Creación de empresas de base tecnológica: más necesaria que nunca


Por:
Jesús Rodríguez Pomeda
jesús.pomeda@uam.es
Profesor de Organización de Empresas.
Universidad Autónoma de Madrid

En un momento en el cual serias incertidumbres inciden sobre la coyuntura económica, el potencial de las empresas de base tecnológica destaca con mayor claridad. Su papel dinamizador en las economías regionales y nacionales, su capacidad de generar empleo de alta cualificación, sus posibilidades exportadoras, hacen más deseable su expansión en las fases declinantes del ciclo económico.

Por desgracia, lo que sería deseable desde un punto de vista prescriptivo, resulta más arduo en términos positivos cuando la economía no está en expansión. En efecto, tanto la experiencia internacional acumulada como las investigaciones de los expertos (algunos de cuyos ecos aparecen en este número de MADRI+D), muestran que la aparición de empresas de base tecnológica está vinculada con la combinación de dos tipos de factores: adecuadas competencias personales de los emprendedores implicados en la nueva empresa, y una serie de condiciones generales idóneas (entre las que se incluyen la demanda potencial, financiación asequible, información disponible y relevantes políticas públicas de fomento), que dan lugar a la existencia de una cultura innovadora que impulse y haga interesante la puesta en marcha de tales aventuras empresariales.

Sin ánimo de exagerar la importancia de estas empresas, puede afirmarse que son uno de los principales impulsores de un paradigma tecno-económico emergente. Una nueva circunstancia socioeconómica delimitada por la importancia de la información y del conocimiento (como ya hemos puesto de relieve en estas páginas), donde las nuevas relaciones entre los agentes se basan en la generación de valor con un fuerte orientación hacia los servicios prestados en y entre redes.

Vista así la situación, resulta crítico el impulso de la actividad emprendedora centrada en la tecnología que realicen las universidades más destacadas de un territorio. Esta afirmación también se ha visto confirmada en reiterados casos de éxito, por ejemplo, en las experiencias pioneras que representaron en su momento Silicon Valley o la Carretera 128 de Boston, Massachussets.

En el primer caso, como es bien sabido, el impulso emprendedor de Frederick Terman, profesor de la Universidad de Stanford (California), dio paso, hacia 1949, a lo que sería el primer núcleo industrial concebido como parque científico-tecnológico para explotar al máximo el potencial económico de la ciencia y la tecnología. Empresas innovadoras tan relevantes como Hewlett-Packard o Fairchild muestran bien a las claras el acierto obtenido en la aplicación empresarial del liderazgo ostentado por Stanford en el terreno de la ingeniería eléctrica.

El segundo caso no es menos interesante e ilustrativo del potencial, en términos de generar desarrollo económico, que atesoran las universidades más destacadas. La Carretera 128 de Boston ha representado la realización de ese potencial por parte del Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT), aprovechando además las capacidades varias decenas de centros de enseñanza superior, entre los que se encuentran algunos tan prestigiosos como las universidades de Harvard, Boston, Massachusetts, Brandeis, y Tufts. Uno de los resultados más llamativos de este esfuerzo continuado lo constituye el hecho de que, ya en 1980, la citada vía de comunicación (que une más de un centenar de núcleos de población) agrupaba cerca de mil empresas de consultoría y servicios tecnológicos, que daban apoyo a lo que era el tercer núcleo industrial de los Estados Unidos.

En resumen, fomento del espíritu innovador, adecuada financiación y sistemas de transferencia de conocimiento desde la universidad a la empresa (un ejemplo: en 1960, antiguos miembros del MIT habían creado 175 empresas en torno a la carretera 128) son factores determinantes en la aparición y consolidación de las tan necesarias empresas de base tecnológica. Junto a dichos factores, el apoyo público suficiente y sostenido en el tiempo resulta crucial para el éxito de tales aventuras. Confiemos en que todos estos factores se sigan desarrollando y ensamblando en la realidad madrileña contemporánea.





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La aparición de empresas de base tecnológica está vinculada con la combinación de dos tipos de factores: adecuadas competencias personales de los emprendedores implicados en la nueva empresa, y una serie de condiciones generales idóneas (la demanda potencial, financiación asequible, información disponible y relevantes políticas públicas de fomento).
 
Fomento del espíritu innovador, adecuada financiación y sistemas de transferencia de conocimiento desde la universidad a la empresa ) son factores determinantes en la aparición y consolidación de las tan necesarias empresas de base tecnológica.