectos ejemplares de la cooperación entre universidades y regiones al menos en el último siglo y medio, no es menos cierto que dichos resultados han distado mucho de integrar un esfuerzo coherente y sistemático. Precisamente ese es el reto que se plantea en nuestros días con respecto a esta cuestión.

Los expertos parecen coincidir al subrayar la fecundidad de esa relación entre universidades y regiones, no sólo con respecto a las finalidades y trayectorias de ambos tipos de instituciones, sino, sobre todo, con respecto a la sociedad a la que ambas sirven. Tampoco se recatan al llamar la atención sobre las barreras que han de superarse para alcanzar tan loables propósitos.

Hacer de la universidad un verdadero motor de desarrollo pasa por la eficiente aplicación de dos líneas políticas básicas: reforzar el papel de las instituciones de educación superior en los sistemas regionales de innovación y fomentar la participación de aquellas en las iniciativas para configurar y consolidar los conglomerados de innovación regional. Un esfuerzo sostenido en este sentido (trazando con claridad las reglas de juego, manteniendo los incentivos, fomentando la rendición de cuentas) representa sin duda la premisa para hacer de la universidad contemporánea una verdadera palanca de la riqueza regional.