Ensayos


 Madrid en el cine de Pedro Almodóvar

Madrid en el cine de Pedro Almodóvar


De lo rural a lo urbano: el romance de Pedro Almodóvar con la ciudad de Madrid

AUTOR  | Miguel Pina. Administrador web de Cine y Críticas Marcianas

La profesora de Historia del Arte e Historia del Cine de la Universidad Carlos III de Madrid, Dra. Gloria Camarero Gómez, nos presenta en su libro Madrid en el cine de Pedro Almodóvar un entusiasta, modélico y fiel retrato de los espacios urbanos, residencias, bares, comercios y edificios emblemáticos de la capital en los que el director manchego ha rodado en su ya dilatada filmografía, compuesta por veinte filmes, que van desde Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón hasta Julieta y constata como estos sobrepasan el concepto de meros escenarios para participar en la trama como un personaje más. Se integran en los argumentos. Dan el punto de modernidad, transgresión o conservadurismo, y hablan de sentimientos. Son el espejo donde se reflejan y proyectan las diferencias sociales, culturales, ideológicas o personales de los protagonistas.

Seguramente, esa es, en mi opinión, una de las grandes aportaciones de la investigación que nos ocupa. Pero va más allá e insiste también en las transformaciones que han sufrido determinados barrios, calles, plazas, construcciones, cafeterías, restaurantes y tiendas que ya no están; en las variaciones registradas en las relaciones de los personajes con el entorno, su idiosincrasia o en los parámetros sociales de adaptación a la urbe. Tampoco falta el estudio de las características de los decorados interiores, los cuales tienden a pivotar entorno a pinturas o esculturas conocidas y reconocidas. Es un valor añadido. Así, se analizan los trabajos que aparecen de Andy Warhol, Tiziano, Juan Gatti, Ouka Lele, Guillermo Pérez Villalta, Miquel Barceló, Dis Berlin Los Costus, Richard Serra, Louise Bourgeois, Luis Seoane, Lucian Freud, José de Madrazo, Hopper, Chagall, Juan Bautista de Espinosa, Eduardo Úrculo, Antoni Tapies, Miguel Navarro o Enzo Mari y el sentido que adquieren en cada caso concreto.

En este ensayo se destaca, además, el viaje de lo rural a lo urbano realizado por Pedro Almodóvar, a través de los personajes representados en sus películas, y con de manera autorreferencial, alude a su propia biografía y a lo que supuso su llegada a la capital desde un lugar de La Mancha como paradoja cervantina. En el primer capítulo ya comprobamos la intención de la autora por resaltar el concepto de ruralidad, en contraposición con la cosmopolita urbe que acogió con los brazos abiertos tanto a Almodóvar, como a otros artistas que llegaron a la gran ciudad en busca de su expresión artística y de nuevas oportunidades.

El libro se divide en cinco capítulos, comenzando por Los muchos Madrid del Madrid de Almodóvar y que son representados por las variopintas zonas de rodaje, que van desde las de los lujosos distritos de Los Jerónimos, Chamberí, Argüelles o Justicia, pasando por las del Madrid de los Austrias y La Latina, hasta las de La Concepción, La Ventilla o Vallecas. Termina con El Madrid de ida y vuelta, donde estudia el valor que tal expresión tiene para los personajes de Almodóvar. El resto de capítulos son un recorrido específico por las viviendas, los lugares de ocio y comercio, los espacios públicos o los sitios donde el propio director se divirtió y lloró en la ciudad de Madrid. Cada uno de estos capítulos se completa con mapas que contienen los itinerarios en los que se han efectuados los rodajes del director manchego. Son, en definitiva, una serie de itinerarios –físicos y conceptuales- que permitirán al lector conocer el Madrid almodovariano y su significado, así como descubrir el modo en el que la urbe se ha convertido en eje vertebral de una cinematografía que no se puede entender sin su presencia. Cierra el libro, un anexo final, que contiene un repaso muy importante en cuanto a datos técnicos, localizaciones, recaudación y número de espectadores que visionaron todas y cada una de las películas de Pedro Almodóvar.

En conclusión, Madrid en el cine de Pedro Almodóvar es una excelente e imprescindible propuesta para entender por qué existe un romance entre la capital de España y el director manchego. Se completa con más de ochenta fotografías a color de los lugares y personajes que habitan el universo almodovariano. La productora El Deseo ha facilitado ese material gráfico, que enriquece de una manera espectacular el texto que reseñamos.

La autora ha dedicado más de cinco años de su vida, compatibilizándolos con su labor docente, a esta exhaustiva investigación, que realmente impresiona por la gran documentación que nos ofrece y por el amor puesto en la misma. Es por ello, que todos los amantes del cine almodovariano, así como los que aman Madrid, deberían leer y conservar el libro como una joya de la literatura dedicada al mundo cinematográfico. La misma opinión tiene uno de los grandes especialistas del cine español y del cine de Pedro Almodóvar, el Dr. Jean-Claude Seguin, profesor de la universidad francesa Lumière – Lyon II, el cual, en el prólogo del mismo afirma que se trata de "una obra imprescindible para descubrir o redescubrir la pasión que siente el director manchego por la capital española".

Datos de la publicación:
Madrid en el cine de Pedro Almodóvar
Camarero Gómez, Gloria.
Editorial Akal.
Colección Akal/Cine Madrid, 2017. 128 páginas.

 Portada de la publicación Innovative language teaching and learning at university: enhancing employability

Portada de la publicación Innovative language teaching and learning at university: enhancing employability


Un factor clave

AUTOR  | Antonio Jiménez Muñoz. Departamento de Filología Inglesa, Francesa y Alemana, Universidad de Oviedo

El establecimiento del Espacio Europeo de Educación Superior (EEES) ha sido un paso más en la internacionalización de la enseñanza superior a nivel global, causando un recrudecimiento de la competencia entre instituciones públicas y privadas, nacionales y foráneas, y entre los graduados de las mismas a la hora de buscar trabajo cualificado.

Uno de los elementos clave en el análisis de la calidad educativa, y en la elección que los estudiantes potenciales hagan por un grado o universidad concreta, está directamente relacionado con la empleabilidad. Por un lado, se ha resentido en los últimos años la demanda en Humanidades y Ciencias Sociales; por otro, ha disminuido el número de alumnos que estudian un idioma que no sea el inglés. Una de las frecuentes críticas al sistema universitario, quizá con mayor justificación en países mediterráneos, ha sido la supuesta separación entre las demandas profesionales de las empresas y la formación ofrecida en grados y másteres. La evolución tecnológica sostenida representa un objetivo añadido que ofrezca un perfil de egresado en el que el aprendizaje constante y la adaptación continua al cambio tecnológico sean pilares fundamentales, así como el manejo con soltura de una o más lenguas extranjeras.

Por lo tanto, el volumen Innovative language teaching and learning at university: enhancing employability llega en un momento crucial para compartir catorce casos de buenas prácticas en el ámbito de la enseñanza de lenguas a través de la tecnología con el fin de aumentar la empleabilidad de los alumnos que pasan por las aulas de nuestras universidades. Uno de los principales pilares del libro es que, si bien el dominio de una lengua extranjera  es deseado, las empresas buscan con mayor interés una serie de habilidades que puedan transferirse a cualquier contexto productivo. Consecuentemente, la mayoría de los capítulos detallan iniciativas que demuestran cómo la innovación educativa puede ayudar a desarrollar esas habilidades de cara a un entorno profesional. En muchos casos, no se trata de destrezas añadidas a la titulación, sino que explicitan y ponen de relieve el hecho de que la mayoría de los docentes ya incorporan las mismas a través de la individualización o el valor añadido en un contexto cada vez más global y transcultural. Algunos de los capítulos resaltan el valor de las destrezas tecnológicas y digitales en un entorno de comunicación entre miembros de diferentes culturas, incluso en asignaturas humanísticas  -tales como la literatura o la cultura- que a menudo obvian la utilidad de las destrezas implícitamente practicadas, bien sea la lectura crítica, el trabajo en equipo, o la edición electrónica. Otras contribuciones hacen más hincapié en el hecho de que los intercambios universitarios con otros países, cada vez más frecuentes, son un ejemplo de inmersión intercultural que excede con mucho cualquier simulación que pueda diseñarse en clase, y por lo tanto un gran ecosistema para que estas y otras destrezas afloren.

En sí, lo que esta colección de experiencias acertadamente resalta es que no es necesario realizar una reforma total de nuestro sistema educativo universitario, pero sí dotar a alumnos y sistemas de evaluación docente de mecanismos que evidencien estas destrezas en muchos casos ya desarrolladas y practicadas en el aula de lenguas. El volumen, de interés para los para los profesores de lenguas y de cualquier otro campo universitario, sugiere estrategias de adaptación de la docencia a un contexto en el que la empleabilidad futura, basada en esas destrezas adaptables y transferibles,  forme parte integral del diseño educativo de cualquier disciplina (bien sea Humanidades, Ciencias Sociales o Ciencias), haciendo de esta manera más explícito al mundo de la empresa el conjunto de habilidades que un graduado posea.

Datos de la publicación:
Innovative language teaching and learning at university: enhancing employability
Editores: Álvarez-Mayo, Carmen; Gallagher-Brett, Angela y Michel, Franck.
Research Publishing. Dublín, 2017. 145 páginas.

 De la participación de las mujeres en la historia

De la participación de las mujeres en la historia


De la participación de las mujeres en la historia

AUTOR  | Esperanza Osaba. Universidad del País Vasco UPV/EHU

En ocasiones, un objeto llega a nuestras manos, sea un útil de trabajo, una prenda de vestir, un producto o cualquier cosa que nos sirva, y nos paramos a pensar sorprendidos cómo hemos podido arreglarnos antes en su ausencia, por lo indispensable que se vuelve desde ese instante. Pues bien, algo semejante puede destacarse de la obra a la que van destinadas estas páginas, y por las razones que expongo a continuación.

Una reseña de Esperanza Osaba. Universidad del País Vasco UPV/EHU.

De la participación de las mujeres en la historia

El volumen surge con motivo de la celebración en 2014 del bimilenario de la muerte de Augusto (63 a. C.-14 p. C.), el primer emperador de Roma, y recupera las figuras de las mujeres relevantes de su entorno directo, además de las que le precedieron en el tiempo inmediato tanto en Roma como fuera de ella, y está dedicado a la memoria de la profesora de la Universidad de Valladolid Mari Luz Blanco Rodríguez (1959-2010) con motivo del V aniversario de su prematuro fallecimiento.

En su homenaje, tres sentidos escritos de sus colegas F. Martínez Llorente, J. Hernanz Pilar y Rosalía Rodríguez López conforman el Prólogo, que se transforma en este caso en Verba Amicorum y abre paso a una obra colectiva en la que los diferente trabajos se ordenan agrupados en VII secciones. En la obra participan un notable conjunto de especialistas italianos y españoles de diferentes campos de conocimiento de la antigüedad, que con rigor y esmero nos adentran tanto en los perfiles y aspectos destacados de un número importante de mujeres, como también en su contexto social y jurídico, con el resultado de un cuadro final muy rico del periodo estudiado.

En el capítulo I, Derecho y Mujer durante el Saeculum Augustum, G. Coppola Bisazza y R. Mentxaka abordan, respectivamente, la posición jurídica de las mujeres en la época augustea y la noticia del reciente descubrimiento de dos tablas de una ley municipal del municipio de Troesmis, del s. II p. C., que aporta información de interés sobre la importante legislación matrimonial de Augusto.

Los apartados II al V dan paso a una espectacular galería de mujeres relevantes a las que accedemos a través del esclarecedor análisis que de ellas se nos brinda. En el II, Mujeres en los albores del siglo I a. C., entran en escena las que preceden al momento augusteo: Chelidone e Tertia (L. Peppe), Turia (R. Mentxaka), Servilia Cepionis (V. Rodríguez Ortiz), Terencia (J. M. Piquer Marí), Clodia Pulchra Tercia (I. Iglesias Canle) y Atia Balba Caesonia (G. Polo Toribio).

En el III, Mujeres en tiempos de Triunviratos, aparecen algunas de las personalidades más señaladas de este crucial momento histórico, y también algunas de las más conocidas: Fulvia (C. Masi Doria - C. Cascione), Porcia Catonis (Mª C. Pérez López), Cleopatra (J. Soto Chica), Escribonia (Mª J. Bravo Bosch), Octavia (R. Mª Cid López) y Livia (Mª Salazar Revuelta). En este mismo contexto histórico, el bloque IV, Mujeres en la cultura de finales de la República, recoge las figuras de Hortensia y Sulpicia de la mano de Mª Eugenia Ortuño y A. Valmaña Ochaíta.

Por último, el apartado V, Mujeres en la Pax Augústea, nos acerca a Julia Maior (R. Rodríguez López), Helvia (J. R. Robles Reyes), Antonia Minor, (Mª I. Nuñez Paz), Agripina Maior (Mª Dolores Parra) y Cleopatra Selene (Elena Ruiz Valderas).

El libro concluye con dos bloques temáticos en los que se estudian de nuevo aspectos generales del momento: VI, Mujer y ciudadanía augústea: religión, honor y muerte, con tres aportaciones: Augustus cognatus vestae (I. Piro), Donne 'Honoratae' (Mª Virginia Sanna), y Honesta Mors (P. D. Conesa Navarro - R. González Fernández). Y, para finalizar, el VII, Atuendo y ornato femenino en el Saeculum aureum, con los trabajos de J. M. Noguera Celdrán: Indumentaria de la matrona romana en el Saeculum aureum y en el s. I. Una visión desde la estatuaria femenina segobrigense y J. Vizcaíno Sánchez: Ornamenta muliebra en época de Agusto. Una visión arqueológica del aderezo personal femenino desde la Carthago Nova altoimperial.

Este crucial periodo estudiado, el final de la República romana e inicio del Principado, es uno de los que más personajes de relevancia ha proyectado a la posteridad: Marco Antonio, Julio César, Pompeyo, Cicerón, Augusto... son sólo algunos de los nombres de varones de esta época que con facilidad puede recordar cualquier persona, sin necesidad, por supuesto, de ser especialista en la materia. En cambio, las mujeres que convivieron con ellos se mueven en el silencio o en el más absoluto anonimato, con algunas excepciones como el de la brillante Cleopatra, cuya fascinación recorre los siglos, aunque se desconozcan de ella aspectos esenciales de su vida y de su persona, como su aguda inteligencia, su exquisita formación y sus intereses científicos.

En general, puede afirmarse que hemos accedido a la historia de estos años tan importantes y convulsos de la antigua Roma solo a través de sus protagonistas masculinos. Las notables mujeres que compartieron objetivos, luchas y espacio afectivo con ellos, son habitualmente silenciadas (aunque contemos, por supuesto, con aportaciones científicas, que individualmente las analizan). Así, por ejemplo, es sobradamente conocida la figura de Julio César, e incluso la de Bruto, uno de los que le dio muerte en los fatídicos Idus de marzo, sin embargo resulta desconocida Servilia Cepionis, la mujer que en esos mismos momentos era nada menos que amante de César y madre de Bruto. Nos hemos perdido, por tanto, la mitad del cuadro, lo que limita y confunde nuestra visión de conjunto.

De ahí el interés de un libro que reúne a todo un conjunto de mujeres de este momento y nos permite ser conscientes de la magnitud del olvido y la riqueza de poderlo conjurar. Obviamente solo accedemos a la información de las mujeres de las capas más altas y privilegiadas de la sociedad romana. Sobre las demás, al igual que sobre sus homólogos masculinos la falta de información lo vuelve más difícil.

Por último, es encomiable y de agradecer el esfuerzo realizado por las editoras de la obra, que han conseguido un resultado polivalente. De un lado, es un libro científico de gran valía, pero es también una obra que se lee con placer y facilidad y por ello también muy accesible tanto al público interesado en la historia, como específicamente en cuestiones de género. Y, por último, quisiera resaltar también su aplicabilidad para la docencia, pues nos dota de un complemento muy útil ante la general falta de mención a las mujeres que se echa de menos, como he comentado ya, en los libros o manuales de Historia de Roma.

Mujeres en tiempos de Augusto posee la virtud de rellenar un hueco, una laguna existente, comprensible sólo si tenemos en cuenta la falta de atención que en general ha recibido la participación de la mujeres en la historia.

Datos de la publicación:
Mujeres en tiempo de Augusto. Realidad social e imposición legal
Rodríguez López, Rosalía y Bravo Bosch, Mª José editoras.
Valencia, 2016 Tirant Humanidades. 660 páginas.


Sabios cristianos medievales. Nombrar, ordenar, predicar.

AUTOR  | Jular, Cristina. 157 pp. Madrid, Nivola, 2003.

NOVATORES PARA PRINCESAS
Tres libros que se ocupan de la cultura científica en la edad media a través de su desarrollo en el ámbito judaico, musulmán y cristiano Reseña realizada por Juan Pimentel
Instituto de Historia. CSIC

En las décadas que rodean el 1700 Leibniz mantuvo correspondencia con varias princesas de las cortes europeas. Lejos de polemizar con Descartes, Newton o Clarke, el gran filósofo buscaba otros interlocutores y otro lenguaje para sus ideas. Encontró en la fórmula epistolar y el diálogo el medio indicado. Es la filosofía para princesas, género que no inventó pero en el que, como era su costumbre, destacó sobremanera. En estas cartas Leibniz supo explicar los misterios del poder, el amor y la búsqueda de la verdad; los principios de la geometría, el cálculo y la belleza del mundo. Su objetivo era educarlas, prepararlas para que supieran prestigiar sus cortes. Para que el día de mañana protegieran las artes, la cultura, las ciencias. Sabía que heredarían reinos; que de sus gustos e inclinaciones se incubarían gestos, hábitos sociales.

Y fue por entonces precisamente cuando comenzó en España un movimiento renovador de las ideas y las prácticas científicas. Fueron los Novatores, un grupo de médicos y experimentalistas conscientes del atraso de un país lastrado por el escolasticismo universitario y la marginalidad respecto a las grandes corrientes europeas. Los Novatores supieron sacar el debate fuera de las aulas, fueron proscritos y defendidos a partes iguales. Lograron polemizar. Como Leibniz, buscaban nuevos escenarios para sus tesis, nuevos interlocutores. En ambos casos nos encontramos ante el surgimiento de un espacio público, una llamada a lo que un siglo después se llamaría la ciudadanía. Hoy día todos somos princesas; los propietarios del conocimiento somos todos.

La colección Novatores de la editorial Nivola pretende rescatar las biografías y obras de ese segmento de la cultura tan desconocido en España como es nuestro pasado científico. Circula la idea de que tal pasado es exiguo, poco relevante, menor. Novatores ha nacido para desenterrar esta especie, para reducirla al rango de creencia, de mera superchería. Y lo está haciendo (son 15 volúmenes ya) con nuevas formas, apelando a nuevos públicos, explorando estrategias más mundanas y permeables para el atribulado lector de nuestros días.

Sus tres últimos títulos fueron presentados en la reciente Feria del Libro de Madrid. Las tres culturas: la España musulmana, judía y cristiana. Y en todas ellas, la ciencia. Pero sucede con la ciencia como con España. O con cualquier otra entidad histórica: que son contingentes, que cambian. Son categorías históricas y realidades vivas, pero lo que permanece no es todo lo que fue. Resulta difícil cartografiarlas. Nuestros instrumentos y escalas, el modo en que proyectamos las cosas en el plano, no son los de entonces. La ciencia de la que hablan estos tres libros, a lo largo de una ancha Edad Media, transcurre dentro de la filosofía y de la política. Por descontado, dentro de la religión.

Mariano Gómez Aranda retrata Sefarad a través de Ibn Ezra, Maimónides y Zacuto. Cristina de la Puente se ocupa de la medicina andalusí: Avenzoar, Averroes e Ibn al-Jatib; Cristina Jular de Isidoro de Sevilla, Alfonso X y Ramón Llull, tres grandes sabios cristianos. Son nueve vidas que ilustran los extraños caminos del conocimiento. Hay lugar para aristotélicos, galenistas y astrólogos. Para exégetas bíblicos y poetas. No faltan expertos en leyes y precursores de los descubrimientos geográficos. Uno de ellos escribió en prisión, muchos fueron cortesanos e incluso alguno de vida disoluta, un Pablo de Tarso convertido luego a Dios y a la epistemología. Hay un santo, un rey, numerosos juristas, filósofos. ¿De qué escribieron? De plantas, remedios, venenos, ángeles, monarquías universales, palabras, orígenes, números, astrolabios, estrellas, cuerpos y almas. ¿Qué buscaban? Curar, conocer a Dios, gobernar hombres o mares, escrutar destinos, descifrar lenguajes, matematizar la naturaleza. Perseguían, pues, saberlo y conocerlo todo. Como el resto de los científicos, no sólo reflejaron el mundo, sino que en gran medida contribuyeron a crearlo, puesto que sus escritos y sus días ensancharon literalmente las posibilidades de lo real.

Son tres textos eruditos pero en absoluto escolasticistas. Cultos pero no pedantes. Académicos y sin embargo legibles. Bien escritos, interiorizados, amenos, editados con elegancia. No faltan ilustraciones y cuadros explicativos. Quedan incógnitas por despejar, por supuesto. ¿Puede hablarse de una ciencia judía o cristiana? ¿Qué significa apellidar la ciencia? Las tradiciones y las formas de recuperar los saberes desde la antigüedad se superponen y alimentan unos a otros. Hay muchas ciencias, obviamente, pero ¿se las puede asignar tintas isométricas, coordenadas geográficas, banderas? ¿Qué tipo de mapa precisamos para fijar la verdadera forma de ese conjunto de valores, prácticas, ideas y lenguajes de la naturaleza que llamamos ciencia? Las respuestas no son sencillas, de ahí la necesidad de las preguntas. Para las obviedades y las certezas absolutas hay ya mucha literatura (y toda la televisión). Novatores ha nacido con vocación mundana y polemista. Como quería Platón, para que la musa filosófica se adueñe de la cosa pública. Para recuperar la historia que tal vez nos falte y vernos así menos huérfanos, menos mutilados. Ciencia para todos: Novatores para princesas.


Testigos del mundo. Ciencia, literatura y viajes en la Ilustración.

AUTOR  | Pimentel, Juan. Madrid, Marcial Pons, 2003; pp. 342.

ENTRE LAS CREENCIAS MODERNAS Y EL CONOCIMIENTO ILUSTRADO
Un viaje por el mundo de la experiencia científica, histórica y viajera de los ilustrados en el siglo XVIII, pero también sobre sus antecedentes y consecuentes Reseña realizada por Javier Moscoso
Wellcome Trust Center for the History of Medicine at UCL
Londres

Este libro de Juan Pimentel, investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de Madrid, no es sólo un libro sobre viajes, sino un viaje por el mundo de la experiencia. Envuelto en una prosa transparente y liviana, el lector se siente transportado de la mano de este autor a los lugares más remotos del conocimiento. Es además el libro de Pimentel un híbrido de tradiciones diferentes: un texto de historia que tiene implicaciones muy importantes para la filosofía; un libro que reflexiona sobre la ciencia, pero que no carece de una vertiente humanista ni de aportaciones importantes al mundo de la literatura o de las artes; un libro que desborda el período, que informa sobre las relaciones del viaje ilustrado, pero que invita a pensar sobre momentos anteriores del mundo medieval o del Renacimiento; que instruye deleitando no sólo sobre el siglo de las Luces, sino sobre las formas en las que la ciencia contemporánea ha llegado a hacer verdad los antiguos mitos o, al contrario, sobre las maneras en las que se han ido derrumbando.

Juan Pimentel no ha querido presentarse ante sus lectores envuelto en el boato de quien lleva muchos años de estudio, de quien podría sorprender con citas demasiado desconocidas, con preguntas retóricas o con gestos fingidos. La modestia de su estilo calculado, la aparente transparencia de sus recursos, la falta de afectación, el reconocimiento sincero hacia los trabajos que preceden al suyo, hacen de este libro una metáfora del viaje del conocimiento. El mensajero no es ningún impostor, sino un testigo. No es éste el libro de un pirata que trafique con objetos robados o con realidades inventadas. Juan Pimentel sabe de lo que habla. Ha estado allí. Lleva allí muchos años. En el Paso del Noroeste, en el gabinete de Franco Dávila, en la cumbre del Chimborazo, en la isla de Robinson, pero también en las tradiciones más punteras de la historia de la ciencia, en las reflexiones que sobre los lugares y formas de producción y distribución de objetos nos han ido llegando desde París o desde Cambridge. Y eso se nota. El lector encontrará que, al tiempo que disfruta con lo que se le está contando, tendrá que ir cuestionando con agrado algunas de sus creencias tal vez más arraigadas. La definición de la ciencia, la realidad y la ficción, el paso del mito al logos, el valor de las imágenes o las nuevas formas narrativas se mezclan en esta obra con el viaje como forma de experiencia y de consumo, como práctica promovida desde los gobiernos y ligada a las expansiones coloniales, como moda precursora de nuestro turismo patológico y, sobre todo, tal vez antes que nada, como forma privilegiada de conocimiento.

La historia de la ciencia, pero también la historia de las ideas y de las creencias y prácticas culturales tienen mucho que aprender de esta aproximación a la ciencia ilustrada, española por cierto, pero no sólo española. No es éste, sin embargo, el relato de un pasado inamovible, sino una forma de instruir que invita a la reflexión, que ilumina oscuridades, pero que también nos empuja, suave, pero inexorablemente, hacia el corazón de otras tinieblas.


Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano.

AUTOR  | Gibbon, Edward. Edición abreviada de Dero A. Saunders. Traducción de Carmen Francí Ventosa. Debolsillo, Barcelona, 2003. 601 pp. + 2 h.

UN CLÁSICO
Más de dos siglos después de su primera edición, se edita en bolsillo esta obra clásica sobre la decadencia y caída del imperio romano "la mayor escena y, tal vez, la más terrible de la historia de la humanidad" según el propio Gibbon Reseña realizada por Miguel García-Posada

La nueva edición de la versión abreviada, a cargo de Dero A. Saunders (1952), de la clásica obra de Edward Gibbon, Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano no debe pasar inadvertida. Es una de las obras mayores de la historiografía universal y posee los ingredientes de la gran literatura. Han pasado más de dos siglos desde su primera edición (1776-1788) y la titánica empresa de Gibbon sigue conservando su fresca e inagotable sabiduría. Aportaciones ulteriores han perfilado o precisado pormenores y aspectos parciales, pero la visión global del eminente historiador inglés sigue vigente.

Jorge Luis Borges, que admiraba sin reservas la obra de Gibbon, señaló en su prólogo a ella (Biblioteca personal prólogos, Alianza, Madrid 1988) que son dos las causas que explican su perduración: <<La primera, y quizá la más importante, es de orden estético; estriba en el encanto, que, según Stevenson, es la imprescindible y esencial virtud de la literatura. La otra razón estribaría en el hecho, acaso melancólico, de que, al cabo del tiempo, el historiador se convierte en historia y no solo nos importa saber cómo era el campamento de Atila sino cómo podía imaginarselo un caballero inglés del siglo XVIII>>. Por eso, Borges señalaba también que <<Recorrer el Decline and Fall es internarse y venturosamente perderse en una populosa novela, cuyos protagonistas son las generaciones humanas, cuyo teatro es el mundo, y cuyo enorme tiempo se mide por dinastías, por conquistas, por descubrimientos y por la mutación de lenguas y de ídolos>>.

Poco cabe añadir a las palabras del maestro. Gibbon, en efecto, novela la historia, nos da su teatro, sus escenarios, penetra en la psicología de los protagonistas --sus virtudes, sus defectos, sus sentimientos--, cuenta con tanta amenidad como precisión, exhibe un estilo noble y contenido, pero a trechos dotado de suprema ironia, que conserva la excelente versión castellana de Carmen Francí Ventosa, y domina de tal manera la materia que narra que parece estar inventándola.

Hay momentos únicos sobre el particular; así cuando impugna la leyenda de la cruz que se le habría aparecido al tan astuto como cruel Constantino el Grande: <<si los ojos de los espectadores algunas veces han sido engañados por el fraude, con mayor frecuencia la inteligencia del lector se ha visto insultada por la ficción>>. O cuando indica -- pese a o por su escepticismo en materia religiosa-- que tanta prolijidad por parte de los paganos en la descripción de los prodigios no los autorizaba a olvidar el eclipse y el terremoto que se produjeron a la muerte de Jesús.

Es un placer leer a Gibbon; su magna obra le costó veinte años de arduos trabajos, pero le ha concedido a cambio la inmortalidad de la gloria, que alcanzó, asombrado, para nuestra ventura, ante <<la mayor escena y, tal vez, la más terrible de la historia de la humanidad>>.


Sefarad científica. La visión judía de la ciencia en la Edad Media.

AUTOR  | Gómez Aranda, Mariano. 157 pp. Madrid, Nivola, 2003.

NOVATORES PARA PRINCESAS
Tres libros que se ocupan de la cultura científica en la edad media a través de su desarrollo en el ámbito judaico, musulmán y cristiano Reseña realizada por Juan Pimentel
Instituto de Historia. CSIC

En las décadas que rodean el 1700 Leibniz mantuvo correspondencia con varias princesas de las cortes europeas. Lejos de polemizar con Descartes, Newton o Clarke, el gran filósofo buscaba otros interlocutores y otro lenguaje para sus ideas. Encontró en la fórmula epistolar y el diálogo el medio indicado. Es la filosofía para princesas, género que no inventó pero en el que, como era su costumbre, destacó sobremanera. En estas cartas Leibniz supo explicar los misterios del poder, el amor y la búsqueda de la verdad; los principios de la geometría, el cálculo y la belleza del mundo. Su objetivo era educarlas, prepararlas para que supieran prestigiar sus cortes. Para que el día de mañana protegieran las artes, la cultura, las ciencias. Sabía que heredarían reinos; que de sus gustos e inclinaciones se incubarían gestos, hábitos sociales.

Y fue por entonces precisamente cuando comenzó en España un movimiento renovador de las ideas y las prácticas científicas. Fueron los Novatores, un grupo de médicos y experimentalistas conscientes del atraso de un país lastrado por el escolasticismo universitario y la marginalidad respecto a las grandes corrientes europeas. Los Novatores supieron sacar el debate fuera de las aulas, fueron proscritos y defendidos a partes iguales. Lograron polemizar. Como Leibniz, buscaban nuevos escenarios para sus tesis, nuevos interlocutores. En ambos casos nos encontramos ante el surgimiento de un espacio público, una llamada a lo que un siglo después se llamaría la ciudadanía. Hoy día todos somos princesas; los propietarios del conocimiento somos todos.

La colección Novatores de la editorial Nivola pretende rescatar las biografías y obras de ese segmento de la cultura tan desconocido en España como es nuestro pasado científico. Circula la idea de que tal pasado es exiguo, poco relevante, menor. Novatores ha nacido para desenterrar esta especie, para reducirla al rango de creencia, de mera superchería. Y lo está haciendo (son 15 volúmenes ya) con nuevas formas, apelando a nuevos públicos, explorando estrategias más mundanas y permeables para el atribulado lector de nuestros días.

Sus tres últimos títulos fueron presentados en la reciente Feria del Libro de Madrid. Las tres culturas: la España musulmana, judía y cristiana. Y en todas ellas, la ciencia. Pero sucede con la ciencia como con España. O con cualquier otra entidad histórica: que son contingentes, que cambian. Son categorías históricas y realidades vivas, pero lo que permanece no es todo lo que fue. Resulta difícil cartografiarlas. Nuestros instrumentos y escalas, el modo en que proyectamos las cosas en el plano, no son los de entonces. La ciencia de la que hablan estos tres libros, a lo largo de una ancha Edad Media, transcurre dentro de la filosofía y de la política. Por descontado, dentro de la religión.

Mariano Gómez Aranda retrata Sefarad a través de Ibn Ezra, Maimónides y Zacuto. Cristina de la Puente se ocupa de la medicina andalusí: Avenzoar, Averroes e Ibn al-Jatib; Cristina Jular de Isidoro de Sevilla, Alfonso X y Ramón Llull, tres grandes sabios cristianos. Son nueve vidas que ilustran los extraños caminos del conocimiento. Hay lugar para aristotélicos, galenistas y astrólogos. Para exégetas bíblicos y poetas. No faltan expertos en leyes y precursores de los descubrimientos geográficos. Uno de ellos escribió en prisión, muchos fueron cortesanos e incluso alguno de vida disoluta, un Pablo de Tarso convertido luego a Dios y a la epistemología. Hay un santo, un rey, numerosos juristas, filósofos. ¿De qué escribieron? De plantas, remedios, venenos, ángeles, monarquías universales, palabras, orígenes, números, astrolabios, estrellas, cuerpos y almas. ¿Qué buscaban? Curar, conocer a Dios, gobernar hombres o mares, escrutar destinos, descifrar lenguajes, matematizar la naturaleza. Perseguían, pues, saberlo y conocerlo todo. Como el resto de los científicos, no sólo reflejaron el mundo, sino que en gran medida contribuyeron a crearlo, puesto que sus escritos y sus días ensancharon literalmente las posibilidades de lo real.

Son tres textos eruditos pero en absoluto escolasticistas. Cultos pero no pedantes. Académicos y sin embargo legibles. Bien escritos, interiorizados, amenos, editados con elegancia. No faltan ilustraciones y cuadros explicativos. Quedan incógnitas por despejar, por supuesto. ¿Puede hablarse de una ciencia judía o cristiana? ¿Qué significa apellidar la ciencia? Las tradiciones y las formas de recuperar los saberes desde la antigüedad se superponen y alimentan unos a otros. Hay muchas ciencias, obviamente, pero ¿se las puede asignar tintas isométricas, coordenadas geográficas, banderas? ¿Qué tipo de mapa precisamos para fijar la verdadera forma de ese conjunto de valores, prácticas, ideas y lenguajes de la naturaleza que llamamos ciencia? Las respuestas no son sencillas, de ahí la necesidad de las preguntas. Para las obviedades y las certezas absolutas hay ya mucha literatura (y toda la televisión). Novatores ha nacido con vocación mundana y polemista. Como quería Platón, para que la musa filosófica se adueñe de la cosa pública. Para recuperar la historia que tal vez nos falte y vernos así menos huérfanos, menos mutilados. Ciencia para todos: Novatores para princesas.


Algo nuevo bajo el sol. Historia medioambiental del mundo en el siglo XX.

AUTOR  | McNeill, John R. Alianza, Madrid, 2003. 504 pp.

MORIR DE ÉXITO
La historia del medioambiente en el siglo XX es la de una gigantesca transformación, cuyas consecuencias pueden ser graves, sin incurrir en discursos apocalípticos Reseña realizada por Santos Casado
Departamento de Ecología. UAM

Cualquier estudiante universitario de ecología sabe que el modelo que de modo más sencillo describe el crecimiento de una población predice que, en ausencia de limitaciones o problemas especiales, se incrementará de modo continuado y progresivamente acelerado. La curva exponencial crece suavemente al principio, pero, llegado un cierto momento, se dispara hacia el infinito hasta encontrar algún límite exterior que frene bruscamente su marcha. La evolución poblacional, económica y tecnológica de la humanidad durante el pasado siglo XX parece haber sido la de ese crecimiento vertiginoso y aparentemente imparable, sin que, deslizándonos sobre la cresta de la ola, podamos percibir muy claramente si todavía es mucho lo que nos queda por ascender o si estamos a punto de estrellarnos contra la rompiente.

La asunción de esta embarazosa incertidumbre es una de las premisas de las que parte, con humildad, John R. McNeill en Algo nuevo bajo el sol, que, como explica su subtítulo, pretende ser nada menos que una Historia medioambiental del mundo en el siglo XX. Como, por otra parte, resulta obvio que la falta de distancia, de perspectiva, dificulta la labor del historiador, el esfuerzo desplegado por McNeill en esta empresa se antoja doblemente meritorio y arriesgado.

La historia ambiental, un campo que ha adquirido notable pujanza, sobre todo en el ámbito académico anglosajón, en las dos o tres últimas décadas, ha ofrecido últimamente unos cuantos libros de cierto éxito popular, dependiente en casi todos los casos de ambiciosos planteamientos sintéticos y globalizadores. Siguiendo esta senda, McNeill ha abordado una compleja revisión, repleta de grandes palabras y grandes cifras, en este no excesivamente grueso volumen, cuya edición original apareció, quizá con excesiva puntualidad, en el año 2000. Población, energía, tecnología, política, ideas, son, entre otras minucias, los componentes que trata de uncir, con animoso brío sintético, a este apasionante recorrido por un siglo que ha visto multiplicarse por 4 la población mundial, por 9 el consumo de agua y por 16 el consumo energético.

Escrito con claridad y vocación divulgativa, Algo nuevo bajo el sol puede ser un excelente punto de partida para el lector interesado en explorar la dimensión ambiental del mundo contemporáneo de un modo reflexivo y razonado, sin necesidad de haber abrazado previamente ningún credo ecologista. Sin estridencias catastrofistas, lo que McNeill demuestra convincentemente es que en la última centuria el género humano ha llevado a cabo sobre el planeta un experimento a gran escala y sin precedentes, y que, en gran parte, ese gigantesco proceso de cambio ha estado dirigido por fuerzas sociales y económicas ambientalmente ciegas, en el sentido de que las consecuencias ambientales han tardado mucho en ser percibidas, entendidas y, en su caso, integradas en las políticas generales. Uno de sus ejemplos favoritos es el del químico estadounidense Thomas Midgley, quien en los años veinte desarrolló un procedimiento, luego aplicado en todo el mundo, para aumentar el rendimiento de las gasolinas mediante la adición de plomo. Gracias a esta innovación hemos estado arrojando durante más de medio siglo ingentes cantidades de un contaminante especialmente tóxico al aire que respiramos, hasta que en las últimas décadas se han tomado medidas para detener tal desatino. Midgley, curiosamente, fue también el inventor del freón, el primero de los clorofluorocarburos que, utilizados con entusiasmo como refrigerantes y propelentes, han eliminado gran parte del ozono estratosférico que nos protege de las agresivas radiaciones ultravioleta.

Esta historia es una de las muchas que McNeill intercala en el, por otro lado, muy ordenado desarrollo temático, que repasa la secuencia de escenarios del cambio ambiental, es decir, litosfera, atmósfera, hidrosfera y biosfera, y luego sus agentes, a saber, población, energía, tecnología, ideas y políticas. La cantidad de datos que se resumen e integran es admirable. Todo el libro está informado por una servicial voluntad didáctica, con resúmenes previos de nociones básicas y conclusiones en cada capítulo. Incluso, anticipándose a esa ansiedad que suele causarnos la información sobre lo muy mal que van las cosas, incluye al final un capítulo sobre "¿Qué podemos hacer?". Bien es cierto que no es mucho lo que el lector sacará de ese epílogo, pues no estamos ante un libro de ideas, en el que dos o tres grandes tesis vayan desarrollándose para llegar a alguna conclusión final. Su fuerza, en este sentido, es su humildad intelectual, que opta, en un esfuerzo por otro lado sumamente ambicioso, por tratar de presentar la mayor cantidad de información del modo más integrado posible. Hay, no obstante, una moraleja que merece ser destacada. Como recuerda el autor, en cada momento los humanos, y nuestros gobernantes, tendemos a tomar nuestra situación como referencia de normalidad. Una síntesis de ecología e historia, argumenta, arrimando con razón el ascua a su sardina, es precisa para ayudarnos a percibir lo muy aberrante del punto al que, gracias al éxito de nuestra civilización, hemos llevado al planeta y con él a todos nosotros.


Humanismo y progreso. Romances, monumentos y arabismo. Pidal, Gómez-Moreno, Asín.

AUTOR  | Rodríguez Mediano, Fernando. Prólogo de José María Pérez, Peridis. Nívola, Madrid, 2002. 156 pp. + 4 h

EL HISTORICISMO LIBERAL
Pidal, Gómez-Moreno, Asín, son los padres fundadores de la filología y la historia del arte y la arqueología españolas. Hicieron una labor trascendental y que desbordó sus propósitos iniciales Reseña realizada por Miguel García-Posada

En este libro se aborda la constitución del humanismo español contemporáneo a través de las biografías y análisis de la obra de sus tres fundadores. Rodríguez Mediano examina las raíces históricas y culturales de la ciencia moderna, con pie obligado en Humboldt, y la relación en España de ciencia, educación y liberalismo, que fue decisiva, pues es en su universo donde se encuadra la obra de los <<padres fundadores>>.

Primero examina Rodríguez Mediano la aventura científica de Pidal, arrancando por su vinculación con Alejandro Pidal y Mon, el influyente político conservador y propietario del manuscrito del Poema del Cid. Señala en seguida la importancia de su casamiento con María Goyri, dama liberal e institucionista: con ella recogería romances en el campo español. Fue el comienzo de una investigación fecunda, que sentó las bases de la ciencia folclórica en España. Sería en Milá y Fontanals, el maestro de Menéndez Pelayo, donde halló Pidal los estimulos suficientes para dedicarse al estudio de la épica española, muy poco conocida entonces; el complemento indispensable sería la Gramática y vocabulario del <<Poema de Mio Cid>>, donde aplicó las teorias y metodos del positivismo lingüístico, de base evolutiva y darwiniana, que produjeron su monumental Orígenes del español y, con este libro, el nacimiento de la filología española contemporánea. De la literatura saltó Pidal a la historia, con semejante metodología, que cristalizó en su sustanciosa pero problemática concepción castellanista y excluyente de España, que tendría graves secuelas, como el autor señala.

La ingente obra de don Manuel Gómez--Moreno, sobre todo en Historia del arte y Arqueología, es puesta de relieve con rigor y síntesis, aunque nos parece excesivo el respeto que muestra Rodríguez Mediano ante algunas dimensiones cuasi teológicas del gran investigador.

Sitúa a la perfección el autor la génesis formativa de Miguel Asín Palacios a través de la cadena integrada por Coderas y Ribera, cuyo último gran eslabón sería García Gómez. Resume y valora con justeza la gigantesca aportación de Asín al estudio de las relaciones entre el Islam y Occidente y el papel que España cumplió en ellas, así como sus indagaciones sobre Ibn Hasam e Ibn Arabi, entre otras figuras claves de la cultura andalusí. Asín es una figura excepcional y su inmenso legado está hoy más vivo que nunca.

Rodriguez Mediano cierra su obra con un epílogo dedicado con justicia al centro de Estudios Históricos, al que estuvieron tan vinculadas las tres grandes figuras. Un epílogo coherente y razonado para el Centro, que, como tantas cosas, sería destruido por el vendaval de la guerra civil.


La Medida de todas las cosas. La odisea de siete años y el error oculto que transformaron el mundo.

AUTOR  | Alder, Ken. Taurus, 2003. Madrid. 494 pp

EL HISTORIADOR EXACTO
El descubrimiento del metro como nuevo patrón de medida fue el resultado de una apasionante expedición científica, llena de avatares y reacciones personales muy diversas Reseña realizada por Tiago Saraiva
Instituto de Historia, CSIC

Lo primero es la portada. No es fácil distinguir su aspecto del que muestran las novelas históricas. Y, desde luego, nadie protestaría si el librero colocase el libro junto a las aventuras del Capitán Alatriste o cercano a los relatos de Patrick O'Brian sobre la marina británica en tiempos de Nelson. El mismo subtítulo, al invitarnos a una 'odisea' y a un 'error oculto', alude a un mundo poblado de intrigantes aventureros. Sin embargo, Ken Alder es un reputado historiador de la ciencia que ganó en 1998 el premio Dexter, uno de los más anhelados por muchos catedráticos de la disciplina.

El libro narra una expedición para medir el meridiano comprendido entre Dunkerque y Barcelona, un dato necesario para calcular la distancia entre el Polo Norte y el ecuador, cuya diezmillonésima parte se quería convertir en el nuevo patrón de medida: el metro. Es decir, se buscaba una unidad de medida legitimada por la misma naturaleza, y no por ejemplo una barra de cobre dependiente de cualquier veleidad humana. Al menos eso era lo que creían los científicos promotores de la iniciativa. Pero en vez del relato épico de la marcha de la ciencia que impone sus luces sobre el caos del mundo, el autor prefiere explorar la vida cotidiana de los protagonistas. Así nos enteramos de las inmensas dificultades que entraña una triangulación geodésica y de los muchos incidentes que se interpusieron para lograr medidas precisas. Y, desde luego, la perseverancia y resistencia de los astrónomos es conmovedora.

Pero sobre todo nos damos cuenta de que un experimento no sólo tiene que ver científicos, instrumentos y naturaleza, sino que involucró también a todos los franceses. Además de medir el meridiano, se involucró al conjunto de la población, pues mientras se fabricaban decenas de miles de reglas de metro, también se organizó una gran campaña de propaganda que enseñara a la ciudadanía a manejar el metro. Así, la metalurgia y la instrucción se convirtieron en instrumentos clave en la racionalización de Francia. Es más, el autor parece querer decirnos que, tras la Revolución, eso de ser francés estaba reservado a quienes adoptaran el nuevo sistema métrico. Solo quienes abandonaron su apego por el patois y las formas tradicionales de medir merecían ser republicanos. Un patriota tenía que ser una máquina de computar.

Uno de los argumentos más comunes utilizados entonces contra el metro tiene que ver con lo convencional o formal. Eso de basarse en la geometría de la tierra, decían sus críticos angloamericanos, sólo era otro cuento francés. Un argumento que ganaba peso, cuando se notaba que el meridiano de referencia que se adoptó era, por coincidencia, el de París -se llegó a defender que era distinto a los demás debido a que los otros meridianos atravesaban zonas muy irregulares del planeta-, y que además uno de los astrónomos responsable de las mediciones falseó los datos para que su reputación no se aminorara. Y este es el asunto que acerca el relato histórico al de la novela: el error y la mentira.

El error de Méchain al calcular la latitud de Barcelona, un dato que comprometía toda la empresa, y su posterior ocultación que le llevó al borde de la locura e indirectamente a la muerte. Para Alder el problema fue que todavía no había una teoría practicable del error, como la desarrollada después por Legendre y Gauss. La distinción entre precisión y exactitud no estaba clara; es decir aún no se distinguía entre la coherencia de los datos y su aproximación a una buena solución. Méchain, según nos cuenta Adler, estaba tan obsesionado con la calidad de sus mediciones que apuntaba los datos a lápiz para luego poder borrar los que no cuadraban con sus expectativas, predicciones o conveniencias. Una práctica poco honorable que, no obstante, se acercaba a la que luego se generalizaría en las primeras aplicaciones de la estadística durante el siglo XIX. Todo lo contrario de lo que hizo el otro astrónomo de la empresa, Delambre, quien anotaba todos sus apuntes a tinta en unos impecables cuadernos de campo, asumiendo como inevitables las posibles discrepancias en las observaciones. Y del lápiz a la tinta hay la misma distancia que entre el sabio y el científico.

Si esta es la lección de la historia, la de la vida tiene que ver con la manera correcta entre los humanos de enfrentar el error. Y tenemos dos modelos sobre los que reflexionar: Delambre asume el rol de contable capaz de encontrar la felicidad en un mundo lleno de defectos; Méchain, por el contrario, ejerce de sabio infalible, prefiriendo mentir hasta la demencia antes que reconocer nuestras imperfecciones. Es dudoso que Alder pudiera esbozar contrastes tan sugerentes en un texto académico, pues por mucha rigor que garanticen que sus cien páginas de notas, no es probable que el reviewer aceptara como hechos contrastados los que configuran el perfil psicológico de los dos actores. Por fortuna todavía nadie pidió una teoría de errores para la novela histórica. La maestra del asunto, M. Yourcenar, nos entregó un Adriano y un Zenón que tal vez no sean cien por cien reales, pero sabemos sin embargo que sí son exactos.

Páginas