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Las empresas innovadoras y, más precisamente, las que apuestan por la I+D+i, o sea por la investigación y desarrollo con el firme propósito de generar innovaciones, se implican en cuerpo y alma en esta tarea porque saben que este puede ser el único camino que les conduzca a la competitividad.
Respecto a ese papel que desempeñan las innovaciones, Schumpeter (1939), al exponer su teoría de la destrucción creativa, quería señalar que, más allá de las características del entorno y de las estructuras de las propias empresas que, constituyen unas restricciones a tomar, sin duda, en consideración, las organizaciones acometen iniciativas innovadoras que marcarán un antes y un después en su ciclo de vida o las mismas desaparecerán con los productos que componen su actual oferta.
Asimismo, según un informe de la OCDE, el ochenta y cinco por ciento de las empresas estadounidenses pertenecientes a sectores de actividad intensivos en tecnología y fuertemente consumidoras de tecnología de última generación sobreviven tras diez años de vida mientras que un ochenta por ciento de las empresas que recurren a tecnologías convencionales desaparecen tan sólo tras dos años de existencia.
Sin embargo, este imperativo tecnológico que debe constituir una preocupación de primer orden para cualquier empresa no tiene que transformarse en una obsesión ni en una emoción exagerada por el cambio, de tal forma que se recurra a la innovación por la innovación sin reflexión y preparación previa porque, entonces, las empresas estarían convirtiendo una teórica oportunidad en una probable amenaza. El objetivo de cualquier empresa no debe ser innovar lanzando alegremente un brindis al sol sin medir las consecuencias de una iniciativa como esta sino plantearse unas metas en función de las posibilidades que reúne la organización ante el hecho de poder satisfacer, con sus recursos presentes y futuros, las necesidades patentes o latentes que vayan demandando los clientes potenciales.
A pesar de intentar incrementar todos los medios disponibles para asegurar una I+D fructífera y de calidad, nada ni nadie es capaz de garantizar a una empresa un éxito en materia de innovación en función de los esfuerzos realizados porque, por una parte, la investigación es imprevisible y, en consecuencia, no se puede planificar la secuencia de los resultados esperados y, por otra, el mercado es el que, al final, manda y decide si la propuesta satisface adecuadamente sus necesidades.
Frente a una teórica tesis basada en la dotación de factores tangibles -quienes más recursos tienen más innovan- emerge otra fundamentada en la fuerza de los factores intangibles -quienes mejores predisposiciones y voluntades tienen, mejores posibilidades reúnen para acometer proyectos de innovación- que pretende explotar la vena creativa de las personas para cumplir con el imperativo tecnológico que reclama la competencia empresarial actual. No obstante, como lo veremos en las líneas que siguen, el colocar frente a frente ambos planteamientos sólo se entiende en la teoría porque constatamos que, en la práctica, se imbrican ambas modalidades puesto que, en la gran mayoría de los casos, se complementan naturalmente.
El hilo conductor de esta segunda parte de la monografía intenta encadenar los temas que intervienen en la dirección y gestión de la innovación empresarial en un ámbito internacional y globalizado. De esta forma, se abordan y analizan de manera pormenorizada aspectos de carácter ideológico, organizativo, estructural, estratégico y social que forman parte de todo proyecto innovador.
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