Número 45, noviembre-diciembre 2007
SOBRE EL VALOR DE LA INNOVACIÓN>> Con otro aire
 
  Ellos innovaron primero. Los pájaros y el hábitat

Los animales y la naturaleza no han cesado en su empeño y han continuado generando innovaciones de las cuales, algunas de ellas, a pesar del distanciamiento, han sido muy bien aprovechadas por los seres humanos.

     
Patricio Morcillo Ortega
Catedrático de Organización de Empresas
Universidad Autónoma de Madrid
patricio.morcillo@uam.es
 
"Todas las obras de la naturaleza deben ser tenidas por buenas".
Cicerón



Todo empezó con el Homo habilis (hombre habilidoso o ser humano hábil), que es la especie más antigua del género Homo. Con el Homo habilis que vagaba, hace más de dos millones de años, por la garganta de Olduvai (actual región de Tanzania), aparece la primera expresión y muestra de la capacidad innovadora del ser humano.

Movido por la necesidad de defenderse frente a la agresión de las fieras, el Homo habilis empezó por arrojar piedras a los animales para espantarlos y alejarlos, pero, de pronto, golpeó dos cantos rodados y obtuvo un chopper cuyos bordes afilados permitían cortar las pieles y descuartizar la carroña para acceder a la carne y comerla. Cambio, entonces, su condición de vegetariano por la de carnívoro.

Cuando el Homo habilis se hacía con una pieza, no dejaba títere con cabeza. No sólo se comía la carne, también, machacaba los huesos del animal para ingerir el tuétano rico en grasas y proteínas que, a la postre, favoreció el crecimiento de su cerebro, y, según algunas teorías, el desarrollo de su inteligencia.

Siempre en lucha por la supervivencia, el Homo habilis ejercitó sus facultades intelectuales y fue mejorando su técnica, y, por consiguiente, la eficacia de sus herramientas. Desplegó, así mismo, una inteligencia social formando clanes para defenderse mejor, cooperar y sentirse más seguro. Como lo recoge el antropólogo Richard Leakey[1]todo niño nace con capacidad para compartir y con capacidad para ser egoísta”. Lo que en él se provee e impulsa es lo que cada sociedad considera como más valioso, y, en este sentido, el Homo habilis se inclinó por aquellos principios propios de una inteligencia social. Cuando los hombres comenzaron a reunirse empezó entonces el progreso.

Pero eso no es todo, al margen de ser el primer homínido cazador, fue también precursor en la construcción de cabañas.

Las cuevas ofrecían protección frente a los depredadores y a las inclemencias del tiempo pero mantenían a sus habitantes alejados de los recursos naturales. De este modo, con los primeros campamentos al aire libre se buscó el estar cerca de una fuente de agua. Por otra parte, el Homo habilis pudo abandonar la cueva dejando atrás la oscuridad y el miedo porque su inteligencia le había permitido fabricar unas armas que le daban la posibilidad de medirse, campo abierto, a los animales. En este momento, se hizo cazador, y, más tarde, recolector olvidándose, definitivamente, de la carroña.

Sin embargo, con relación a la construcción de refugios, cabe contemplar otra tesis no menos interesante. Es aquella que señala que las cabañas eran un hábitat auxiliar que daba la posibilidad al Homo habilis de alternar la vida en la cueva con la vida en un alojamiento móvil. La cueva se utilizaba, más bien, en invierno para estar al abrigo del mal tiempo, celebrar ritos, guardar el rebaño (cuando se hizo ganadero) y fabricar utensilios, mientras que en verano se construía la cabaña al aire libre para disfrutar de todas las ventajas del campamento estival. Visto así, el Homo habilis se anticipó a su tiempo, y le corresponde, por tanto, el mérito de haber pensado, el primero, mediante la constitución de clanes, en la propiedad colectiva y, después, en la residencia secundaria, sin rascarse el bolsillo. Para que ahora pongan en entredicho la inteligencia del Homo habilis.

Antes de poder iniciar la construcción de su morada de primavera-verano, los miembros del clan recogían las piedras, las espigas y las ramas que encontraban por el suelo. El trabajo siguiente consistía en colocar unos palos con grandes piedras en la base para que la incipiente estructura pudiese resistir la fuerza del viento. Sobre los palos se apoyaban unos ramajes de hojas tiernas y, a veces, unas pieles que formaban las paredes. Da la impresión que con el empleo de ramajes el Homo habilis quería trasladar al suelo la sensación de seguridad que, en el pasado, sentía subido al árbol para resguardarse de los depredadores que poblaban la sabana africana.

Al fin y al cabo, con la cueva, para sus cuarteles de invierno, y las cabañas, para el periodo estival, el Homo habilis vivía más ancho que largo.

¿Pero de dónde salió la idea de construir cabañas? Para los antropólogos la respuesta a esta pregunta no reviste demasiado misterio. De todos es sabido que los mamíferos, insectos y aves ya construían, desde el principio de los tiempos, diversos tipos de refugio con la ayuda de ramas de árboles, y el Homo habilis, explorador e inventor, no tuvo más que fijarse, principalmente, en los nidos de los pájaros para levantar sus cabañas. De esta manera, la edificación no sería uno de los grandes hallazgos de la humanidad, y la teórica invención de la arquitectura por el Homo habilis tendría, en realidad, sus orígenes en la capacidad constructora de las aves.

Hablar, lo que se dice hablar, tal y como lo entendemos, no estaba, todavía, al alcance del Homo habilis, aunque sí utilizaba un lenguaje cuasi innato expresado a través de gestos, señales, olores y sonidos. Exteriorizaba, de esta manera, sus emociones mediante la interpretación. A falta de competencias lingüísticas, dominaba unas competencias visuales que le ayudaron a desarrollar el lenguaje de los signos, y, gracias a esta segunda clase de competencias, no tardó nada en captar que, si colocaba boca abajo los nidos de pájaro, éstos conformaban unas estructuras que podían servir de refugio para los miembros del clan.

Cuando los primeros Homo habilis pisaron tierra por primera vez, las aves ya llevaban más de doscientos millones de años surcando nuestros cielos y eligiendo el nido como respuesta a sus necesidades de hábitat. Los homínidos vieron, aprendieron y, lo demás, ya es historia: la cabaña primitiva inspirada de los nidos de pájaro constituye, ni más ni menos, que el origen de la arquitectura.

Pero, el interés por los nidos no queda ahí, el proyecto seleccionado para la edificación del Estadio Nacional de China de los juegos olímpicos de Beijín fue el de los arquitectos suizos Herzog y De Meuron cuyas soluciones constructivas quedan plasmadas en un estadio con una cubierta reticular en forma de nido de pájaro. En lugar de ramas, como en un nido real, se pensó en un entramado de cables de acero revestidos de una membrana transparente, y con unas gradas de color tierra rojiza.


Notas:

[1] Citado en Leakey, R. E. (1981) Op. Cit.