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| Por: |
Fernando Enrique García Muiña
muina@poseidon.fcjs.urjc.es
Departamento de Ciencias Sociales y Humanidades Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales. Universidad Rey Juan Carlos.
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Gregorio Martín de Castro
ecorgz1@sis.ucm.es
Departamento de Organización de Empresas. Facultad de Ciencias
Económicas y Empresariales. Universidad Complutense de Madrid.
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1. INTRODUCCIÓN.
Durante la última década ha surgido con fuerza tanto en el
ámbito académico como en la realidad empresarial un término, capital
intelectual, que intenta reflejar la importancia que tienen los activos
invisibles o intangibles en la creación de valor de las organizaciones.
El objetivo del presente trabajo es proponer una
conceptualización integradora del capital intelectual, así como dar a conocer
una tipología del mismo a partir de posturas más tradicionales, como es la
Teoría de Recursos y Capacidades, y de posturas más novedosas, como son la
Teoría de Creación de Conocimientos y Capital Intelectual.
El capital intelectual está constituido por un conjunto de
recursos y capacidades intangibles de diversa naturaleza con diferentes
implicaciones estratégicas. El origen del conocimiento, bien sea en el
individuo, en el grupo de trabajo, en la organización o, incluso, más allá de
sus límites (dimensión ontológica del conocimiento), así como su carácter
explícito y tácito (dimensión epistemológica del conocimiento) (Nonaka y
Takeuchi, 1995), junto con la propuesta de clasificación jerárquica de las
capacidades organizativas (García Muiña y Martín de Castro, 2001) sirven de
soporte a nuestro análisis.
La integración de ambos enfoques permite la identificación
de la génesis de los distintos tipos de conocimiento y justifica la distinción
entre capital organizativo y el capital tecnológico que, en múltiples
trabajos, han sido tratados conjuntamente dentro del bloque conocido como
capital estructural.
De esta forma, la organización podrá potenciar el
desarrollo del conocimiento a distintos niveles y, consecuentemente, asegurar la
consecución y mantenimiento de la ventaja competitiva así como la apropiación
de las rentas que de ella se derivan en entornos altamente dinámicos.
2. CONCEPTUALIZACIÓN DE CAPITAL INTELECTUAL.
Desde las posturas más novedosas, durante los últimos años
han sido numerosos los autores que han tratado de conceptualizar lo que
entendemos por capital intelectual. De la revisión de diferentes propuestas,
podemos señalar que engloban un conjunto de activos inmateriales, invisibles o
intangibles, fuera de balance, que permiten funcionar a la empresa, creando
valor para la misma.
Del análisis de estas definiciones, destacamos varios
aspectos de interés: (1) por un lado, se refiere a activos o recursos que no
están reflejados en los estados contables tradicionales, debido a su carácter
intangible y a su difícil valoración y (2) por otro lado, el término capital
intelectual no hace referencia a todos esos activos intangibles o invisibles,
sino sólo a aquellos que crean o crearán valor para la empresa.
Estas dos características, intangibilidad y creación de
valor, resultan importantes a la hora de proponer una conceptualización de
capital intelectual, que a nuestro entender, debe ser coherente con
planteamientos que, años atrás, desde unas posturas más consolidadas desde un
punto de vista teórico, se vienen realizando para estudiar el mismo fenómeno.
Esto es, el estudio del conjunto de recursos intangibles y capacidades que son
fuente de ventaja competitiva sostenible y apropiable.
De lo comentado hasta el momento, podemos entender por
capital intelectual, desde la lógica de recursos y capacidades, el conjunto
de recursos intangibles y capacidades de carácter estratégico, que posee o
controla una organización.
De esta definición se desprende inmediatamente que el
término capital intelectual, pese a ser novedoso, engloba aspectos ampliamente
tratados en la literatura especializada desde hace más de una década.
Por recurso intangible, podemos entender todo aquel factor o
activo de carácter inmaterial a partir del cual la empresa desarrolla su
actividad. El recurso intangible tiene un carácter individual e independiente,
y por tanto, es susceptible de ser combinado con otros recursos hasta crear
interrelaciones complejas.
Por capacidad (García, Martín y Navas, 2001) entendemos la
combinación convenientemente coordinada de recursos y/o capacidades cuya
aplicación dará origen a la realización de ciertas tareas o actividades.
Basándonos en los trabajos de Hall (1992,1993), el cual clasificaba las
capacidades en funcionales (orientadas a resolver los problemas técnicos o de
gestión específicos) y culturales (vinculadas más a la actitud y valores de
las personas y la gestión del cambio), proponemos una clasificación de las
mismas que distingue las capacidades funcionales (aquellas que permiten el
desarrollo de las diferentes actividades funcionales, es decir, los diferentes
"saberes" de la organización), las capacidades integradoras
(cohesionan la organización interna de la empresa hacia el logro de los
objetivos de la misma), y las capacidades dinámicas (permiten la continua
adaptación de la empresa al entorno cambiante). Por definición, las
capacidades son posibles sólo con un adecuado nivel de conocimiento que permita
la combinación eficaz de elementos, por tanto, son necesariamente intangibles.
Como se desprende de la definición, el capital intelectual
no contiene todos los recursos intangibles y capacidades que posee o controla
una organización, sino solamente aquellos que son de carácter estratégico o
crítico, es decir, que son fuente de ventaja competitiva sostenible y
apropiable. Por lo tanto, queda pendiente el análisis o evaluación del
carácter estratégico de los mismos.
Son numerosas las propuestas que a lo largo de la última
década han surgido para dar respuesta a este aspecto; tal es el caso de
múltiples trabajos que, desde la Teoría de Recursos y Capacidades, se han
preocupado por la modelización de la ventaja competitiva. Entre dichas
propuestas, encontramos, junto con otras, las de Dierickx y Cool (1989), Barney
(1991), Grant (1991), Peteraf (1993), Amit y Schoemaker (1993) o Collis y
Montgomery (1995). De la revisión de las mismas podemos comentar, en términos
generales, que para considerar a un recurso o capacidad estratégico, éste debe
ser escaso, valioso, difícil de imitar, sustituir o comercializar, además de
apropiable. No obstante, es necesario un análisis mucho más profundo para
encontrar las causas que originan que un determinado recurso intangible o
capacidad sea poco imitable o sustituible. En esta línea, encontramos trabajos
como los de Reed y DeFillipi (1990) y Lorente (2000). En general, podemos decir
que dichas propuestas son en muchos casos parciales y que no contemplan el
problema en su conjunto. Así, para evaluar si un recurso intangible o una
capacidad es fuente de ventaja competitiva, deberá analizarse en todos los
aspectos que son relevantes a la hora de estudiar la ventaja competitiva, tanto
en lo relativo a su creación y sostenimiento, como a la apropiación de las
rentas que la misma origine.
Nuestra propuesta conceptual trata de unificar los esfuerzos
que actualmente se están realizando desde propuestas más novedosas de Gestión
del Conocimiento y el Capital intelectual, con el cuerpo teórico que se ha
venido desarrollando principalmente en la última década y denominado Enfoque o
Teoría de los Recursos y Capacidades. Algunos autores, como Dragonetti y Roos
(1998) ya nos advierten de este hecho al considerar el capital intelectual como
conjunto de recursos intangibles, no discriminando, en este caso, entre recursos
y capacidades, tal como nosotros proponemos.
Una vez justificada la importancia de dicha
conceptualización de capital intelectual, pasamos a realizar una propuesta de
clasificación de los diferentes componentes de este capital intelectual que
integra las dos perspectivas ya comentadas: (1) por un lado, la Teoría de
Recursos y Capacidades, y (2) por el otro, la Teoría de la Creación de
Conocimiento o como se comienza a denominar por varios autores (Grant, 1996;
Kogut y Zander, 1992), Teoría o Visión de la Empresa basada en Conocimiento,
preocupadas por el estudio de las características que han de cumplir los
recursos y capacidades para crear valor y por la generación, desarrollo,
integración, difusión y empleo del conocimiento en las organizaciones,
respectivamente.
3. PROPUESTA DE CLASIFICACIÓN DEL CAPITAL INTELECTUAL. UNA
APROXIMACIÓN DESDE LA TEORÍA DE RECURSOS Y CAPACIDADES Y DESDE LA TEORÍA DE
LA CREACIÓN DE CONOCIMIENTO
Durante la última década se han realizado múltiples
esfuerzos con objeto de caracterizar y medir el capital intelectual de las
organizaciones. El estudio de los factores no financieros que condicionan de
forma relevante los resultados económicos de la empresa fue el origen de los
trabajos sobre Medición y Gestión del Conocimiento como el de Kaplan y Norton
(1992) encargados de estructurar de forma clara el capital intelectual. Junto a
este, destaca el Intangible Assets Monitor (Sveiby, 1998) cuya principal
aportación es la diferenciación explícita entre capital humano y capital
estructural. Esta agrupación se ha mantenido en trabajos posteriores como los
de Edvinsson (1992), Bontis (1996), y Brooking (1996). A nivel nacional, destaca
la propuesta del Modelo Intelect (Euroforum, 1997), que diferencia tres bloques:
capital humano, capital estructural, y capital relacional.
De los modelos arriba señalados, destacan varios aspectos:
(1) la necesidad de guardar relación con la estrategia de la empresa; (2) la
heterogeneidad en la terminología y en la clasificación o descomposición del
capital intelectual que cada uno propone; (3) sin embargo, existe un alto grado
de similitud entre todos ellos; y (4) la falta de conexión de estas propuestas
con otras como son la Dirección del Conocimiento y la Teoría de Recursos y
Capacidades.
Nuestro trabajo trata de superar los aspectos segundo y
cuarto al proponer una clasificación de los componentes del capital intelectual
basándose para ello tanto en la Teoría de Recursos y Capacidades, como en las
propuestas más novedosas que estudian el conocimiento en las organizaciones.
En primer lugar, si el capital intelectual es el conjunto de
recursos intangibles y capacidades de carácter estratégico que poseen o
controlan las organizaciones, una propuesta de clasificación del mismo no puede
obviar esta definición. Por ello, resulta relevante la clasificación del
capital intelectual en cuatro bloques, según la naturaleza de los recursos y
capacidades que lo componen: (1) aquél que guarde relación con los recursos
intangibles o capital humano; (2) aquél que guarde relación con las
capacidades funcionales o capital tecnológico; (3) aquél que guarde relación
con las capacidades integradoras o capital organizativo; y (4) aquél que guarde
relación con las capacidades dinámicas o capital relacional.
La justificación de esta clasificación reside en la unión
de lo que entendemos por los diferentes componentes del capital intelectual con
la Teoría de Recursos y Capacidades.
Así, en primer lugar, estará el capital humano, o
conocimiento (explícito o tácito) útil para la empresa que poseen las
personas de una organización. Se refiere básicamente a los conocimientos
adquiridos por una persona que incrementan su productividad y el valor de su
contribución a la empresa, además de otras cualidades individuales como la
lealtad, polivalencia o flexibilidad (Fernández et al., 1998).
Frente a otras proposiciones (Intelect, 1997), debemos
destacar el carácter individual de este capital, debido a que el que se genera
a nivel de grupo de personas posee unas características diferenciadoras en
referencia a su evaluación estratégica; a título de ejemplo, destacamos el
diferente grado de apropiabilidad de las rentas que pueda generar en su caso
este conocimiento, o también el grado de complejidad del mismo que incidirá
decisivamente en el grado de imitabilidad, y por tanto, de sostenimiento de la
ventaja competitiva.
Hechas estas aclaraciones, el capital humano se puede
asimilar a lo que entendemos por recursos intangibles que, únicamente, controla
pero sobre los que la organización no ostenta la titularidad de los derechos de
propiedad. Por tanto, el capital humano constituye el conocimiento integrado en
aquellos factores individuales e independientes susceptibles de combinarse de
múltiples formas. De este modo, nos alejamos de aquellos trabajos que incluyen
el conocimiento de grupo dentro del capital humano, el cual queda coherentemente
integrado, como más adelante apuntaremos, en un nivel jerárquicamente
superior.
A diferencia del relativo consenso referente a la existencia
de un capital humano y de un capital cliente o relacional, el estudio del
conocimiento atribuido directamente a la organización estructural ha ocasionado
múltiples problemas. En determinados casos, dicho capital estructural se trata
de un modo agregado incluyendo todas las formas de conocimiento creadas,
integradas, difundidas y empleadas en la organización (Kaplan y Norton, 1992;
Sveiby, 1997). Sin embargo, desde el presente trabajo, estimamos que con ello se
obstaculiza la consecución del principal reto de los estudios preocupados por
el análisis del capital intelectual, esto es, la definición de bloques de
conocimiento homogéneos que sirvan a la mejora de su gestión, habida cuenta el
papel estratégico que ocupan. Por esta razón, nuestro planteamiento hace
necesaria la identificación y tratamiento independiente, dentro del capital
estructural, de sus dos componentes principales: el capital organizativo y el
capital tecnológico apuntada, de alguna forma, por algunos trabajos previos
(Edvinsson, 1996; Brooking, 1996; Bueno, 1998).
Así, a partir de la heterogeneidad en los planteamientos
presentados en propuestas precedentes, el objetivo definido es la
profundización en la conceptualización del capital tecnológico lo cual
permitirá, a su vez, justificar la desagregación del fenómeno tecnológico
respecto del componente organizativo del capital estructural, en primer lugar, y
del capital humano en tanto que el conocimiento de grupo presenta distinta
naturaleza así como desiguales implicaciones estratégicas respecto del
conocimiento individual representativo de los recursos intangibles,
independientes e individuales por definición, en segundo lugar.
La comprensión del fenómeno tecnológico requiere del
estudio conjunto de múltiples disciplinas tales como la Teoría de Recursos y
Capacidades, la Teoría del Conocimiento, la Teoría de las Capacidades
Dinámicas y la Dirección de la Innovación y Tecnología debido a que las
diferentes aproximaciones analizan aspectos complementarios del capital
tecnológico que hacen coherente su tratamiento novedoso, en tanto que
componente del capital intelectual a disposición de las organizaciones.
Así, los trabajos enmarcados dentro de los enfoques de
recursos se centran más en el estudio de las características que deben tener
los recursos y capacidades de cualquier naturaleza para ser fuente de ventaja
competitiva sostenible (Barney, 1991; Dierickx y Cool, 1989; Grant, 1991;
Peteraf, 1993; Reed y DeFillipi, 1990; Collis y Montgomery, 1995). Sin embargo,
no permiten conocer exactamente qué significa que un recurso o capacidad sea
tecnológico y qué le diferencia del resto de intangibles. Para ello, se hace
necesario alejarnos de los enfoques a los que anteriormente hacíamos mención y
aproximarnos a los trabajos pertenecientes a la Dirección de la Innovación y
la Tecnología (Afuah, 1998; Dussauge et al., 1992; Burgelman et al.,
1996; Betz, 1998, Thusman y Anderson, 1997: Van der Kooy, 1988).
Adentrarnos, pues, en el fenómeno tecnológico supone el
esfuerzo de identificar y conceptualizar los distintos componentes que
estructuran el denominado capital tecnológico. La referencia a la dimensión
flujo/stock resulta especialmente interesante a este objetivo (Nieto
Antolín, 2001). En el capital tecnológico podemos distinguir dos componentes
básicos: la tecnología (stock) y el proceso de innovación tecnológica
(flujo). Muchas son las definiciones que podemos encontrar de la tecnología
(Van der Kooy, 1988), sin embargo, debemos huir de todas aquellas que la
confunden con meros soportes técnicos o con la simple aplicación de
conocimiento que no hacen otra cosa que servir al desarrollo de lo que debe
entenderse realmente por tecnología (Betz, 1993; Friar y Horwitch, 1986). Así,
la tecnología debe entenderse como el volumen de conocimientos relativos al
modo en el que se desarrollan, por determinados grupos de trabajo, las funciones
esenciales de la organización; esto es, el know-how que la empresa
dispone en un momento determinado del tiempo y a partir del cual podrá
acumular, mediante un proceso innovador continuo, irreversible y dependiente de
la evolución histórica (Nieto Antonlín, 2001), nuevo conocimiento que le haga
ser más competente en futuros escenarios. De esta forma, nos acercamos al
propio concepto de proceso de innovación tecnológica (magnitud flujo)
definido, precisamente, como el proceso según el cual la empresa acumula los
conocimientos y capacidades tecnológicos necesarios para competir mejor y, por
lo tanto, sostener o mejorar la ventaja competitiva. En definitiva, nos
referimos al mantenimiento o consecución de la posición de liderazgo en el
mercado.
El fenómeno integrado por la tecnología y por el proceso de
innovación tecnológica constituye el capital tecnológico de las
organizaciones. Así, el capital tecnológico recogería el conjunto de
capacidades necesarias para el desarrollo de las actividades funcionales
básicas o esenciales desarrolladas por grupos de personas de la organización
(agrupadas según la función a desempeñar) en el momento actual o las
necesarias para llevar a cabo el proceso de innovación necesario que permita la
renovación de las competencias funcionales en virtud de las necesidades del
mercado.
La caracterización del conocimiento tecnológico a partir de
los enfoques de recursos (Teoría de Recursos y Capacidades, Teoría de las
Capacidades Dinámicas) y la Teoría del Conocimiento hace posible la
compresión del valor estratégico de ciertos elementos representativos del
mismo, en primer lugar, y la del modo en el que la empresa debe ir acumulando,
integrando y desarrollando aquel conocimiento que se haya revelado necesario
para competir con éxito ante las nuevas circunstancias del entorno, en segundo
lugar.
La presentación detallada de estos planteamientos relativos
a la conceptualización del capital tecnológico a partir de los enfoques de la
Dirección de la Innovación y la Tecnología y de la Teoría de Recursos y
Capacidades sirve de soporte a nuestra propuesta de clasificación de los
componentes del capital intelectual apoyada en la Teoría de la Creación del
Conocimiento.
Continuando con la descripción de componentes del capital
intelectual, el capital organizativo facilita la mejora en el flujo de
conocimiento y trae como consecuencia una mejora en la eficacia de la
organización al integrar de manera adecuada las diferentes funciones de la
empresa. Este tipo de capital es asimilable al concepto propuesto de capacidades
de integración.
Por último, el capital relacional, entendido como el valor
que tiene para una empresa el conjunto de relaciones que mantiene con el
exterior, es asimilable al concepto de capacidades dinámicas, en la medida que
éstas permiten una continua adaptación a las condiciones cambiantes del
entorno.
No obstante, deberíamos finalizar aquí nuestro análisis,
ya que siendo los recursos intangibles y las capacidades o rutinas organizativas
la principal fuente de ventaja competitiva y, estando basadas éstas
fundamentalmente en conocimiento, debemos presuponer una evolución
"lógica" o un "refinamiento" de la Teoría de Recursos y
Capacidades hacia una "Visión de la Empresa Basada en Conocimiento".
Son muchos los autores que desde la Teoría de Recursos y Capacidades ponen de
manifiesto la importancia estratégica y predominante del conocimiento.
La explosión del interés por el conocimiento y su gestión
refleja la tendencia hacia el estudio de las implicaciones que el mismo tiene
sobre la teoría de la empresa, siendo el resultado de la confluencia de
investigaciones desde la dirección de la tecnología, la economía de la
innovación y la información, la teoría basada en los recursos y el
aprendizaje organizativo (Spender y Grant, 1996).
Esta tendencia por el interés del conocimiento en las
organizaciones ha evolucionado en tres direcciones: (1) gestión del
conocimiento; (2) aprendizaje organizativo; y (3) capital intelectual. Según
Bueno (2000), la gestión del conocimiento es una función dinámica o un
concepto dinámico relacionado con la dirección o administración de un
conjunto de flujos de conocimientos (externos e internos, captados o creados,
explícitos o tácitos). De otra parte, el aprendizaje es el proceso de
transformación y de incorporación de conocimiento tanto a nivel persona, como
de grupo o de organización en su conjunto. Finalmente, el capital intelectual
es la medida del valor creado, es una variable fondo que permite explicar la
eficacia del aprendizaje organizativo y evaluar, en suma, la eficiencia de la
gestión del conocimiento.
A la vista de todo lo comentado, la propia naturaleza del
capital intelectual, así como de sus componentes, deberían guardar una
relación con las características y dimensiones del propio conocimiento,
cuestión hasta ahora poco analizada.
Con este objetivo y, a partir de la Teoría de la Creación
del Conocimiento (Nonaka y Takeuchi, 1995), desarrollamos un modelo de
clasificación del capital intelectual. Las dos dimensiones de la creación del
conocimiento propuestas por Nonaka y Takeuchi (1995) (epistemológica y la
ontológica) sirven de apoyo a nuestra propuesta.
La dimensión epistemológica distingue entre el conocimiento
tácito y explícito. El primero se refiere al tipo de conocimiento difícil de
expresar, altamente personal y difícil de formalizar, siendo difícil su
transferencia. Incluye tanto el "know-how" como los modelos mentales,
creencias y percepciones subjetivas. El conocimiento explícito es aquél que
puede ser fácilmente procesado y almacenado por un ordenador.
La dimensión ontológica hace referencia a la creación de
conocimiento a distintos niveles: individual, de grupo, organizativo e
interorganizativo.
Partiendo de estas dos dimensiones del conocimiento Nonaka y
Takeuchi (1995), tal como muestra la figura 1, explican cómo se crea el
conocimiento a través de la denominada "espiral de conocimiento".
Atendiendo a la dimensión ontológica, en un sentido estricto, el conocimiento
sólo lo crean los individuos, siendo el papel de la organización el de
favorecer dicha creación a través de la "amplificación
organizativa". Dicho proceso se da en los niveles de grupo, organización e
interorganización, en lo que denominan una "comunidad de
interacción". Desde la dimensión epistemológica, el conocimiento
individual se crea y expande mediante la interacción social entre el
conocimiento tácito y explícito a través de cuatro formas básicas:
socialización, externalización, combinación e internalización.
Figura 1. La espiral de conocimiento

Este análisis de la creación del conocimiento en las
organizaciones resulta fundamental para comprender la naturaleza del capital
intelectual, y por tanto, de sus componentes. Según Bueno (1999), el capital
intelectual recoge el valor creado por el sistema que representa la gestión del
conocimiento. El capital intelectual es la medida fondo del valor creado, que
permite explicar la eficacia del aprendizaje organizativo y evaluar, en suma, la
eficiencia de la gestión del conocimiento.
Sobre la base de lo expuesto anteriormente, una
clasificación del capital intelectual debería responder, básicamente, a las
dos dimensiones expuestas por Nonaka y Takeuchi (1995): epistemológica y
ontológica. Centrándonos en esta última, podemos apreciar una clara relación
entre el conocimiento creado a nivel individual (ya sea tácito o explícito) y
la medida de la eficacia de dicho proceso o capital humano; el conocimiento que
se crea a nivel de grupo y que generalmente supone un "saber hacer" de
alguna función esencial de la organización, o capital tecnológico, entendido
en una concepción amplia y dinámica, como anteriormente pusimos de manifiesto;
el conocimiento que se crea a nivel de organización y que básicamente responde
a las necesidades de coordinar e integrar las diferentes actividades y
"saberes" que se crean a lo largo de la organización, y que dotan a
la misma de coherencia en su quehacer; y por último, el conocimiento creado a
nivel interorganizativo, que permite a la misma conocer y así poder evaluar el
entorno en el cual desarrolla su actividad y que podemos asemejar al concepto de
capital relacional. Dichas relaciones se muestran en la siguiente figura:
Figura 2. La creación del conocimiento y su reflejo en el
capital intelectual

Para finalizar, sería aconsejable, tal y como hemos ido
señalando a lo largo del trabajo, integrar el enfoque más tradicional y
asentado teóricamente, como es la Teoría de Recursos y Capacidades, con estos
nuevos enfoques que tratan de dar respuesta a fenómenos organizativos
relacionados con la importancia, cada vez mayor, del conocimiento en la
creación de valor empresarial para así poder comprender mejor la verdadera
naturaleza del capital intelectual de las organizaciones. Con este propósito,
realizamos una clasificación del mismo sobre la base de: (1) la clasificación
de recursos intangibles, capacidades funcionales, capacidades organizativas, y
capacidades dinámicas, atendiendo, efectivamente a la Teoría de Recursos y
Capacidades; y (2) los diferentes niveles o posiciones de la dimensión
ontológica del conocimiento, atendiendo a posiciones más innovadoras
provenientes de la Teoría de la Creación del Conocimiento
4. CONCLUSIONES
La identificación de las fuentes de la ventaja competitiva
ha sido uno de los campos de estudio que más ha preocupado tanto a científicos
como a directivos empresariales. El soporte teórico y empírico que han
recibido los enfoques de recursos (Teoría de Recursos y Capacidades, Teoría de
las Capacidades Dinámicas), ha permitido otorgar a algunos de los activos que
posee o controla una organización la mayor responsabilidad en la creación de
valor.
El análisis de las características que han de cumplir
dichos factores internos para la consecución y mantenimiento de la ventaja
competitiva, así como para la apropiación de las rentas que de ella se
deriven, ha hecho que los activos intangibles sean los más valiosos desde un
punto de vista estratégico. Por ello, los enfoques de recursos han evolucionado
hacia nuevas propuestas cuya principal preocupación es la creación,
acumulación, integración y difusión del conocimiento en las organizaciones
(Teoría de Creación de Conocimiento y Capital Intelectual).
En el presente trabajo, hemos presentado una
conceptualización del capital intelectual a partir de la integración de
enfoques tradicionales y vanguardistas que nos permiten asimilar,
cuidadosamente, el significado y valor del capital intelectual o conjunto de
activos intangibles estratégicamente valiosos.
Paralelamente, hemos establecido una tipología de los
distintos componentes del capital intelectual, teniendo en cuenta su naturaleza,
las peculiaridades en su gestión y las diferentes implicaciones estratégicas
que suponen. El desarrollo de esta clasificación ha sido posible, nuevamente,
gracias a la integración de múltiples corrientes de investigación, tratando
conjuntamente: (1) la dimensión ontológica del conocimiento, esto es, su
origen (individuo, grupo, organización, relaciones entre organizaciones); (2)
la dimensión epistemológica del conocimiento, esto es, el carácter tácito o
explícito del mismo y (3), desde enfoques mucho más tradicionales, la
jerarquía de los recursos y las capacidades.
De esta forma, hemos identificado cuatro bloques de capital
intelectual: (1) capital humano; (2) capital tecnológico; (3) capital
organizativo y (4) capital relacional que se corresponden, respectivamente, con:
(a) el conocimiento de los individuos o recursos intangibles; (b) el
conocimiento desarrollado por los grupos de personas que desempeñan funciones
mediante capacidades tecnológicas específicas; (c) el conocimiento útil a
múltiples unidades funcionales, que se difunde mediante la disposición de
capacidades integradoras responsables de dotar de coherencia a la organización
globalmente considerada y (d) el conocimiento procedente de las relaciones entre
las empresas y agentes externos, que se manifiesta en las capacidades dinámicas
o de reacción ante cambios en el entorno.
Los beneficios de la propuesta planteada, además de la
identificación de la génesis de la ventaja competitiva, se derivan de la
posible mejora en la gestión de los diferentes activos intangibles que permita
la mayor creación de valor; todo ello, a consecuencia de la explícita
separación, en primer lugar, entre el capital tecnológico y el capital
organizativo (que algunas propuestas trataban conjuntamente bajo la
denominación de capital estructural) y, en segundo lugar, la distinción entre
el conocimiento individual y el conocimiento de grupo (que muchos trabajos los
consideraban como elementos integrantes del capital humano).
Así, se pone de manifiesto el interés y utilidad de
analizar conjuntamente enfoques tradicionales (Teoría de Recursos y
Capacidades) y otros más vanguardistas (Teoría de Creación de Conocimiento y
Capital Intelectual) que otorgan a determinados factores internos de naturaleza
intangible, la principal responsabilidad en la consecución de ventajas
competitivas sostenibles y apropiables en entornos cada vez más dinámicos.
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