| |
En esta tercera parte se desglosan diversos argumentos que conducen a la oportunidad de la innovación dentro del marco normativo e institucional del sistema nacional de ciencia, con el objetivo de dar cuerpo a un pacto social que la sitúe como el elemento conformador de un proyecto cívico en la España del conocimiento.
La emergencia surge de la ineludible y evidente necesidad de adecuar el entramado normativo básico y las estructuras institucionales que gobiernan y producen la ciencia y la tecnología a las transformaciones experimentadas desde la aprobación de la ley de la Ciencia en 1986, en el marco de la Constitución de 1978. La lógica del progreso, de la sociedad del bienestar y la preponderancia de lo estatal, conviven hoy con la lógica del desarrollo humano, de la sociedad del riesgo y con el auge de la globalización. Sólo con la innovación de las relaciones y de los valores que rigen el sistema de ciencia se podrá encauzar la creciente necesidad de socialización de la información, y propiciar el círculo virtuoso de la innovación. Información socializable que de manera acelerada e imprevisible desborda los modos tradicionales de organización, sin ser capaces de idear formas que inserten en su gestión a la ciudadanía. Los españoles, como cualquier otra comunidad política, deben valorar que el fracaso de la innovación o, en el mejor de los casos el triunfo de la acumulación parsimoniosa de conocimiento, conduce irremisiblemente a la entropía cultural y la pobreza material. De la regulación y la conciencia crítica sobre las que impulsemos la innovación depende el modelo de convivencia política que disfrutaremos y la competitividad territorial que alcanzaremos.
La digitalización de la naturaleza y la conectividad extrema de las relaciones humanas han posibilitado tal celeridad en los cambios que sólo desde actitudes y organizaciones que favorezcan la emergencia, la innovación, se puede dar respuesta a las exigencias económicas, sociales y culturales que plantean. Pocos conceptos han irrumpido en nuestro imaginario colectivo con la violencia con la que lo ha hecho la palabra innovación. Nada está a salvo de la retórica de la innovación. La velocidad de los cambios que vivimos ha permitido a nuestra generación ver cómo la innovación está detrás de la evolución humana, como evolución social.
Innovación y conocimiento científico, sociedad y ciencia entrelazan sus términos. En esta situación es importante destacar cómo la ideología reduccionista que asimila innovación a una estrategia empresarial se ha impuesto en la mayoría de los discursos de los responsables públicos y privados. Sólo las empresas innovan y el sistema de innovación es un soporte empresarial, hemos oído con insistencia. Disociar el conocimiento científico, en su relación con la empresa, de su interacción con el resto de la sociedad, hace inviable la consecución de aquella. Así, hemos visto en no pocos casos una formal subordinación de política científica a una supuesta competitividad empresarial, a la promoción y legitimación de la privatización de recursos públicos y comunes. Políticas científicas llamadas a la desafección que dejan a la sociedad sin cobertura pública en la defensa del bien común y de improbable eficacia.
La innovación empresarial es mucho más que una secuela de la I+D, al igual que la innovación social trasciende de su visión como motor de la competitividad empresarial, la competitividad es patrimonio esencial de las comunidades y de los que en ellas habitan. Tan cierto es que, sin una cultura de la innovación, sin una sociedad que valore y propicie la emergencia de nuevos conocimientos y de nuevas maneras de organización que faciliten la absorción del saber, en la educación, la ciencia, el arte, la política o el ocio, no habrá innovación empresarial, como que sin ésta no habrá innovación social.
Muy posiblemente en la sociedad actual la innovación, en su consideración como emergencia, alcanza su mayor plenitud en su relación con la ciencia, como elemento en el proceso de socialización del conocimiento y transformación. Nunca como ahora hemos podido contemplar en tiempo real la evolución humana, y su carácter social, basada en la transmisión conocimiento, hoy esencialmente científico. Nunca como ahora el hombre ha podido contemplar cómo puede interferir sobre el medio y sobre su propio ser. La reducción a términos mercantiles del proceso dialéctico entre sociedad y tecnología, sobre el que en buena parte se ha construido la humanización, responde a una simplicidad destructora difícilmente compatible con un sistema político que se defina democrático.
Esto sucede en un momento en el que la Tierra se ha convertido en un laboratorio de experimentación científica, cuando la incorporación acelerada y masiva de la ciencia a nuestra cultura, nuestro consumo y nuestra identidad dibuja la sombra del colapso. El cambio global gestiona nuestros intereses más pequeños.
La reducción de la ciencia a una comodity empresarial asimila a la condición de consumidor al ciudadano y elude la interlocución reflexiva y responsable sobre los procedimientos de creación y socialización del conocimiento científico.
Frente a esta posibilidad se plantea la oportunidad de dotar a España de un marco de convivencia que permita desde la ciencia su plena integración en la construcción de la sociedad del conocimiento. La innovación y su socialización pueden gestionarse contando con los ciudadanos o haciendo divulgación. Una u otra son alternativas que parten de valores muy distintos y que derivan en consecuencias contrapuestas. Ahora que sentimos formar parte del nacimiento de una sociedad del conocimiento es el momento de recordar que el mayor aliado de la ciencia y los científicos, la trinchera en la que defender su rigor y creatividad, es la democracia. La única restricción en este pacto es el respeto a la democracia, la responsabilidad cívica. Como señala Francisco Rodríguez Adrados “La ciencia, en gran medida nace como una derivación de la reflexión ético-política, o bien con la finalidad de servirle apoyo o también, finalmente, por un desarrollo autónomo de ideas o métodos que en su origen estuvieron ligados a aquella reflexión”, “Ciencia, democracia y humanismo son sustancialmente una y la misma cosa”.
Sin innovación las sociedades se agotan, terminan por no ser competentes en su organización interna y en su relación con el entorno. La sociedad española tiene que responder al reto de la innovación, y para ello es fundamental que empiece por innovar en su relación con la ciencia. La política científica se ha convertido en la clave de la nueva ciudadanía a la que conduce la sociedad del conocimiento. Pero además, en un país con las tensiones territoriales de España un nuevo marco jurídico de la ciencia ofrece una posibilidad extraordinaria de reforzar una comunidad política en relación con los retos globales a los que nos enfrenta la naciente sociedad del conocimiento. Una oportunidad de gestionar el país desde una lógica que postergue el reparto territorial y propicie un proyecto común basado en la gestión del conocimiento.
|
|