{"id":60024,"date":"2007-02-26T12:51:00","date_gmt":"2007-02-26T12:51:00","guid":{"rendered":"http:\/\/weblogs.madrimasd.org\/\/documentacion\/archive\/2007\/02\/26\/60024.aspx"},"modified":"2007-02-26T12:51:00","modified_gmt":"2007-02-26T12:51:00","slug":"la-gabardina-cuento-2007","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.madrimasd.org\/blogs\/documentacion\/2007\/02\/26\/60024","title":{"rendered":"LA GABARDINA (Cuento 2007)"},"content":{"rendered":"\n<p class=\"MsoNormal\" style=\"text-align: justify; line-height: 150%;\"><span style=\"font-family: Arial;\">Embutido en la gabardina gris de pa\u00f1o, camin\u00f3 unos metros embozado en el humo azul de su cigarro. As\u00ed, casi sin quererlo, lleg\u00f3 a una calle en la que no hab\u00eda estado nunca, o quiz\u00e1s s\u00f3lo en sus sue\u00f1os. La bruma envolv\u00eda las caras de las gentes, difuminaba las sombras de las esquinas y trazaba peque\u00f1os c\u00edrculos en torno a las farolas. La calle parec\u00eda, a aquellas horas, un peque\u00f1o teatro cotidiano, casi vac\u00edo e inmaculado de puro viejo. El hombre todo lo observaba sin aspavientos, con el desd\u00e9n de un dandy venido a menos. En sus ojos de color indefinido se reflejaban tibios recuerdos, im\u00e1genes apenas de ese pasado glorioso en el que casi hab\u00eda sido un dios\u2026y un demonio. <o:p><\/o:p><\/span><\/p>\n<p>  <!--more-->  <\/p>\n<p class=\"MsoNormal\" style=\"text-align: justify; line-height: 150%;\"><b style=\"\"><span style=\"font-size: 14pt; line-height: 150%; font-family: Arial;\">Por Francisca Castillo Mart\u00edn<o:p><\/o:p><\/span><\/b><\/p>\n<p class=\"MsoNormal\" style=\"text-align: justify; line-height: 150%;\"><span style=\"font-family: Arial;\">Entr\u00f3 en una calle y gir\u00f3 la segunda a la derecha. No le gustaba esperar e iba siempre por la vida por el trayecto m\u00e1s corto, no importaba a d\u00f3nde le condujese. Por el camino, sin esperarlo, tropez\u00f3 con un perro flaco que, indolente, se limit\u00f3 a menear desaprobatoriamente el rabo mientras las pulgas hac\u00edan mella en su crispada anatom\u00eda. El hombre, m\u00e1s que nunca, sinti\u00f3 deseos de echar a correr, de llegar<span style=\"\">&nbsp; <\/span>a alguna parte inconcreta, de resolver el misterio de por qu\u00e9 la vida siempre le conduc\u00eda a callejones sin salida, a avenidas sin retorno, a plazas desplazadas de todo lugar congruente.<o:p><\/o:p><\/span><\/p>\n<p class=\"MsoNormal\" style=\"text-align: justify; line-height: 150%;\"><span style=\"font-family: Arial;\">Llov\u00eda. Como en los cuentos, a c\u00e1ntaros, sin remedio, fin\u00edsima y sublimemente. El hombre apretuj\u00f3 su cuerpo contra el liviano pellejo de la gabardina y, por primera vez en a\u00f1os, maldijo el momento en que \u00e9l y la prenda se hab\u00edan conocido. Desde luego eran tiempos mejores: \u00e9l, un gal\u00e1n de cine y ella nada m\u00e1s que uno de los muchos art\u00edculos que pose\u00eda su guardarropa. En aquellos momentos, el hombre despreciaba aquel trozo de tela porque pose\u00eda quinientas iguales, doscientos trajes de chaqueta, mil pares de zapatos y m\u00e1s de una camisa de seda manchada por el costoso carm\u00edn de m\u00e1s de una mujer. S\u00ed, ahora la maldec\u00eda porque no ten\u00eda m\u00e1s que ese sucio y maloliente jir\u00f3n de tela para recordarle lo que hab\u00eda sido, lo que hab\u00eda tenido, lo que ahora era. Del embargo de su lujosa villa, del pago de las costas del juicio del divorcio de su \u00faltima esposa, del expolio de sus obras de arte, vendidas en p\u00fablica y vergonzante subasta, s\u00f3lo ten\u00eda eso: un trapo. Un trapo que le cubr\u00eda la mitad del cuerpo pero que le pesaba en el alma entera, un jodido, maldito, indeseable, trapo. Su \u00fanico amigo.<o:p><\/o:p><\/span><\/p>\n<p class=\"MsoNormal\" style=\"text-align: justify; line-height: 150%;\"><span style=\"font-family: Arial;\">S\u00ed, llov\u00eda. Como en los cuentos, de forma inopinada, febril, blanda y mansamente. Comenzaban a encenderse las primeras luces de la ciudad sin nombre. Las calles empezaban a parecerse unas a otras y cada una a s\u00ed misma. Una niebla densa y pestilente cubr\u00eda los objetos, trasform\u00e1ndolos en meros vol\u00famenes que recordaban vagamente formas geom\u00e9tricas. Al llegar al final de la tercera calle, y despu\u00e9s de girar a la derecha siete veces siete, el hombre lleg\u00f3 a una larga y angosta avenida sin luces. En ese momento sinti\u00f3 que esa avenida se parec\u00eda mucho a lo que hab\u00eda sido su vida en los \u00faltimos a\u00f1os: una mujer, una de tantas, la \u00fanica a la que am\u00f3 y la \u00fanica a la que sinti\u00f3 haber perdido, moteles de mala muerte, broncas, alcohol, psiqui\u00e1tricos, abandonos ocasionales y sexo espor\u00e1dico en los reencuentros turbios.<span style=\"\">&nbsp; <\/span>Al llegar al centro de la avenida sinti\u00f3 como una losa la soledad que se avecinaba como la tormenta que caer\u00eda, dentro de poco, sobre el pueblo. Entonces, se mojar\u00edan irremediablemente sus recuerdos y ni la gabardina podr\u00eda salvarle de una muerte prematura y terrible. Ajado el rostro por el llanto, rez\u00f3 lo poco que sab\u00eda ante la tumba de alg\u00fan poeta ca\u00eddo y cuyo nombre aparec\u00eda borrosamente entre la maleza. El hombre no era m\u00e1s que una estampa en blanco y negro de aquel pasado que lo hab\u00eda llevado al abismo, una postal barata como la colonia con que se enjuagaba la boca tras alguna borrachera de hostal de tres al cuarto. Comenz\u00f3 a llover copiosamente, con la parsimoniosa fuerza de un vendaval de viento, agua y nieve. El hombre, postrado de bruces sobre el suelo de la avenida, no vio venir el torrente que como una marea deglut\u00eda todo lo que encontraba a su paso\u2026<o:p><\/o:p><\/span><\/p>\n<p class=\"MsoNormal\" style=\"text-align: justify; line-height: 150%;\"><span style=\"font-family: Arial;\">Le encontraron desnudo, aprisionado entre unas tablas, entre la estatua del poeta y el asfalto sucio de barro y detritos. Al principio, sus rasgos deformados pasaron inadvertidos entre los cientos de cuerpos que se amontonaban en las calles, porque en aquel momento era s\u00f3lo una m\u00e1s de las v\u00edctimas de aquel extra\u00f1o tif\u00f3n que asol\u00f3 el peque\u00f1o pueblo. Sin embargo, con el cambio de turno, al caer la noche, el inspector de guardia, un hombre de mediana edad, de rostro aquilino y expresi\u00f3n calmada, le reconoci\u00f3 al instante. Sintiendo una inmensa pena, conmovido como un chiquillo por la expresi\u00f3n contrita de aquella mirada anta\u00f1o seductora, le cubri\u00f3 el rostro con un retazo de tela gris -parec\u00eda una especie de solapa de abrigo o gabardina- que el muerto llevaba aferrada a la mano como si del bien m\u00e1s precioso se tratase.<o:p><\/o:p><\/span><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Embutido en la gabardina gris de pa\u00f1o, camin\u00f3 unos metros embozado en el humo azul de su cigarro. 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